La niña convertida en higuera

La niña convertida en higuera

Foto: Pixabay.

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Continuamos con nuestra serie Relatos de Agosto, ‘El viaje de las heroínas’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Hoy asistimos al enigmático episodio de una niña convertida en higuera.

POR GLORIA SORIANO GARCÍA 

En aquellos tiempos del arte de birlibirloque, mientras una niña jugaba con un hada a ser un árbol, un mago envidioso las perseguía sin dejarse ver. Cuando la niña fue convertida en higuera, el mago se apresuró a transformar al hada en una pelusilla blanca y de un soplido la despeluzó. La niña higuera la vio desaparecer con las pupilas de las hojas llenas de rocío. El mago, antes de irse, la zarandeó: las ramas se le doblaron y el corazón se le hundió hasta las raíces. A medida que las risotadas del malvado se extinguían, las ramas fueron recuperando su postura, pero el corazón se quedó bajo tierra. Desde allí impulsaba el tronco hacia arriba y la copa a lo ancho. 

La higuera crecía hermosa y complaciente esperando que alguien la rescatara. ¡Qué otra cosa podía hacer!

A la gente le gustaba descansar bajo su sombra y comer los higos maduros. Ella, atenta a sus conversaciones, se mantenía al corriente de los sucesos. Una vez que lugareños o foráneos estaban listos para partir, la higuera suplicaba:

“La hospitalidad de la higuera auxilio para quien en sus entrañas”.

Si el lenguaje de las higueras no estuviera tan limitado, su petición habría sido más fácil de entender.

Tampoco estaba claro que la oyeran.

Una noche, un ruido le interrumpió el sueño profundo de primera hora. Al despertar, sintió un peso grande en las ramas más altas y el lamento de un hombre:

—¡Ay!, ¿cómo bajaré de aquí? —repetía la voz.

A él le daba miedo saltar y se agarraba fuerte para no caer. Pasaron una noche espantosa. Al amanecer, el hombre vio un carruaje que se acercaba por el camino.

—Por favor, por favor, ayúdeme —empezó a gritar, y el caballo se detuvo junto a la  higuera.

—Pero hombre, ¿cómo te has subido ahí? —dijo el cochero—, que sin esperar respuesta le ayudó a bajar.

El hombre del árbol solo se acordaba de haber bailado sin descanso y por dinero para tres mujeres cubiertas de tules. Mira, mira, estoy forrado de billetes, dijo palpándose el cuerpo. Pero cuando metió las manos en los bolsillos y rebuscó entre los pliegues de la ropa, no encontró nada. Pobre, ha enloquecido, dedujo el cochero. Pero la higuera pensó que había sido hechizado por las hijas del mago de quienes tanto había oído hablar.

Los hombres se fueron sin despedirse, aunque ella clamó, más alto que nunca: “La hospitalidad de la higuera auxilio para a quien en sus entrañas”.

Después de haber pasado la noche sin dormir, pensó que llevaba mucho tiempo confiando en que alguien atendiera su petición, ¿y qué había conseguido?, nada. Ningún provecho obtuvo por abanicar a la parturienta, o ayudar al sabio a interpretar un enigma; tampoco por sanar con su leche las picaduras de insecto de la hija del rey y eliminar las verrugas de la reina. Hizo esto y aquello, y no quiso seguir recordando para dejar de mortificarse. Estaba enfadadísima y decidió cambiar de estrategia. Si hubiera podido volver atrás, habría sacudido las ramas hasta derribar al hombre encaramado, y colocado las hojas de perfil para que no dieran sombra; y durante los abrazos, chorreones de jugos irritantes. Y todo así. A partir de entonces, se iba a comportar de esa manera.

La higuera estaba en boca de todos mezclada con palabras gruesas. Cundía el enojo. Los hombres parlamentaron durante horas antes de condenarla a muerte, los más jóvenes serían los verdugos. Familias enteras acudieron a la ejecución. Primero la despojaron de las ramas, después fue la amputación del tronco, y, por último, picaron en el suelo para desenterrar las raíces. Descubrieron que nacía de las manos de una mujer. Al ver el hilo de sangre que manaba de un dedo roto, cortaron el resto de las raíces como si fueran uñas. Cuando el cuerpo femenino emergió envuelto en humores terrosos, los hombres descreídos de hadas y heroínas se quedaron paralizados, mientras que las mujeres, asombradas de la astucia con la que había logrado liberarse, cosieron su dedo, le prepararon un baño, ropa de su talla y la acogieron como a una más.

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