‘Galician noir’ está de moda; el rural gallego tiene gozos y sombras

‘Galician noir’ está de moda, pero el rural gallego tiene gozos y sombras

Antiguo molino de agua en Foz. Foto: CC.

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Parece que la Galicia gótica está de moda. Y lo demuestran todas las series que están explotando el lado más sombrío de la tierra celta: ‘Néboa’, ‘El desorden que dejas’, ‘El sabor de las margaritas’, ‘Rapa’... Una tendencia que han dado en llamar ‘Galician noir’… Es de apreciar que exploten el potencial artístico de nuestras sombras, tan literarias, siempre que no oscurezcan nuestras luces. En Galicia, ‘los gozos y las sombras’ conviven, y lo uno no se entendería sin lo otro. Hoy quiero detenerme en dos proyectos del rural gallego que aportaron mucha luz, gozo y progreso: Sargadelos y Mondariz.

En la primavera de 1798 aparecieron clavadas en las puertas de algunas casas e iglesias gallegas varias misivas siniestras: «¡Parroquianos! ¿Cómo no os horrorizáis de ver entre vosotros a un hombre que supo convertirse en lobo siendo pastor?». O… «El precio de la malignidad es la destrucción, corazón corrompido». A las que siguieron otras más explícitas: «Se dan 200 pesos al que mate a Ibáñez». Hacía solo unos días que el destinatario de esos ataques había tenido que huir de un motín histórico que asedió su pazo y demás propiedades en medio del bosque.

Este asalto, que se cuenta hoy como una de las primeras manifestaciones revolucionarias de España, congregó según las fuentes a más de 4.000 personas entre campesinos, hidalgos y clérigos. Durante los días siguientes las amenazas se extendieron a quienes apoyaran a El Abominable. El personaje al que tanto se temía y odiaba, capaz de poner de acuerdo a los tres estamentos del Antiguo Régimen, sería popularmente recordado con tintes de leyenda negra como el Marqués de Sargadelos. Para la historia, sin embargo, un precursor, signo de cambio e hijo de los gigantes de su tiempo: la Ilustración, el Capitalismo y la Revolución industrial. Antonio Raimundo Ibáñez, fundador de las Reales Fábricas de fundición y loza que tanto revolucionaron el orden tradicional de la comarca. Diez años después, en circunstancias nunca aclaradas, el marqués fue linchado en las calles de Ribadeo en medio del caos y la guerra. Era 1809, y el país bramaba por su Independencia.

Parece que la Galicia gótica está de moda. Lo dice la prensa inglesa, y lo demuestran todas las series que están explotando el lado más sombrío de la tierra celta: Néboa, El desorden que dejas, El sabor de las margaritas, Rapa… Historias que giran alrededor de misteriosas muertes y desapariciones en los agrestes paisajes del Noroeste. Una tendencia que han dado en llamar Galician noir… El thriller parece ganar cuanto mejor se viste de un ambiente histórico o psicológico –de un clima– y menos banaliza lo escabroso, que para eso ya nos llega la crónica de sucesos, tan dada al morbo y la falta de sensibilidad.

Pero a veces se abusa del factor clima…

Es de apreciar que exploten el potencial artístico de nuestras sombras, tan literarias, siempre que no oscurezcan nuestras luces, que habelas hailas. En Galicia, los gozos y las sombras conviven, y lo uno no se entendería sin lo otro. Especialmente lejos de las playas y las ciudades, que suelen ser el escenario de historias más alegres. De lo contrario, corremos el riesgo de dramatizar aún más esa representación del mundo rural, la del abandono o el aislamiento, y reducir sus meigas al oscurantismo medieval o la ficción policiaca, perdiendo la oportunidad de contar historias reales e inspiradoras que permitirían conocer mejor el valor del patrimonio rural. No vaya a ser que tanta sombra delate más una inclinación del observador que de lo observado, o esa visión de la España profunda que es como la que se tenía del lobo hasta que Félix lo desmitificó.

Cerámica de Sargadelos.

Galicia está llena de escenarios decadentes, por la belleza –y hasta el esplendor– que ostentaron y perdieron, víctimas de ese abandono. Pero también por la fertilidad con que la naturaleza lo embalsama allí todo de olvido. Cuando esos escenarios se restauran, vuelven a brillar con el mismo verdor de la primavera. Como Sargadelos, en Lugo, una aldea desconocida que pasó a convertirse en toda una capital rural alrededor de su célebre fábrica de cerámica. Su desconocida historia reúne ingredientes de novela: a poca distancia de la costa cantábrica, donde rompen las olas, la tierra se refugia en valles, pastos y ríos. Así es la mariña lucense, con su contraste entre el clamor del mar y la quietud de sus prados y montañas. Y así es aún, tierno y rudo, verde y gris, el paisaje de leyenda que moran las antaño gloriosas y hoy solitarias ruinas de Sargadelos. Allí se asientan, coloridas y rotundas, las instalaciones de la fábrica actual, y allí perecen, semienterradas y empapadas de olvido, las piedras que en su día, hace más de 200 años, mandó levantar Ibáñez. Al resguardo del bosque su obra perdura intacta, como la presa del río Xunco, mimetizada en el entorno natural. Otros restos de aquel apogeo fabril que los ingleses temieron y desafiaron con sus fragatas, como el Pazo, el Museo o el Paseo de los enamorados, conservan su cadencia altiva, y sin embargo, ¿cuánta gente los conoce?

Al visitar el Conjunto histórico-artístico de Sargadelos se respira algo de santuario histórico, por las ruinas de su incipiente esplendor ilustrado y de toda una época volatilizada: el eco de los hornos y martinetes, de las caballerías y carruajes, de las costumbres e indumentarias de época, y del extraordinario momento allí vivido: el paso del feudalismo a la modernidad, que dio pie a revoluciones y guerras por toda Europa y a la eclosión del mundo contemporáneo. Su artífice, Antonio Raimundo Ibáñez (1749-1809), cultivado desde joven en las ideas liberales, fue un audaz comerciante que hizo fortuna en Ribadeo y pasó en pocos años de armador a emprendedor, introduciendo en España el floreciente capitalismo industrial con unas fábricas a imagen de las europeas. Entre sus metas, una fábrica de vidrio y otra textil. Entre sus éxitos, las de fundición y loza. Se le atribuyen amistades con Goya, que le pintó un retrato, Jovellanos y Godoy, que le ofreció el Ministerio de Marina.

Parece que el marqués «no supo mantener con afectos la industria que había logrado crear con voluntad», ganándose el rencor de campesinos y caciques, que avivaron su leyenda negra. Se contaba por ejemplo que durante la guerra había emparedado a un soldado francés entre los muros de su palacio para que guardase su tesoro. El primitivo complejo de Sargadelos sobrevivió hasta 1875, cayendo durante cien años en el olvido, hasta que un siglo después resurgió gracias a la impagable revitalización de dos artistas ilustres: Isaac Díaz Pardo y Luis Seoane, que la convirtieron en el icono que es hoy al darle un nuevo rumbo, más moderno y acorde con los valores patrimoniales gallegos, añadiendo a la vajilla colecciones de figuras tradicionales como los hórreos, los faros y oficios populares.

Paisaje del Lugo interior. Foto: José Javier Martín / CC.

Más o menos cuando la obra de Ibáñez moría, a casi un siglo de su creación, un nuevo milagro rural nacía en otra desconocida aldea gallega: Mondariz, en Pontevedra.

Como Sargadelos, debe su fama a un emprendedor, el doctor Enrique Peinador Vela (1847-1917), que interesado en la hidrología médica descubrió en 1872 la fuente de Gándara. Alrededor de este manantial y del de Troncoso levantó toda una ciudad-balneario, consolidándose en pocos años como referente del termalismo nacional e internacional. Llegó a hospedar al hombre más rico del mundo, Rockefeller, y dispuso incluso de su propia moneda, el «peinador». Los años dorados de aquel surtidor de fortuna transcurrieron durante la Belle Époque, entre tertulias literarias y bailes de salón. Por sus escalinatas y alamedas palpitaban los ecos de la vida intelectual gallega y española de finales del XIX y principios del XX. El proyecto de Peinador tuvo la visión cosmopolita de Ibáñez al crear una ciudad balneario que compitiese en lujo y confort con las primeras de Europa, pero inspirado por la filantropía de su tiempo, la convirtió en un eje de arte y cultura.

Por los salones y terrazas del Gran Hotel debieron cruzarse grandes historias, las de sus huéspedes artistas, políticos o aristócratas. Tras la Guerra civil, las instalaciones del Gran Hotel fueron quedándose poco a poco obsoletas, hasta que en 1973 sufrió el fatídico y devastador incendio que las arrasó por completo. Quizá por eso sus ruinas, devoradas por la naturaleza, fueron durante décadas un elegante esqueleto amortajado por la vegetación. Un derroche del decadentismo que se respira en Sargadelos y en tantos otros rincones de Galicia. Doy fe de que antes de su remodelación, las ruinas del Gran Hotel, sepultadas por el musgo y la humedad otoñal, flanqueadas por altos árboles retorcidos, eran tan evocadoras como si por allí rondaran más fantasmas que en el hotel Overlook de El resplandor. Cualquiera que haya disfrutado de la ciudad-balneario sabrá que, sin perder ese encanto histórico, hoy vuelve a lucir con esplendor enmarcada por sus verdes paisajes.

Mondariz y Sargadelos, Sargadelos y Mondariz… Dos capitales rurales embajadoras del patrimonio histórico-natural. Por el aniversario de Aguas de Mondariz, Sargadelos produjo una edición limitada de botellas de cerámica reinterpretando con su estilo el icónico logotipo de la marca. Pequeñas obras de arte de donde beber tanta cultura e historia rural decantada por el tiempo.


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Comentarios

  • José Francisco Cantón y Fernández

    Por José Francisco Cantón y Fernández, el 25 octubre 2022

    Gratitud es mi mejor mensaje, al autor de tan maravillosas palabras que hacen del texto un conjunto de mensajes que van desde la identidad local a la memoria colectiva de una región gallega…
    Satisfacción es lo que siento, tras disfrutar tan esplendida narrativa, de un paisaje, un oficio, una historia y un gran mensaje…
    Transportación a unos ancestros y una gloria histórica que aún perduran contenidos entre tanta tribulación de la Galicia contemporánea; como el agua: vital e inquieta, que contenida en la materia artesanada por manos milenarias; transmiten valor y legado…
    Expectación por tan genuinas palabras que dejan ver la impronta genética de la Galicia Celta que clama presencia, que fluye como agua y sangre, que toma forma como barro y porcelana…

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