Lecciones para ser un buen cínico, que falta nos hace

Lecciones para ser un buen cínico, que falta nos hace

El profesor de Filosofía y escritor Eduardo Infante. Foto: Ariel.

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Entrevistamos al hombre que ha afirmado: “Es mejor tener de referencia a un perro que a un influencer”. Eduardo Infante (Huelva, 1977) anda constantemente lanzando cuestiones. Principalmente a sus alumnos de bachillerato en Gijón, pero también a todo aquel dispuesto a darle una vuelta a las cosas. Tras alcanzar la popularidad con ‘Filosofía en la calle’, una invitación a reflexionar la vida y el pensamiento fuera de las aulas, este profesor de Filosofía ha publicado recientemente ‘No me tapes el sol. Cómo ser un cínico de los buenos’ (Ariel), obra que persigue remover conciencias y buscar la verdad recuperando la doctrina que fundaron los discípulos de Sócrates y que ha llegado a nuestros días muy, muy deformada. No os perdáis esta lección de auténtico cinismo (cinismo del bueno).

Así que la historia gira en espiral y ahora estamos como en la época helenística, con el mundo a punto de reventar las costuras.

Pues sí, dedico un capítulo al helenismo clásico en el que hago el juego a Bauman, al que aprecio mucho porque con su concepto líquido desarrolla la gran crisis de la modernidad como un ideal político y también humano que estamos viviendo. En la época helenística también se produjo una crisis tremenda de la polis griega, de la comunidad, y esa capacidad de construir e identificar el concepto de bien común. Todo eso se fue al traste con la muerte de Alejandro Magno. Y al mismo tiempo fue una época de mucho hastío existencial, de incertidumbre y sensación de que la felicidad había dejado de ser un proyecto colectivo. Es la misma crisis política que tenemos hoy en día. La gente ha dejado de poner sus esperanzas en el ágora, en los proyectos comunitarios. Y la política es algo que hemos delegado. Por aquí veo una conexión grande. Pero luego, también, lo que veía es que afortunadamente lo clásico es aquello que tiene una voz perdurable y que los clásicos de esa época siguen pudiendo orientar nuestro presente y nuestro futuro.

Para mí el cinismo fue sin duda una de las corrientes filosóficas que mejor supo hacer de faro para orientar la existencia. Fue un periodo de mucha desorientación, de pérdida absoluta y de naufragio. En estos momentos necesitamos puntos de referencias. Mi mujer me decía que los cínicos eran muy radicales y yo le respondo que sin duda. No todo el mundo está llamado a ser un cínico, porque recuerdan mucho a los profetas del Antiguo Testamento. Yo les llamo héroes filosóficos, pero son gente cuyo estilo de vida en sí puede servir de guía hacia lo realmente importante y auténtico: a reconectarnos con lo humano.

¿Por qué tendemos a tomar a la tremenda todas las corrientes filosóficas? ¿Se puede ser un cínico a medias tintas?

Lo dudo. Depende de cómo entendamos lo de las medidas tintas, porque es la búsqueda de una autenticidad en la existencia, un ahondamiento en la humanidad y quedarte a medias es complicado. De hecho, el cinismo entiende que lo único realmente bueno para el ser humano es la virtud, que podemos traducir como la areté, y quedarte a medias sería la mediocridad. Ahora bien, creo que a veces se simplifican las corrientes filosóficas; se tiene una idea banal. Ocurre también con el epicureísmo, con el estoicismo, porque no se leen a los clásicos realmente y se convierte la filosofía en una especie de autoayuda, en una frase que se descarga de su significado y que al mismo tiempo es más fácil de rebatir.

Te he escuchado decir que es mejor tener de referencia a un perro que a un ‘influencer’.

El mundo griego dio muchísimo importancia a la educación, entendida como la educación del carácter y de lo humano. Y para ello propusieron siempre modelos de hombres. Homero, por ejemplo, nos proponía a los grandes héroes. Era muy importante generar modelos de ser humano y ofrecer a los jóvenes que se adentraban en el mundo adulto modelos para ser imitados. De hecho, por eso las ciudades griegas estaban rodeadas de esculturas de hombres que debían suponer un modelo, porque tenían en sí las virtudes que se deberían adquirir.

El otro día estaba releyendo un texto de la filósofa Hannah Arendt de una pequeña conferencia que se titula La crisis de la educación y, aunque habla de los años 50, tiene una actitud abrumadora. Entonces se nos culpa a los adultos porque hemos renunciado a ser adultos, porque la educación es el puente que transcurre, efectivamente, desde la familia hacia el mundo. Un mundo que no es el de los jóvenes, sino el de los adultos. Y ejercer de adultos consiste en proponer modelos para poder vivir dignamente y sensatamente, y por eso somos responsables de ello.

Hay que tener en cuenta que, aunque todos tenemos derecho a lograr nuestro carácter y nuestro estilo de vida, también es cierto que vivimos en una ciudad compartida por todos y que deberíamos tener un modelo de ciudadano que debe ser educado. Al proponerle a los jóvenes que todo está bien y que pueden elegir el modelo que quieran, el que la educación haya renunciado a eso y que la escuela sea cada vez más un lugar de formación de trabajadores, los jóvenes se han quedado huérfanos de modelo y acuden a lo primero que ven, que son las redes sociales. Su mundo natural. Y ahí está ese personaje que es el influencer, una campaña publicitaria con patas que ejerce de un modelo ficticio e irreal como es el éxito sin esfuerzo. Esto hace que cada vez haya más jóvenes que quieren ser influencer. No está mal que alguien quiera dedicarse a la publicidad, lo que no me parece digno es que directamente se aspire a ser publicidad. Son modelos que perpetúan una sociedad de consumo y por la cual, desde luego, no se alcanza la plenitud.

¿Pero por qué tomar a un perro como modelo de referencia?

Cundo digo que el perro puede hacernos de modelo es porque el influencer dice que la única actividad para alcanzar la felicidad es consumir. Y es engañoso, porque ese consumir va en gerundio y no termina nunca. En cambio, el cínico ya en su época combatió esa idea de que son los medios exteriores los que nos garantizan la felicidad. Fue una filosofía completamente contracultural y contraoficial. Consideraban que ese modelo de vida a lo que conducía era a diferentes formas de esclavitud. Por eso ponían la forma del perro, que es un animal que vive con nosotros en la ciudad, pero cuya conducta es naturalizada. Por lo tanto, la llamada del cínico es a asalvajarnos y reencontrarnos con nuestra naturaleza.

Creo que ahí está la clave, en querer recuperar nuestra animalidad, porque según los cínicos estamos profundamente domesticados y hay que intentar salirse de la manada. Y el perro sabe de manera natural lo que es bueno para él, es el instinto lo que habla en el perro y hace que no conozca lo que es el poder, no entienda qué es la fama ni le dé ninguna importancia a la riqueza. La invitación del cínico a vivir conforme a la naturaleza humana no sólo habla a través del instinto, sino también de la razón. Por tanto, la vida cínica es una vida que pone en cuestión, como hizo Sócrates, cambiando la interrogación por la exclamación para preguntarnos si esta forma de vivir es la mejor. Y renunciar a la conducta gregaria y atreverse a pensar por uno mismo para tener una voluntad propia.

¿Qué te ha impulsado a querer restituir el buen nombre de los cínicos, si es que alguna vez lo tuvieron?

Soy muy romántico y mi equipo es el Betis, por lo cual siempre me he sentido tremendamente atraído por los perdedores. Walter Benjamin decía que la historia es de los vencedores y reclamaba la exigencia intelectual a recuperar la historia a contrapelo. Reflexiono y digo que la historia de las ideas también es de los vencedores, como la de los manuales de la filosofía, donde el ganador ha sido el idealismo. Platón y todos sus secuaces. De hecho, la mayoría de los manuales que se utilizan en el bachillerato toman como modelo la historia de la filosofía de Hegel, que es un idealista que precisamente dice que los cínicos no son filósofos, sino un conjunto de ideas deslavazadas que no merecen atención. Pero, claro, es que precisamente los cínicos son antimaterialistas, son libertarios y están en contra de cualquier forma de autoridad. En resumen, lo contrario a muchas filosofías. El título del libro para mí recoge ese precepto de combatir cualquier tipo de tiranía. El idealismo fue justo lo contrario, porque Platón fue muy amigo del tirano del Siracusa.

¿Menos Platón y más punk?

Una de las cosas que intento transmitir es que la filosofía tiene que contrariar y hacernos más libres. En eso estoy de acuerdo con ese concepto de Epicuro que compara la filosofía con la medicina y decía que tenía que curar los males del alma. Una filosofía que no cura no vale para nada. En este caso, el mayor mal del ser humano es la alienación y las diferentes formas de esclavitud, y el cinismo es una cura contra ello. En cuanto a Platón, ha sido el gran escritor de Occidente, que pasó a ser considerado el discípulo de Sócrates. Pero, claro, ese platonismo lo que hace es explicar el statu quo, que no cuestiones, sino que lo justifica. Es una filosofía peligrosa y al servicio del poder. Sócrates murió en una sociedad democrática precisamente porque hacía preguntas que molestaban.

La filosofía tiene que sacar a la luz nuestras propias incoherencias, contradicciones y sinsentidos. Fíjate que la palabra en griego para verdad es alétheia, que significa desvelar, lo que quiere decir que la verdad está oculta y tiene que ser expuesta. Por tanto, el poder siempre ha sabido la importancia que tiene ocultar la verdad. A veces incluso se nos llega a vender que la verdad no existe y que cada uno tiene su relato. Frente a eso la filosofía tiene que combatir y reivindicar el cinismo bueno, el de antes. Una de las virtudes fundamentales del cínico y que debemos recuperar es la parresia, el coraje de decir la verdad cuando molesta al poder. Porque Platón ha sido muy mal vivido y con discursos muy poco críticos.

Mira que como te escuche un alumno y lo utilice para no dar el callo…

Pues será un cínico que saca a la luz mis contradicciones y me lo tendré que hacer mirar. Eso es algo que hacen muy bien los jóvenes. Todavía gozan de esa parresia de decirte las cosas a la cara. Yo lo pensaba por ejemplo con Cicerón, que es lo contrario de un cínico, es un filósofo que piensa bien y escribe de forma brillante un discurso que no vive. Habla de la austeridad como una virtud, cuando luego era una de las personas más ricas y ambiciosas en cuanto a poder y riquezas materiales. Uno también se harta de escuchar discursos que pueden estar muy bien construidos, pero que luego no son vividos. Y el cínico entendía que tenía que haber una conexión entre la filosofía y la vida. El verdadero filósofo era aquel capaz de vivir filosóficamente. Su modelo fundamental era Sócrates, de quien realmente más valoran su coherencia.

¿La desvergüenza puede ser considerada una virtud?

Para ellos era fundamental la anaideia, pero la desvergüenza hay que entenderla bien. Es lo que tienen en común el cínico antiguo y el moderno. Fíjate cómo se ha tergiversado muchísimo el término y hoy se entiende por ello a la persona que actúa con desvergüenza para hacer el mal. El cínico era un desvergonzado para decir la verdad, especialmente al tirano, y para practicar la virtud.

Un caso concreto que cuento en el libro es que la práctica de la gimnasia estaba reservada a los jóvenes. Los ancianos iban sobre todo a practicar el diálogo filosófico. En cambio, los cínicos cuidaban su cuerpo y se reían de ellos por hacer algo completamente contracultural, y se repetían que no corrían para adquirir el beneplácito de la masa, sino por el bien de su cuerpo. Es quitarse la capa de la vergüenza para atreverse a hacer cosas que realmente nos hacen ser auténticos. Porque la vergüenza es el verdadero tirano del cuerpo y quitarse ese miedo a ser aceptado por los demás es el camino hacia una vida auténtica.

Me ha parecido entender en el libro una exaltación del individualismo, cuando ya está bastante reivindicado.

No hay que entenderlo desde un punto de vista político, en el sentido de esa corriente que no quiere saber nada del Estado, sino como lo que estamos hablando ahora, que es la existencia de una especie de obra de arte en la que cada uno de nosotros tiene que atreverse a hacer algo auténtico, no copiando a otro ni formando parte de la masa. De hecho, ellos son libertarios, creen en la asociación, en el pacto y en la convivencia. También actúan como un médico compasivo, son filántropos y les preocupa sus vecinos y animan con la práctica a repensar sus injusticias. El epicureísmo es mucho más individualista, al rehuir de la ciudad para no saber nada de la política.

¿Cómo adaptar esta forma de pensamiento cuando venimos programados con estructuras mentales tan fuertes?

El problema es que el cínico consigue tocar donde más nos duele. Con su ironía y sarcasmo nos hace replantearnos aquello que hasta ahora hemos dado por bueno y por sentado. Aun así, los antiguos griegos supieron ver en los cínicos un animal bondadoso. A la muerte de Diógenes, sus convecinos le erigieron un altar con la figura de un perrito descansando al pie de la columna reconociendo el bien que les había hecho.

Siempre se ha enterrado muy bien…

Sobre todo en España. Recuerdo además que con la muerte de Adolfo Suárez sí que hubo comentarios que me parecieron cínicos, pero de los de ahora.

En el debate a elecciones en Madrid del 4 de mayo también se llamaban cínicos.

Me horroricé y me acordé de que el último curso que impartió Michael Foucault en el College de France lo dedicó precisamente al cinismo y lo tituló El coraje de la verdad. Él consideraba que la solución para combatir el cinismo moderno que vemos en política es cambiar el moderno por el clásico, para que nuestra democracia deje de ser meramente formal para convertirse en una real. La idea de verdad de la política griega era la idea del bien común. A la asamblea había que ir a identificar y construir el bien común. Es más, aquel que utilizaba la política para sus intereses personales era al que se le denominaba el idiota, aquel incapaz de construir el bien común.

Pues le hemos dado la vuelta al calcetín.

Me preocupa además porque, tal y como decía un amigo, en el debate la pelea probablemente sea como el pressing catch, donde hay hostias, pero son de mentira. Pero el problema es que esa violencia, puramente teatralizada, al final llega a la ciudadanía y lo que hace es que nos enfrentemos los unos contra los otros. Y deberíamos recordar que para poder construir el bien común es necesario ese concepto aristotélico de la amistad cínica. El filósofo habla de que en una sociedad donde los ciudadanos son enemigos unos de los otros es imposible la política. Y eso es lo que estamos viviendo hoy en día, desgraciadamente, porque pensamos que hacer política es hacerla contra alguien. El bien común no es la imposición de una mayoría a la minoría, sino aquello que hace que la comunidad de ciudadanos esté sana. Por eso un hospital es de bien común.

¿Se te ocurre alguna figura de nuestro tiempo que identificarías como un buen cínico?

Ahora que hablamos de política me acuerdo mucho de Labordeta, porque podías estar de acuerdo o no con él, pero su discurso era auténtico. Era un cínico del bueno. Y luego hay mucha gente anónima capaz de combatir la injusticia, sobre todo la conducta irracional, estúpida, reaccionaria y gregaria. Cualquier persona que sea capaz de poner en cuestión tradiciones que no tienen ningún sentido y que seguimos haciendo porque vienen de siempre. Por ejemplo, el otro día un alumno mío tuvo un acto de cinismo que me pareció interesante y bello. Cogió y fue poniendo notas por los baños del instituto en los que decía “a mí no me importa tu género”. Esos pequeños actos deben hacernos repensar las cosas, como el concepto de género, de juntarnos para decidir que lo necesario es hacer las cosas de la mejor forma posible.

Comentas que la ficción de nuestros días ha perdido la función crítica.

Algo que veo mucho, sobre todo en los jóvenes, cuando les pregunto qué están viendo, es que me comentan que hacen maratones pero son incapaces de hacerme una sinopsis del argumento principal. Y recuerdo a Rico, el director de cine, que en una tertulia decía que le gustaban las películas que le ayudaban a pensar su vida, porque cuando el cine va rápido hace imposible esa reflexión. Es un poco lo que hacía Javier Marías de pensar con los ojos. Entonces, claro, la velocidad a la que se consumen las series de televisión, ese lanzamiento de anzuelo continuo, hace imposible la reflexión. El aburrimiento es creativo y reflexivo.

A veces se pregunta uno si no es casualidad que el ocio y la ficción que consumimos no estén hechos para anular nuestra conciencia crítica y nuestra capacidad de repensar nuestras vidas. Esto me recuerda a la Escuela de Frankfurt, que promovía escoger los mejores medios para alcanzar unos fines que no elegimos, cuando ser cínico sería volver a plantear los fines tanto a nivel individual como colectivo. Y sin duda el tema de las series que tienen éxito no contrarían, porque en el fondo justifican el statu quo y los valores del sistema.

¿Cómo valoras que la filosofía cada vez tenga menos presencia en las aulas?

Siempre que me hacen esta pregunta suelo citar a Hannah Arendt, que decía que no hay pensamientos peligrosos, sino que pensar es peligroso y que el poder, sea del partido que sea, parece tenerlo claro. Y lo más trágico es que las leyes de educación cada vez preguntan más a las empresas cómo tiene que ser la educación, cuando no creo que al poder económico le interese mucho que nos replanteemos los fines o educar a nuestros jóvenes para que sean ciudadanos libres, autónomos y cuestionadores. Las leyes educativas hacen o desarrollan un modelo educativo que lo que parece desear son productos competentes de mercancía y, al mismo tiempo, ciudadanos incompetentes. Si la filosofía es el arte de hacer preguntas, de cuestionarse, parece que no tiene mucho sentido en un sistema que busca que se perpetúen ciertas capacidades.

¿Por eso defiendes sacar la filosofía a las calles?

Al hacer eso lo que quiero decir es que no se convierta en algo sólo académico, sino en algo popular. Filosofía y democracia nacieron a la vez. La filosofía era la gimnasia del ciudadano, y quizás hoy en día parece no tener sentido porque delegamos la reflexión en los políticos, pero el griego pensaba que para poder ejercer las funciones de ciudadano debía aprender y ejercitarse continuamente, porque uno no discierne ni consensua de manera natural. En ese sentido, creo que es fundamental si queremos seguir viviendo en una auténtica democracia.

Luego, también han eliminado la ética, que es fundamental para la filosofía porque enfrenta problemas fundamentales que deben ser solucionados desde diferentes perspectivas. Y se cambia por una asignatura que puede impartir cualquier profesor, es decir, no requiere ninguna formación. Además, es profundamente ideológica y parece un catecismo laico. Así que esta es la deriva que espero que, poco a poco, vayamos superando.

Pues menuda vida más perra se nos está quedando.

(Risas). Suelo decir que cuando la vida se pone perra, filosofía canina.

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Comentarios

  • Milo

    Por Milo, el 14 junio 2021

    Un perro siempre está en el presente y hace lo que tiene que hacer de acuerdo con su naturaleza más auténtica(instinto).El hombre está aquí,allí en el más allá ó en ningú sitio.Aveces,al mismo tiempo;lo que le lleva a la desigualdad ,a la guerra ,a la melancolía ó a la creación de religiones…………..Leer y pasear por el campo con tu perro cést le mieux¡

  • lorenzo

    Por lorenzo, el 14 junio 2021

    Cuan me he sentido identificado. Pienso que el cinismo es el refugio de la inteligencia, o dicho de otra manera de la no mediocridad.

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