Las imágenes más impactantes del premio de fotografía Luis Valtueña

Soldados karenni se refugian en una zanja de drenaje mientras una granada de mortero explota cerca de ellos durante los intensos enfrentamientos del 16 de abril de 2023, en la aldea de Daw Nyay Khu, en el Estado de Kayah (Karenni), al este de Myanmar (Birmania). Foto: Siegfried Modola.

Una Humanidad donde habita gente como Netanyahu, Putin y Trump es inhumana. Un mundo en el que se agolpan invasiones como la de Ucrania por parte de la dictadura rusa y genocidios como el de Gaza por parte del Gobierno de ultraderecha de Israel nos hace plantearnos qué estamos haciendo, adónde vamos. Es también lo que nos lanza cada año a la cara el Premio Internacional Luis Valtueña de fotografía humanitaria, que organiza la ONG Médicos del Mundo. Los ganadores exponen ahora sus fotos en la sala EFTI de Madrid. Y mirando sus trabajos uno toma conciencia de cómo las tragedias se amontonan y una solapa a otra; y hay conflictos enquistados de los que hasta nos hemos olvidado, como los de Myanmar y Etiopía, ya abrumados por otros más cercanos o brutales o fotografiados, como Gaza y Ucrania.

El trabajo ganador de la última edición, la 27ª, del Premio Luis Valtueña lo firma Siegfried Modola, fotoperiodista ítalo-británico criado en Kenia y residente en París; se titula Dentro de la revolución armada de Myanmar. Este país asiático entró en guerra civil cuando su ejército destituyó al Gobierno elegido democráticamente en 2021. La Junta del país ha respondido de forma brutal e indiscriminada contra la población civil. Según Naciones Unidas, miles de personas han muerto, alrededor de 1,4 millones han sido desplazadas y un tercio de la población del país necesita ayuda humanitaria. Las atrocidades se han cebado con el pueblo Karen. El valor de este trabajo radica en que enfoca el conflicto desde cerca, desde dentro, desde la lucha de los soldados karenni, rostros que nos miran con una mezcla de rabia y cansancio, pero también determinación por seguir adelante con su lucha.

Unos niños se esconden en el refugio antibombas de su escuela durante un simulacro de emergencia en caso de bombardeo con mortero por parte de las fuerzas gubernamentales con base a pocos kilómetros de su pueblo, en el Estado de Kayah (Karenni), este de Myanmar (Birmania) (24 de octubre de 2022). Foto: Siegfried Modola.

Un ex soldado karenni que perdió ambas piernas tras pisar una mina terrestre recibe ayuda de su amigo en un centro de rehabilitación en el Estado de Kayah (Karenni), al este de Myanmar (Birmania) (17 de octubre de 2022). Foto: Siegfried Modola.

Entre los finalistas, otro trabajo sobre un conflicto enquistado y olvidado, la guerra civil en Etiopía, firmado por el fotógrafo documental argentino Eduardo Soteras, residente en Kenia y que años atrás ha trabajado mucho en Gaza. Hablando con él el día de la presentación de la muestra en EFTI, me mostraba su pesimismo respecto a una rápida salida a este conflicto africano, por sus múltiples ramificaciones: “Los políticos recurrieron a resaltar las identidades étnicas y desataron así la bestia; y una vez que la sueltas, resulta muy difícil la marcha atrás, hacia la convivencia”. Un peligro, ese de resaltar las identidades nacionalistas, que ve Soteras que se expande como una gran mancha negra por todo tipo de países, desde Estados Unidos a Europa… Sus fotos se detienen en los no lugares que habitan los numerosos desplazados y en la mirada perdida de niños y niñas. De hecho, su trabajo se titula Etiopía se hunde en el caos.

Niñas refugiadas eritreas, desplazadas debido al conflicto en la región de Afar, miran desde detrás de un cristal en el recinto del Hotel Agda, en la ciudad de Semera, Etiopía (14 de febrero de 2022). Foto: Eduardo Soteras.

Unos niños miran libros en la biblioteca de una escuela primaria que resultó dañada durante los enfrentamientos que estallaron en la región etíope de Tigray, en el pueblo de Bisober, el 9 de diciembre de 2020. Los asesinatos del 14 de noviembre representan sólo un incidente de sufrimiento civil en Bisober, un pueblo agrícola de unos 2.000 habitantes en el sur de Tigray. Foto: Eduardo Soteras.

Unos niños miran libros en la biblioteca de una escuela primaria que resultó dañada durante los enfrentamientos que estallaron en la región etíope de Tigray, en el pueblo de Bisober (9 de diciembre de 2020). Foto: Eduardo Soteras.

Mujeres refugiadas eritreas, desplazadas por el conflicto en la región de Afar, se sientan bajo cajas de cartón mientras esperan a ser registradas por las autoridades en el recinto del Hotel Agda, en la ciudad de Semera, Etiopía (14 de febrero de 2022). Foto: Eduardo Soteras.

Pepe Fernández, presidente de Médicos del Mundo España, reconoce que no hay palabras para expresar lo que está sucediendo en Gaza, una masacre que, por su brutalidad, por saltarse todas las líneas de la más mínima ética o humanidad, ha eclipsado a las otras decenas de conflictos en el mundo. Me subraya la importancia que sigue teniendo el fotoperiodismo, el trabajo de los profesionales, para documentar los dramas del planeta, a pesar de la avalancha de fotos que cada minuto inundan las redes sociales hechas por todo tipo de personas. “La foto de un profesional es otra cosa; saben contar una historia en un disparo, saben profundizar, van a la esencia, y consiguen que sean imágenes que se nos clavan, que no pasan, que perduran, permanecen; no se quedan en lo superficial, en la anécdota; son imágenes en las que cada una te cuenta una historia, y lo hacen además con belleza, con una estética muy cuidada”.

Este año se presentaron a este premio, ya tan conocido como prestigioso, unos 700 trabajos llegados desde 96 países.

Pero aparte de los conflictos de sangre y violencia descarnada, de heridas supurando, muertes y armas de fuego, hay otro tipo de dramas menos estruendosos, más soterrados y silenciosos, que van socavando muchos espacios de la convivencia social. Como el envejecimiento de la población rural, el abandono de la España rural. Algo que ha retratado con enorme sensibilidad Adra Pallón, fotógrafo documental de Lugo, en varias aldeas gallegas; otro trabajo, titulado Demotanasia –algo así como la eutanasia de todo un territorio–, finalista del premio Luis Valtueña. En el precioso claroscuro de sus retratos vemos a Olga, de 91 años, que, a pesar de su edad, recorre todos los días varios kilómetros alrededor de su pueblo. Su hijo, que vivía en la ciudad, ha tenido que volver para cuidarla. En su pueblo del norte de Lugo ya sólo quedan ellos. Vemos a Domingo, que, con 88 años, vive solo en una aldea aislada de la montaña de Lugo. Vemos a Santiago, de Mostade, un pueblo de unas 30 casas, sólo habitado por él y su madre octogenaria a la que cuida; en la foto de Adra se le ve asando castañas en una lluviosa tarde de invierno. Vemos a Fernando, que vive con la única compañía de sus 30 perros.

“Yo creo”, me dice Adra, “que estamos asistiendo al final de un modo de vida ante la absoluta pasividad institucional. Creo que se ha llegado a un punto de no retorno, aunque haya algún brote de esperanza, de jóvenes que vuelven a los pueblos, pero son eso, brotes, excepciones, porque la mayoría de ellos vuelven a marcharse del pueblo pocos años después”. A todo ese abandono, a toda esa soledad, se suma ahora, me cuenta Adra, la desolación de los enormes incendios forestales y la avalancha de proyectos eólicos en Galicia, y en todo el Norte, que llegan a esas aldeas con promesas de prosperidad, de crear puestos de trabajo, cuando en realidad lo único que provocan es expulsar a más gente del territorio. “Energías renovables sí, pero no así”.

Oural. Lugo. Lunes, 23 de mayo de 2022. Olga tiene 91 años y a pesar de su edad camina todos los días varios kilómetros alrededor de su aldea. Su hijo, que vivía en la ciudad, ha tenido que volver a la aldea donde sólo quedan ellos para cuidarla. Foto: Adra Pallón.

Oural, Lugo. Olga tiene 91 años y, a pesar de su edad, camina todos los días varios kilómetros alrededor de su aldea. Su hijo, que vivía en la ciudad, ha tenido que volver a la aldea donde sólo quedan ellos para cuidarla (23 de mayo de 2022). Foto: Adra Pallón.

Domingo recoge patatas para hacer comida. Domingo tiene 88 años y vive solo en una aldea aislada de A Fonsagrada. Foto: Adra Pallón.

Domingo recoge patatas para preparar comida. Tiene 88 años y vive solo en una aldea aislada de A Fonsagrada, Lugo. Foto: Adra Pallón.

Alejandrina y sus vecinos intentan frenar el avance del fuego al pie de las casas en Froxán, Lugo. Quedan pocos habitantes en esta zona; la despoblación es una de las causas de los grandes incendios forestales actuales. Foto: Adra Pallón.

Y luego están esas tragedias muy cercanas, pero a las que no queremos mirar. O que, acostumbrados ya a verlas a diario en titulares de prensa, ya no nos impresionan. Como la de los miles de emigrantes que mueren ahogados en el Mediterráneo y el Atlántico intentando llegar en fragilísimas embarcaciones desde África a España, a la civilizada Europa. La periodista y fotógrafa Anna Surinyach, que trabajó durante varios años documentando los trabajos de Médicos Sin Fronteras en el Mediterráneo, le dio muchas vueltas a cómo contar la historia del negro destino de tantos migrantes que mueren ahogados. Y se le ocurrió que, en vez de contar la peripecia de quienes, con más o menos fortuna, llegaban, debía contar el drama de los que nunca tomaban tierra. “Llegó un momento en que me parecía que seguir fotografiando pateras no era suficiente”, me explica ante sus fotos expuestas.

Para ello, se documentó a fondo sobre unos 40 casos y trabajó en 25, con retratos de esos que te desarman hechos a sus familiares y con una idea tan sencilla como efectista, aunque para llevarla a cabo tuvo que aprender a bucear: Sus fotos captan los retratos impresos en papel de quienes se ahogaron, retratos más quietos que nunca, posados sobre el fondo del mar. Es su trabajo Mar de luto, con historias como estas, muy resumidas:

Quilla de una embarcación de madera que navega a la deriva en el Mediterráneo Central. Esta ruta es la ruta más peligrosa del mundo. En 2022 más de 2100 personas perdieron la vida o desaparecieron intentado alcanzar Europa a través del mar Mediterráneo. Mediterráneo Central, agosto 2022. Foto: Anna Surinyach.

Quilla de una embarcación de madera que navega a la deriva en el Mediterráneo Central. Esta ruta migratoria es la más peligrosa del mundo. En 2022, más de 2.100 personas perdieron la vida o desaparecieron intentado alcanzar Europa a través del Mediterráneo (Agosto, 2022). Foto: Anna Surinyach.

Lamine Cissé (24 años) es de Senegal. Salió en una neumática junto a 33 personas más de El Aaiún, en el Sáhara Occidental, el 23 de septiembre de 2022. 9 días después, el Salvamento Marítimo rescató la embarcación a 278 kilómetres al sur de Gran Canaria. En ella encontraron a un superviviente y 4 cadáveres. Las otras 29 personas permanecen desparecidas, Lamine es una de ellas. Según el relato del único testimonio, Lamine fue una de las personas que con el pasó de los días enloqueció y acabó tirándose al mar. En Sengal dejó a su mujer y a su hijo. Julio 2023. Foto: Anna Surinyach.

Lamine Cissé (24 años) es de Senegal. Salió en una neumática junto a 33 personas más de El Aaiún, en el Sáhara Occidental, el 23 de septiembre de 2022. 9 días después, Salvamento Marítimo rescató la embarcación a 278 kilómetros al sur de Gran Canaria. En ella encontraron a un superviviente y 4 cadáveres. Las otras 29 personas permanecen desparecidas; Lamine es una de ellas. Según el relato del único testimonio, Lamine fue una de las personas que con el paso de los días enloqueció y acabó tirándose al mar. En Senegal dejó a su mujer y a su hijo. (Julio, 2023). Foto: Anna Surinyach.

Aminata Cissé es la hermana de Lamine, vive en Guédiwaye, en la región de Dakar. Aminata se enteró de la desaparición de su hermano por una llamada de su padre desde Casamance días después de que la patera saliera. “Hablábamos a menudo por Whatsapp, pero nunca me había contado que se quería ir a Europa”. Quien avisó a la familia fue Sadio, el tio de Lamine y Aminata, quien vive actualmente en España. Los padres de Lamine creen que su hijo está preso en Marruecos o en las islas Canarias. Tanto Aminata como sus padres acuden a los marabuts locales para intentar tener información del paradero de Lamine. Son ellos quienes les confirman que sigue vivo. Senegal, noviembre 2022. Foto: Anna Surinyach.

Aminata Cissé es la hermana de Lamine, vive en Guédiwaye, en la región de Dakar, Senegal. Aminata se enteró de la desaparición de su hermano por una llamada de su padre desde Casamance días después de que la patera saliera. “Hablábamos a menudo por Whatsapp, pero nunca me había contado que se quería ir a Europa”. Quien avisó a la familia fue Sadio, el tío de Lamine y Aminata, que vive actualmente en España. Los padres de Lamine creen que su hijo está preso en Marruecos o en las Islas Canarias. Tanto Aminata como sus padres acuden a los marabuts (guías espirituales) locales para intentar tener información del paradero de Lamine. Son ellos quienes les confirman que sigue vivo. (Senegal, noviembre de 2022). Foto: Anna Surinyach.

“Mohamed Roudane, de 23 años, es marroquí. Vivía en Oujda con su familia. El 5 de octubre de 2022, a las 2 am, salió desde Orán, Argelia, en una embarcación con otras 15 personas. Desde entonces su familia no ha sabido nada más de él”. “Cira Cissé, de 35 años, es senegalesa. Vivía en Tambacounda, con su marido, Bakary, y sus cuatro hijos. En el último mensaje que Bakary recibió, Cira le decía que por la noche del 22 de septiembre de 2022 había una salida. Bakary había fracasado unas cuantas veces en su viaje a Europa, por eso esta vez fue Cira quien decidió intentarlo. Nunca llegó. Sus hijos en Senegal todavía creen que su madre sigue en Marruecos. Bakary sabe que su patera desapareció”.

Las fotos del ganador y los finalistas de la 27ª edición del Premio Luis Valtueña pueden verse en la Sala Fujifilm de EFTI hasta el 27 de marzo.

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