Giovanna Rivero: “Nuestra relación con la tierra ha sido la peor posible”

Giovanna Rivero: “Nuestra relación con la tierra ha sido la peor posible”

La escritora Giovanna Rivero.

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Cuando Giovanna Rivero (Montero, Bolivia, 1972) comenzó a escribir los cuentos de ‘Tierra fresca de su tumba’ (Candaya), no lo hizo pensando en la cohesión que se espera de un libro de relatos. Sin embargo, pasados los años, se dio cuenta de que tenían mucho en común, de que había una serie de hilos conductores que atravesaban todos ellos: la tierra y la muerte. Y es que, como cuenta la autora, al menos cuatro de los seis relatos estaban escritos bajo la pulsión del duelo de una amiga joven y de su hermano menor, “un hecho que fue terrible y que modificó mi percepción de la existencia”. La entrevistamos en ‘El Asombrario’ con el fin de desgranar su propuesta literaria, un camino que nos lleva a hablar también sobre naturaleza, cuerpos, vida y muerte. “Nuestra relación con la tierra ha sido la peor posible. En este sentido la tierra es también el laboratorio alquímico de la muerte”.

Uno de los temas que más se repite a lo largo del libro es la tierra. ¿Qué importancia tiene para ti?

Perdón que haga alusión a la astrología. No lo hago desde ese lugar pop, desde el entretenimiento actual, sino desde una fuente de arquetipos muy importante. Tan importante como cuando hacemos referencias al mundo grecorromano y a su galería de ninfas, titanes y dioses. Esto lo menciono porque soy Virgo y, como tal, tengo un llamado especial por esta consistencia de la tierra. Como algo que puedes recoger, pero que también acabar escapándose de las manos. Por otra parte, a pesar de ser la epidermis de un planeta que está atravesando con nosotros como principales responsables por una de las crisis más terribles, recién caemos en que nuestra relación con la tierra ha sido la peor posible. En este sentido la tierra es también el laboratorio alquímico de la muerte. Algo que nos planteamos con la pandemia, ya que en muchos lugares no había espacio en los cementerios para tantos cadáveres. En cierta medida la tierra nos estaba rechazando. Todo esto pasó a la vez que presentaba el libro, algo que me seduce muchísimo.

Una tierra que ligas directamente a los personajes del libro, los cuales tienen un halo de negrura alrededor. ¿Se debe esto a que están abandonados?

Son seres que expresan nuestros temores. Si uno se pone a pensar cuáles son los más profundos, quizá en el número 1 esté la pobreza, porque el capitalismo nos lo dice continuamente. Pero si cavamos más hondo, me parece que uno de los temores que más nos hace temblar es una soledad no buscada, no una que se cultiva, sino una en la que cuesta tejer vínculos con otros. Algo que nos cuesta porque somos pequeños monstruos. Yo quería eso con mis personajes, que cada uno fuera una suerte de monstruo que no se reconoce y que de repente en alguna parte de su historia se percibe en todo su dolor. Está solo porque cuesta tejer estos vínculos con lo que nos rodea.

Este síntoma de soledad, de monstruosidad, hace que sobre los personajes se ejerza mucha violencia. Y sobre sus cuerpos.

El cuerpo es algo que me apasiona, porque me supone entender su psicología. Estas dos características son una simbiosis muy atada. ¿Por qué esa violencia? Porque el cuento, o cualquier ficción, en realidad nos exige un ejercicio de dramatización. Se tiene que oler, sentir, ver. Por lo tanto, tienes que trabajar sobre el cuerpo. Esta violencia que quiere romper el orden, en un sentido moral bueno o malo, va a caer sobre el cuerpo. Igual que en la mitología griega caía como un rayo sobre el brazo de Hércules y se lo rompía, aquí tiene que caer un destino, una violencia de un sistema económico que se tiene que ejercer sobre los cuerpos para que la lectora pueda ver eso.

Una violencia que también es ejercida a través de la naturaleza. Y como ejemplo más claro está el cuento de los náufragos, donde el mar se vuelve el mayor enemigo. Lo describes como algo bonito, pero es pura violencia.

Algo que me importa mucho es entender a la naturaleza y a los animales como sujetos. Sujetos cuya subjetividad no conocemos, aunque lo hayamos pretendido a través de cámaras, de cables, de electroshocks… sigue siendo un gran misterio. La naturaleza se nos escapa. Por ello, me interesaba mostrar la dialéctica entre un hombre que se ha quedado solo, únicamente con el mar. Tiene que elaborar otros códigos para sobrevivir, ya que no le son útiles los códigos civiles y humanos. Entender cómo funciona, los espejismos, las criaturas que le ofrece. Es una naturaleza que parece violenta, pero que les está diciendo que es misteriosa y que tienen que respetarla.

Aun así, no son cuentos moralizantes.

No quería que fuera una fábula moralizante, sino más bien respetar el misterio y que haya una propuesta a través de cómo el personaje resuelve el conflicto, de esa relación que ha tenido con la naturaleza.


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