La crónica de las verdaderas heroínas

La crónica de las verdaderas heroínas

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Se prepara una manifestación de sufragistas y una periodista debe ir a cubrirla. Nueva entrega de ‘El viaje de las heroínas’, la serie de relatos de verano para ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado.

POR JOSÉ LUIS LEJÁRRAGA 

“Sucedió de tal modo, y nunca pude / llegar a aquel lugar, y desde entonces / mi cuerpo marcha solo, equivocándose, / torciendo los designios que yo trazo”. (‘Frente a mí’, Ángel González).

El muro, antaño infranqueable para los viajeros cuando cerraba su puerta al anochecer, languidece en una calle jalonada de edificios industriales. Las pequeñas casas extramuros asisten a los cambios de un paisaje que ha permanecido inalterado. Carros cargados de heno arrinconados, a la vez que, por las calles nuevas, la silueta de algún automóvil causa más desconcierto que las explosiones del motor que lo impulsa. Con la puerta arrancada de cuajo, la cimbra deja al desnudo unos pernios descomunales. Es el corolario de una ciudad desguarnecida.

Ahora, la brisa concentra el aroma del lúpulo de la fábrica de cerveza. Cuando sopla desde el edificio de tabacos, el olfato se satura de nuez moscada y pimienta. Al amanecer, mientras la fetidez del matadero impide disfrutar del placer de las primeras cargas de las hojas de tabaco, se anudan las columnas de humo blanco de la cervecera con las de la planta del alquitranado carbón mineral. En el tránsito de luz, el aire se torna vivaz, las voces perturban unas calles acostumbradas a la gente en busca de trabajo.

Mientras descubres sombras que emergen del arrabal, el viento de primavera te enmaraña el pelo. A contraluz, se perfilan siluetas de personas que no miran hacia atrás porque albergan el temor de que, si volvieran la cabeza, pudiera obrarse un maleficio y quedaran condenadas a repetir el viaje eternamente. Así desfilan hasta la plaza del mercado, donde caminarán tras el capataz que las haya seleccionado, mientras los descartados vagarán el resto del día.

Imaginas que, detrás de cada desheredado, hay una historia; alguien aferrado a la esperanza de que cambie su vida, como te ocurrió a ti, meses atrás, cuando cubriste la noticia de un crimen porque eras la única periodista disponible.

Ellos arribaron a la ciudad huyendo de la miseria. Tú abandonabas a un marido que se apropiaba de los textos que escribías. Frente a la tabaquería, la voz del capataz te distrae de la tarea que tienes asignada, cubrir la noticia de la primera manifestación sufragista. Tu periódico te envía porque eres mujer, y porque te considera idónea, pero tus pies se clavan en el suelo.

Las mujeres que esperan su turno para entrar en la fábrica observan con desconfianza tu ropa elegante. Lo notas, y recoges el sombrero en tu regazo. Entonces les cuentas que eres periodista y que cubres una marcha que demanda la igualdad con los hombres, el derecho a votar. Hay mujeres que llevan meses preparando esta manifestación, les dices. Un puñado de intelectuales que luchan por todas. Mientras informas, sientes su hostilidad. Las obreras son invisibles para las mujeres de las que les hablas, damas ociosas en sus casas en los barrios nuevos que no han pisado una fábrica, susurran, que no conocen ni el barro de las calles, ni los hogares anegados tras la tormenta. ¿Qué tienen que ver esas vidas con las de ellas, insisten, qué tienen que ver con las obreras obligadas a pagar sus utensilios de trabajo, que soportan turnos interminables y capataces lascivos? De pronto comprendes: antes que la ciudad sepulte estas voces con el alquitrán de las avenidas, deberás renunciar a la gloria de una portada para escribir la crónica de las verdaderas heroínas.

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Comentarios

  • Vicente de la Parra Gómez

    Por Vicente de la Parra Gómez, el 19 agosto 2022

    Magnífico texto. Me gustaría suscribirme a las publicaciones, muchas gracias.

    • José Luis Lejárraga

      Por José Luis Lejárraga, el 20 agosto 2022

      Muchas gracias por tu lectura. Me alegro de que te haya gustado.

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