¿Qué huellas de nuestro presente serán visibles dentro de millones de años?

¿Qué huellas de nuestro presente serán visibles dentro de millones de años?

Las cicatrices de las carreteras perdurarán en el tiempo profundo. Foto: Pixabay.

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Nuestra época parece estar marcada por el corto plazo, o por la dificultad de imaginar el futuro a largo plazo. Por un presente continuo que dificulta la planificación e incrementa la incertidumbre vital. Sin embargo, esa realidad socioeconómica convive con avances cualitativos en nuestra capacidad científico-técnica para conocer el pasado remoto y, también, los posibles y verosímiles escenarios en los milenios por venir. Sirviéndose de estos avances, pero sin caer en el determinismo con que se presentan muchas previsiones a muy largo plazo, David Farrier, profesor de Literatura en la Universidad de Edimburgo, ha escrito Huellas (Crítica), un libro con un interesante y original enfoque para hablar del futuro en el tiempo profundo.

De la misma forma que nosotros somos capaces de reconstruir el pasado en función de las huellas que éste fue dejando en la Tierra, Farrier se pregunta qué huellas de nuestro presente serán visibles en un tiempo por venir de miles de millones de años. ¿Cómo luciremos entonces? ¿Qué de todo aquello que hoy creemos sólido y eterno que configura nuestra realidad llegará tan lejos para hablar de cómo fuimos? El subtítulo es bien claro respecto a los propósitos que el autor se marca: En busca del mundo que dejaremos atrás.

Las ubicuas carreteras

“Nuestro presente está saturado de cosas que seguirán existiendo en el futuro profundo”, escribe Farrier, que en primer lugar se detiene en las ubicuas carreteras. Parecemos habernos olvidado de su presencia constante, pero, como se pregunta el autor, “¿cuánto tiempo pasa cualquiera de nosotros alejado más de cien metros de una carretera o fuera del alcance de sus voces susurrantes?”. Las carreteras, sin embargo, son más frágiles frente al paso del tiempo que los túneles, de los que también se ocupa Farrier. “Las únicas amenazas reales para su persistencia en el futuro profundo son los terremotos”, explica el autor. De la red de carreteras de la superficie solo se conservarán fragmentos cortos, “cada uno de más o menos un kilómetro de longitud”, pero “aunque sea en fragmentos, serán una pista que mostrará hasta dónde ha llegado nuestra intervención a lo largo y ancho de los continentes y de todos los espacios naturales”.

Las ciudades-ruina

También se pregunta por las ciudades, “vertederos de incontables fósiles futuros”, porque “todas las ciudades son ruinas incipientes”. Es más, “la ruina ya está ahí, debajo de las brillantes calles”. Durante un tiempo limitado, “todas las ciudades dejarán algún rastro. […] Pero gracias a las grandes estructuras y a los profundos cimientos, incluso las ciudades vacías perdurarán durante miles de años como islas de hormigón y cristal, conectadas mediante una red de afluentes (vías férreas, carreteras, alcantarillas y tuberías)”. Es algo que ya se planteaban, entre otros, los nazis, obsesionados con la eternidad de su régimen, tal y como cuenta Albert Speer, arquitecto de Hitler, en sus memorias: diseñaba y construía sus edificios previendo cómo quedarían cuando fueran ruina, bien por bombardeo enemigo o por el paso de los siglos y los milenios.

La huella ecológica

Pero no se trata de un libro que se limite a levantar acta de las huellas de la acción humana que serán visibles en el futuro profundo. Por un lado, hay una voluntad de estilo que refleja el bagaje literario de un autor que conecta muy bien su objeto de estudio con referencias a la mitología clásica o a escritores como Borges y Emerson, que reflejaron en su obra la fascinación por el tiempo –profundo o no– que Farrier dice compartir. Y lo hace alternando géneros, como la crónica, el apunte diarístico, la autobiografía o la divulgación científica, para ofrecer un conjunto que resulta muy ameno y, a la vez, muy instructivo sobre cuestiones que son hoy parte de nuestro debate público, caso del cambio climático.

Y es que la segunda intención del autor es igualmente diáfana: llamar la atención sobre el enorme e insostenible impacto de la actividad humana en los ecosistemas terrestres, así como llamar a la acción exponiendo algunos de los casos más dramáticos de nuestra huella ecológica. “Los climatólogos de la Universidad Nacional Australiana sugirieron recientemente que la actividad humana está forzando cambios en el funcionamiento de la Tierra a una velocidad 170 veces mayor que los provocados por procesos naturales. Con este mareante cálculo, veremos diez mil años de cambio ambiental en cincuenta y ocho años, menos de lo que dura una vida humana”, escribe, y ofrece un dato que sorprende: “Se cree que los humanos han modificado más de la mitad de la superficie terrestre del planeta de una u otra forma”. 

A vueltas con el Antropoceno  

Como el propio nombre indica, la nueva edad geológica propuesta a consideración del panel de expertos que debe decidir si hemos dejado atrás el benigno Holoceno, está definida por nuestro papel en ella, en el impacto visible en los registros fósiles.

Las formas en las que se visibiliza esta huella son muchas, y Farrier se detiene en algunas de las más evidentes, como el también ubicuo y duradero plástico; la acidificación de los océanos y el regreso del predominio de animales que, como las medusas, poblaban los océanos en el pasado profundo; la muerte o reducción de los principales arrecifes de coral; la desaparición de las capas de hielo que funcionaban como bibliotecas de Babel de nuestro pasado; el deshielo del permafrost; o nuestro impacto, también, en la vida microbiana que hizo posible nuestra propia existencia. 

La sexta gran extinción

El panorama es tan dramático que muchos se preguntan, y Farrier con ellos, si no estaremos ya ante otra era de extinciones masivas: “En todo el mundo, las sombras están avanzando; donde una vez hubo color, la vida está cediendo ante la oscuridad y el silencio. Algunos predicen que la sexta extinción ya ha empezado, dado que cada día unas doscientas especies caen para siempre en el olvido”.

Uno de los temas centrales de Huellas es el de los efectos de las pruebas nucleares que se han hecho a lo largo del mundo desde mediados del siglo pasado. Es de sobra conocido que los residuos radiactivos perduran durante milenios, y que, aunque la energía nuclear sigue siendo más limpia que otras basadas en la quema de combustibles fósiles, no sabemos muy bien qué hacer con ellos, más allá de la patada hacia delante y ganar tiempo, a la espera de algún avance que lo permita. En estos días, por ejemplo, hemos conocido que Japón verterá al mar el agua radiactiva de la malograda central de Fukushima que, aunque ha sido filtrada, aún conserva isótopos radiactivos con potencial dañino, como le han recordado algunos de sus vecinos.

La semiótica nuclear

Fascinante es la historia que Farrier nos cuenta sobre la así llamada “semiótica nuclear”. Una disciplina fundada por el lingüista y semiólogo estadounidense Thomas Sebeok, quien proponía que la mejor forma de proteger de los efectos erosivos de la memoria del tiempo profundo era formar lo que llamó “clero atómico”. Sebeok depositó su fe en la continuidad y el poder de los mitos: “Se debería permitir que la superstición se acumulara alrededor de lugares como las WIPP [Plantas Piloto de Aislamiento de Residuos], […] paisajes adornados por un aura de enfermedad y amenaza para desalentar la curiosidad de los profanos”. Una comisión de físicos cultos, expertos en enfermedades causadas por la radiación, antropólogos, lingüistas, psicólogos, especialistas en semiótica y cualquier experto adicional que pudiera hacer falta, tanto ahora como en el futuro “protegerían la verdad sobre aquello que permanece enterrado, en forma de un ritual anual especialmente diseñado”.

Contra el riesgo del olvido en el futuro profundo de los peligros que el pasado evidenció, “la transmisión de Sebeok, que se transformará con el paso del tiempo, sería complementada por un metamensaje”, con una advertencia para las futuras generaciones para que lo mantengan y actualicen cada 500 años, junto con amenazas veladas que transmitan la idea de que “ignorar el mandato equivaldrá a provocar alguna clase de castigo sobrenatural”.

Un libro ameno, bien documentado, capaz de ponernos ante el abismo del tiempo profundo pero, a la vez, de animarnos a actuar en el presente y el futuro inmediato.

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