'Juana de Arco en la Hoguera': el profético triunfo del odio

‘Juana de Arco en la Hoguera’: el profético triunfo del odio

En el centro, la actriz Marion Cotillard como Juana de Arco, en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.

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La actriz Marion Cotillard protagoniza el oratorio ‘Juana de Arco en la hoguera’, de Arthur Honegger. Con su puesta en escena, Àlex Ollé, uno de los fundadores de La Fura dels Baus, nos advierte de la posibilidad de una vuelta a lo peor de la Edad Media en pleno siglo XXI. 

La puesta en escena de Àlex Ollé del oratorio Juana de Arco en la hoguera, de Arthur Honegger sobre un texto del poeta Paul Claudel, supone, en cierto modo, un regreso a los orígenes callejeros de La Fura dels Baus, de la que Ollé fue miembro fundador. Más allá de la mediática e impecable presencia de la actriz Marion Cotillard sobre el escenario del Teatro Real para dar vida a la protagonista de la obra, es inevitable que el empleo de la violencia y, sobre todo, de la masa como elemento catalizador nos recuerden a aquellos montajes de calle del rompedor grupo catalán, en los que no solo el público servía como un personaje más sino que, además, era utilizado y zarandeado por los actores en una suerte de celebración chamánica. Más tarde, la factoría La Fura decidió entrar en los teatros tradicionales y el público pasó a ser simplemente un sujeto pasivo al uso.

En esta Juana de Arco, Ollé logra una especie de cuadratura del círculo pues son fundamentalmente los dos coros, el del Teatro Real y el de niños, Pequeños Cantores de la JORCAM, los que sufren los caprichos del director de escena y se convierten, sin duda, en personajes fundamentales de la obra. Una masa en la que el público no puede verse más que identificado, pues de lo que se advierte desde el escenario es del peligro de la degradación humana. De la regresión hacia el odio y los impulsos primitivos. De la deshumanización y el salvajismo.

Cuando Honegger y Claudel compusieron Juana de Arco en la Hoguera, en los años 30 del siglo XX, la amenaza para la Humanidad era el nazismo, la enormidad de su arrogancia y la parálisis de las naciones frente a la brutalidad de una ideología que acabó devastando el mundo, como muy bien apunta Joan Matabosch en el texto al programa de mano. Para Àlex Ollé, 80 años después, el mito de Juana de Arco sigue igual de vigente entre fuerzas que parecen contribuir a la disolución de un ideal de unión de las naciones, crisis económicas y crisis de identidad, entre la radicalización política y la reaparición de corrientes ultraconservadoras que amenazan el futuro.

Sobre el escenario asistimos a la última hora de vida de Juana de Arco atada a una estaca en la que será quemada viva. Honegger y Claudel componen una serie de 11 escenas que son una mezcla de la conciencia alterada de la protagonista, de sus recuerdos y de su incredulidad en la maldad del género humano. Del género humano y de la Iglesia. Claudel, conocido ultracatólico, se esfuerza en convertir en bestias a aquellos que decidieron hacer uso de la violencia institucionalizada, de la mentira y del abuso de poder. Es conocido que Claudel se opuso radicalmente al nazismo, pero también es cierto que fue acusado en Francia de un cierto antisemitismo antiguo cuando todavía el nacional socialismo no era ni siquiera una amenaza. “Todos esos que te han condenado, esos doctores y esos sabios, creen firmemente en el diablo pero no quieren creer en Dios. Creen en la maldad y la corrupción, y no en la honestidad y la condición humana”, se escucha.

Ollé sigue casi al pie de la letra las anotaciones de las 11 escenas y del autor, pero no escatima en detalles puntillosos: el cerdo que preside el tribunal que condena a Juana de Arco entra en escena subido en una oxidada bañera con ruedas a modo de carro del que tira una más que alusiva imagen de Cristo. Ese mismo cerdo se viste de alto cargo de la Iglesia para ejercer su magisterio e impartir justicia. El rey dirigiéndose a Reims es un trasunto del mesías que está por llegar en la tradición judía y también es paseado en procesión por el escenario sobre un carricoche del que cuelgan unos pretzel (rosquillas típicas judías).

Vemos violencia institucional, un juego de poderosos y ricos que pagan a los poderes fácticos para seguir ganando siempre la partida. Corrupción institucional. Vemos hooligans cuyos equipos deportivos los entretienen en una suerte de tabernia en la que el alcohol es el motor de la masa alienada y salvaje. Vemos violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres; hombres que las someten, las vejan, las golpean y las violan. Como dice Joan Matabosch para reivindicar la actualidad de esta obra: “Las circunstancias que permitirían el colapso se han multiplicado en todas direcciones: cambio climático, terrorismo internacional, calentamiento del planeta, regreso de la guerra fría, comportamiento irresponsable de los mercados e incapacidad de los Estados regionales de gestionarse en un marasmo internacional”.

Honegger se refería a su propuesta como una forma de teatro que no es ópera, sino que es la síntesis de todos los elementos del espectáculo con el texto hablado. Y aquí es donde entra el acierto de la elección de Marion Cotillard como protagonista de la función. No solo es que ella misma reivindique este papel como uno de los más importantes de su vida, es que está impecable en la difícil situación en la que la sitúa Ollé. Desciende atada a una estaca del cielo del escenario y se pasa casi toda la representación maniatada allí arriba sobre la pira. De esta manera, la actriz casi solo cuenta con su voz para convencer a la audiencia. Y Cotillard convence y mucho.

Los cantantes de los dos coros -el del Teatro Real y el de pequeños cantores de la JORCAM- despachan un trabajo impecable. No solo cantando de memoria con una profesionalidad envidiable una partitura de lo más exigente, sino siguiendo además las indicaciones de Àlex Ollé ,que saca petróleo tanto de los grandes como de los pequeños.

Ollé explicó en rueda de prensa que cuando recibió el encargo desde la ópera de Frankfurt y del Teatro Real le pidieron que propusiera otra composición a modo de prólogo que completara un espectáculo de mayor duración. Así, al oratorio de Honegger se le suma la cantata La damoiselle élude, de Claude Debussy. Una emotiva pieza en la que una mujer recién muerta observa a su amante desde el paraíso y añora el momento en el que vuelvan a encontrarse. Para Ollé, esta obra puede entenderse dramatúrgicamente como el punto de partida del alma de la propia Juana y el resto de la obra como un enorme flashback. Como idea teatral funciona y el contraste entre la conmovedora partitura de Debussy y la apisonadora sónica de Honegger, en la que conviven las alusiones a antífonas gregorianas y cánones bachianos con ritmos jazzísticos o melodías de inspiración folclórica, ofrece un resultado de lo más inquietante.

La dirección musical de Juanjo Mena, que debuta en el Teatro Real, se mueve con igual soltura tanto en el prólogo como en el oratorio de Honegger. El director musical logra una perfecta sintonía entre los textos declamados y cantados, y ofrece una interpretación de la orquesta del Teatro Real que incide en los detalles de los que está plagada la obra de Honegger.


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Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 13 junio 2022

    Hay frases que nada importa si largas o cortas, porque no hace falta saber si tienen muchas o pocas letras. Cito ésta:
    “…una mujer recién muerta observa a su amante desde el paraíso y añora el momento en el que vuelvan a encontrarse”
    Tampoco hace falta saber si el paraíso está en lo alto, si aquí abajo, si entre las luces o las sombras. Tampoco hace falta pensar en la tantas veces repetida banalidad del mal, como en la extrañamente olvidada banalidad del bien…

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