La ‘reina de los bosques’: “Aun así, soy optimista, hay esperanza”

La ‘reina de los bosques’: “Aun así, soy optimista, hay esperanza”

La investigadora Ana Rey, en los jardines de Aranjuez.

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En nuestra serie de entrevistas a ‘eco-líderes’ de ‘El Asombrario Recicla’, hoy, Día Mundial por la Reducción de las Emisiones de CO2, entrevistamos a Ana Rey, que es más que una prestigiosa investigadora española que ha trabajado en instituciones internacionales como la FAO, la Universidad de Edimburgo o el National Center for Atmospheric Research en EE UU. A lo largo de su investigación, ha liderado fundamentales trabajos sobre el estado de los bosques planetarios y el impacto que el cambio climático está teniendo sobre ellos. Por encima de todo, es una apasionada por su trabajo que se califica de “optimista”, pese a que conoce bien el diagnóstico de los males que nos acechan.

Esta científica del Museo Nacional de Ciencias Naturales, la única mujer en un departamento con 16 hombres, está convencida de que “aún nos falta hacer la conexión entre nuestras acciones y sus consecuencias” en la naturaleza. Implicada en la igualdad de género en la ciencia, Rey es una eco-líder con reconocimiento internacional que, además, pinta los árboles a los que dedica su vida como otra manera de hacer llegar la enorme importancia que tienen.

¿De dónde te viene esa pasión por los bosques?

Crecí en el centro de Madrid, pero desde pequeña sentí pasión por los bosques y la naturaleza. Ya entonces tenía arbolillos en la ventana de mi habitación. Recuerdo que compartía ventana con mi vecino, que cogía lagartijas y tenía una iguana, y es curioso porque ahora, muchos años después, ambos trabajamos en el Museo, él como herpetólogo y yo como ecofisióloga. En 1992, tras estudiar Biología, hice un máster sobre contaminación atmosférica y me interesé por las emisiones de efecto invernadero de origen natural. Después decidí hacer mi doctorado sobre la relación entre el ambiente y las plantas, en concreto, los bosques y el cambio climático, y me fui a Edimburgo, donde al final me quedé 14 años trabajando en la Universidad en varios proyectos. Mi tesis se centró en el abedul, como parte de un proyecto europeo que estudiaba cómo afecta el aumento del CO2 atmosférico al crecimiento y la fisiología de los bosques y a su capacidad de secuestro de carbono. A raíz de este proyecto viajé a muchos sitios, como Estados Unidos, la Amazonía, Rusia, y pude ver in situ muchas de esas masas forestales.

¿Cómo se hace el diagnóstico del estado real de un bosque?

En nuestro caso fue muy interesante; dada la enorme extensión que ocupan (un tercio de la superficie terrestre) y a su importante papel en el clima de la Tierra, necesitamos abordar el problema a escala global, por lo que todos los investigadores del proyecto utilizamos la misma metodología estandarizada en diversos ecosistemas del mundo para entender y cuantificar su capacidad de secuestro de carbono y su respuesta al cambio climático. En el caso de los bosques, se estudian las interacciones de los árboles con la atmósfera en su función como fábricas de carbono, bombas de agua y su balance energético, tres aspectos fundamentales de su relación con la atmósfera y el ambiente donde viven. Es un tema muy complejo que requiere de muchas técnicas y expertos de distintas disciplinas.

¿Y qué es lo que más ha cambiado desde que empezaste a estudiarlos?

La verdad es que sigo yendo a bosques increíbles y disfrutándolos. Lo que más me impacta es comprobar que cuando hice mi tesis, hace muchos años, medía en la atmósfera una concentración de CO2 de 350 partes por millón (ppm) y hoy, 25 años después, hay 420. Como consecuencia de la actividad humana hemos cambiado ese nivel drásticamente y en un tiempo que es infinitesimal en términos geológicos. Lo que no ha cambiado tanto es la velocidad de la deforestación, cuyo final se ha vuelto a aplazar de nuevo en la última COP26 de Glasgow. Pero aun así, soy optimista. Hoy, representantes y organizaciones de todo el mundo se sientan a discutir sobre las medidas a tomar para combatir el cambio climático y por primera vez existe la conciencia de la necesidad de restaurar y preservar nuestros bosques y de frenar la deforestación. En 2015 se consiguió que la protección de los bosques fuera uno de los objetivos de desarrollo sostenible, destacando la “importancia de gestionar de manera sostenible los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad”. Hay esperanza.

¿No acabaremos, entonces, con los árboles del planeta?

Los bosques ocupan un 30% de la superficie terrestre. Menos mal porque, si no, no estaríamos aquí. Además, aun si la tasa de deforestación es considerable, se ha mejorado algo en los últimos años y países como Brasil entre otros, se han comprometido a frenar esta tendencia. Para otros como Nigeria ya es tarde, porque han perdido el 90% de sus bosques. En la última COP26 se habló de frenar la deforestación en 2030, pero es difícil cumplir estos objetivos a nivel internacional cuando no existen mecanismos legales y en muchos casos todo queda en buenas palabras y meros compromisos que al final no se cumplen. Otro compromiso resultante de esta última COP de Glasgow es reducir un 30% las emisiones de metano, que tanto tienen que ver con la ganadería. Es algo que se sabe desde hace 30 años, pero lejos de disminuir, ahora consumimos siete veces más carne que entonces, cuando la ganadería es responsable junto con los combustibles fósiles de las emisiones de metano a la atmósfera. Imagina la cantidad de terreno, transporte y combustible que se necesita para ello.

Ya que menciona la ganadería, un sector muy fuerte en España, objeto de polémicas cada cierto tiempo. ¿Somos conscientes de su relación con los bosques?

Yo no entiendo bien la polémica que hay en este tema cuando el propio IPPC dice que la manera más eficaz de limitar las emisiones contaminantes es reducir el consumo de carne, porque así podríamos reducir cultivos destinados a estas instalaciones, es decir, los piensos de soja. El desarrollo de la producción ganadera intensiva como consecuencia del aumento del consumo de carne en los países desarrollados es la principal causa de deforestación en el Amazonas. Además, en el caso de España, no sólo ha aumentado 7 veces el consumo de carne desde los años 70, también somos uno de los principales exportadores de carne de Europa. Los datos científicos están ahí y no sólo se deforesta para cultivar piensos, sino que se usan combustibles fósiles para traerlos desde países como Brasil y, una vez aquí, los residuos contaminan las aguas. En algunos casos, el pastoreo puede favorecer a los bosques si es extensivo, porque limpia el sotobosque, evitando incendios, y fertiliza el suelo. Nosotros, precisamente, estudiamos qué medidas es preciso adoptar en cada lugar para mantener el equilibrio de los ecosistemas adoptando prácticas agroforestales y de producción sostenibles, con una planificación mejor y más equilibrada del uso de la tierra.

Además de masas forestales, has trabajado en la búsqueda de soluciones en zonas áridas, que también van a más.

Sí, trabajé durante un año en la FAO como experta científica desarrollando programas destinados a mejorar el tipo de manejo de los cultivos para favorecer el secuestro de carbono, combatir la desertificación y evitar la pérdida de carbono. Tras trabajar tantos años en Edimburgo, fue entonces cuando tomé conciencia de la importancia de estas zonas a nivel mundial. El 43% del territorio de la Tierra son zonas áridas con un enorme peligro de desertificación, que sigue avanzando con el cambio climático. Tras tantos años de investigación, sin embargo, creo que existe la necesidad de concienciar a la ciudadanía de estas cuestiones. La mayoría vivimos en ciudades, al margen de la naturaleza, y es fundamental saber que desde la ciudad podemos cuidarla y que hay muchas cosas que podemos hacer en nuestro día a día. Decía que soy optimista porque se ha avanzado mucho desde los años 90: ahora el tema del cambio climático está presente casi cada día y la gente, por ejemplo, usa menos bolsas de plástico, pero en muchas otras cosas nos falta hacer esa conexión entre nuestros acciones y su impacto ambiental y económico.

Vivimos en ciudades y nos acordamos de los bosques cuando se queman cada verano. Tú trabajas precisamente en Sierra Bermeja (Málaga), donde se quemaron 10.000 hectáreas hace pocos meses…

Sí, el terrible incendio de Sierra Bermeja es un ejemplo claro de las consecuencias de la mala gestión y el abandono rural y el cambio climático que he sufrido directamente por ser uno de los principales lugares donde trabajo. Es más llamativo invertir en servicios de extinción, que en España son muy buenos, que en prevención y gestión del territorio para que no ocurran. Los efectos son devastadores. Un centímetro de suelo tarda 100 años en formarse y en dos horas se destruye por el fuego. Es tremendo y más en el país más árido de Europa, el nuestro. Tenemos lugares espectaculares, como Sierra Bermeja, con una biodiversidad muy alta. Es un punto caliente a nivel mundial porque está entre dos continentes (África y Europa), dos mares (Atlántico y Mediterráneo), entre el punto más seco y el más húmedo (desierto de Tabernas y Grazalema) y con una orografía que va del nivel del mar a 2.200 metros de altitud. También tiene una litografía única en el planeta, que es algo determinante para su función como sumidero de carbono. Una buena parte se quemó y esperemos que se recupere, aunque pasará mucho tiempo y probablemente nunca volverá a ser igual. El creciente abandono del campo tiene estas consecuencias. El incremento de la vegetación y la continuidad del paisaje en el contexto del cambio climático, hacen que se generen esos grandes incendios de sexta generación. Es urgente gestionar y preservar nuestros bosques. Las consecuencias del incendio de Sierra Bermeja serán tremendas y requerirán de muchos años antes de que se recupere. A menos que tomemos conciencia, estos incendios serán más frecuentes.

¿Es cierto, como señalan algunos estudios, que los bosques tropicales están perdiendo su capacidad de captar CO2?

Ciertamente. La realidad es que a nivel global, esa capacidad de absorción de carbono de los bosques ha disminuido un 25% sólo entre 2010 y 2015, según datos de la FAO, y para entender sus causas hay que estudiar la deforestación, las plagas y el cambio global. Vivimos en este planeta, con un balance energético y de carbono, que estamos modificando. En décadas anteriores, hemos visto cómo la productividad de nuestros bosques en el Hemisferio norte aumentaba por el aumento de CO2 atmosférico y el aumento de la temperatura, pero ahora están llegando al límite y no son capaces de absorber más. Si a eso sumas eventos extremos como olas de calor, Filomenas, sequías intensas, inundaciones, grandes incendios… la capacidad de nuestros grandes aliados en la lucha contra el cambio climático se debilita, y observamos un fenómeno de decaimiento forestal a nivel global.

Nosotros investigamos cómo el cambio climático está afectando a esa capacidad. Por ejemplo, ahora lidero un proyecto junto con la Universidad de Jaén, intentando entender cómo el cambio climático está afectando a bosques mediterráneos. Los modelos utilizados para estudiar la capacidad de secuestro de carbono de nuestros bosques tienen en cuenta principalmente la situación geográfica o el clima, pero falta incorporar la litología, es decir el tipo de suelo en el que crecen los árboles, que es lo que estudiamos en las Sierras de Málaga, comparando un enclave único, donde los bosques que crecen adyacentes sobre diferentes sustratos.

¿Son las plantaciones de árboles una solución para la absorción de CO2?

Es positivo que capturen dióxido carbono, pero una plantación no tiene nada que ver con un ecosistema complejo como es un bosque ni nos proporciona los servicios ecosistémicos de un ecosistema forestal caracterizado por complejas interacciones y una elevada biodiversidad. De ahí la enorme importancia de restaurar y preservar los que están. De acuerdo con los datos de la FAO, la mayor parte de los bosques que existen en el mundo se regeneran de manera natural y albergan el 75% de la biodiversidad global. Tan solo un 7% son plantaciones. Actualmente existen numerosas iniciativas para plantar árboles, pero ello no siempre es posible, ni positivo. Depende de dónde y de con qué, y en cualquier caso lleva mucho tiempo. Es necesario utilizar especies autóctonas, adaptadas a las condiciones locales, promover la restauración y regeneración natural y diversificar el paisaje. En muchos casos, se olvida que hay ecosistemas de enorme valor que no son bosques y que también absorben carbono y contienen importantes cantidades de carbono en el suelo, principal reservorio terrestre en el mundo.

Respecto a la responsabilidad individual, ¿qué papel queda entonces a quienes toman las decisiones?

Yo creo que todos tenemos un poder enorme a nivel individual, además de exigir a nuestros gestores y políticos un mayor compromiso en temas ambientales. Somos lo que consumimos, vestimos o comemos, pero pocos somos conscientes del impacto que tiene sobre el medioambiente. Cuando comencé a trabajar en la FAO, en 2003, empezaba a funcionar un departamento sobre el cambio climático. Se comenzaba a tomar conciencia de la necesidad de tomar medidas. Han sido necesarias 26 cumbres internacionales del clima, pero se ha tomado conciencia de que hay que descarbonizar la economía, aunque no a la velocidad necesaria. Pero nosotros debemos cambiar los hábitos de consumo concienciándonos y exigir a nuestros gobiernos que tomen las medidas necesarias. Los compromisos internacionales van dejando poso y hay países donde he visto cómo se valora el comercio local, los productos ecológicos, la calidad de los alimentos… En España no lo veo tanto, pero esa concienciación es importante para elegir un gobierno implicado. A nivel político, nos falta un partido verde fuerte como en otros países, pero es el reflejo de esa falta de sensibilización.

Un dato positivo es que en nuestro territorio aumenta la masa forestal.

Debido al abandono rural en España, los bosques han aumentado un 33%, pero el problema es la falta de gestión del territorio, además de que también ha incrementado el deterioro de la calidad de los suelos y la desertificación. Según los últimos datos, hoy el 20% está en riesgo. Y es muy grave porque sin suelo no se come y compromete seriamente la seguridad alimentaria de una población que sigue aumentando a un ritmo exponencial.

Otro plan mundial importante es proteger el 30% de la Tierra para preservar ecosistemas ¿Qué te parece esta medida?

Insuficiente. La seguridad alimentaria mundial está ligada a que el suelo sea fértil y a utilizar especies adaptadas a condiciones extremas, resilientes al cambio climático, pero es fundamental tener un buen reservorio de especies, porque los monocultivos disminuyen la biodiversidad y nos hacen muy vulnerables. Dependemos de ella para nuestra subsistencia así que debemos preservarla. Según el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, estamos en la década de la restauración ecológica y es uno de nuestros principales retos. Desde la ciencia y los medios de comunicación tenemos mucho que hacer para divulgar todo esto. A mí me encanta ir a colegios a contarlo, divulgarlo a través de la pintura que me apasiona, cualquier medio que permita hacer llegar la importancia que tiene para nuestra subsistencia en el planeta. Creo que es un trabajo fundamental y nuestra responsabilidad como científicos. Hasta que no seamos conscientes del impacto de nuestras acciones sobre el medioambiente, no tomaremos las medidas necesarias para preservarlo. Y sin él, nuestro futuro está en riesgo.


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Comentarios

  • Vicente Jurado Doña

    Por Vicente Jurado Doña, el 29 enero 2022

    Enhorabuena por la entrevista a Ana Rey, una gran investigadora. Nuestros bosques mediterráneos son necesarios en la lucha contra el cambio climático y nadie parece querer ver esto. Todo el mundo habla de digitalización, I+D, etc y nadie de conservar y mantener nuestros bosques y matorrales, excepto algunos científicos. Curiosamente estuve unos días en Sierra Bermeja en noviembre pasado y pude observar en el terreno los terribles efectos del incendio del pasado verano en los pinsapares y en los pinares resineros y …en los animales.
    Hace un año una serie de colectivos sociales y sindicales hemos montado la Plataforma por el Monte Andaluz que recoge una serie de objetivos en relación a la política forestal en Andalucía, muy abandonada por la Administración y que no puede quedar reducida a la extinción de incendios en verano. La lucha contra la mortandad de encinas y alcornoques («seca»), la adquisición de terrenos de valor ecológico, la prevención de incendios y la adaptación de bosques y matorrales al cambio climático son algunos de esos objetivos. Hemos presentado varios escritos a las Diputaciones y pedido entrevista (por ahora sin éxito) a la Consejera.
    Tenemos un correo
    defensadelmonteandaluz@gmail.com

    Saludos cordiales

    • Ana

      Por Ana, el 29 enero 2022

      Gracias por tu comentario Vicente, se necesitan iniciativas así! Suerte con la administración! Esperemos que al menos el terrible incendio haya servido para despertar cierta conciencia.. y que las promesas de invertir y crear un centro de defensa forestal sea real… Optimista, ya sabes..

      Soy una enamorada de la zona, del Valle del Genal..

      Un saludo y gracias de nuevo

  • Arbre Agulló i Guerra

    Por Arbre Agulló i Guerra, el 30 enero 2022

    Toda la Humanidad debemos comprometernos en cuidar los árboles, ¿como? en verano llevar agua en botellas o como sea y regar los árboles que están naciendo, sobre todo en las zonas más secas y áridas de la península, hemos provocado como Humanidad el cambio climático, debemos impedir que vaya a más. Aquí en mi pueblo Sant Just Desvern, hemos plantado más de mil árboles, al verano hay que ir a regarlos en sus primeros cinco años, han crecido en 22 años más de cien robles y alzinas.

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