La realidad aumentada ¿es realmente real?

La realidad aumentada ¿es realmente real?

Letra pequeña / ©los díez

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A estas alturas del relato, después de haber escrito casi una treintena de artículos, seguramente haya comenzado a tener fama de ludita versión 3.0 entre mis hipotéticos lectores y lectoras. Con mi aparente aversión hacia los coches, los móviles, e-readers, las redes sociales, la compra electrónica o la realidad virtual, pudiese parecer que estoy en contra de cualquier avance tecnológico que nos proporcione la civilización digital.

Hagamos un poco de memoria histórica; hay que recordar que el movimiento ludita original, a comienzos del siglo XIX, estaba constituido básicamente por tejedores artesanales que destruían telares mecánicos, no porque estuviesen en contra de los avances que pudiese proporcionar la Revolución Industrial y más concretamente de la industria textil, sino porque se oponían a que el empleo de mano de obra no cualificada, especialmente mujeres y niños, además en unas condiciones de total precariedad y abuso laboral, supusiese la desaparición de los pequeños talleres familiares, y con ellos la cultura material e inmaterial que albergaban, y el desempleo de los artesanos que en ellos trabajaban. En resumidas cuentas, los luditas no estaban en contra del progreso, sino de que éste, con su mirada puesta en el futuro, aniquilase y borrase el pasado y con él su legado.

Por esto hablaba al comienzo de mi aparente, sólo aparente, aversión hacia los avances tecnológicos, porque lo que me incomoda, pero sobre todo preocupa, es que dichos avances hagan desaparecer aquello a lo que aparentemente sólo vienen a mejorar, modernizar o complementar.

No estoy en contra del automóvil, sino de que su uso y abuso –¿han oído hablar de la “cultura del automóvil”, que llega a convertirse en escuela filosófica en algunos anuncios publicitarios?– haga desaparecer la idea del paseo y, con ella, la idea de la compra de proximidad o la relación entre vecinos o de que los niños puedan jugar en la calleo o de que su uso y abuso condicione la implantación del transporte público. Por eso rechazo el uso y abuso del coche y, en cambio, aplaudo la idea de “la ciudad de los 15 minutos“.

No estoy en contra de las redes sociales, y yendo más allá incluso, del sexo virtual –no olvidemos que el órgano sexual más potente que existe es el cerebro–, sino de que aquellas hagan olvidar la experiencia del encuentro físico y de la relación, digamos, analógica y, jugando con el doble sentido, también del placer digital.

No estoy en contra del comercio electrónico si este me permite, por ejemplo, adquirir un libro descatalogado que sólo he encontrado, gracias a internet, en una pequeña librería chilena. Pero estoy en contra del comercio amazónico que hace que, guiado por un ejército de algoritmos, olvide el placer de adentrarme en el hortus conclusus de la librería de la esquina.

No estoy en contra de cualquier avance tecnológico que nos proporcione información complementaria a la que por sí solos nos proporcionen nuestros sentidos y sensibilidades, o nuestro intelecto. Pero estoy en contra de que el empleo de cualquier dispositivo de realidad aumentada que podamos utilizar –por ejemplo, durante una visita a una exposición– nos haga olvidar y nuble el placer de la contemplación directa, intuitiva, virginal y visceral de la obra expuesta a pesar, o incluso gracias, al total desconocimiento culto que de ella pudiésemos tener.

No estoy en contra de los tuits que, a modo de aforismos modernos, están cargados de inteligencia e ironía, pero me preocupa que el abuso al escribir y leer a base de emoticonos, abreviaturas, jergas y demás rarezas lingüísticas nos lleve en breve a olvidar el placer de transitar por textos de más de 140 caracteres y, lo que es más grave, a adentrarnos en un sistema de pensamiento prehomínido.

Pienso que la realidad objetiva que conocemos, o creemos conocer, no es sino una abstracción que poco a poco vamos desentrañando y codificando, en parte gracias precisamente a la ciencia y a sus aplicaciones tecnológicas. Por eso, no me molesta el advenimiento de la llamada realidad aumentada, sino que esta suplante y anule a la que ya conocíamos, y que se haga pasar por la única real volviendo a encontrarnos de nuevo frente al mito platónico de la caverna y percibiendo como realidad aquello que no dejan de ser sino sombras.


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