La imperiosa necesidad de dejar atrás los fantasmas familiares

La imperiosa necesidad de dejar atrás los fantasmas familiares

La escritora Violeta Gil.

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No es fácil sostener un verso del calibre del que sostiene Violeta Gil (Hoyuelos, Segovia, 1983) en el título de su primera novela. No es fácil modificarlo y mucho menos ampliarlo y amplificarlo de la forma tan liberadora y original en que ella lo hace. ‘Llego con tres heridas’, que parte de unos versos de Miguel Hernández (“Llegó con tres heridas: la del amor, / la de la muerte, / la de la vida”), es un libro de una veracidad sobrecogedora, pese a estar labrado sobre la tierra dura de las conjeturas, los ecos y, sobre todo, de los silencios ajenos. Gil se aleja de ese sudario maquiavélico que es la mentira a la que su familia la ha sometido durante muchos años. Gil carga con demasiados fantasmas y con este libro expresa la necesidad de abandonarlos.

Es un texto que conmueve, pero no debilita; un diario que te vuelve de acero en una simbiosis que yo jamás había sentido como lectora. Es un libro comprometido con la emoción, pero también con la literatura y, sobre todo, con la historia de España, con sus sombras, con sus reglas sociales, con sus suicidas:

“Mi abuelo era topógrafo militar, mi abuelo era militar. Uno de  sus mayores caballos de batalla es la Ley de Memoria Histórica, y es ahí precisamente cuando me siento incapaz de callar. Mi abuelo no quiere discutir el pasado, no quiere hablar de la familia, no tendría sentido que deseara para su país lo que no desea para sí”.

Gil ha escrito un perfecto epílogo contra el olvido. Nada le falta ni le sobra a este pequeño gran manual de supervivencia. De principio a fin se asiste a la vida privada de una herida que no cierra porque hay un tipo determinado de sangre que se niega a correr para ser cicatriz y de eso tan difícil, tan arriesgado y tan hermoso habla esta medidísima novela, esta respetuosísima novela que se aleja de manera originalísima de los callejones mal iluminados a los que per se quiere enviarnos el dolor.

Gil ofrece a través de estas páginas una entrega absoluta a lo posible, a la liberación. Concatena con un ritmo lento, que no denso, e implacable la reflexión de una mujer que no le tiene miedo a la alegría, pese a la tristeza a la que la vincula su prematura orfandad. Una mujer que no teme llenarse las uñas con la incómoda tierra que se desprende de las raíces de su fatídico árbol genealógico.

“¿Qué hemos hecho para no entender así la muerte? ¿Por qué no podemos salir a la calle a bailar?”.

La claridad que demuestra con las consecuencias de la muerte es extraordinaria:

“Escribir un libro para que alguien pueda morir y también quedarse. Entrar con el propio cuerpo en la muerte para poder salir”.

Porque hay dolor, sí, pero también lucidez, generosidad y la imperiosa necesidad de no pertenecer a las exigencias del dolor stricto sensu.

Gil se aleja de la deslucida resurrección, de ese sudario maquiavélico que es la mentira a la que su familia la ha sometido durante muchos años. Gil carga con demasiados fantasmas y este libro es el que va a permitirle constatar la necesidad de dejarlos a un lado, la necesidad de abandonarlos.

Gil es en esta novela una suerte de novedoso Saturno que irá devorando su propia carne hasta construir una nueva persona:

“El dinero que tenía mi abuela es lo que me protege cuando voy al pueblo”.

Llego con tres heridas tiene un peso narrativo y emocional ineludible para quien la lea. Resulta imposible no enamorarse de la naturalidad que la autora le otorga a un texto tan profundo, tan descarnado, tan íntegro.

Es prodigioso cómo extiende los versos que guarda su memoria hasta convertirlos en material narrativo Violeta Gil, como se asemeja al hacerlo a un águila que despliega sus alas sin ser consciente de las sombras que revelará su vuelo. Ella sabe ser poeta, pero la prueba de fuego de este libro reside en que el lirismo no contradiga su avance como narradora, que sea un elixir que le tienda su mano, pero no la aprisione:

“La muerte es parte de mí desde que llegué a la vida”.

“Mi padre no me ha enseñado los deportes. No me ha enseñado a salir con chicos. No me ha explicado la diferencia entre leninistas y estalinistas. Pero me ha dejado palabras aquí y allá que aún puedo transformar en una suerte de pedagogía futura”.

Ella sabe convivir de manera plena con la contradicción y sacarla de lo rudimentario, de lo que paraliza. Ella la usa para avanzar, como una ciencia exacta que se empieza a comprender de manera inesperada:

“Tiene sus ventajas ser la hija de un suicida”.

Que se convierte en el as en la manga capaz de modificar la estancada biografía. Y es que cuando el idioma de los ausentes nos pertenece se convierte en una hazaña que nos salva a todos.

Cuántas reflexiones plurales sostienen un libro tan individual como Llego con tres heridas:

“¿Soy la que debo ser?”.

Hay tantas entrañas y tantos corazones abiertos en él que te aboca a una lectura voraz, a una lectura ininterrumpida en la que las sombras dejan en la memoria ese raro regusto que jamás será capaz de dejar la luz.

Gil es una mujer, pero también es una niña sin permiso social para serlo mientras dura esta narración. Las miradas ajenas son una dura barrera, la frontera más infranqueable con la que puede encontrarse un ser humano y en esta novela está contado de manera magistral.

También está contada de manera magistral la reciprocidad entre el ausente y el que sobrevive. Es una suerte de diálogo onírico. El sueño de la muerte y de la vida contradiciendo la naturaleza del agua y del aceite hasta unirse para formar un líquido perfectamente anexionado, libérrimo e interconectado:

“¿Cómo es poseer a otro? ¿Cómo es devolverle la vida?”.

Gil hace malabares con la destrucción y la reconstrucción, las une en una batalla única y bellísima en la que ella como narradora y como protagonista gana y pierde cada día:

“No entiendo a los fantasmas. Salgo en busca de los vivos”.

Hermosísima es también la cronología de las palabras ajenas que Gil va esparciendo para compartimentar sus estaciones de júbilo y penitencia. Los prefacios que acompañan sus dudas, las citas que la acercan paso a paso a la victoria. Bermang, Duras, Olvido García Valdés, Nona Fernández, Ingerborg Bachmann, Rosales le  prestan su aliento como expertos rastreadores del peso de su orfandad.

Gil lucha de manera sobresaliente contra esa incompatibilidad tácita que existe a priori entre la vida y la muerte. Hay un brillo especial en esta elegía única en la que la ausencia no consigue dinamitar la inagotable bilateralidad de la confesión.

Gil fabrica palabra a palabra el vacío más rico y enriquecedor al que yo me he enfrentado como lectora. Es una heroicidad tratar la nada como ella lo hace. Es una heroicidad sobreponerse a la constancia de su vida comparada con la de un muerto, con la de alguien que decide morir dejando en evidencia la necesidad de vivir de quien acaba de llegar.

Esencialmente plástica, esta gran novela deja una impronta llena de visceralidad emocional. Ninguna página está exenta de eco, no hay literalidad en ninguno de los capítulos, porque Llego con tres heridas es un largo poema que actualiza la pérdida, ese viaje que realiza quien vaga por persona interpuesta.

Hay que ser muy valiente para escribir este libro, para transfigurar el dolor en júbilo de la forma en que Violeta Gil lo hace y obtener el resultado que alcanza.

Sin duda, Miguel Hernández, de quien toma el título el libro –tres heridas: la vida, la muerte y el amor–, estaría enamorado de esta plegaria tan venturosamente atendida.

‘Llego con tres heridas’. Violeta Gil. 192 páginas. Caballo de Troya.


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