Historias entre la pandemia 2: Lis: “Yo sé que voy a salir de esta”

Historias entre la pandemia 2: Lis: “Yo sé que voy a salir de esta”

Fotografía de Victoria Iglesias.

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Digamos que se llama Lis; el dato cierto es que tiene 38 años, vino de Centroamérica y lleva tiempo en la calle. Hoy, en un banco con ‘chaise longue’ en el que puede reposar su pierna herida, nada puede hacer presagiar que solo un día después la echaran de él “cuatro copos de nieve”. A ella, y a ellos, sobre los que cae encima todo un cielo diariamente, y que saben del mundo inhóspito frente a los que pensamos que es habitable porque vivimos en el lado cómodo que hemos tenido suerte de encontrar, todo relativamente. Segunda entrega de ‘Historias entre la pandemia’ en forma de ‘Victografías’.

Es cierto que ya nos sorprendemos poco viendo recodos ocupados en la gran ciudad, o soportales que se habitan por la noche. Incluso obviamos la arquitectura de pequeñas estructuras de cartón que se desmoronan con la luz del día y se vuelven pastosas con los aguaceros. Hay personas que nos observan desde unos escalones que no llevan a ningún lado. Desde puertas con los goznes de óxido. Son esas escenas que forman parte de un pequeño hilo que se va cosiendo en la línea de nuestro propio tiempo, la que vamos trazando y de la que penden; y que tal vez, cuando se muevan un poco, puedan molestarnos para ser apartadas de una sacudida con nuestra mano.

Tenemos todos imágenes que, de tanto verlas, desaparecen. Esas de los seres humanos a veces locos, desgraciados, perdidos, raros, extravagantes, diferentes… porque no somos nosotros mismos hasta que un día nos convertimos, sin saber, en ellos, porque tal vez nos perdimos en un punto que no nos dejó ver de nuevo el camino.

Carros de supermercado con la rueda vuelta llenos de bolsas de plástico anudadas.

Avalanchas de miseria. Colchones. Mantas de tejido desdeñado. Muros nuevos para compensar todos los que ya no derribamos. Un laberinto que nos lleva hacia el centro de la ciudad, tan ruidoso y difícil, como si se eligiera el punto caótico desde el cual nada puede ir a peor. Ahí donde el cielo está plano como en esos días que se funde todo de gris usurpándose de fachadas de edificios, coches y personas. Y en medio de esa masa parece que el suelo estuviera vivo mordiendo los tobillos con una corriente fría que también camina por la acera. Como una alimaña que está a puntito de clavar sus dientes brillantes aguzados. Aquí hay, ahora, una casa habitada de aproximadamente 2 metros y medio por 70 (con adosado chez longe que la hace más ancha) de madera. No tiene techo, puertas o paredes. Es una de las 33 de esta calle, pero ésta sí tiene llamador que permite que la conversación se pueda abrir aunque entrecortada también por el ruido.

–¿Hola?

–Hola.

–¿Puedo hablar un momento contigo?

–Claro…

–¿De dónde eres?

–Digamos… De Centroamérica.

–¿Cuándo viniste a España?

–En el 2007

–¿Encontraste trabajo?

–Yo cuidaba a una persona mayor. Estuve haciéndolo durante mucho tiempo. No aquí en Madrid, en otra ciudad.

–¿Y qué pasó?

–El anciano que cuidaba era mi ángel de la guarda, sus hijas pasaban de él. Lamentablemente falleció. No me indemnizaron. Después de un mes dejé la casa. Me quedé sin trabajo. Como aquello me traía malos recuerdos, me vine a Madrid, porque tengo familia aquí, pero cuando más los necesitaba me dieron la espalda y no quise saber nada más de ellos.

–¿Y ellos saben tu situación?

–No.

–¿Y dónde duermes?
–Pues en este sitio. Duermo en la calle desde hace dos años.

–¿Pero va a venir nieve mañana o pasado?

–Así me han dicho. Tengo este plástico para taparme. No pasa nada.

–¿Y no hay un sitio donde puedas ir?

–No me gustan los albergues.

–¿Os dice algo la policía al veros en la calle, por ejemplo durante el confinamiento?

–No. En mi país se tiene el pensamiento de que los españoles son fríos, pero son las personas más generosas que he visto en esta vida. A lo mejor no son de abrirse de golpe, pero cuando te quieren, te quieren de verdad. Yo lo tengo muy presente porque lo vi con el abuelo que cuidé. Hace un ratito me han traído roscón los policías.

–¿Y no te acercas a los comedores?

–No. Hay mucha gente buena que me trae comida. No me falta ni ropa ni para comer. Es lo que más me sobra. Me han regalado una docena de pantalones. Botas…

–¿Y sales de aquí a lo largo del día para moverte, pasear?

–Pues muy poco. Tengo problemas de movilidad en mi pierna izquierda.

–¿Os visita algún médico?

–Yo tendría que ir a mi médico. Pero además, si me muevo me roban mis cosas. Me robaron mi ayuda el mes pasado. Si te mueves de aquí, te roban. Me robaron mi dinero.

–¿Recibes una ayuda?

–Sí, por el tema de violencia.

–¿De violencia de género?, ¿tenías pareja?

–Sí, pero me separé. Nunca me casé con él. Estoy en la calle desde entonces, hace un año. Sufría maltrato físico y psicológico. Tengo un juicio pendiente.

–¿Él tenía trabajo?

–No. Su mamita lo mantenía. Yo vivía con él, en la casa de su madre.

–¿Sabes algo de él?

–No. Ni quiero.

–¿Tuviste hijos con él?

–No. Menos mal. Él quería, pero yo ya tengo dos en mi país.

–¿Con quién están?
–Bueno, la niña que tiene 9 años me la secuestró su padre. El niño es ya mayor. Tiene 18 años. Me hizo algo feo. No se portó bien.

–Y si consiguieras dinero para volver a tu país, ¿lo harías?

–No, no quiero nada con ellos. Hace tiempo que he decidido apartar a todas las personas que no me hacen bien.

–¿Cómo ves tu futuro?

–Yo sólo sé que de esto voy a salir. Puede ser hoy, mañana, dentro de una hora, dos. Nunca se sabe. Pero yo sé que voy a salir de esta.

Hay un hilo que pende, que según le da el viento, nos roza o no.

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