Las bombas nucleares de Palomares pasan del secreto al teatro

Fraga y el entonces embajador de Estados Unidos en España se bañan en Palomares tras el accidente con las bombas nucleares.

Julio Béjar (Almería, 1981) ha escrito una obra de teatro sobre el incidente nuclear de Palomares, del que muchos sólo recordábamos el célebre baño de Fraga y el embajador de EE UU en las playas de la localidad almeriense. Aquello sucedió a mediados de los 60 y aunque tanto los gobiernos del PSOE como del PP le han quitado hierro al asunto, el plutonio y americio todavía permanecen en 40 hectáreas de acceso restringido, convertidas desde entonces en una suerte de cementerio que espera su limpieza definitiva. Después de ‘Mudanzas’, ‘Aura’, ‘8,56’, ‘Cuando las canciones dejan de hablar de nosotros y ‘Empieza por F’, con la que en 2021 obtuvo el premio Calderón de la Barca para autores nóveles, el dramaturgo se ha puesto las gafas de investigador y, gracias a la ayuda del X Laboratorio de Escritura Teatral concedido por la Fundación SGAE, ha compartido sus pesquisas en su obra ‘Palomares (la playa de Plutón)’. Hemos hablado con él.

Antes del baño de Fraga, ¿qué había pasado en Palomares?

Hay mucha desinformación. El 17 de enero de 1966, cuatro bombas nucleares que transportaba un B52 estadounidense cayeron sobre Palomares, un pueblo de la provincia de Almería que está lindando ya con la de Murcia. La aeronave explotó durante una maniobra, justo cuando chocó contra el avión cisterna que trataba de abastecerla de combustible en el aire. Hay que ponerse en contexto. Estamos en plena Guerra Fría, como EE UU no tenía ningún aliado desde el que poder atacar directamente a la Unión Soviética, el Pentágono había decidido que durante 24 horas al día, todos los días del año, un bombardero nuclear sobrevolara el planeta por si fuera necesario actuar en cualquier momento. Es una estrategia loca, que parece salida de un capítulo de Black Mirror. Por muy profesionales que fueran los pilotos, la probabilidad de un accidente era muy elevada. Y sucedió: los dos aviones colisionaron y las bombas cayeron a Palomares. Dos llegaron a tierra completas, porque las amortiguó el paracaídas, pero las otras dos se precipitaron contra el suelo a 300 kilómetros por hora y se rompieron y liberaron 10 kilogramos de plutonio. Por suerte no explotaron, porque entonces España no existiría.

¿A qué desinformación te refieres?

Tú y yo estamos hablando de Palomares porque una de las bombas cayó en el mar y tardaron tres meses en encontrarla, sino esto nunca habría salido a la luz. Palomares entonces era un no-lugar, una pedanía de Cuevas que casi no existía ni en los mapas. De los mil habitantes de entonces, sólo Pedro, maestro y sanitario, conocía la palabra radiactividad. Y todavía hoy todo se resume con tres o cuatro minutos del NODO, que muestran a Manuel Fraga, simpaticote, con un bañador por encima del ombligo metiéndose en el mar y saludando a los periodistas. Fue una cortina de humo muy bien urdida.

¿Cómo se llega a ese momento?

Después de recoger la cuarta bomba, la que se había caído en el mar y que por suerte no se rompió, Fraga y el embajador de EE UU se bañaron en la playa de Palomares para demostrar que no había ningún peligro. El objetivo era no manchar la imagen de España como destino de vacaciones. Aquel verano nos visitaron 13 millones de turistas, así que la estrategia funcionó. Fue una idea de la mujer del embajador, que había sido jefa de prensa y marketing de Pepsi. Luego los americanos recogieron el campamento de la playa de Quitapellejos. Habían venido 1.500 soldados, muchos de ellos afrodescendientes y latinos, que empezaron a recoger los restos sin guantes ni mascarillas. En mi obra, el personaje de Pedro observa que, si no habían enviado a personas blancas, aquello debía de ser muy peligroso. La limpieza fue una chapuza: básicamente revolvieron la tierra para que los detectores no dieran índices elevados de plutonio.

Pero el problema no acabó ni mucho menos con el baño de Fraga.

¡No! Todo se enrareció incluso más. De pronto se interesó por el incidente el Doctor Langham, también conocido como Mr. Plutonium, que en EE UU había inyectado esta sustancia en personas con discapacidad, embarazadas y enfermos terminales para ver cómo reaccionaban y sin pedirles permiso. Se dio cuenta de que Palomares era un laboratorio vivo y puso en marcha el proyecto Indalo con capital americano. A partir de entonces, todos los años, 150 vecinos de Palomares empezaron a subir a Madrid para hacerse análisis de sangre y de orina. Les compensaban con unas dietas y les invitaban al Parque de Atracciones y al Museo de Cera, pero nunca les daban los resultados.

Julio Béjar, autor de la obra ‘Palomares (la playa de Plutón)’. Foto: Gemma Escribano.

¿Nunca se los daban?

Espera, espera… La cosa tiene más miga. Pasaron 20 años, murió Franco y Antonia Flores se convirtió en alcaldesa de Palomares por el PSOE. Su campaña se centró en conseguir los resultados de dichos análisis, incluso se organizó una asamblea que filma la israelí Dina Hecht y que yo menciono en la obra. Cuando el partido decidió apoyar el ingreso en la OTAN, este asunto empezó a ser algo incómodo y se ninguneó la solicitud de los palomareños. Finalmente, gracias al apoyo de Greenpeace y de algunos médicos que habían merecido el premio Nobel, Antonia consiguió los resultados.

¿Antonia la alcaldesa y Pedro el maestro aparecen en la obra?

Claro que aparecen. Como voy intercalando testimonios con escenas imaginadas, la mayoría de los personajes son vecinos reales del pueblo. Antonia y Pedro son las dos caras de un mismo espejo, pese a que ella es una alcaldesa socialista y él un maestro franquista, ambos se encuentran con una situación similar, en la que los suyos les humillan. Pedro se da cuenta de cómo les están engañando y Antonia Flores se ve desamparada por su partido cuando, años más tarde, trata de esclarecer lo que ha sucedido. He hablado con los que estaban vivos para ver qué les parecía. Pedro ya ha fallecido, pero Antonia se emocionó. Cuando leyó la obra me dijo: has escrito la verdad. Para escribir esta obra ha sido fundamental entrevistarme con José Herrera, un periodista de Canal Sur que lleva siguiendo el caso desde el año 1986 y que me ha facilitado muchísima información. Él también aparece en el documental de Movistar Plus+. Es un drama de ficción basado en documentos reales, pero he tratado de que no se convierta en una Wikipedia, puede que eso haya sido lo más difícil.

¿Hemos obviado otros occidentes similares?

¡Tal vez! ¡Nunca lo sabremos! Por ejemplo, en el año 1973 hubo una fuga de aguas residuales en la Junta de Energía Nuclear, ubicada en la Dehesa de la Villa. De ahí se vertieron al Manzanares, al Jarama y al Tajo, y sólo a su paso por Lisboa saltaron las alarmas. En el caso de Palomares, el Partido Comunista conseguía información a través de un contacto local y luego contaba lo que allí estaba pasando a través de Radio Bucarest. Otro personaje maravilloso de la historia es Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la llamada Duquesa Roja, que va a Palomares para explicar a los vecinos lo que realmente sucedía en el pueblo, porque nadie se lo quería explicar.

¿Por qué te ha interesado esta historia?

Como almeriense es una historia que me toca en la medida en la que he tenido que salir de Almería, sentir el desarraigo o disimular mi acento en determinadas situaciones. Hay que denunciar el olvido de las administraciones, tenemos un único tren diario a Madrid que tarda 7 horas… Esta obra quiere defender la dignidad de esa gente que se siente abandonada, utilizada y humillada. La obra es una suerte de Fuenteovejuna, porque hay una crítica al sistema, al aparataje político, sea del color que sea, frente al pueblo que se ve vapuleado por unos y otros, convertidos en conejillos de indias.

¿Por qué crees que Palomares sigue interesándonos?

Cuando hablo con amigos que son más jóvenes, parece que les fascina, porque ahora las llamadas teorías conspiranoicas están muy presentes en las redes. Si hicieron esto en los años 60 con nosotros, qué no estarán haciendo ahora. Se calcula que cada día, entre los años 1964 y 1967, pasaban por encima de las cabezas de los españoles 72 bombas nucleares más potentes que las de Hiroshima. ¡Hoy nos parece imposible! Quien verdaderamente traicionó a España fue Franco al permitir esto. La única medida de soberanía la tomó después del accidente, cuando pidió que no se sobrevolara el espacio aéreo español con armas similares.

¿Nos engañan ahora? ¿En qué teorías conspiranoicas crees?

Aparte de que Elvis Presley sigue vivo… No sabemos todo. Por ejemplo, el uso desmedido que estamos haciendo de las redes sociales sin ningún tipo de advertencia sobre cómo esto puede minar nuestra autoestima o nuestra manera de relacionarnos… A lo mejor en el futuro, nuestros hijos y nietos nos mirarán diciendo: vaya, cómo os engañaron.

¿Cuándo vamos a ver montada ‘Palomares (la playa de Plutón)’?

Estoy buscando estructuras de producción. En enero de 2026 se cumplen 80 años de la caída de las bombas.

¡Programadores! ¿Habéis oído bien? También andas en un proceso de investigación en torno a las nuevas masculinidades.

Sí, estoy analizando cómo se trata la masculinidad en las artes escénicas en España desde hace cinco años, en montajes como La maldición del hombre Marlboro o Los hombres blandengues. También he creado círculos de hombres para hablar y debatir cuestiones relacionadas con este tema. He comenzado a escribir escenas, pero todavía estoy en el maremágnum. He recibido una ayuda del Gobierno Vasco para nuevas dramaturgias. Aunque tengo bastante material, todavía no tengo la obra cerrada.

¿Pero qué entiendes tú por nuevas masculinidades?

A mí me interesa mucho de qué manera la masculinidad hegemónica heterosexual ha supuesto un corsé para impedir que un padre con sus hijos o dos hermanos hablen de sus emociones. Sin embargo, gracias al feminismo la masculinidad se ha ubicado de otra manera y creo que es el momento de lanzar preguntas. En el caso Rubiales el feminismo ha demostrado tener una enorme fuerza moral: lo que no han podido desencadenar toda clase de corruptelas lo ha hecho un beso.

¿Y qué preguntas te gustaría lanzar?

¿La masculinidad ha dejado de ser un corsé para convertirse en un estigma? ¿Por qué hay cada vez más hombres heterosexuales que se sienten juzgados por ser hombres heterosexuales? ¿Es un tema nuevo o ha atravesado toda la historia de la literatura? ¿Acaso no ha habido hombres escribiendo sobre la emocionalidad de otros hombres?

El X Laboratorio de Escritura Teatral de la Fundación SGAE ha sido tutorizado por la dramaturga Gemma Rodríguez. Mañana, 17 de octubre, a las 19.30 h. se presenta en la Sala Berlanga una publicación que recoge junto a Palomares (la playa de Plutón) de Julio Béjar, Historia de una pierna de Marta Aran, Los que viven aquí de Mafalda Bellido Moterde, Sugar Girl de África Hurtado, Hostil de Vanesa Sotelo y Las juventudes de Álvaro Nogales y Adrián Perea. Estará acompañada de una lectura dramatizada de fragmentos de las seis obras dirigida por Beatriz Jaén.

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