La enorme tristeza de los árboles muertos

La enorme tristeza de los árboles muertos

Un bosque no es un ecosistema sencillo que podemos reconstruir fácilmente. Foto: Pixabay.

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“La visión del bosque arrasado por un incendio forestal, con los troncos muertos todavía en pie, difícilmente nos deja indiferentes. Pero la muerte del bosque, o mejor dicho de sus árboles, también puede ocurrir de una forma menos dramática”. ¿Pero por qué ocurre? Para divulgar y comprender ciertos fenómenos que les afecta, el catedrático en Ecología e investigador del CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales) Francisco Lloret ha escrito ‘La muerte de los bosques’, editado por Arpa. “Ante un árbol muerto, no siempre es fácil determinar exactamente qué lo mató. Es habitual que intervengan diferentes causas”. En el libro, este especialista en matorrales y en la dinámica de la vegetación mediterránea explica algunas de ellas.

Con la ola de calor se han disparado los incendios en los bosques. ¿Podrían evitarse?

Los incendios forestales son una situación compleja. Hay que entender la naturaleza ecológica de los bosques, sus características biológicas junto con las características sociales. No se puede entender el fenómeno de los incendios como una catástrofe independiente de lo que hacemos los humanos. Es diferente a una erupción volcánica; en este caso, no podemos hacer nada para que no comience. Pero en el caso de los incendios los humanos contribuyen y lo hacen de varias maneras. Esto no quiere decir que un incendio no sea un fenómeno natural; si no existiesen humanos, también habría incendios forestales y lo sabemos por registros paleontológicos. Desde hace 300 millones de años que hay bosques hay incendios. Lo que pasa es que los humanos modifican los entornos, los aceleran, hacen que tengan más intensidad.

 ¿Qué problemas se dan cuando ocurre un incendio?

El problema de los incendios es que pueden afectar a propiedades a personas, así que hay que procurar que no tengan un gran impacto. Por suerte, en la mayoría de los casos la vegetación se recupera, pero también sabemos que en otros la vegetación no tiene esa capacidad. El problema es cuando se dan incendios muy seguidos en una zona, ya que se destruye la cubierta vegetal, esa cubierta tarda en instalarse otra vez y las lluvias torrenciales la harán desaparecer. Por eso vemos esas cicatrices en los montes.

Ahora los bosques en las zonas templadas están experimentando una ampliación; no pasa lo mismo con la superficie tropical. En zonas templadas se han abandonado tierras agrícolas y el pastoreo, se cambian los hábitos y la naturaleza es imparable, crecen los árboles, aumentan su densidad, aumenta el combustible y, por tanto, es más fácil que se queme.

Los árboles colonizan ciertas zonas, pero al habitar humanos hay fuentes de ignición: una actividad agrícola, un coche que se cae por un barranco y no solo pirómanos. El calor y la sequía agravan el problema.

¿Cómo es la relación humana con los bosques?

La relación que tenemos es la de estar separados de ellos. Cuando me preguntan por qué hay que preservar la biodiversidad, es muy simple la respuesta: porque nosotros somos también biodiversidad. No podemos tener separado lo que es la sociedad humana de lo que son los procesos naturales, en este caso los bosques.

Los bosques que nosotros tenemos en nuestros entornos son resultado de la interacción de muchos elementos durante decenios, milenios; formamos parte de un sistema que está entrelazado.

¿Qué es lo que hacemos mal?

La cuestión no es plantearse qué hacemos bien o mal, sino saber cómo funcionan esos ecosistemas y cómo podemos vivir con ellos, acompañarlos para que continúen proporcionando lo que esperamos de los bosques, que son muchas cosas.

El título de su libro, ‘La muerte de los bosques’, ¿parte de una constatación?, ¿esto es así?

El libro describe los bosques que hay por el mundo, que no es lo mismo que todos los bosques del mundo, en los que estamos encontrando episodios en los que se están muriendo más árboles de los que morían en condiciones normales o lo que esperábamos. Este hecho lo vemos en bosques boreales, templados, mediterráneos, incluso en bosques tropicales. ¿Quiere decir que están desapareciendo los bosques con la muerte de los árboles? No. Pero sí son señales de alarma. Hay mortalidades inesperadas a las cuales no podemos dar una explicación concreta. También hay amenazas como plagas y patógenos.

Bosques tropicales, mediterráneos, boreales ¿cuáles son los más frágiles y los más resistentes?

Frágiles son todos, y cada uno por algún motivo. Los bosques tropicales también están sufriendo episodios de sequía y calor de manera prolongada, a pesar de estar en zonas húmedas. Por el cambio climático no solo es que suban las temperaturas, también aumentan la variación climática y los episodios extremos. Tenemos estas danas, estas lluvias torrenciales y luego periodos muy prolongados sin lluvia. Ya de por sí estos árboles experimentan periodos secos con el fenómeno del Niño; lo que pasa con el cambio climático es que serán más duraderos y las sequías más intensas. Y estos fenómenos se repiten también en bosques boreales, mediterráneos, subtropicales.

No solo la sequía les afecta, sino que se combina con otros factores como su quema para transformar el bosque en cultivos. Es el problema de la Amazonía, la conversión de grandes extensiones para ganadería extensiva o agricultura.

¿Son muy distintas las dinámicas de cada bosque?

Un bosque es un ecosistema que tarda mucho en constituirse, los árboles viven mucho tiempo. Son sistemas complejos que se van construyendo poco a poco. A lo largo de su vida, los árboles han podido aclimatarse a un clima, así que cuando tienen ciertos episodios a los que no han estado acostumbrados sufren más.

Cuando intentamos dar soluciones al bosque, ¿reforestamos bien o tenemos mucho que aprender?

Sabemos muchas cosas, pero todavía tenemos muchas otras por aprender. Tengo más certezas que nunca, pero a la vez más interrogantes. La reforestación no es la única solución y, además, puede ser contraproducente en algunos momentos. No es mala, pero cuando haces algo a lo bestia, como reforestar millones de hectáreas, puede haber errores como en todo. Tienes que hacerlas con la especie adecuada. Si al replantar se rompe la estructura del suelo, se pueden originar problemas.

A un bosque le pedimos cosas diferentes: leña, recreo y ahora que quite un poco del CO2 que estamos emitiendo a la atmósfera. Para optimizar esto tienes un tipo de bosque u otro. Así que hay que hacer las cosas con empatía, conocimiento, con criterio de lo que esperas de ellos.

Podemos verlo de forma sencilla, plantamos y tenemos bosque, pero no es así, porque un bosque también son todos esos microorganismos que están en el suelo, los animales que se alimentan de sus hojas, nosotros que paseamos y cogemos troncos o setas. Así que no debemos pensar en ecosistemas sencillos que podemos reconstruir fácilmente.

Por el cambio climático no solo es que suban las temperaturas, también aumentan la variación climática y los episodios extremos. Foto: Pixabay.

Conservarlos entonces es fundamental ya que estos ciclos de biodiversidad no son fáciles de reproducir…

Cuando hay un bosque maduro de 200 o 300 años, este tiene unos valores de biodiversidad, de patrimonio, que vale la pena preservar en un sentido muy amplio. Yo soy un enamorado de los matorrales. Hay sitios donde un bosque no puede vivir, porque no llueve lo suficiente o no hay suficiente suelo. El valor de la naturaleza es mucho más que un bosque. Un matorral es también fuente de biodiversidad; además, están preservando los suelos.

Hay que poner en valor lo que puede pervivir a ciertas condiciones. La conservación es la conservación de los procesos naturales en los que estamos inmersos.

Su gestión debe, por tanto, tener una visión de futuro.

Absolutamente, y en el caso de los bosques es paradigmático. Tienes que pensar cómo será ese bosque y su entorno en 50 o 100 años, porque ahora sabemos que dentro de 50 años el clima será más cálido y posiblemente con más aridez. El futuro es incierto y tal vez nos equivoquemos.

En el libro hay un ejemplo: los bosques de Dalmacia. Allí los ingenieros forestales de mediados del XIX hicieron unas repoblaciones importantes en bosques que se habían esquilmado; no solo querían tener árboles, sino también preservar el suelo, cosa que ahora vemos normal, pero también han comprobado que han entrado en contradicción con algunas especies que viven en espacios más abiertos.

Errores se pueden cometer, pero en la Amazonía se está actuando de manera espuria; donde el bien común no está, los intereses económicos priman y no hay un retorno para las comunidades locales. Hay intereses muy concretos. Hablo del error en las gestiones honradas pensando en el bien común. Yo espero que las generaciones siguientes sean igual de benévolas con la gestión del bosque como yo con los anteriores.

¿La propiedad del bosque influye en su gestión?

El bosque ha sido comunitario en unos sitios y en otros no. Varía mucho la propiedad de los bosques. En Cataluña, la mayoría son privados. En muchos casos, el origen de la propiedad comunal o vecinal no es ancestral. En España la desamortización de Mendizábal influyó en la propiedad. El que sea común no te asegura que tenga una mejor gestión. La gestión de los bosques debe estar basada en el conocimiento. Lo importante es que esta naturaleza se mantenga a largo plazo.

Un bosque que le guste.

Por un motivo de vida, los bosque subalpinos del Pirineo, los bosques de pino negro. Allí me encuentro como en casa. En mi adolescencia hacía paseos por la montaña y ahora me siento allí y con el olor de los rododendros estoy muy a gusto. Luego he visto bosques increíbles como los de la Patagonia Andina, con árboles como el coihue, inmensos y maravillosos, que son catedrales


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