La insoportable gravedad de las mentiras

El recientemente desaparecido escritor Milan Kundera. Foto: Elisa Kabot.

Aunque en la era de las redes sociales las falsedades tienen un eco y una incidencia como nunca antes en la historia, la mentira viene de lejos. “No dirás falsos testimonios ni mentirás”, nos advierte uno de los Diez Mandamientos. Al parecer la famosa frase, “Puedes engañar a todas las personas una parte del tiempo y a algunas personas todo el tiempo, pero no puedes engañar a todas las personas todo el tiempo”, tantas veces repetidas y atribuida a Abraham Lincoln, no fue dicha por el presidente de Estados Unidos.

En todo caso, es un mantra que ha servido para que alimentemos la esperanza de que los regímenes que se basan en la mentira, como las dictaduras, algún día caerán por su propio peso. Aunque quizás eso ha sido así hasta ahora pues el tecnopoder está desbaratando muchas de las certezas e intuiciones que teníamos. He pensado en todo esto después del hiperanalizado debate del otro día entre Sánchez y Feijóo. Es cierto que dentro de lo que busca la mercadotecnia electoral ganó Feijóo y que Sánchez no tuvo su mejor papel. Pero el triunfo de Feijóo se basó precisamente en la mentira, de esas que se dicen una vez y otra, a toda velocidad, y se repiten tanto que acaban pareciendo verdad. Parafraseando al escritor Manuel Rivas, Feijóo lo hizo “magníficamente mal”. Se ve que ese día, el del debate, Feijóo había comido pimientos de Padrón recetados por el íncubo Miguel Ángel Rodríguez y consiguió abrumar a su oponente con datos falsos, sin que hubiera ahí nadie para rebatirlos.

Aunque desde otra óptica, la de quienes las han padecido, también sabía mucho de las mentiras de un régimen (el estalinista) el escritor checo Milan Kundera, que nos ha dejado esta semana  a los 94 años. Después de una juventud en la que flirteó con el poder, empezó a combatir al sistema después de que las tropas soviéticas aplastaran una revolución que, desde dentro, buscaba un socialismo de rostro humano. Tuvo que huir a Francia, con Vera, su segunda mujer, y allí se instaló hasta el día de su muerte. Se consideraba por encima de todo un novelista, al margen de las ideologías, y le daba alergia que lo catalogaran como intelectual. Pero en sus obras puede verse claramente una crítica al poder (no solo al estalinismo, también al capitalismo) en todos sus matices.

En La broma nos enseñó que lo que no soportan las dictaduras por encima de todo es el humor. Los lectores de mi generación, formados con sus obras en los ochenta y noventa, aprendimos de Kundera que era posible hacer alta literatura y que además fuera entretenida. La lectura de El libro de los amores ridículos confirmó mi pasión por el género breve. Kundera fue un gran melómano (su padre era músico) y uno puede percibir esa sensibilidad en el ritmo de su prosa. En el ensayo, imprescindible, El arte de la novela (1986) reivindicó el humor en la literatura, desde Sterne, Rabalais y, sobre todo, Cervantes, de quien siempre se sintió deudor (la primera parte del libro se titula La desprestigiada herencia de Cervantes), como de Kafka, el otro polo de su escritura. En este ensayo, escribe: “Cuando un fenómeno anuncia, de lejos, su próxima desaparición, somos muchos a saberlo y, a veces, a lamentarlo. Pero cuando la agonía toca a su fin, ya miramos para otro lado. La muerte se vuelve invisible. Hace ya bastante tiempo que el río, el ruiseñor, os caminos que atraviesan los prados, han desaparecido del pensamiento del hombre. Nadie los necesita ya. Cuando la naturaleza desaparezca mañana del planeta, ¿quién la echara en falta? ¿Dónde están los sucesores de Octavio Paz, de René Char? ¿Dónde están aún los grandes poetas? ¿Han desaparecido o su voz se ha vuelto inaudible? En todo caso, menudo cambio en nuestra Europa, en otros tiempos impensable sin poetas. Pero si el hombre ha perdido la necesidad de la poesía, ¿se dará cuenta de su desaparición? El fin no es una explosión apocalíptica. Probablemente no haya más apetecible que el fin”.

Para mí, y por razones que no son solo literarias, su obra maestra es La insoportable levedad del ser, donde de alguna manera camufla su propia vida en la del protagonista, Tomás, en el hastío de los días de la dictadura estalinista. Pero esta atmósfera opresiva que logra reflejar no es su mayor virtud, sino el uso del punto de vista, que he comentado muchas veces en mis clases con los talleristas. Lejos de lo que pedía Flaubert, el narrador en tercera persona de esta novela es invasivo, opina, adelanta acontecimientos, los analiza. Uno a veces piensa que incluso maneja a los personajes como marionetas (no le gustaba la novela psicológica, lo que no quiere decir que sus personajes no tuvieran un mundo interior), aunque eso no les resta un ápice de vida dentro de la novela. La mezcla de lo culto con lo cotidiano es muy difícil de lograr y Kundera lo consiguió, en la mejor tradición de la literatura centroeuropea, que situó en el lugar que le corresponde.

Otra deuda que mantengo con él es que nos enseñó a ser empáticos, no solo con los personajes de sus novelas, también con los animales. En La insoportable levedad del ser, que fue llevada al cine con un acierto discreto, escribió Kundera: ““La verdadera bondad humana sólo emerge en toda su pureza y libertad cuando su destinatario no tiene poder. El verdadero examen moral de la humanidad, su examen fundamental (que se encuentra muy hondo, imperceptible a la vista) consiste en su actitud ante aquellos que están a su merced: los animales. Y en este sentido la humanidad ha sufrido una derrota. Una derrota tan fundamental que todas las demás provienen de ahí”.

Una de esas derrotas la he visto estos días en los sanfermines. El día que no haya toros ni agresiones sexuales en estas fiestas, habremos dado un paso importante para convertirnos en un país civilizado. Claro que para eso es importante la labor de los medios de comunicación y, claro, por ahora no parecen estar por la labor. Siguen retransmitiendo los encierros y en la prensa escrita dan cuenta de la tortura a los toros como un espectáculo fue limpio y rápido.

Mi amiga Ruth Toledano me recuerda esta otra cita de Kundera: “Los perros son nuestro enlace con el paraíso. Sentarse con un perro en una colina en una tarde gloriosa es estar de vuelta en el Edén, donde no hacer nada no es aburrido. Es la paz”. En verano se disparan los abandonos de animales. Quién es capaz de hacer algo así con un perro, nuestro vínculo con el paraíso, con lo que somos, creo que carece de alma y es capaz de cualquier cosa.

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