Fieles al embrujo del ritual nocturno

Foto: Pixabay.

Todavía recuerda la primera vez, la textura del mármol sobre la piel. Superficie para sacrificio y banquete, que les recibe cada noche sin juicio. El hormigueo en el cuerpo, la humedad por dentro, la firmeza de la carne, ceremonia de los cuerpos. Una tela que se desliza, una mano que, con sorprendente destreza, agarra lo que ya no se puede soltar. Una boca que encierra el aliento de lo que no se debe contar. Nueva entrega de nuestros ‘Relatos de Agosto’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado, y con la seducción como tema de este año.

Por SONIA ABBAS RODRÍGUEZ

“Dicen que La Noche es el estado de confusión comprendido entre la puesta de Sol y el amanecer (…) dicen que no tengo coraje” (‘One night at the Golden bar’, Alberto Cortés).

Los grillos saben que siempre va a verlo a la misma hora, cuando el reloj de la torre marca la cifra exacta. Cuando las campanas no se atreven a tocar.

Tras una verja oxidada, el musgo custodia la piedra de los que allí descansan. Se aproxima sigiloso al edificio, que, como él, por la noche parece y actúa como otro. Con dos giros de llave abre la puerta y ésta, como advertencia, chirría. Cruza el umbral y se detiene un momento, siempre lo hace. La estancia nunca ha dejado de impresionarle. Los techos se elevan como suspiros detenidos. Las paredes sostienen la gravedad de los siglos y lo protegen en uno de los silencios más puros y sinceros que conoce. Él lo espera al fondo, en la que es su casa, la de todos a los que invita. Frío, impertérrito. El pecho descubierto, la mirada perdida y ese halo que todo lo alcanza. Que todo lo envuelve. Él es lo que viene a buscar. Y sin decir nada, se le mete por dentro, como todas las noches.

Todavía recuerda la primera vez, la textura del mármol sobre la piel. Superficie para sacrificio y banquete, que les recibe cada noche sin juicio. Tenía miedo. Los dos lo tenían. Cómo sin miedo se van a dar entonces las condiciones para sentir. El hormigueo en el cuerpo, la humedad por dentro, la firmeza de la carne, ceremonia de los cuerpos. Una tela que se desliza, un temblor fortuito, una mano que, con sorprendente destreza, agarra lo que ya no se puede soltar. Una boca que encierra el aliento de lo que no se debe contar.

No

Puedo

Evitarlo

En su interior se le agolpan y le retumban esas palabras.  Como versículos que siempre se repite, pero que no se atreve a pronunciar. Sólo consigue acallarlos una mirada. La de él. Está seguro de que nadie le había mirado así antes, directamente y de esa manera. Un desierto entre sus piernas, el de aquel que tiene hambre después de haber ayunado durante todas las anteriores noches.

El incienso crea una atmósfera que fue primero humo de memoria, de todas aquellas estrofas que no está permitido recitar. Todas esas almas sin rostro que, por no comulgar con la suerte, se condenan continuamente a la desdicha.
Por el sacrificio de los demás, ellos, los allí presentes, se cabalgan cada noche con un trote constante. De su interior brota el relinchar de las bestias sin jaula. Se desvelan al tocarse, con respeto, con deseo y con culpa. El eco de dos respiraciones que rellenan un lugar donde se arrodilla el tiempo. Se pregunta cómo los mirarían si pudieran el resto de las figuras que allí habitan. Si no permaneciesen en penumbra, esculpidas y dormidas bajo la luz de las velas de aquellos que piden por todos. Bendita el agua que les calma la sed de su interior. Que refresca sus rostros. En esos momentos es cuando se siente hornacina, ménsula y pedestal a la vez.

Sus labios ya no le son más ajenos. Bebe de ellos y lo elevan muy alto, sacándole de las tinieblas para mostrarle los reinos del mundo, la gloria de otros. Tiemblan los cuerpos que, tras haberse desnudado del mundo, uno sobre otro, ya no se pueden separar. Su vientre, el púlpito de oro desde el que proclamar lecturas. Por tantas y tantas epístolas que no han encontrado, como ellos, su remitente. De sus entrañas brotan poemas de San Juan de la Cruz, de los que escribió, según dicen, preso, en esa oscura noche del alma a la que ambos le piden:

“En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada

«¡oh dichosa ventura!

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía,

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía”.

El sol del amanecer se colará de nuevo como quien pide permiso a través de las vidrieras, inundando la misma estancia con otros colores. Sobre sus cabezas, se desvelarán como cada día los frescos que lo ven siempre todo. En el aire, el incienso de ayer.

Y

ahora

qué

Se recuerda recurrentemente en esas palabras, convenciéndole de que ambos saben que no todas las incógnitas tienen respuesta. Que los dos lo aprenden allí, con ropa, disfrazados con un atuendo que no les pertenece, rodeados de todos los demás. Fieles al embrujo del ritual sagrado. Pero aun así cada noche sienten el vértigo de la despedida. El ansia del permiso no otorgado.

“Nosotros amamos, porque él nos amó primero”. Resuena ante todos el sermón del domingo.  Un discurso en el aire que él mismo presencia sentado junto a los demás. El cuerpo de Cristo. Un órgano que, solemne, hace vibrar melodías desde lo más alto. “La paz esté con vosotros”. Y él, que al verle durante el día nota siempre el calor, la contrición que le sube por la cara interna del muslo desde el asiento del banco, sabe que en la casa de Dios hay espacio para todos, incluso para los que son como él. Y se persigna en silencio. Las luciérnagas saben que siempre deja de ser visto a la misma hora.

«El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.

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