Gran Hermano: “Gracias por vuestra colaboración”

Gran Hermano: “Gracias por vuestra colaboración”

‘Gran Hermano, versión s. XXI’ / los díez©

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En nuestro ataque permanente de exhibicionismo, el control ha pasado de aquel ojo ciclópeo a algo mucho más sutil y más peligroso: la ubicua pantalla, ya sea de nuestro monitor, portátil o móvil. Esa pantalla archiva y codifica cada una de nuestras búsquedas, movimientos, interacciones, visualizaciones, compras y un largo etcétera, configurando un retrato de nosotros mismos y de nuestra vida ­–también cada vez más plana–, y de nuestros gustos, vicios y preferencias de una definición infinitamente mayor que la imagen que de nosotros pueda captar cualquier cámara de videovigilancia, por sofisticada que sea. En fin: Gracias por la colaboración.

Qué lejos queda aquel 2001 cuando se instaló en la plaza Orwell de Barcelona, resultado del humor negro de algún técnico municipal o las pretenciosas ínfulas de videoartista de algún político, una de las primeras cámaras de videovigilancia en el espacio público. Seguramente por aquel entonces mucha gente se sintiese intimidada por su presencia, por mucho que intentasen camuflarla bajo la apariencia de una farola, e incluso, incómoda, desistiese de permanecer en dicho lugar o simplemente de transitarlo.

A día de hoy, parafraseando, a la vez que tergiversando, las palabras del poeta, podríamos preguntarnos si es cámara porque te mira o es cámara porque la ves; ya nadie se siente interpelado por su mirada, por mucho que haya evolucionado desde su terca inmovilidad bovina inicial a la visión panóptica de la que están dotadas a día de hoy.

Y así, sin darnos cuenta, como si aquellos artilugios hubiesen servido para adiestrarnos en nuestro papel exhibicionista, el control ha pasado de aquel ojo ciclópeo a algo mucho más sutil, y más peligroso, la ubicua pantalla, ya sea de nuestro monitor, portátil o móvil. Y no me refiero simplemente a la lente en ellos instalada; esa pantalla, delgada pero abismalmente profunda, registra, archiva y codifica cada una de nuestras búsquedas, movimientos, interacciones, visualizaciones, compras y un largo etcétera, configurando un retrato de nosotros mismos, de nuestra vida –ésta también– cada vez más plana, y de nuestros gustos, vicios y preferencias de una definición infinitamente mayor que la imagen que de nosotros pueda captar cualquier cámara de videovigilancia, por sofisticada que ésta sea.

Ya sucedió algo parecido en el mundo de la fotografía con las cámaras de visión vertical tipo Rolleiflex, la utilizada por ejemplo por Vivian Maier. Ante esas cámaras, aunque la presencia del fotógrafo era evidente, los retratados, o simplemente captados, manifestaban espontaneidad, indiferencia o si acaso cierta curiosidad, pero raramente animadversión o rechazo a ser inmortalizados. La clave residía en que el fotógrafo, el factor humano, aparentemente desatendía la escena y a sus protagonistas, de alguna manera desaparecía detrás de la cámara; la gente confiaba en ese artefacto binocular precisamente por considerarlo carente de consciencia, voluntad o intenciones, sin darse cuenta de que dicha cámara no dejaba de ser un instrumento en manos, precisamente, de quien lo manipulaba.

De manera diametralmente opuesta, tal vez fuese premonitoria, por instintiva, la actitud que ciertas culturas han mantenido frente al hecho de ser fotografiadas, ya que suponía que la captación de la imagen del retratado implicaba el robo de su espíritu, de su alma. Pero parece ser que nuestras sociedades globalizadas no comparten dicho temor; tal vez hemos llegado a un punto en el que no tengamos miedo a perder, no sé si el alma, pero sí parte de nuestra personalidad en la dimensión insondable de la nube; o tal vez, simple e ingenuamente pensamos que somos nosotros los que manejamos los dispositivos, cuando en realidad éstos son el medio que un artífice invisible utiliza para dirigir la puesta en escena de nuestras propias vidas.

La pantalla se transmuta, paradójicamente no en ventana, sino en espejo, convirtiéndonos en Alicia, pero en una Alicia incapaz de atravesar esa lámina pulida que le permitiría vivir experiencias maravillosas; ese espejo tiene un efecto perverso, haciendo superponer a nuestra realidad física o analógica, como la queramos llamar, una experiencia especular y ficticia que suplanta a la primera hasta prácticamente anularla.

Pero ojo, nunca mejor dicho, no perdamos de vista a esas cámaras analógicas a la vez que digitales que en sus orígenes se conformaban con registrar nuestras idas y venidas, pero que con el tiempo han aprendido, o mejor dicho, lo han hecho las mentes que las orientan y dirigen, y que dentro de muy poco serán capaces de reconocernos, juzgarnos y, si es preciso, condenarnos en segundos, en un proceso que ya hubiese querido para sí el protagonista kafkiano.


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