Evohé, totalmente abducida por el director del coro
Foto: Pixabay.
Llegamos a la quinta entrega de nuestros ‘Relatos de Agosto’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. La narradora asiste a los ensayos del coro, totalmente abducida por los juegos de voces de sus compañeros y los movimientos de manos del director. “En los ensayos me aturullo sin cesar: me quedo embobada al escuchar acordes y cadencias o no soy capaz de seguir el tempo cuando advierto en los ojos del director la pasión con la que vive la música”.
Por MARÍA JOSÉ ZAMORA DE PEDRO
Todo empezó una tarde en que, desde la calle, oí las voces de un coro que ensayaba cerca. Busqué su origen y me detuve bajo las ventanas por las que escapaban sus armonías, los ojos cerrados para abstraerme y dejar que me atravesara la belleza del canto. Cada voz trazaba una melodía en un juego con las demás y, tras una pausa apenas perceptible, fluyeron todas hacia el unísono final. Se hizo el silencio, permanecí inmóvil unos segundos con el fin de alargar la emoción que había sentido. Abrí los ojos y respiré hondo, como si saliera de debajo del agua después de unos minutos de apnea.
Y me apunté. Desde entonces me absorbe el estudio de las obras y el deseo de formar parte de un proyecto musical. Pero en los ensayos me aturullo sin cesar: me quedo embobada al escuchar acordes y cadencias o no soy capaz de seguir el tempo cuando advierto en los ojos del director la pasión con la que vive la música. Bajo la mirada e intento encontrar el lugar donde me despisté, quiero abrirme camino entre corcheas y silencios mientras pego el oído a la de al lado, en un intento vano de unirme al resto. Si lo consigo, decido no despegar los ojos de la partitura. Pero entonces alargo más de la cuenta una nota y él me llama la atención: “Tenéis que mirarme, no estéis tan pegados al papel, así no hay manera de dirigir”.
En el pasaje siguiente son sus manos las que me distraen. Marca el compás, va indicando las entradas, los pianissimo, los crescendo. Dibuja líneas en el aire con sus dedos alargados: parece que la música brotara de ellos. Nunca antes había pensado en las maravillas que pueden salir de sus movimientos, el coro se pliega a lo que él sugiere como si estuviera moldeando un objeto sonoro.
Y me pregunto si la suavidad de su tacto hará sonar tanta belleza en otro cuerpo.
El director propone un descanso y me mira de reojo. Seguro que se ha dado cuenta de que he estado alelada en el último rato en vez de cantar con los demás. Aprovecho para ir al baño a refrescarme la cara y trato de poner orden en mi cabeza. En el espejo observo mi imagen, noto que algo ha cambiado en mi expresión. Estoy confusa. ¿Qué puedo hacer? ¿Dejar de venir? No, no, eso ni hablar.
Regreso a mi sitio y a la partitura. Unos cuantos compases en silencio me permiten observarlo. Enredada en mi fantasía, escucho el canto de las otras voces, pierdo la cuenta y cuando creo que es el momento de intervenir, abro la boca y la vuelvo a cerrar, me trago el texto porque voy tarde. Me mira y frunce el ceño como preguntando por qué no he entrado. Levanto las cejas en una respuesta absurda. Insinúa una sonrisa y eso hace que me fije en la belleza de su boca. Pienso en cómo serán sus besos, esa dulce mordedura, las melodías que podríamos intercambiar. Interrumpe el fraseo y me sobresalto cuando me interpela de manera directa: “Repite tú sola desde el compás trece al dieciséis”. El calor me sube a la cara, tartamudeo. Le digo que no me siento capaz, que no me lo sé bien. “Estás muy distraída”, dice. “Sí, sí, tienes razón, es que suena tan bonito que se me va la cabeza y olvido que yo también tengo que cantar. Perdón, perdón, ya me centro”.
Pero no puedo.
Apenas soy capaz de sujetar la partitura y, al pensar en lo alterada que estoy, aún me resulta más difícil concentrarme. Oigo cuchicheos y las risitas de los compañeros.
Unos golpes en el atril indican que continuamos: “Sotto voce, por favor”. Trato de vencer mi nerviosismo, respiro hondo, me calmo y me incorporo al grupo. Ahora sí, caminamos juntos para conseguir una especie de murmullo frágil y contundente al mismo tiempo, que va perdendosi. Viene una progresión que nos conduce hacia el agudo, aumenta la intensidad y con ella el hormigueo que se extiende por mis piernas. De manera brusca, se hace el silencio. Una descarga de emoción me sacude como un rayo, me sube desde el vientre y desemboca en el pecho. Estoy a punto de sollozar, pero no hay tiempo más que para tomar aire y seguir. Las voces masculinas se levantan poco a poco en un rumor creciente y se van incorporando las demás. Se acentúan las disonancias y producen un efecto de incomodidad que exige una resolución. El accelerando marca el ritmo de la música y de mis pulsaciones, no puedo más, pero estoy atrapada en esta ceremonia donde el director, convertido en chamán, nos hace levitar y, al borde del éxtasis, llego al final de la obra con un grito que no puedo contener.
Todos se ríen. Y yo no sé dónde meterme.
El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.




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