Cómo leer y cómo escribir un buen cuento, de Cheever a Ribeyro

El escritor John Cheever.

El escritor John Cheever.

El escritor John Cheever.

El escritor John Cheever.

Os damos hoy unas pautas sobre cómo leer y cómo escribir un buen relato corto. Por ejemplo: «La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real». Sirva este artículo como prólogo a la serie de 23 cuentos en torno al cuerpo femenino que ‘El Asombrario’ publicará a partir del próximo jueves, día 3, y durante todo el mes de agosto. Los autores de los ‘Relatos de Agosto’ de este año son escritoras y escritores del Taller de Clara Obligado, que precisamente este mes imparte cursos exprés en torno al cuento. Prometemos muchos momentos de placer y altas temperaturas corporales.

En una entrevista a Richard Ford con motivo del Premio Príncipe de Asturias de las Artes, la periodista se interesó en un momento dado por su faceta como profesor de escritura creativa. Con muy buen tino, el autor de El periodista deportivo respondió que él no enseñaba a escribir, que enseñaba a leer.

La escritura no deja de ser otra forma de leer y, de hecho, aunque a menudo se olvida, una de las contribuciones más sólidas de los cursos, escuelas y talleres de escritura es la formación de lectores cualificados. Lectores que jamás habrían leído cuentos, por ejemplo, se convierten en unos fervientes defensores de un género que cada vez gana más adeptos. En la literatura, como en la vida, no hay jerarquías entre géneros, no es mejor la novela que el cuento, ni lo contrario, aunque algunos se empeñen en buscar rasgos de “clase” que privilegien a unos sobre otros. Con ironía, uno de nuestros grandes cuentistas, Hipólito Navarro –autor entre otros libros de La vuelta al día (Páginas de Espuma)–, ante la ignorancia de algunos novelistas que aseguran que escriben cuentos entre novela y novela, asegura que él escribe novelas para desengrasar y liberarse de la tensión de los cuentos.

Hablo de ignorancia, pero en realidad, la idea de que uno no es un escritor de verdad hasta que no ha escrito una novela, ha sido paradójicamente una de las obsesiones de muchos cuentistas, en algunos casos no tanto porque lo creyeran sino porque era la única manera de alcanzar el olimpo literario o de acceder al mercado. John Cheever, por ejemplo, buscó con afán durante toda su vida escribir una novela que le equiparara a figuras como Saul Bellow. Y aunque escribió muy buenas novelas, como Falconer, ha pasado a la historia de la literatura como autor de relatos cortos. Tanto es así que la recopilación de sus Stories en 1978 marcó un antes y un después del género en Estados Unidos. Algo parecido le ocurrió al peruano Julio Ramón Ribeyro. María Teresa Pérez, antóloga de los cuentos del escritor peruano en la edición de Cátedra, recoge la siguiente reflexión de Ribeyro, después de haber publicado su cuarto volumen de relatos y haberse convertido en un autor de referencia:

“¿Qué hacer ahora, me pregunto? (…) Estoy seguro que podría fabricar diez o veinte más (cuentos) de la misma factura, pero serían variaciones sobre el mismo tema, en una palabra, virtuosidad. ¿Es un defecto esto? No enteramente, pero a mí en particular me causa desasosiego. (…). Tal vez es inútil pensar en empresas más vastas. Corredor de cien metros planos, no te inscribas en la próxima maratón”.

Sin embargo, el propio Ribeyro se desdice en otros momentos, como en sus Diarios, y nos enseña que, precisamente, uno debe encontrar la forma, el género, que mejor se adapte a su forma de contar el mundo: “Yo veo y siento la realidad en forma de cuento y sólo puedo expresarme de esta manera. En otras palabras, mi inteligencia está dispuesta de tal manera que todos los datos que percibo se ordenan de acuerdo a cierto molde interior –¿categorías?– cuya estructura no puedo modificar. De ahí que hasta el momento no pueda escribir novelas y cuando lo he intentado solo he conseguido cuentos deformados”.

Al fin y al cabo, la escritura es muy parecida al atletismo (lean De qué hablamos cuando hablamos de correr, de Murakami, en Tusquets) y no es mejor deportista un corredor de fondo que uno de 100 metros lisos. ¿Es mejor Haile Gebrselassie que Usain Bolt, por ejemplo?

¿Y qué es un cuento, cómo definirlo? Es un género escurridizo, sin duda. Fernando Clemot, autor de cuentos y autor de Cómo armar y desarmar un relato (Base), un libro que suelo recomendar en mis clases de escritura creativa por su mirada práctica y amena, habla de la dificultad de trazar fronteras entre los géneros narrativos, pero a la vez de la necesidad de hacerlo para poder atisbar todas sus posibilidades.

Entre las tentativas que ha habido a la hora de definir qué es un cuento, una de las que más me gustan es la de Henry James. La recoge Harold Bloom en Cómo leer y por qué (Anagrama) en el capítulo dedicado al cuento. Dice James: “El cuento se sitúa en el punto exquisito donde acaba la poesía y empieza la realidad”.

Abundan también los manuales y decálogos sobre cómo escribir cuentos. Y aunque el principal mandamiento de un decálogo es no hacerle caso, a mí me parece especialmente acertado el de Ribeyro.

1) El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo.

2) La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real.

3) El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

4) La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento.

5) El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

6) El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

7) El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

8) El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

9) En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

10) El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

Leer cuentos. Escribir cuentos. Cualquier época, también el verano, es buena para hacerlo.

Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado. Pionero en España, desde 1980 ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. En esta sección, el lector encontrará recursos para la escritura, entrevistas, reseñas, historias sobre el mundo clásico y otras herramientas que facilitan un primer acercamiento a la creación literaria. Podrás encontrarnos los domingos, cada 15 días, aquí, en ‘El Asombrario’.

Cursos de verano en el Taller de Clara Obligado:

‘Viaje alrededor del cuento’. Nivel iniciación/intermedio. Agosto: 21, 23, 28 y 30. Septiembre: 11, 13, 18 y 20

‘Modos de ver. Nuestra mirada nos sitúa en el mundo, también en la escritura’. Nivel intermedio/avanzado. Agosto. 22, 24, 29 y 31. Septiembre: 12, 14, 19 y 21

Para apuntarse a los talleres exprés de verano: escritura@escrituracreativa.com o a escrituracreativajaviermorales@gmail.com.

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Comentarios

  • Máximo González Granado

    Por Máximo González Granado, el 31 julio 2017

    Demasiadas e inevitables reglas cada vez que hablamos o nos hablan del relato corto o el cuento. Si no podemos perderlas de vista y no pensar más en ellas quizás tampoco podamos escribir nunca un buen cuento. Yo creo que los autores consagrados hablan de reglas a posteriori, pero para nada las tienen en cuenta a la hora de ponerse a escribir.

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