Humor en el amor: la clave de una gran comedia romántica

Humor en el amor: la clave de una gran comedia romántica

Irene Dunne y Charles Boyer, en una imagen de ‘Tú y yo’ (‘Love affaire’), de 1939.

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Entre lo sublime y lo común, ‘Tú y yo’, que dirigió Leo McCarey en 1939, circula de nuevo remozada en una edición en ‘blu ray’ que ha publicado The Criterion Collection. Menos conocida que el remake que hizo el propio McCarey en 1957, y que inspiró a Nora Ephron en 1993 una versión libre en ‘Algo para recordar’, es, sin embargo, una de las grandes comedias románticas del cine. A las tres las liga la vital constatación de que el humor sustenta el amor.

Los futuros amantes se encuentran por primera vez en un barco que los traslada de Europa a Estados Unidos. Los separa una ventanilla de ojo de buey por la que a él se le vuela el radiotelegrama que le ha enviado su prometida. Ella lo recoge y él, asomado del otro lado, le pide que se lo devuelva. Al mirarlo a él, ella lo reconoce. “Oh, usted es…”, bromea. Él asiente. Sí, los periódicos le acosan y publican su fotografía en las páginas de sociedad. El hombre que atrae a mujeres ricas, hermosas. Si quiere recuperar el radiotelegrama, viene a contestarle ella, dígame qué pone para confirmar que es usted. Él lo recita de memoria. “Le fue bien, ¿eh?”, bromea de nuevo ella. Él asiente musitando. Ella se despide.

Todo el encanto de las grandes comedias del Hollywood de los años 30 podría resumirse en esta escena de Tú y yo (Love affair): en su humor, en la composición musical, rítmica de los planos que establece el director Leo McCarey y naturalmente en la manera en que dos intérpretes, Irene Dunne y Charles Boyer, se mueven, gesticulan, hablan, se dan las réplicas. Aun así, quizá ya no haya modo de entender la fascinación que desprenden. Ni su talento, ni su ángel se encuentran al alcance de los espectadores de hoy, a menos, claro, que uno frecuente las filmotecas, los festivales de cine o alguna plataforma audiovisual. ¿Quiénes?, preguntarán si alguien pronuncia sus nombres. Cuando en 1957 McCarey vuelva sobre su propia película y ruede Tú y yo (An affair to remember) con Cary Grant y Deborah Kerr, Dunne habrá abandonado el cine y Boyer aparecerá como de prestado en películas desvaídas, ya avejentado, aunque con la misma elegancia de entonces.

El argumento del filme se le había ocurrido a McCarey a la vuelta de un viaje a Europa en barco con su esposa, según le contó al director Peter Bogdanovich en una entrevista que este publicó en el libro El director es la estrella. Cuando estaban llegando a Nueva York, el cineasta fantaseó con qué hubiera pasado si ambos fueran dos desconocidos que se hubieran puesto a hablar al zarpar la nave de regreso, se hubieran vuelto inseparables y se hubieran enamorado locamente, pero al llegar hubieran descubierto que el otro estaba comprometido con otra persona.

La compañera de McCarey pudo ver en 1939 cómo su marido había concebido las imágenes de aquel relato en la primera parte de Tu y yo: el encuentro entre Dunne y Boyer, las citas posteriores en el restaurante, en la cubierta, todo el juego de seducción inevitable que despliegan, sus dudas. ¿Qué debería pasar para renunciar a la “vida de champán” a la que están acostumbrados?, se preguntan. “Yo no he trabajado jamás”, le confiesa él a ella. Le basta su magnetismo, su fama de Casanova para relacionarse con mujeres pudientes que lo mantengan. Ella sí trabaja: es cantante (como lo era Irene Dunne) en salas de fiesta. Allí la conoció el hombre con el que va a casarse. Pero él le pidió, a cambio, que dejara el trabajo.

La película se transforma cuando el barco hace parada en Madeira, donde él visita a su abuela. Mengua la ligereza, el humor y emerge cierta gravedad. Visitan la capilla familiar. Ella reza. Él finge rezar. A la abuela de él le complace aquella joven. “Una mujer lo tiene que corregir” antes de que la vida le pase factura a su nieto, le dice.

Llegando a Nueva York la pareja acuerda verse al cabo de seis meses en lo alto del Empire State Building. Es el tiempo que necesita él, le explica a ella, para hallar trabajo y dejar de ser un mantenido. Pero no llegarán a encontrarse. Ella sufre un accidente en las inmediaciones del rascacielos en la fecha señalada y queda paralítica, temporalmente. Cuando se reestablezca, se dice, lo buscará.

McCarey pone entonces en danza el azar, lo empuja al centro del filme, porque el personaje de Boyer ya ha dado por perdida a la mujer, consecuentemente con su propia vida descreída. De modo que hace que coincidan al terminar una velada en el teatro. Ella está sentada y no se levanta. Se reconocen, se saludan fríamente y se despiden. En su confusión, él no acaba de creerse la indiferencia de ella y decide indagar sobre su paradero. En ese momento, McCarey establece en la conciencia de ambos que sus vidas son inseparables.

¿Qué movió a McCarey a revisar su propia película casi 20 años después? A Bogdanovich le dijo que quería contar de nuevo la historia a la gente joven, “comprobar si era tan buen guionista y director como lo había sido 20 años atrás; quería superar al McCarey de hacía 20 años”. Pero el biógrafo de Cary Grant, Marc Eliot, relató que fue el productor Jerry Wald quien propuso a McCarey la posibilidad de dirigir una versión modernizada de Tú y yo, en color y pantalla ancha, con la condición de que aceptara a Grant para el papel principal.

Al cotejar ambos filmes, uno observa rápidamente los cambios. McCarey rodó media hora más de lo que duraba Tú y yo introduciendo gags o secuencias inexistentes en la primera versión y que a uno le parecen hoy rellenos. El filme de 1939 es uno de esos logros en el manejo del tiempo (unos 90 minutos bastaban para compendiar un mundo) que Hollywood hizo legendario (y al que Godard, tan rendido a ese cine, se ajustó, por ejemplo, en algunas de sus mejores películas).

Uno, como el propio McCarey, prefiere la versión en blanco y negro, sus elegantes elipsis, sus interpretaciones memorables, sus melódicas canciones, su concisión narrativa, su gracia. Que Boyer sea francés añade un cierto distanciamiento entre su personaje y el de Irene Dunne; pero esta aparente distancia (desenvolverse en un idioma impropio, proceder de una cultura diferente) no traba, más bien al contrario, el amor. Como extraños, se atraen. McCarey habló de la clamorosa diferencia de actuación entre Boyer, para quien escribió este papel, y Cary Grant. “Boyer lo hizo mucho mejor”. Viene a decir que Grant no era un actor dotado para lo dramático. Por eso su interpretación es más cómica y menos sutil que la de Boyer, que dominaba ambos registros.

Cuando Nora Ephron estrenó en 1993 Algo para recordar (Sleppless in Seattle), con Tom Hanks y Meg Ryan, la época era decididamente otra. Pero no los sentimientos. Lo suyo no es un remake, sino un homenaje a su película favorita, la segunda Tú y yo, aunque toma de ella algunos de sus argumentos, especialmente la simbólica cita en el Empire State Building, que McCarey omitió y Ephron filma. De algún modo, al rodar la sugerente idea de reunir a los amantes en el entonces edificio más alto del mundo que el director de Tú y yo había desechado, Ephron exalta el romanticismo que en las dos películas de McCarey se manifestaba sobriamente.

Su homenaje, sin embargo, conserva afinidades con los filmes de McCarey. Los tres son creyentes en la inexplicable e irremediable conexión que puede surgir entre dos desconocidos. Los tres abrazan la fe de que el humor es la materia de la que está hecho el amor, una fe común a otras grandes comedias amorosas de esa época irrepetible de los años 30. Un humor que sabotea las convenciones sociales, la desigualdad entre hombres y mujeres y extrae de la adversidad lecciones para la dicha. Que afirma la posibilidad de una fatalidad feliz.


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