Del éxito de ‘La Habitación Roja’ a enfermero de ancianos con Alzheimer

Del éxito de ‘La Habitación Roja’ a enfermero de ancianos con Alzheimer

Jorge Martí, cantante y compositor del grupo La habitación roja.

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De tocar el cielo encima de un escenario en España como banda de éxito a cuidar enfermos con Alzheimer en una residencia de ancianos en Noruega. Esas dos facetas han acompañado a Jorge Martí, líder de La Habitación Roja -uno de los grupos indies más reconocidos de España- y que vive a caballo entre los dos países. Martí tuvo que volver a colocarse la bata y regresar a su trabajo de enfermero, a pesar de haber alcanzado el éxito en la música, para así poder pagar el tratamiento de su mujer, que sufre síndrome de fatiga crónica, una enfermedad que la obliga a pasar la mayor parte del tiempo sin apenas poder levantarse de la cama. Lo cuenta ahora en un libro. ‘El Asombrario’ ha hablado con él.

Una dualidad vital propia de un superhéroe de ficción que le ha generado muchas contradicciones pero que, a la larga, también le ha hecho entender que en realidad ambas facetas pueden ser complementarias. “La música también tiene ese poder de cuidar, escuchar y abrazar a la gente, de la misma manera que como enfermero me dedico a abrazar a la gente en el último tramo de su vida”, nos cuenta.

Recientemente ha publicado Canción de amor definitiva (Penguin Random House), una autobiografía que define como “una especie de viaje que va desde la ilusión a la vulnerabilidad” y que le ha ayudado a entenderse. “Uno hace canciones para defenderse de los varapalos de la vida, este libro ha tenido también fines terapéuticos”.

Una historia que habla sobre el éxito y el fracaso. Sobre la vida y la enfermedad. Sobre la frustración y la resiliencia. Y especialmente sobre ese amor incondicional, Ingrid, su mujer: “Si hay una superheroína en esta historia es mi mujer. Haberla encontrado es el mayor éxito de mi vida”.

En el libro dices que “la vida, como un disco, tiene dos caras”, con sus alegrías, pasiones, amores, vocaciones… y también sus miedos, inseguridades, enfermedades, decepciones. ¿Por qué decides contar tu historia personal?

Uno hace canciones para defenderse de los varapalos de la vida. Recicla su basura emocional para transformarla en algo que aspire a la belleza. Y para mí, escribir este libro ha sido como hacer un disco, y tengo la sensación de que me ha ayudado a entenderme. Me ha ayudado a confrontar esos momentos de la vida que me han causado dolor. Y también me ha hecho darme cuenta de que he tenido el privilegio de vivir cosas muy bonitas. El libro ha sido como una especie de catarsis. Refleja los momentos buenos y los no tan buenos.

Creo que en la vida no hay éxitos ni fracasos, y esa es la mayor enseñanza que me ha dejado el libro. Hay cosas como la enfermedad, la muerte o envejecer que son parte de la vida y tampoco hay que esconderlas, hay que enfrentarse a ellas de la mejor manera posible. Voy a cumplir casi 50 años y es buen momento para hacer balance y aceptarme tal y como soy. Cuando eres joven crees que vas a ser joven para siempre, y ahora sabes que el tiempo es finito. También, a través de este libro, he querido dejar un legado de amor y devolverle a la gente que me quiere todo ese amor que me han dado.

¿Crees que te has abierto más con este libro que en 26 años haciendo canciones?

Las canciones están más sujetas a la interpretación y a la poesía, y cada uno las puede hacer suyas. Muchas veces encuentras interpretaciones de tus canciones que no son lo que tú pretendías transmitir, y eso es muy bonito también. La música establece un diálogo entre el mensaje de la canción y el momento vital y personal en el que te encuentres. A veces conectas con una canción porque llega en un momento vital muy concreto. Con el libro tienes más espacio, es más personal, y el mensaje se transmite de forma más directa que con la música.

Para escribir esta autobiografía he tenido que hacer un ejercicio de retrospección muy grande. He hablado de cosas que me provocaban mucho pudor, y quería llegar a rincones donde no había llegado con la música. Este libro puede llegar a gente a la que no le gusta La Habitación Roja, y eso para mí era uno de los objetivos más importantes. Ver que, contando mi vida, el lector empatiza y se ve reflejado. Lo que he intentado es contar una historia personal en paralelo a una carrera profesional, pero este libro sería igual de válido si en vez de músico me dedicase a cualquier otra profesión.

La habitación roja en un concierto en 2016.

Que alguien que haya alcanzado el éxito en una profesión tan expuesta a la opinión pública como la del músico hable con total sinceridad de ciertos temas relacionados con la salud mental, te convierte en una rara avis…

En el seno de nuestro grupo, dos componentes han atravesado momentos de depresión en diferentes momentos de nuestra carrera, y todavía siguen lidiando con problemas de salud mental. Me parecía muy importante, contando con el beneplácito de mis compañeros, hablar de eso. También hablo de relaciones tormentosas del pasado. Nunca he sido tratado de depresión, pero sí con cierta tendencia a la melancolía, y el libro me ha ayudado para volcar esas emociones. A veces te sientes mal y no sabes por qué. En mi familia he tenido bastantes familiares con depresión, mi madre ahora mismo está tratándose de una depresión, y es algo que quería normalizar. Lo curioso es que tienes cualquier enfermedad y te tomas unas pastillas y nadie te juzga, sin embargo, la depresión está muy estigmatizada.

Uno de esos bajones emocionales venían a consecuencia de cierta decepción que sufriste con la industria musical, tal y como cuentas en el libro. ¿Qué es lo que más le reprochas al mundo de la música?

Uno a la música llega un poco virgen, cree que lo sabe todo y en realidad no sabe nada, nosotros no estábamos preparados. Y que te paguen por hacer lo que te mola cuando hay gente que se dedica a curros de mierda y mal pagados, te hace sentir culpable en cierta manera. Eso hace que termines aceptando lo que sea y no te valores. Muchas veces he sentido que no teníamos el control sobre nuestras decisiones. A veces tienes que negociar con tu propio representante, y eso me ha creado bastantes traumas y dolores de cabezas, al final te das cuenta de que estás bastante solo, y pierdes la confianza en la gente que trabaja contigo. La música vive de la pasión de los músicos, que son capaces de levantarse una y otra vez. El amor a la música te hace sobreponerte y seguir adelante. Creo que esto no se valora lo suficiente. Y creo que debería haber más comunión entre promotores, sellos y músicos.

La Habitación Roja sois un grupo que no habéis tenido prisa, habéis sido pacientes, nunca habéis buscado el estrellato inmediato. ¿Gracias a vuestra resiliencia habéis alcanzado el éxito?

Sí, totalmente. Creo que hemos sido gente muy tenaz, constante y que atesoramos talento. Todo el mundo aspira a tener esos 15 minutos de fama que decía Warhol. Y yo estoy muy orgulloso de la carrera que hemos tenido. Siempre he dicho que vivíamos para la música y esperábamos que la música nos devolviese lo que nosotros habíamos dado por ella. Es muy difícil tener tiempo y paciencia. La gente joven no tiene tiempo y lo quiere todo ya, la gente quiere inmediatez. No hay paciencia, esa paciencia que se necesita para desarrollar una carrera. La industria también quiere éxitos rápidos. Y hay artistas que se quedan fuera porque no encajan con ese modelo tan efímero. Creo que lo importante es tener el tiempo y los medios para poder desarrollarte. Es una pena que el talento no siempre sea lo más importante.

¿Cómo pasas de subirte a un escenario con miles de personas cantando tus canciones a estar cuidando a ancianos con Alzheimer?

Yo estudié enfermería y siempre he intentado tener trabajos que fueran compatibles con dedicarme a la música, hasta que me gané la vida con ello. Aunque hace unos años tuve que volver a ponerme el batín, ya que mi mujer sufre síndrome de fatiga crónica, teníamos dos hijas y una hipoteca que pagar. Con lo que ganaba en España con la música no me llegaba, así que durante cuatro años estuve haciendo guardias en los periodos en los que no tocaba, y compaginaba las dos cosas.

¿Volver a la enfermería fue un poco una cura de humildad?

Total. Venías de tocar el cielo, de hacer algo que representa el hedonismo y el disfrute de la vida. Y al día siguiente estabas rodeado de gente mayor en sus últimos momentos de vida. Trabajo con enfermos de Alzheimer, así que muchos no se acuerdan ni de quienes son. Era un contraste muy grande, y a veces sin tiempo para la aclimatación. Eso te hacía volver a poner los pies en la tierra y también me generaba conflictos. Trabajar de enfermero me hacía relativizar y decía: “no soy tan guay como pienso cuando estoy tocando delante de miles personas”. Volvía a la realidad. La vida tiene esos contrastes. La gente trata de vender éxito y triunfo, y el mundo está lleno de gente con talento que tiene que dedicarse a otras cosas. Y en mi caso lo hice también por una buena causa. Yo era el líder del grupo, el que hacía las canciones, estábamos consolidados, y mientras ellos solo se dedicaban a la música yo tenía que volver a ponerme una bata, y eso también me generaba contradicciones.

El otro día, un actor de renombre me dijo que el que se sube a un escenario no es un héroe, ni pone nada en riesgo, que el héroe de verdad es el sanitario que salva vidas. Tú estás en los dos lados.

Pues es curioso. Más joven pensaba que las épocas en las que tenía que trabajar mientras intentaba ser músico, significaba que era un fracasado como músico. Y luego he aprendido que no era así. Por otro lado, yo siempre quise ser sanitario, quería ser médico, pero no pude entrar en medicina y al final hice enfermería. Siempre me ha interesado hacer sentir bien a la gente. Y la música también tiene ese poder de cuidar y abrazar a la gente. Uno escucha música pero al final la música también te escucha a ti, como ese amigo fiel que está ahí para consolarte. Y cuando uno curra de enfermero también está ahí para escuchar a la gente en el último tramo de su vida, o durante una enfermedad. Estás ahí para darles cariño, comprensión, abrazarles. Dar dignidad a la gente que afronta la decadencia que supone la vejez o la enfermedad es algo muy necesario, y valoro mucho haber podido desarrollar esta profesión. Pero no me veo ni mucho menos superhéroe, de ninguna de las dos maneras.

Aunque sí que vives en esa dualidad del superhéroe.

Un poco sí, de noche eres un músico de éxito y de día tienes una vida secreta cuidando a la gente. Y eso, cuando se sabe, llama la atención. Siento pudor cuando la gente valora lo que yo hago porque hay gente que da su vida entera ayudando a los demás y no obtienen reconocimiento social por ello. Me alegro de que en este tiempo de pandemia se haya puesto en valor el trabajo de los sanitarios. Por otro lado, también se ha valorado que los músicos hayamos puesto música en sus vidas, sobre todo en cuarentena, que no había conciertos. La música fue como un refugio. Por eso creo que mis dos facetas también están muy relacionadas y casi que son complementarias. Siempre me ha costado definirme, nunca he tenido una sensación de pertenencia. Cuando jugaba al fútbol tenía una forma de ser diferente a la gente con la que compartía vestuario. Siempre me he sentido un poco fuera. Nunca he sido parte de la manada. Y eso me ha hecho aprender a buscar mi sitio.

¿Qué has aprendido de la enfermedad de Ingrid, tu mujer?

Que la auténtica heroína es ella. Es una persona con una gran capacidad de resistencia y de darse a los demás. Yo creo que no podría haber llevado su enfermedad tan bien como ella. Es una persona con una gran dignidad. También he aprendido que cuando uno está bien, piensa que las cosas malas le pasan a otros, hasta que un día esas cosas te pasan a ti o a alguien de tu entorno. A veces me cambiaría por ella, me duele ver cómo ha tenido que renunciar a hacer tantas cosas a lo largo de los años… Creo que si no hubiera existido la enfermedad de mi mujer hubiéramos sido más felices. Vivir con una enfermedad crónica te hace vivir un poco a medias. Y todos nos hemos tenido que adaptar y tienes que aprender a vivir con ello. A veces me lamento de no haber estado siempre a la altura, de no haber sido siempre el Jorge optimista que debería haber sido. Algunas veces me he venido abajo y he sido más un lastre que una ayuda. Acepté ir al psicólogo porque sentía que todo a mi alrededor se estaba desmoronando.

La salud también ha sido injusta contigo. Sufriste dos embolias pulmonares, ¿eso también te ha hecho entender la vida de otra manera?

Fui consciente de que sin la salud no hay nada. Y de que para ayudar a los demás uno también tiene que estar bien. El que cuida tiene que estar en forma. He sido consciente de mi vulnerabilidad, de que no puedes con todo y tampoco eres imprescindible. He pasado un periodo de duelo, me he visto con problemas de salud importantes que han puesto en riesgo mi vida. Le he visto las orejas al lobo. Entonces le empiezas a quitar importancia a cosas de la vida que realmente no la tienen. Las decisiones que uno toma, cómo trata a los demás, cómo se manifiesta, lo que hace… tiene unos efectos, y después de que me pasase eso me di cuenta de que quiero estar con la gente que me hace sentir bien.

Precisamente, en el libro hablas de vulnerabilidad, y la vulnerabilidad, cuando se asume y se muestra a los demás sin complejos, supone un acto de valentía. En el libro incluso hablas de tus malas experiencias sexuales del pasado, y recuerdas el sexo en la adolescencia como algo traumático… ¿Por qué ser tan valiente y contar todo esto?

Quería indagar en esos rincones donde anida el pudor, la vergüenza, la inseguridad, y esas experiencias que reflejan una época. El libro tiene un corte generacional. No quería hablar de lo que fue crecer en el tardofranquismo, pero quería hablar de que no había educación sexual y, por supuesto, vivimos una masculinidad mal entendida. Siendo hombre no había que mostrar tus sentimientos, no podían verte llorar. Y yo crecí siendo una persona bastante sensible, que me afectaba todo mucho, y eso lo veía como una debilidad. Es lo que nos habían enseñado, y contar estas historias es una forma de reivindicar que yo no fallaba.

Yo, a pesar de mi aspecto varonil, era lo más alejado a un machito. Y en un principio me daba mucho pudor hablar de estas cosas, pero también pensé que, vistas desde la distancia, emanan ternura. Cuando jugaba al fútbol, me di cuenta de esa masculinidad tan nociva. En los vestuarios se hablaba de una serie de cosas y se presumía de otras que a mí me generaban rechazo. Si te das cuenta, en el fútbol apenas nadie ha salido del armario. Y si tocabas la guitarra o eras un tío sensible, te puteaban. Esos momentos me hacían sentir mal, y ahora lo pienso y siento ternura por el Jorge de esa época. Me parece bonito recordar a ese chaval ilusionado por jugar que intentaba hacerse un hueco en un mundo tan machista como el del fútbol.

Si volvieras a tener una segunda oportunidad en la vida, como dice tu canción, ¿qué cambiarías?

Si tuviese la oportunidad de vivir otra vez, volvería a hacer todo lo que he hecho y lo que no he hecho para que eso me llevase a conocer a mi mujer. Ella es lo más grande que me ha pasado. Ella me ha hecho entender que lo que yo pensaba que eran fracasos en mi vida no lo eran, sino el camino que tenía que seguir hasta llegar a encontrarla. Si no hubiese querido ser sanitario, no me hubiese ido a Noruega. Y no la hubiese conocido.

¿Conocer a tu mujer ha sido el mayor éxito de tu vida?

Así es. Yo no creo en el destino pero sí que creo que hay casualidades que te llevan a los sitios. Y ella es la gran casualidad de mi vida. En el momento que nos conocimos yo estaba desencantado con las relaciones, y me juré que no probaría a estar con nadie si no estaba realmente enamorado. Dicen que la realidad supera a la ficción, y es verdad. Mi historia de amor ha sido de película, de esas que sólo pasan en el cine.


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