Estelas en la estación de autobuses

Estelas en la estación de autobuses

Foto: Pixabay.

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Un encuentro entre Marina y Estela en la cafetería de una estación de autobuses. Mientras esperan… Relato 21 de nuestra serie ‘El viaje de las heroínas’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado.

POR PAULA DUCAY 

“Some conversations are not about what theyre about” (Anne Carson).

Él se retrasa y Marina intenta desalojar de la boca el sabor del café. Desde la barra vigila más allá de los ventanales las idas y venidas de los viajeros. Los autobuses nunca salen puntuales y la gente pasea alrededor del edificio, los ve abanicarse con la mano y mirar cada pocos segundos el reloj. Marina vuelve la vista a los posos del café en un intento de evitar ese mismo gesto. Desde que ha llegado no ha pasado la página. Las manos en el regazo intentan alisar el traje de lino. Niega con la cabeza ante el ofrecimiento de algo más del camarero. El primero ya ha sido mala idea, piensa, y busca un chicle en el bolso. Se nota taquicárdica. Si en cinco minutos no aparece, me voy. Sabe que para calcularlo tendrá que apartar la manga de la camisa y bajar la vista a la muñeca, pero decide seguir ignorando ese detalle. También sabe que es la quinta vez que rompe el pacto.

Escucha el tintineo de la puerta al abrirse y se gira con la sonrisa ya preparada, esperando verle. Una chica cabizbaja se sienta en la barra a dos banquetas de distancia. Marina vuelve la vista a los posos de café. “¿Qué te pongo, joven?”. « Un whiskey”. Marina y el camarero levantan los ojos al mismo tiempo y miran a la chica. Ella ni se inmuta. Un mechón de pelo negro le tapa parte de la cara. « No servimos alcohol a menores». El camarero se aleja y la chica cruza los dedos finos sobre la barra. Lleva la manicura desportillada, virutas de esmalte negro como los restos de un naufragio. El aire acondicionado está al máximo, pero la joven se seca el sudor de la sien. De repente, Marina se escucha a sí misma: «¿No te apetece otra cosa?». Los ojos que se vuelven hacia ella son casi grises y a Marina se le escapa una sonrisa. No quiere decírselo, porque sabe que unos ojos tan peculiares deben de estar próximos a una sobredosis de cumplidos. «¿Qué cosa?», escucha la voz de la joven, más grave de lo que esperaba. «Café, zumo… ¿mosto?», dice Marina. «¿Qué es eso?», el gris se ha iluminado con una chispa de curiosidad. «Mosto es como zumo de uvas, es dulce…, no tiene alcohol. Yo siempre lo pido».

«¿Usted no bebe?». Marina escucha su propia risa como si no saliera de ella. «A veces, sí», responde. «Hoy no, tengo que conducir». La joven la mira.

«Yo si pudiera bebería todo el tiempo».

«¿Y eso por qué? No es para tanto el sabor».

«Sí que es», responde la chica con el ceño fruncido. «Mi padre me ha dado a probar, lo he probado todo, me gusta. Pero ya no me dejan, mi padre dice que ahora podría hacerme daño».

«Claro, es que el alcohol no es bueno».

«Para mí, sí», murmura la chica. Se ha llevado una mano al vientre y aprieta. Se le arruga el vestido, la tela granate se cuela entre los dedos.

Marina echa un vistazo fugaz a los posos de café y alza una mano para llamar al camarero. La chica sorbe el mosto con cautela y luego sonríe, casi con sorpresa. Asiente en silencio cuando Marina le pregunta si le gusta. «Te invito», dice esta. «¿Y eso por qué?». Marina se encoge de hombros y saca un billete. Al ponerlo en la barra la manga de la camisa sube sin querer y Marina ve la hora. Observa el recorrido de la aguja grande, la media luna imaginaria de la espera. Él no vendrá, se queda en la ciudad, piensa. Pero quizás el autobús se haya retrasado, quizás lo ha perdido, quizás nunca llegó a comprar el billete.

«Señora», dice la chica, «señora, ¿está bien?». «No hace falta que me trates de usted», el tono de Marina es brusco y se apresura a matizar «no soy tan vieja» con una sonrisa, pero la chica la mira ya desde otro sitio. Se ha echado hacia atrás y sus labios dibujan una mueca. «Discúlpame», dice Marina, «es que llevo toda la tarde…». «¿Se va de viaje usted? No lleva usted maletas», Marina no sabe si la joven se ríe de ella o si la pregunta es una invitación a la tregua. «Sí… no, espero. Estoy esperando a alguien».

«¿A quién? ¿A su marido?».

Marina intenta esconder el gesto de dolor. Fuera los viajeros caminan de un lado a otro, los autobuses siguen sin llegar. Algunas familias han dejado a sus hijos dormitar en los bancos, protegidos del sol por el porche de uralita. Marina pone un pie en el suelo y hace amago de levantarse, pero antes mira a la chica.

«¿Cómo te llamas?».

«Estela».

Marina no puede evitar inclinarse al escuchar el nombre. Siente que ve a la chica por primera vez, desenfocada, como en un sueño. «Estela», repite, «Estela tenía que ser». «¿Qué le pasa? ¿No le gusta mi nombre?». «No, no… quiero decir, sí. Es solo que me recuerda a alguien». «¿A quién?». «O sea, no la conozco, a esta persona, a mi Estela… que tampoco es mía… es de él». «¿De quién? No la entiendo, señora». Marina asiente en silencio y se vuelve a sentar. «¿Y tú? ¿Vas de viaje?». Estela coge aire, sopesa un momento si beber el culín de mosto que le queda y dice: «Voy a la ciudad». «¿A ver a alguien?». La chica niega con la cabeza y añade; «A hacer una cosa…, mi padre no lo sabe». Estela mira a Marina, que no dice nada, solo junta índice y pulgar, traza una línea sobre los labios y tira la llave ficticia. Después la ve coger la taza y mirar los posos. «Estela», dice, «¿no sabrás leer posos de café, por algún casual?». La chica dice que no, aunque en ese momento piensa que le gustaría saber.

«Y usted, ¿cómo se llama?».

«Marina».

«Marina es un nombre bonito», murmura Estela. Y luego: «A mí Marina no me recuerda a nadie».

«Me alegro», responde esta, «te lo presto». «Bueno, los nombres no son de nadie. Tampoco sé qué haría con él». Marina se encoge de hombros y le da la razón. Estela la observa, todavía con el sabor dulce de la uva en la boca, y prueba a decir el nombre en voz baja. El camarero les ofrece otros dos mostos.

«¿Brindamos?». El bar se ha vaciado de gente y el sol ya araña el horizonte.

«Lo siento, no me da tiempo. Ya viene».

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Comentarios

  • Asun

    Por Asun, el 26 agosto 2022

    Me encanta!
    Precioso Paula❤️

  • Mauro

    Por Mauro, el 26 agosto 2022

    Me ha gustado mucho! Creo que has manejado muy bien la trama, que has hecho que los silencios y pausas entre las protagonistas sean muy elocuentes! Particularmente, me gustan mucho las ambientaciones en lugar de paso, impersonales, como estaciones de buses, tren o aeropuertos, me hacen pensar en la fugacidad de las historias.
    Enhorabuena, sigue así!

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