Juan Diego: hay imágenes que se desvanecen, otras me cuentan muchas cosas

Juan Diego: hay imágenes que se desvanecen, otras me cuentan muchas cosas

El actor Juan Diego. Foto: VIctoria Iglesias.

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Cada vez que se muere alguien que fotografié, mi corazón pronuncia un latido más prolongado, como si se pusiera a pensar. Hace un mes que nos dejó Juan Diego, un actor enorme, de personalidad, presencia y voz imponentes. A veces, muchas veces, me pregunto cuál es el sentido de las fotos, de todas mis fotos… A veces, muchas veces, he descubierto su esencia pasado el tiempo. Tal vez no lo he conseguido en todas las fotos, pero esta de Juan Diego, cuando la miro, me habla y me hace pensar…

Un sofá vacío no es nada. Pero cuando lo miras con una intención, estudias su luz y compruebas la textura de su superficie… empieza a ser. (Es ahora cuando me viene a la cabeza la famosa flor domesticada de la literatura, y un niño que habitaba el asteroide B-612).

El sofá se convierte en el escenario vacío que acoge, poco a poco, una futura presencia; pero antes no era nada.

Aunque si el sofá resplandece demasiado, o no está en el ángulo adecuado según el foco, me dará un brillo molesto. Si no acoge la luz, o la escupe, no me servirá. Si es demasiado pequeño, el personaje se sentirá incómodo. Si su respaldo fuera demasiado bajo, no cubrirá el fondo… Y si todo esto ocurriera, volvería a ser nada, porque no lo utilizaré.

“Luego él llegó y se tumbó en él. Y la luz que estaba, y que no estaba, se recreó con el flash. Y es ahora, desde hace tanto tiempo, cuando la fotografía lo sigue manteniendo vivo de presencia”. (Es lo que escribí al ver la foto del sofá años después).

Cada vez que se muere alguien que fotografié, mi corazón pronuncia un latido más prolongado, como si se pusiera a pensar. Y estos latidos, que afortunadamente ignoramos, se convierten en pregunta. Como esas veces que nos da por fijarnos en el sol, tan conocido como una metáfora de sonrisa y rayos infantiles de cartulina. Y la verdad es que el astro no sale de una inocente clase de plástica; pues no suele salir de ella el averno, escondiendo un lago de fuego sin literatura ni condescendencias para las almas que viven ignorantes.

¡Y qué me dicen de las titilantes estrellitas! Ay, esos inofensivos puntitos de luz…

Qué alivio no conocer nada de esto de cerca, y quedarnos con el romanticismo. Si no, nuestra vida sería ese mismo infierno. Apenas 0,15 segundos para ser nosotros mismos en relación a los 13.787 millones de años que dicen que lleva dando la lata el Cosmos.

Gracias a que ignoramos diariamente nuestros latidos, y que sólo en ocasiones pensamos en la órbita que nos zarandea como minúsculas presencias, para así apenas darnos cuenta de nuestra propia fugacidad. Fugacidad que curiosamente sentimos como una presencia, como un zarandeo, o como una punzada de una profundidad considerada, las veces que la muerte nos viene de frente, o escorada, después de haber estado agazapada en una esquina.

Cuando fallece una persona que ha pasado por mi objetivo –incluso aun cuando solo estuvo unos minutos, unas horas o unos días, delante de él–, la imagen que me ha quedado no es sólo la de aquel momento, sino la mezcla de lo que esa persona expresó allí junto con lo que era yo, y luego hemos sido. Da igual si esa persona me gustaba o no, si era más o menos importante, si era arrogante o humilde, si pegó un alarido que dejó un eco como una bocanada de aire en mi estómago, o si llegó a ser mi amiga, o mi amante de un día, o mi filibustero adentrándose durante meses, o incluso años, en mares prohibidos. No existe personaje que no esté impreso en un papel, o en una pantalla de ordenador, que no haya comenzado una nueva vida desde aquel momento, una nueva vida paralela delante del que lo posee y delante del que lo contempla.

Escribo sobre la foto de Juan porque su muerte ha sucedido hace un mes. Pero podría hablar de otras muchas.

Cada vez que lo veo en este sofá recuerdo, por ejemplo, su afonía. Esa voz ronca que daba profundidad al personaje y la persona. Ojos achicados por amplias sonrisas. Gesto altivo y cuello estirado como el señorito Iván (Los santos inocentes), o airado como el comisario Lorenzo y “sus santos cojones”, o mucho antes como un vividor, ese Sergio Maldonado que iba a ninguna parte, entre otros muchos, muchísimos.

Tómate estas pastillas, me dice ante mi voz también rota.

“¿Me cierro la chaqueta? ¿Y si cogemos ese libro? ¿Te miro?”, pregunta.

Foto: Victoria Iglesias.

Disciplinado ante la cámara, conocedor de la imagen. Un entrañable seductor del objetivo. Fotografío a alguien que ya fotografié. Pero pensar que es el mismo de entonces es un error, porque cada sesión de fotos es distinta, el mismo personaje nunca es el mismo, así como irrepetibles son los momentos.

A veces, muchas veces, me pregunto cuál es el sentido de las fotos, de todas mis fotos. Cuando las veo en papel, muevo la hoja para ver si sueltan algo. Cuando las miro en la pantalla, me acerco a la luz para comprobar ese leve movimiento de su respiración. Cuando están sobre la mesa de luz, y me acerco a verlas con la lupa, compruebo a ver si todavía desprenden aroma. No todas, pero de algunas de esas imágenes, que en principio se desvanecen, algunas me cuentan muchas cosas.

Y la contradicción es que en ocasiones reniego, me ofusco, me revuelvo contra ellas. Si el momento me lo permitiera, cogería mi macuto, me perdería como alguna vez hice.

Dar carpetazo, ahí os quedáis, no me dais nada más que disgustos… Pero finalmente acabo reconciliándome, y entablo un idilio con ellas.

Todas las veces que he mirado, miro y me han mirado he intentado que la mirada no fuera banal, aunque sólo durara unas milésimas de segundo. Y cuando están ahí después de un tiempo de reposo, a veces he visto claramente dónde estaba su esencia. Como la tierra que se deja en barbecho y se llena de nutrientes.

Tal vez no lo he conseguido en todas las fotos, pero esta de Juan Diego, cuando la miro, me dice algo, y entonces sé perfectamente que estuvo ahí, tal vez sólo un instante en medio, entre el sofá, mi objetivo y el fondo de mi retina.


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