Juan Carlos Márquez: “Veo a la gente a la deriva sentimentalmente”

Juan Carlos Márquez: “Veo a la gente a la deriva sentimental y emocionalmente”

El escritor Juan Carlos Márquez.

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El escritor Juan Carlos Márquez ha titulado ‘Autoficción’ su último libro de relatos, porque en él trata de explicar al hombre y la mujer contemporáneos. Una complicada tarea que consigue, como cuenta a ‘El Asombrario’, desgranando sus problemas “en las relaciones con la muerte, la pareja, la vocación, la paternidad, las redes sociales, su lugar en el mundo y todo aquello que lo concierne y lo zarandea”. Unas obsesiones y preocupaciones que, por agudas que parezcan, acaban siendo ligeras, ya que están rebajadas con mucho humor negro. Hemos hablado con él para intuir mejor ese conglomerado de personajes actuales que somos todos.

¿Cómo definirías al hombre moderno?

Un hombre (y una mujer) con las necesidades principales cubiertas en general, con todas las excepciones que queramos poner, pero un poco a la deriva sentimental y emocionalmente, lleno de miedos y falto de objetivos a largo plazo, con proyectos inmediatos, pero sin un plan claro. Definirlo no es algo que me competa a mí, creo que es trabajo de filósofos. Yo escribo, trato de aproximarme a lo que pienso y siento, hago intentos. No sé, mis padres tenían un plan basado en el esfuerzo, progresar económica y socialmente, darle una educación superior a sus hijos, esa mentalidad de ascensor. Sin embargo, yo hoy no tengo tan claro lo que quiero, cuando lo pienso no encuentro un paisaje tan definido.

En el libro intentas explicarlo a través de cuentos. ¿Por qué hacerlo desde ahí?

El cuento es un vehículo narrativo de mayor libertad que la novela, está sujeto a menos condicionamientos. Por ejemplo, la necesidad de establecer una serie de personajes relacionados entre sí y supeditados a una trama. Si uno como escritor tiene algo muy claro y quiere contarlo lo mejor es escribir una novela. El cuento es más indagatorio, de descubrimiento, es más de tanteo, se escribe y ya se verá luego adónde va, no está destinado a nada en principio, no tiene una misión como un capítulo de novela, es por sí mismo, y, si no es, a la papelera.

Utilizas mucho el surrealismo y la ironía para explicar la realidad. ¿Se entiende mejor abordándolo desde esta perspectiva?

Son parte de mí, el escudo heráldico de mi escritura. Yo concibo la vida y la escritura como una tragicomedia salpicada de situaciones surrealistas. Cuando menos me lo espero, me encuentro traicionando el realismo o adulterando un suceso costumbrista. No sé por qué lo hago, me sale así, no soy muy consciente de los mecanismos de mi escritura. Yo creo que si fuera consciente, no escribiría. Si tuviera un horario de escritor, de esos con recesos para el té y un paseo matinal junto a mi perro Hamlet, y cada mañana me dijera a mí mismo voy a contar esto y lo otro y voy a hacerlo así o asá, de acuerdo a un plan preconcebido, me daría mucha pereza.

Ese lugar común sobre cómo es un escritor, al que has añadido un toque de ironía, es algo que utilizas en tus cuentos mucho. ¿Somos una sarta de tópicos?

Sí, tenemos interiorizadas, en mayor o menor grado, expresiones que otros han dicho y con las que en ocasiones ni siquiera estamos de acuerdo o lo estamos con muchos matices. Los demás, ayudados a menudo por los ecos mediáticos, nos cargan con sus frases y sus eslóganes, con esos neones sobre el comportamiento. Sería muy sano desprendernos de muchas de ellas, porque desprenderse supone pensar, y pensar es lo mínimo que debemos exigirnos como humanos, con independencia de lo que pensemos. Hemos situado la emoción como valor central de la humanidad mientras retrocede el pensamiento.

Un ejemplo muy claro de esto que dices es el relato del hombre al que siguen muchas personas, pero que ni él sabe por qué lo hacen.

El fenómeno de la viralidad y los influencers me desconcierta. Es puro absurdo. No puedo añadir mucho más, solo me provoca preguntas, ¿por qué?, ¿para qué? Es la forma actual de mitomanía y yo aborrezco la mitomanía, pero en todos los campos. Veo a Borges en una foto tomando un café y veo a un anciano tomando café. ¿Que escribió y lo hizo bien? Pues claro, pero a mí me interesan sus libros, lo que está escrito en ellos, no su foto tomando café. Vivimos una especie de elogio de los envoltorios que me resulta muy ridícula. Se muere alguien y de repente a todo el mundo le importa sobremanera, ese todos a una es lo que peor llevo de las redes sociales. Verlas convertidas en un eco de los medios de comunicación en su versión más cutre.

O el del hombre que quiere acabar con todos los toros de Osborne de España.

El protagonista de este cuento es un hombre harto de los iconos y los mitos que decide pasar a la acción. Pero yo quería también mostrar su obsesión con la causa, bastante caricaturesca y muy de estos tiempos. La gente se posiciona de manera tajante sobre cualquier asunto (no comer carne, por ejemplo) y no solo se afirma, sino que intenta por todos los medios, incluso denigratorios, que los demás se sumen a su causa y combatan a los enemigos. Mira, no, tú haz lo que quieras, es tu elección personal, pero a mí no me des la paliza con tus convicciones.

Y el humor negro, signo de tu escritura.

De mi escritura y de mi vida. Me tengo que contener cada día. No es fácil practicar el humor negro en estos días, siempre salen ofendidos y a veces denuncian y la cosa llega a la Fiscalía y a veces hasta al interior de una celda en una cadena que inicia siempre una buena persona. No hay nada más peligroso que una buena persona, un fanático de su moral.

También hay mucha metaliteratura. Sobre todo en el primer cuento. ¿Por qué?

Soy profesor de escritura creativa y me apetecía narrar mi experiencia como ex alumno y profesor, desdoblarme en ambos personajes, pero sin renunciar a la ficción. El resultado me parece satisfactorio porque es dinámico, entretenido, no traiciona el género del relato y ofrece mi poética sin matar a nadie de aburrimiento.

Dices que la buena literatura quizá no sabemos lo que es, pero sí que sabemos lo que no es.

No, yo no digo nada, eso lo dice el profesor en el relato Autoficción. Yo hago lo que puedo y procuro entretenerme por el camino, disfrutar del viaje.


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