Historias de la España Vacía que lucha por su pasado y su futuro

Historias de la España Vacía que lucha por su pasado y su futuro

El pueblo burgalés de Fuentenebro. Fotografía de Rosa M. Tristán.

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En nuestro segundo viaje de fin de agosto nos vamos a la España Vacía. La historia de los pueblos, de esos pequeños y hoy casi abandonados núcleos rurales, fue dejando un poso que se perdió entre legajos de archivos de Ayuntamientos y registros eclesiásticos. Una historia de vidas en la que se entrecruzan los grandes acontecimientos con las pasiones, los crímenes, las luchas y, sobre todo, el afán por una supervivencia que hoy languidece hasta casi desaparecer en invierno, para resurgir unos días cada verano. Hoy viajamos al pueblo burgalés de Fuentenebro para empaparnos de una de esas pequeñas grandes historias de nuestro mundo rural. 

A bucear en siglos de oscuridad y olvido ha dedicado su tiempo el profesor, aficionado a la Historia, Juan Manuel de Blas, que acaba de publicar un libro sobre uno de esos municipios que hoy pasa desapercibido en la meseta castellana, pero cuyo término fue visitado por los humanos desde el Neolítico, y después por los romanos, visigodos, árabes o franceses. Se trata de Fuentenebro, en Burgos, tierra de vides y eras de cereales habitada hoy por apenas 131 personas, según el último censo. A finales del siglo XIX tenía más de un millar.

“Desde siempre me gustó la historia y las antigüedades. Soy de un pueblo cercano, Pardilla. Primero, de hecho, hice un libro sobre Pardilla, pero mi mujer es de Fuentenebro y cuando comencé a indagar su historia, descubrí que había mucha información desde hace muchos siglos. Para empezar, en el término, en un alto llamado La Peña, están las ruinas de una torre de vigilancia que hicieron los romanos, donde seguramente ya hubo un asentamiento. La primera mención documental de Fuentenebro es del siglo XIII, aunque seguro que ya existía antes”, explica en su casa familiar, rodeado de antiguos enseres, piedras y fósiles que nos retrotraen a ese mundo no tan lejano.

En realidad, los rastros del pasado de este municipio, en el que se hunden mis raíces familiares, son muy anteriores al desembarco del Imperio de Augusto en la Península. Basta pasear por sus campos para tropezar con fósiles que nos recuerdan que aquello fue un inmenso mar. Conchas de bivalvos, erizos, ammonites, caracolillos… son seres que se quedaron ‘petrificados’ en sus suelos hace 450 millones de años. Los arados, desde siempre se encontraron con esas extrañas piedras cuyo origen para la mayoría era un misterio.

Más desapercibidas pasaron las lascas, raederas y percutores que también hay en la zona, herramientas de piedra que De Blas ha encontrado y bien podrían se del Paleolítico, a falta de ser estudiadas. Las cuevas, el agua cercana, la caza y la visibilidad desde La Peña seguramente atrajeron a los primeros cazadores-recolectores que se adentraron en esas tierras.

Pero su investigación, editada por el Ayuntamiento de Fuentenebro, profundiza en tiempos históricos. Nos descubre, como certifica alguna pieza de la típica cerámica sigillata romana, que la ruinosa torre fue uno de los 12 lugares de habitación y vigilancia de la comarca de Aza, que luego ocuparían visigodos y árabes. Cuentan que tras ser derrotado en Simancas, Abderramán III destruyó todas estas fortalezas, si bien la que nos ocupa siguió un siglo más en pie.

Ese lugar compartido hoy por buitres leonados y cabras, durante los siglos IX y X formaba parte de la frontera de guerra entre árabes y cristianos, sobre todo en los años de Almanzor, que asoló reiteradamente la zona donde se asentaban ya los primeros agricultores estables. “A mediados del siglo XI, con la incorporación a Castilla, llegaron nobles y entidades monásticas y ya en el siglo XII se crearon concejos fronterizos que acabaron uniéndose para su defensa en las llamadas comunidades de Villa y Tierra. La de Aza estaba formada por 15 aldeas. Una de ellas, Torregalindo, se escindió al siglo siguiente con las aldeas de Campillo y Fuentenebro”. ¿Y por qué Torregalindo se hizo independiente? Pues porque allí estaba el puente que cruzaba el río Riaza y se cobraba el pontazgo o impuesto por el paso. La geografía marcando un paso que supo aprovechar el señor del castillo, que era el Conde de Siruela.

Aunque no hay documentación escrita, la tradición oral y algunos restos hallados en tareas agrícolas apuntan que, si bien al principio el asentamiento estuvo junto al arroyo, hoy casi seco, hubo algún incendio o inundación que obligó a trasladarlo a la zona más alta de las bodegas y lagares, donde hoy se encuentra. “Las bodegas subterráneas se hicieron en una ladera porque eran más fáciles de excavar, pero en otros pueblos están a las afueras, no en medio, como en éste, y eso le da una extraña configuración”, apunta De Blas.

Encontrar documentos que probaran todo ello no ha sido fácil. Tarea de años. “He investigado en el Ayuntamiento, en la Chancillería de Valladolid, el Archivo Diocesano de Burgos… y he estudiado paleografía para entender lo que se escribía. A veces encontraba términos que no conocía, como entenado (nacido antes del matrimonio con la pareja actual) o peujarero (pequeño ganadero). Fuentenebro fue en esos siglos un pueblo importante porque tenía un término municipal grande, con muchos pastos comunales, lo que provocaba litigios con los pueblos vecinos. También los había entre agricultores y ganaderos, agrupados en la Mesta y entre sus habitantes. Todo ello ayuda a conocer cómo era la vida cotidiana”, comenta Juan Manuel.

Así, gracias al mayordomo municipal, lo que hoy sería el secretario del Ayuntamiento, sabemos de las mordidas abonadas para que no pasaran por el lugar las tropas de Felipe II en su viaje hacia batallas lejanas, de los festejos, de las obras en la Iglesia (cuya torre es del siglo XII), del pago a gitanos para que se fueran un lejano 1596, del mantenimiento de un hospital de pobres (con una sola cama) desde al menos el siglo XVII, curiosamente donde hoy está el Centro de Salud. Y con los libros de bautismo, casados y difuntos ha sacado a la luz la historia de madres solteras que litigaban para casarse con quienes las engañaban y abandonaban, la alta mortandad de niños, que se prolongó hasta finales del siglo XIX, la existencia de adopciones. Para 1730 ya tenía unos 700 habitantes, seis veces más que 300 años después.

Poco tiempo más tarde, en 1746, se hizo por fin villa independiente de Torregalindo, un estatus que le permitía contar con capacidad de ejercer justicia. Curiosamente, no era algo deseado. Hubo líos porque no se querían ocupar cargos que pudieran poner a mal con algunos vecinos cuando se dejaban de ejercer. Había muchas tensiones en aquellos tiempos por mojones en las tierras que cambiaban de lugar, ganados descontrolados, la leña… De hecho, entre los pleitos hay unos cuantos asesinatos, incluso entre hermanos, crímenes que recupera el autor en su libro y nos hablan de una convivencia difícil en un día a día que también lo era.

El libro acaba al final del siglo XIX, el más intenso en acontecimientos en estas tierras castellanas. Cuando llegaron los franceses, a miles, en estos lares no quedaba otra que esconderse en los montes cercanos, sobre todo a las mujeres, que eran atacadas, y esperar a que dejaran algo de las cosechas y animales que requisaban para su sustento. Cientos de franceses lo saquearon todo en una sola noche de 1813… Pocos años antes, a la Asamblea de Bayona, convocada por Napoleón para promulgar una nueva Constitución para España, había sido convocado el cura de Fuentenebro. Poco se sabe de su aportación, salvo su insistencia en que fuera católica. Eran tiempos del guerrillero El Empecinado, que nutrían sus filas con la miseria de la zona, pero que también rapiñaba con su grupo lo que podía.

“He tratado de recoger esa parte de la historia que se perdió en la memoria y que está muy ligada a la vida de las gentes que vivían en este pueblo, pero que no es distinta en los de la zona. Fueron muchos siglos de vida muy dura, peleando con una tierra pedregosa, un clima muy frío y mucha violencia. Al final del siglo XIX, en Fuentenebro había más de un millar de habitantes, atraídos por un gran dinamismo económico, pero también con desigualdades sociales tremendas. Lo que pasa en el siglo XX ya es otra historia… “, asegura De Blas, que ya piensa en seguir la serie indagando en otros pueblos de la zona.

El día de la presentación de su libro, a comienzos de agosto, la plaza principal de Fuentenebro se convirtió en un auditorio lleno de sillas y ninguna libre. Por una hora, desfilaron los fantasmas de bandoleros, condes, soldados de los tercios, monjes y labriegos vestidos con sayas y alpargatas. Entre ellos, veía a mis antepasados.

De hecho, desde comienzos del siglo XIX encuentro entre los personajes, algún Tristán y ya a finales, entre las últimas páginas, figura un Mariano Tristán que fue abuelo de mi madre, un hombre que acabó emigrando con toda su familia (excepto mi abuelo materno) a Argentina a principios del siglo XX en busca de un futuro que estas tierras le negaban.

Hoy Fuentenebro todavía se vacía. La escuela no funciona. Hay mala conexión a Internet y su arroyo sólo resucitó este año con el paso de Filomena tras años de sequía. Pero, a la vez, sus campos se llenan de nuevas vides, hermanas de las que plantaron allí hace 2.000 años los romanos. Vinos de la Ribera del Duero como los que hizo mi abuelo y mi padre, hoy a una altitud (1.100 metros) jamás antes imaginada por ese cambio climático que nos atenaza, hoy salen de esa tierra roja sangre para bodegas de renombre que le dedican colecciones especiales.

Un pueblo más que recupera una historia perdida y sigue tratando de sobrevivir en el presente para tener un futuro.


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Comentarios

  • Fernando Markina

    Por Fernando Markina, el 31 agosto 2021

    Enhorabuena por tu artículo! Necesitamos material como éste para conocer nuestra Historia y devolver su dignidad a esa España abandonada por los políticos, al mismo tiempo que acercamos esa parte del territorio al resto de la ciudadanía y conseguimos un modo de vida más cómodo para sus actuales habitantes.

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