La baja tasa de emancipación juvenil y el cuento de la meritocracia

Ilustración: Pixabay.

Según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, la tasa de emancipación juvenil española (entre los 16 y los 29 años) se situó en el primer trimestre del pasado año, 2023, en el 16,3%. Para hacernos una idea, es casi la mitad de la media europea (31,9%). Siguiendo con esta comparación con nuestros vecinos europeos, tenemos una de las edades medias de emancipación más altas del Viejo Continente: nos vamos de casa a los 30,3 años. El sentido común nos dice que son datos horribles. Podemos concluir que trabajen los cuentistas. Y así se dejarán de tantos cuentos sobre la meritocracia.

En cambio, si ponemos las luces largas, ejercicio siempre aconsejable para no dejarnos engañar por falsas ilusiones estadísticas, entonces sí que saltan las alarmas: en el año 2008, justo antes del estallido de la crisis económica mundial, la tasa de emancipación era casi diez puntos mejor (26,1%). Es decir, en los últimos 15 años (de 2008 a 2023) hemos retrocedido como país, y no poco, en este asunto.

Siendo esto muy grave, lo peor es que cada vez más voces nos alertan de que no se trata de un accidente que afecte únicamente a una determinada generación en un momento concreto. Lo que está en peligro de romperse, afirman desde estas posiciones, es ese pacto intergeneracional implícito que decía que los hijos vivirían siempre mejor que sus padres. Lo explicó el periodista y escritor Joaquín Estefanía en una entrevista sobre su libro Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto? (Planeta, 2017):“Que a mi hijo le irá mejor que a mí llevábamos muchos años diciendo que no iba a ocurrir, pero es que ahora ya tenemos los datos. Ahora ya no son ni percepciones ni sondeos, son datos de la realidad. Lo que hay que averiguar es si se trata de una anomalía histórica, una generación a la que le ha ido mal, o es que a mis nietos les va a ir peor que a mis hijos, lo cual sería una tendencia”.

Casi siete años después de estas declaraciones, la cosa va tomando pinta de tendencia. Y no sólo para los jóvenes, sino, en realidad, para casi todo el mundo. Según un informe de Idealistas, durante el pasado año, los alquileres ascendieron hasta un nuevo máximo histórico, llegando a los 12,1 euros por metro cuadrado de media (un 10,1% más interanual). Por si esto fuera poco, más de la mitad de las capitales españolas tocaron precios máximos el último mes de diciembre. Incluyendo Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia, Zaragoza o Málaga, entre otras grandes urbes.

Esta misma tendencia también se observa en la compraventa. Como señala el índice de precios también de Idealistas, el precio medio de la vivienda usada registró una subida del 8,2% entre enero de 2023 y enero de 2024, hasta llegar a los 2.049 euros por metro cuadrado. Si seguimos a este ritmo, pronto estaremos en condiciones de superar el máximo de la serie histórica, que data de junio de 2007 (2.115 euros, apenas un 3,2% más). De nuevo otro dato que nos remite a la época inmediatamente anterior al reventón de la burbuja inmobiliaria, que provocó una tormenta perfecta en la que confluyó el crack del ladrillo nacional con el crack financiero global, también ligado a la especulación inmobiliaria.

Nuestra generación, la de quienes nacimos a finales de los 70 o principios de los 80 del siglo pasado, fue educada por unas personas que todavía tenían motivos para creer en la vigencia de ese pacto intergeneracional de cuya posible ruptura nos avisa Estefanía y tantos otros. Mis padres sí habían conseguido alcanzar un nivel de vida superior al de mis abuelos. Por eso me inculcaron la fe en la meritocracia, que por aquel entonces tenía todo el sentido. Porque en aquella época no parecía un mal cuento escrito por neoliberales para consumo de la clase obrera.

Esfuérzate, estudia, trabaja. Haz lo que debes hacer y obtendrás tu recompensa: tu trabajo fijo, tu vivienda, tu estabilidad. Nos creímos la mentira porque parecía verdad. Pero un día vimos cómo los culpables de ese inmenso lío, de ese colapso de la economía nacional y también global, eran rescatados con nuestro propio dinero. A costa de recortes en educación y sanidad. Y sin que hubiera ninguna piedad para cientos de miles de personas que fueron desahuciadas de sus casas pese a que habían seguido al pie de la letra el guion: estudiaron hasta quemarse las pestañas o trabajaron como mulas. O ambas cosas. Cada historia personal era diferente, pero las motivaciones resultaban muy similares: todo valía la pena, porque al final del camino esperaba ese trabajo fijo, esa casa en propiedad, esa estabilidad. Pero un día el camino se torció, de pronto, y se convirtió en un callejón con salida… (a la puta calle).

Las generaciones posteriores han vivido, en cambio, historias bien diferentes. Pensemos, por ejemplo, en aquellas personas que se toparon con la crisis de 2008 en sus últimos años de infancia o primeros de adolescencia, en esa franja dudosa de la vida en la que empezamos a ser más conscientes del mundo en el que vivimos. Esos preadolescentes y jóvenes han crecido a partir de dicho momento en un estado de crisis continua: estallido de la burbuja inmobiliaria, pandemia, invasión rusa de Ucrania, inflación… Para ellos, el trabajo fijo, la estabilidad, la casa en propiedad, no son recompensas divinas que otorga el omnipotente dios de la meritocracia. Como mucho, son mitos, leyendas o cuentos bienintencionados que cuentan a los niños bien sus padres omnipotentes. Pensándolo bien, ¿cómo no vas a creer en un dios omnipotente cuando papá lo puede todo?

Pero esos dioses sólo hacen caso a unos pocos privilegiados. El resto se queda fuera, por mucho que les recen. Un informe de la OCDE publicado en octubre de 2023 nos avisaba de que la mayoría de nuestros jóvenes tienen motivos de sobra para no creer en milagros. Motivos como el alto desempleo (un 27% en menores de 25 años), la precariedad laboral, la difícil transición de la vida académica a la laboral y los problemas para emanciparse. La conclusión de la OCDE, a la luz de estos datos, es que la vida de los jóvenes españoles es peor que la del mismo colectivo de edad en otros países europeos de la OCDE.

Esta es la verdad, lo que nos dicen los datos y estudios de fuentes nada sospechosas. Otra cosa son las valoraciones y los juicios –casi siempre injustos y de brocha gorda–  que tanto nos gusta hacer de quienes vienen por detrás. Es algo que se repite generación tras generación, probablemente desde que nació el lenguaje humano. “Es que los jóvenes ya no quieren trabajar”. “Es que los jóvenes ya no creen en la cultura del esfuerzo”. Lo cierto es que tienen motivos para no querer entregar su fuerza de trabajo a cambio de un salario que, simplemente, no les da. Corregimos: que no nos da, porque la precariedad no es un patrimonio exclusivo de la juventud, ni mucho menos.

Por eso propongo a los de mi quinta para adelante que cambiemos de discurso. En lugar de criticar a quienes, supuestamente, no quieren esforzarse, tal vez deberíamos animarles a que, de hecho, bajen los brazos. Y unirnos a ellos para alzar el puño. Porque nadie, ni jóvenes ni mayores ni mediopensionistas, debería creerse según qué cuentos. Al fin y al cabo, trabajamos no por gusto, sino para disfrutar de una vida digna. Por tanto, sin dignidad, no hay trabajo. Sin dignidad, que trabajen los cuentistas. Y así se dejarán de cuentos.

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Comentarios

  • La baja tasa de emancipación juvenil y el cuento de la meritocracia - Madres entre dos culturas

    Por La baja tasa de emancipación juvenil y el cuento de la meritocracia - Madres entre dos culturas, el 27 febrero 2024

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  • Newsletter 29 de febrero: Un lucernario que ilumine lo bueno (Al final de esta newsletter tienes un descuento) - Noticias Positivas

    Por Newsletter 29 de febrero: Un lucernario que ilumine lo bueno (Al final de esta newsletter tienes un descuento) - Noticias Positivas, el 06 marzo 2024

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