J. Gabriel Vásquez y Sergio Cabrera: los fanatismos ideológicos destruyen

Juan Gabriel Vásquez y Sergio Cabrera: los fanatismos ideológicos destruyen

El escritor Juan Gabriel Vásquez. Foto: Diana Matar.

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La historia de Sergio Cabrera que ahora narra el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez en ‘Volver la vista atrás’ bien podría ser un cuento chino. Pero no, es cierta, tanto como que en el país de ambos creadores es posible ver una manifestación de ladrones, sí, de delincuentes que piden permiso a las autoridades para reclamar sus derechos en la calle, a plena luz del día. 

La historia de Sergio Cabrera, dice el novelista, es una metáfora de la trayectoria ideológica de América Latina. Es la vida de un hombre que sin haber cumplido los 20 años tomó las armas para entrar en la guerrilla y luego dejó desencantado. Es la historia de un hombre que estudio Filosofía en China, siguió con Cine en Londres, filmó algunas de las grandes películas del cine de su país, se hizo político profesional hasta decepcionarse con ese arte y volvió a filmar. Para escribir su intensa vida, el escritor masticó durante siete años muchas horas de conversación con su protagonista.

A Cabrera no le faltaban antecedentes en vidas rocambolescas. De casta le viene al galgo, podría decirse de esta familia que tuvo que exiliarse a América tras la guerra civil española. Porque Volver la vista atrás, editado por Alfaguara, arranca con esa forzada y abrupta salida de sus progenitores de una España franquista para llegar a Colombia. Allí crecería Fausto Cabrera, el padre del director de cine, todo un personaje de la cultura en Colombia, un revolucionario en todos los sentidos, un hombre que trabajó para un clandestino partido comunista y que, en un momento dado, decidió irse a China con su familia. Y en ese Extremo Oriente, sus hijos se hicieron guardias rojos del régimen de Mao Zedong. Formados política y militarmente, saltaron a Colombia, país al que vuelven Sergio y su hermana Marianella, para ingresar en el EPL, una de las míticas guerrillas colombianas.

Suena rocambolesco, pero no es un cuento chino. Es Colombia. Es la guerra y la historia de un joven e idealista Sergio Cabrera que con 18 años decide tomar las armas. Su hermana, dos años menor, una niña de 16, también lo hace. Lo decide así. Nada más que decir. O sí: toda una novela.

“Ningún artista tolera la realidad”, decía Nietzsche, una frase que repites en charlas y conversaciones. Pero en este caso, la historia es real, muy real.

Sí, es algo que también está en unos cuartetos de T. S. Eliot en los que dice que la humanidad no tolera la realidad. Y para eso, de alguna manera, está el arte, para amortiguar el peso de esa realidad. En este caso no ha sido así: parto de la realidad, de siete años de hablar con Sergio sobre sus memorias más duras. Ha sido una auténtica dosis de realidad para él y para mí. Hemos pasado por una serie de hechos que nos han marcado a todos y que él vivió de primera mano. Ha sido también un ejercicio fascinante porque todas mis novelas han estado marcadas por mi obsesión de contar cómo las vidas privadas se ven arrastradas por la historia. Cuando empecé a hablar con él, enseguida vi que tenía ante mí un libro con cara y ojos. Él es una encarnación de lo que siempre he hecho, una excusa para contar cómo las vidas individuales se chocan con la historia grande.

‘Al volver la vista atrás’ está entre la novela y la biografía. Es más, tú la clasificas como una “novela real”. Es como si quisieras justificar un género para ella.

Sí, es verdad que busco una justificación para cierto cambio de paradigma, que no es otro que el de utilizar la novela como una manera de pensar en las cosas. No tiene nada que ver con el género o con que si los hechos son inventados o no. Creo que la novela es un lenguaje, una manera de expresar la realidad especial. Lo que está claro es que este libro no es una biografía, porque por definición, para serlo, debería ser exhaustivo con su vida. Yo he hecho un trabajo de edición de una vida ajena, he cogido el gran pedazo de montaña, que es la experiencia de Sergio Cabrera, y de ahí he cincelado la estatua, el relato que cuento. Y ese trabajo de imponer ese orden en el caos de una experiencia ajena es territorio de la novela. También pertenece al género de la novela la interpretación a través de la imaginación de la vida de otro. Sergio me contaba las anécdotas de su vida y yo me metía en su cabeza para interpretar el mundo desde ahí. Ese ejercicio no presenta ninguna diferencia a la manera en la que conté el narcoterrorismo en El ruido de las cosas al caer. Ese ejercicio de imaginación que uno hace cuando se mete en el punto de vista de otra persona es esencialmente novelesco. Y el hecho de que esa persona esté viva y sea mi amigo no cambia realmente nada. Por eso hablo de una “novela real”.

Lo fascinante de ‘Volver la vista atrás’ es ver cómo la vida de Sergio permite repasar la historia de América Latina: la aparición de las guerrillas, el marxismo, el comunismo, el acomodo y polarización de una parte de la sociedad… Pero más allá de la metáfora, volvemos la vista atrás, ¿y?

En el libro hay un momento en el que Sergio acaba de abandonar la guerrilla y está saliendo del país. Viaja en avión, mira por la ventanilla y dice: “Adiós Colombia, adiós amigos, adiós enemigos”… Vuelve a China expulsado de su propia utopía. Y aunque yo no puedo hablar por él, sí creo que en ese momento Sergio hace una evaluación de su vida con una lucidez nada habitual. Él sigue siendo un hombre de izquierdas, pero contempla con absoluta claridad los excesos ideológicos de esos años, los errores, las equivocaciones. Hay también una cierta culpa. De alguna manera, entiende cómo los fanatismos ideológicos logran descarrilar la vida de una persona.

Es formidable y eso pasa también por la relación tan ambigua y tensa que tiene con su padre, a quien admira y siente que le debe su carrera de cineasta. Pero también siente una especie de resentimiento por la manera en que su padre fue el motor de ese proceso de radicalización por el que pasaron los hermanos. Todo eso son reconstrucciones que Sergio hizo para mí y que yo interpreté, la idea de alguien mirando al pasado y tratando de entender qué fue lo que vivió. Para mí fue maravilloso cuando Sergio leyó el libro y me dijo: “Sí. Así fue. Esto fue lo que yo sentí”. Eso fue fantástico.

¿La vida de Sergio Cabrera permite entonces entender mejor Colombia y su guerra?

Colombia es un país profundamente peleado consigo mismo cuya dinámica de violencia nos separa de otros países latinoamericanos por el talento que ha tenido la violencia colombiana para reinventarse y no salir nunca de la espiral de la guerra. Colombia es como una rata corriendo en un carrusel incapaz de salir de ahí. La novela, que puede leerse como un cuestionamiento muy duro de las ideologías de extrema izquierda que marcaron la guerra colombiana, también tiene una idea muy firme de defensa de los acuerdos de paz, de melancolía por ese momento en el que se habría podido pasar la página de la guerra y no se hizo. Y no se hizo porque hay una sociedad engañada, víctima de extorsiones y mentiras.

“Ganó la mentira”, dices textualmente en el libro en ese repaso de la historia de hace apenas cinco años.

Sí. Eso es algo que Sergio dice.

¿Cuál sería el relato que falta de Colombia?

He dicho mucho que una de las cosas que se estaba negociando en La Habana era un relato. Estábamos negociando un relato en el sentido de que para lograr alguna semblanza de reconciliación nacional lo que tenemos que hacer primero de todo es averiguar qué paso en estos 50 años. Y cuando empezamos a averiguarlo, veremos que el relato de lo que pasó, según una víctima de la guerrilla es distinto y opuesto al de una víctima del paramilitarismo o de los crímenes de Estado. Eso pone una responsabilidad muy grande en las manos de quienes contamos historias. Porque en esos relatos, en el periodismo, en la novela histórica, en la novela, es donde tenemos que construir, entre todos, la historia de lo que pasó. Y no está porque hay muchas zonas de sombra.

De los Acuerdos de Paz de La Habana salieron dos instituciones que trabajan de manera distinta por encontrar la verdad de la guerra. Son la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) y La Comisión de la Verdad. La primera se crea para juzgar la guerra y la segunda para saber qué pasó. Las dos han encontrado muchas resistencias por parte de grandes sectores de la política colombiana porque, evidentemente, son sectores que tienen algo que ocultar. Pero ahí están las historias que nos van a ayudar, si logramos como país aceptarlas y, por lo tanto, reconciliarnos y pasar la página de la guerra.

No obstante, está el silencio. Basta ver el de Sergio y su familia durante años. Esos almuerzos que narras en los que nadie decía en qué andaba, esa incomunicación… El miedo a contar.

Sí. Sergio ha hablado mucho de cómo este libro le ha permitido paliar o subsanar ese rasgo de su familia: la incapacidad de hablar de estos temas que, de alguna manera, les han causado mucho dolor. Su madre, cuando obligatoriamente tenía que referirse a los meses que pasó en la cárcel por su activismo, utilizaba un código de familia para entenderse, eufemismos. Decía: “Cuando yo estuve en la universidad…”. El pasado nunca estuvo en sus conversaciones. Siempre hubo un intento por que desapareciera de la mesa de la familia. Era como si hubiese que suprimirlo. Por eso me pareció tan valioso y valiente el esfuerzo que hicieron los dos hermanos por contarme su vida y que de repente yo la pusiera en unas páginas para que no se olvidara. A mí, el espectáculo de una persona que recuerda lo que se ha pasado la vida tratando de olvidar me parece formidable.

En el libro hay una cosa bellísima que sucedió en el proceso de corrección del primer borrador que leyó Sergio. Cuando se lo pasé, él metió palabras en los diálogos. “En esta conversación que yo tengo me gustaría que pusieras esta frase o esta otra”, me pedía. Yo ahí creo que lo que estaba haciendo era decirle a su padre, desde mi novela, las cosas que no pudo decirle en su momento. Quizás cosas que no quiso o para las que no encontró palabras. Eso me pareció bellísimo.

Ahí sí estaría novelando su historia.

Sí, quizás ahí él estaría novelando su historia, pero… no sé hasta qué punto. Mi fuente es su memoria y lo que él recuerda en el libro va a misa.

La violencia puede hundir una novela, has señalado. Te refieres a las novelas del periodo conocido como ‘La violencia’, en Colombia. Pero tú sigues en ella y con éxito.

Sí. Es verdad. Eso era algo que decía García Márquez de toda una generación de novelistas que se enfrentaron a narrar ese periodo que nosotros llamamos de La Violencia, unas novelas que trataban de contar el enfrentamiento de medio siglo entre liberales y conservadores. García Márquez les reprochaba no haberse tomado el trabajo de aprender a escribir antes de lanzarse a ello. Decía que una tradición literaria no se aprende en 24 horas. A mí lo que me ha llegado, aparte de la memoria de esa violencia y de esas vidas marcadas por ella, es una tradición literaria que me permite contarla. Esta novela no la habría podido escribir sin Crónica de una muerte anunciada, Cien años de soledad, El amor en los tiempo de cólera o la obra de Álvaro Cepeda Samudio. Yo escribo sobre una construcción que han hecho otros.

Para tu próximo trabajo estás investigando sobre otra guerra, la de Corea, en este caso.

Corea nace de un encuentro que tuve con un veterano de la guerra en el año 2010. Parto de historia maravillosa, la de un hombre que va a pelear en una guerra que no es suya, una historia ajena. Esa persona tenía 17 años, fingió tener más edad y decidió regalarle esos años al Ejército y largarse a combatir. Y ni se sentía enemigo de los comunistas ni que tenía que defender el mundo cristiano. Se fue por otras razones. Ese puede ser mi próximo proyecto.

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Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 26 marzo 2021

    Es difícil decir tantas cosas en seis justas palabras como las que se dicen, hablando de una novela, así: ”Un libro con cara y ojos” (cita textual del texto que comento)
    No ya un libro. Me declaro en retirada. Para un simple comentario necesito muchas más de seis. Procuraré hacer mi comentario breve.
    Me fascina la forma en que la lengua, de un texto, hace prosa o poesía, novela, ensayo, confesión o carta.
    Algo me acaricia, o me hiere, me afecta. Una experiencia me aborda. Ajeno a ella, se me cruza, me corta el paso, tropiezo en ella. Una brisa, una piedra tropieza en mi frente. Frente, cara y ojos. ¡Ay!, ¡Oh! No hay protagonista. ¡¡¡¡¡Soy yo!!!!!
    Ahora comento esto: Nunca, o de forma en todo caso esporádica y escasa, o inserta en género diferente como la poesía, y al menos que conozca o tenga noticia, hubo en la cultura escrita denominada clásica o antigua lugar a la interjección. A saber desde cuándo esto cambia (no antes del renacimiento en todo caso), pero la realidad es que hoy no hay texto al que se pueda llamar novela sin esa clara y reconocible forma gramatical llamada interjección. Se me antoja posible decir, simplemente por eso, que todo texto al que poder denominar novela exige la interjección. Creo también que tal circunstancia demanda una especie de dualidad o duplicación, esa misma y precisamente la que se alude en esta otra cita del mismo texto: “Y ese trabajo de imponer ese orden en el caos de una experiencia ajena es territorio de la novela. También pertenece al género de la novela la interpretación a través de la imaginación de la vida de otro. Sergio me contaba las anécdotas de su vida y yo me metía en su cabeza para interpretar el mundo desde ahí.”
    Ya termino. Partía de la frase “Un libro con Cara y ojos”. La cara y los ojos, el acontecimiento, la experiencia, . ¡Ay!, ¡Oh! No hay protagonista. ¡¡¡¡¡Soy yo!!!!! Ahora el libro, la novela, no la biografía, la novela. Y vuelvo a citar: “Sergio me contaba las anécdotas de su vida y yo me metía en su cabeza para interpretar el mundo desde ahí.”

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