Feria del Libro: pasear, escribir, leer, pero sobre todo, pensar

Feria del Libro: pasear, escribir, leer, pero sobre todo, pensar

Detalle del cartel de la Feria del Libro de Madrid 2021.

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Hoy, día 10 de septiembre, se inaugura la Feria del Libro de Madrid, una edición deslocalizada, pero no espacial sino temporalmente, ya que sigue celebrándose en su ubicación tradicional pero en septiembre y no en primavera como ha sido habitual desde hace muchos años. Y me gustaría que nos fijásemos especialmente en lo paradójico que resulta –o al menos así a mí me lo parece– que su emplazamiento dentro del parque del Retiro venga nominado por uno de esos oxímoron, uno de esos encuentros lingüísticos imposibles, que me son tan queridos; porque una feria dedicada al libro, y por extensión a la escritura y la lectura, se celebra precisamente en el llamado Paseo de Coches.

No puedo imaginarme dos conceptos más antitéticos, al menos en mi imaginario personal, como el de paseo y coche, ligado el primero a la lentitud y el segundo a la velocidad, y siguiendo el planteamiento de Kundera vinculados, estos últimos, al recuerdo y al olvido respectivamente. Siendo el espacio habitual para la celebración de esta feria, ¿no se le ha ocurrido a nadie rebautizar dicho paseo como, por ejemplo, Paseo de la Libros?

Porque no encuentro metáfora más perfecta para la lectura que la del paseo, representando ambos un personal e íntimo discurrir y porque la lectura no deja de manifestar un avanzar caminando en el que cada palabra se hace pisada, cada párrafo tramo y cada obra leída un paseo culminado, y donde, parafraseando al poeta, se hace lectura al leer.

Queda claro por tanto el paralelismo entre lectura y paseo, y que ambos pueden manifestarse de maneras muy diversas según la tipología del paseante/lector, ya sea a la manera continua, cadenciosa y reflexiva de un Walser, o bien la discontinua, azarosa del flâneur moderno tal como lo concibió Baudelaire y lo llevó a su máxima expresión en sus paseos urbanos Benjamin; eso sí, dejaremos aparte a esos mal llamados lectores que sólo buscan presurosos atajos recorriendo los textos de manera transversal, o a aquellos que no se aventuran a recorrer paseos de no más de 140 caracteres, haciéndolo algunos incluso en diagonal.

Pero yendo, precisamente, más allá, ¿sería posible plantear ese mismo paralelismo entre el paseo y la escritura? Creo que no.

El proceso de la escritura –al menos por mi experiencia, aunque intuyo que habrá excepciones que envidio– no se corresponde con un continuo y sosegado paseo; al contrario, el escribir supone recorrer sendas desconocidas que muchas veces abandonaremos a medio camino para ser desandadas y olvidadas, tropiezos e incluso caídas, dudas en cuanto al camino a seguir ante una bifurcación, o la constatación de que las anotaciones realizadas sobre el mapa poco tienen que ver con lo encontrado sobre el terreno, haciendo todo ello que se rompa la sintonía entre ese paseo placentero de la lectura y su antecedente necesario de la escritura.

Pero quedaría por hablar, tal vez, del paseo por antonomasia, ese recorrido realmente emocionante y sorpresivo que es el del pensamiento y que antecede o acompaña a cualquiera de los anteriormente citados, ya sea el de la escritura, la lectura o el mero paseo pedestre.

Así, el pensamiento se nos presenta como un acto íntimo y personal donde escritura y lectura se manifiestan en una acción simultánea, y donde, como ante un camino inexplorado, cada uno de nosotros intenta romper, con paso luminoso, la oscuridad de la ignorancia, los prejuicios y los miedos a lo desconocido, o simplemente encuentra un placer gratuito en el mero hecho de pensar por pensar, para, expresándolo en un pleonasmo marca de la casa, encontrarse y reencontrarse cada uno consigo mismo en su propio camino.

Por ello, una feria del libro como la que se inaugura mañana representa la imagen perfecta de ese paseo, ya sea azaroso o premeditado, de idas y venidas, en el que tienen cabida encuentros con amigos y autores, paseos de pensamiento, de escritura y de lectura, de vida en definitiva, y donde, como Giacometti expresa con Hombre que camina, el movimiento se manifiesta como símbolo de la existencia, pero eso sí, no en coche.


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