La guerra de Ucrania: ‘bombas’ ambientales del Ártico a la Antártida

La guerra de Ucrania: ‘bombas’ ambientales del Ártico a la Antártida

Deshielo en la Isla Livingston en el sur de la Antártida. Fotografía tomada en 2020, pocos días después de la ola de calor en la que se alcanzaron 18.3 grados centígrados en una base argentina en la Antártida. Foto: Rosa M. Tristan.

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Cada día nos levantamos con nuevos bombardeos, nuevos muertos, nuevos desplazados de una guerra en Ucrania que ha dado la vuelta a Europa y que, todo indica, tendrá unas repercusiones aún inescrutables en el espacio y el tiempo. Lo que sí está claro ya es que, en lo que se refiere a temas ambientales y científicos, el impacto es ya muy preocupante, en cuanto se desencadena en un momento en el que la Humanidad afronta un reto de proporciones colosales: frenar el calentamiento global y preservar ahora la biodiversidad de la que depende su supervivencia. De lo que ahora se haga dependerá lo que ocurra en siglos venideros y es la investigación la que hace el diagnóstico y marca el tratamiento. El impacto en los Polos, por el aislamiento que se busca realizar a Rusia, resulta especialmente preocupante.

Pero las noticias no son buenas. Hay bombas ambientales que ya han explotado o están a punto de hacerlo, dando al traste con compromisos y acuerdos que parecían fijos, al menos en el contexto europeo, que el norteamericano es más voluble, como hemos podido ver con la presidencia de Trump.

Empezaré por los Polos, regiones fundamentales para la estabilidad del clima y en los que se había logrado un consenso internacional que garantizaba, al menos, la colaboración estrecha con el fin común de su protección y su investigación. Pues bien, el Consejo Ártico, que reúne a los ocho países con propiedades en ese territorio helado cercano al Polo Norte, ha suspendido todas sus reuniones y actividades a raíz de la guerra, siguiendo esa consigna occidental de no estar presente allá donde esté la Rusia de Putin.

Antonio Quesada, secretario técnico del Comité Polar Español, no disimula su preocupación ante este parón, que califica, más bien, de “marcha atrás”. “El Consejo es un órgano asesor y tiene mucha actividad, cinco grupos de trabajo sobre cambio climático, protección, contaminación, extracción de petróleo o pueblos indígenas. Se reúne 20 veces al año. Pero todo se ha parado, así que se avecina un futuro muy complicado para el Ártico. No olvidemos que Rusia tiene un tercio del Ártico”, señala.

A destacar, el Proyecto de Incendios del Ártico, que mapea el área quemada cada año y evalúa su impacto en los ecosistemas y las comunidades, de especial importancia porque, en los últimos años, los incendios árticos han arrojado volúmenes récord de dióxido de carbono a la atmósfera. También el monitoreo del permafrost, cuyo deshielo preocupa a científicos de todo el mundo por el metano y el CO2 que libera, y que está casi todo en Rusia. De hecho, los alemanes han abandonado dos bases germano-rusas donde se estudiaba este asunto en Siberia.

Pausas que no se sabe cuánto durarán. Una pausa en este y otros proyectos puede romper décadas de secuencias de datos y retrasar la publicación de estudios que son fundamentales para saber qué está pasando. “Duele porque estábamos haciendo un trabajo fantástico e importante. Y ahora tenemos que hacer una pausa”, ha declarado Michael Sfraga, presidente de la Comisión de Investigación del Ártico de EE UU. Y luego están los acuerdos de pesquería para que no colapsen especies o los residuos nucleares que Rusia traslada por el océano, cerca de Noruega, sobre lo que había colaboración informativa.

Hielo en la isla Livingston, al sur de la Antártida. Foto: Rosa M. Tristán.

De hecho, no es lo único paralizado. También lo ha hecho el foro de ministros de Ciencia sobre el Ártico y la Cumbre de la Ciencia Ártica, que se celebra a finales de marzo en Tromsø (Noruega), ha vetado a cualquier institución o personal científico ruso, de los que hasta ahora eran parte importante.

En la Antártida también hay ya consecuencias. La Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos (CCAMLR, por sus siglas en inglés), donde también está Rusia, ha cancelado sus reuniones. Desde luego, malas perspectivas para que no se atrase, y mucho, la decisión de crear nuevas áreas protegidas en el Océano Antártico (Mar de Weddell, Península Antártica, Este de la Antártida); en total, casi cuatro millones de kilómetros cuadrados a los que Rusia y China llevan años boicoteando y que se esperaba conseguir con presión diplomática. Hoy esos puentes parecen más rotos de lo que lo estuvieron nunca antes en este continente.

El Tratado Antártico, que hizo posible que ese continente esté dedicado a la ciencia y al margen de reclamaciones territoriales y de presencia de militares (salvo en misiones científicas), está vigente desde 1961, en plena Guerra Fría, y con la participación de la URSS, luego Rusia. Pero su próxima reunión en Berlín, en mayo, está pendiente de un hilo. Algunas voces ya ponen en entredicho que se deban reunir si van los rusos. Y si no lo hacen, ¿qué consecuencias habrá a largo plazo en ese continente, cuyo tratado era un ejemplo de concordia?

Otra reunión antártica es la que reúne a todos los gestores de programas científicos, que deben ponerse de acuerdo sobre la logística: el COMNAP. Allí están presentes, lógicamente, Rusia, con varias bases antárticas (Vostok, Bellingshausen, Novolázarevskaya y Progress permanentes y otras seis de verano) y Bielorrusia (base  Vechernyaya). Sin colaborar con otros países en la ciencia, sin coordinarse unos con otros, es muy difícil mantener una presencia a 20.000 kilómetros de casa.

En ambos Polos se arroja, así, mucha incertidumbre sobre el futuro de los proyectos en curso, la mayoría de tipo ambiental, relacionados con el cambio climático, un problema especialmente apremiante para el Ártico, que se calienta rápidamente, donde las temperaturas aumentan casi tres veces más rápido que el promedio mundial, y la Antártida, que acaba de sufrir una excepcional ola de calor en su zona oriental.

Entre uno y otro Polo se encuentra otro lugar que también puede ser una bomba ambiental en ciernes: el continente africano, donde aún hay por sacar mucho petróleo y gas natural, el mismo que Europa sigue importando de Rusia pese a la guerra, algo que intenta evitar. Los yacimientos más importantes están al sur del Sáhara. Solo Nigeria dispone de un tercio de las reservas africanas, lo que ha reactivado el proyecto de un oleoducto que conecte este país con la zona norte hasta el oleoducto TransMediterráneo en Argelia, cruzando todo el desierto por Níger, hasta 30.000 millones de metros cúbicos de gas nigeriano a Europa por año.

A ello se suma la gran bolsa de gas submarino, a gran profundidad, encontrada en la costa frente al norte de Senegal y sur de Mauritania, donde ya se construyen dos grandes puertos para su transporte, no lejos de dos parques nacionales de aves: el senegalés está junto al Parque Nacional Djoujd –la tercera reserva ornitológica más importante del mundo, por la que pasan 1,5 millones de aves migratorias al año–, y el mauritano, a 30 kilómetros del Parque Nacional Diawling. Este último puerto es construido por una empresa china que se encuentra en las listas negras de varios países africanos por sus corruptelas diversas. Sin olvidar la gran bolsa de gas que se ha hallado frente a la costa Cabo Delgado (Mozambique), que ya está en explotación, y las prospecciones que se realizan en el valioso Delta del Okavango.

Y así, de punta a punta del globo, dado que los árabes no parecen dispuestos a abrir el grifo del petróleo, se buscan alternativas, cada vez en espacios más vulnerables, porque, como es sabido, las energías renovables no se pueden masificar de la noche a la mañana, sin poner en riesgo la biodiversidad y el paisaje y sin tener en cuenta que requiere de minerales que Europa no tiene. Y el hidrógeno verde aún está en fase muy preliminar de despegue, porque resulta muy caro de producir.

Con el horizonte de una nueva Cumbre del Clima a finales de este año, en un contexto de un nuevo orden (o desorden) mundial de conflicto bélico y sus consecuencias, los científicos y ambientalistas en general se muestran muy preocupados por las perspectivas para la actual vida en la Tierra.

Son muchas, demasiadas, bombas a punto de explotar en el horizonte que podrían desactivarse. La cuestión es si realmente queremos.

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Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 18 abril 2022

    Mi opinión es que realmente no queremos (¿no queremos?, ¿no quieren?). Porque decir lo contrario es querer, en el mejor de los casos, engañarnos, y querer engañarse de algo no es, desgraciadamente, desengañarse sino todo lo contrario. Engañar no está bien, pero engañarse a sí mismo es peor. Al engañado se le puede descabalgar de su engaño, pero al engañado por sí mismo, aunque también, solo puede hacerse por otro camino que no es el de la enseñanza basada en la razón sino en algo más cercano a la empatía, más afín al convencer que al ganar o vencer. Frente al venceréis pero no convenceréis habría que decir mejor: venceréis, pero será con creces si esa victoria se acompaña de compromiso y convencimiento.

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