Leila Slimani: “Es necesario descolonizar el cuerpo de las mujeres”

Leila Slimani: “Es necesario descolonizar el cuerpo de las mujeres”

La escritora francomarroquí Leila Slimani: Foto: Ediciones Gallimard.

Menéalo

La escritora francomarroquí Leila Slimani (Rabat, 1981) vuelve a la actualidad con su cuarto libro, ‘El País de los Otros’, editado en español por Cabaret Voltaire. Es la primera novela de una trilogía familiar que arranca en los años 40 y recorrerá 60 años de historia en los siguientes volúmenes. Analiza sus raíces. Su Marruecos. Hablamos con ella de su defensa de la espiritualidad, de la sexualidad ­–“busco lo que guarda la gente de salvaje, por eso me interesa el sexo”– y de la descolonización, de una vez, del cuerpo de las mujeres.

No tengo la menor duda de que Leila Slimani llegará lejos. Ya lo ha conseguido con tan solo cuatro libros. Posee esa capacidad para zarandearte e incomodarte. Su escritura es incisiva, perturbadora. Plantea, cuestiona, inquieta, amplia miras. Y juega con un verbo elegante, con una narrativa poderosa.

“El Marruecos en el que crecí no tiene nada que ver con el Marruecos de hoy en día: mucho más desarrollado, mucho más conectado con el mundo, mucho más abierto. La gente tiene acceso al consumo, al ocio y al tiempo libre. Al mismo tiempo, una parte de la sociedad es ultraconservadora. Cuando era pequeña no había velo en Marruecos; con 15 años, a las mujeres que llevaban velo las miraban, las criticaban. Ahora la mayoría de las mujeres llevan velo. En mi época no existía la clase media. Ahora la ves de vacaciones…”.

El título de tu última novela es ‘El país de los otros’, pero con el subtítulo, ‘Guerra, Guerra, Guerra’. La guerra es un mal del siglo XX… ¿La guerra es algo que le ha tocado a vuestra familia, a vuestro país…?

De hecho, quería poner en paralelo dos tipos de guerra. Las guerras visibles, las del exterior, en las que llevas uniforme y metralleta. La guerra que hace el personaje de Amín, a través de la Segunda Guerra Mundial, y la guerra de la Independencia. Aunque en Marruecos no fue realmente una guerra, hubo enfrentamientos y mucha violencia. Y colocar eso en paralelo con la visión que las mujeres tienen de la guerra. Para las mujeres, la guerra es diferente. Pensamos que las mujeres no hacen la guerra, pero es completamente falso. Las mujeres hacen la guerra de una manera diferente. La experimentan en el interior de sus casas. Es una guerra sin uniforme, sin armas, pero es también una guerra. Y es algo que intento contar en todos mis libros: la guerra íntima de las mujeres. La guerra para llegar a ser libres, la guerra contra el hermano o el marido que te impiden llegar a ser lo que quieres ser. Eso era exactamente lo que quería hacer, un paralelismo entre dos maneras de hacer la guerra.

Y la manera de abordar la vida de esas mujeres que cambia entre generaciones. Como Muilala, la madre de Amín…

Desde luego. Muilala vivió en un Marruecos casi feudal. Un Marruecos de tribus, en el que la guerra forma parte de la vida de la gente. En Marruecos, hasta 1920 la guerra estaba en todas partes, todo el tiempo. El rey hacía la guerra con las tribus disidentes, la guerra del Rif, en la que por cierto tuvo implicación España. Todas esas guerras son banales. Toda madre tiene la costumbre de ver a su marido o a su hijo combatir. Quizás va a perder un hijo por causa de la guerra. Y después para ella, para una mujer como Muilala, nunca ha puesto en duda lo que le dicen, sigue las órdenes que le dan. Hace lo que le dicen. Y eso es todo.

Es una novela que toma distancia con la historia ¿Considera que es necesaria esa distancia para analizar las cosas? ¿De poner en contexto la historia, de dar ciertas claves al lector y que la historia sea creíble?

Desde luego. Tenía mucha información de mis abuelos porque me habían contado muchas cosas, mi madre también. Después he leído todo a lo que he tenido acceso. Pero desgraciadamente no hay muchos libros de la historia de Marruecos. Ahí me di cuenta de que la colonización de Marruecos ha estado menos estudiada que por ejemplo la de Argelia. Encontré algunos documentos de antiguos colonos que habían vivido en Marruecos, encontré diarios íntimos, cartas… Eso me ha ayudado mucho. Pero lo que quería era contar la historia desde el punto de vista de los personajes. Es decir, no contar la historia como la conozco yo, con la distancia que yo pongo. Porque, si no, lo habría juzgado. Mi objetivo no era decir si la colonización estuvo bien o mal, sino que era contar cómo vivía la gente en esa época. Así que era cuestión de ponerme en la piel de esa gente.

¿Hay algo biográfico en ‘El país de los otros’? Al igual que en ‘Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos’ (Cabaret Voltaire, 2018), que fue un ensayo periodístico muy crítico, con muchos testimonios. ¿Tienen algún paralelismo?

En Sexo y mentiras quería contar… En el fondo, es el mismo asunto. Es la guerra que las mujeres llevan, y la forma en que el Estado hace la guerra en los cuerpos de las mujeres y les impide acceder a la libertad. Hablamos de colonización, pero de hecho tengo la impresión de que el cuerpo de las mujeres está colonizado. Y es necesario descolonizar el cuerpo de las mujeres. No está colonizado por los franceses, sino por los hombres, por el Estado. Es decir, que nuestro cuerpo no os pertenece. En la colonización dicen lo que tienes derecho a hacer, con quién tienes el derecho de hacer y cómo. Entonces, es cierto que estos dos libros se reúnen, hay vínculos fuertes entre ambos. Parecen muy diferentes, pero no.

¿Ha habido muchas reacciones en Marruecos con ‘El país de los otros’? ¿Cómo son recibidas tus novelas?

En Marruecos la gente está contenta con la novela, porque existía esa idea de que hacía mucho tiempo que esperaban una gran novela, un poco saga novelesca, un poco romántica, que sigue la historia de Marruecos, la historia de la colonización marroquí. Va a ser una trilogía, habrá dos libros más: la idea es contar 60 años de la historia de Marruecos. Lo que intento mostrar es que cuando era pequeña y leía libros y veía películas, los ojos siempre estaban puestos en América, Francia, España. Y me decía: ¿por qué mi país no es tan interesante e importante como esos países? ¿Por qué cuándo cuentan algo sobre Marruecos son pequeñas novelas exóticas y tal? Quería contar Marruecos como cuentan América, quería que dentro hubiera una conquista del Oeste, que hubiera sexo y todo eso. Así que estuve muy influenciada por los americanos y sobre todo por los escritores de América del Sur, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, el brasileño Jorge Amado. Por la magia, la sensualidad. Tenía ganas de dar a Marruecos toda esa fuerza novelesca. De mostrar que también es un país novelesco, a pesar de que vengo de una cultura que no es precisamente una cultura del libro, de la novela. Desgraciadamente, los magrebíes tienen una cultura de la novela muy reciente. No es como los españoles o los franceses, que llevan escribiendo novelas desde hace siglos. Por lo que quería convertir Marruecos en un gran tema de novela.

En todo caso, está esa cultura y también la fuerza de la naturaleza, lo salvaje… Me interesa mucho de tu literatura que hay dos temas muy importantes en tus novelas: la infancia y el cuidado, cuidar. ¿Por qué?

Pienso que la infancia es el tema de todos los escritores. Los escritores no hacen otra cosa que escribir sobre su infancia. Es nuestra matriz principal. De hecho, cuando nos quiten todo la infancia será lo que nos quedará. No hacemos otra cosa que escribir sobre ello. Después, escribir sobre un personaje de la infancia es algo fascinante. Lo adoro, por la manera en que los niños miran el mundo; que no es una forma inocente o simplona. Hay algo muy angustioso en el descubrimiento del mundo y al mismo tiempo muy excitante. Encuentro maravilloso lograr, o en todo caso intentar contar, ver en qué consiste ser un niño, tener esa mirada sobre el mundo, que no es una mirada como la de los adultos, que están habituados a todo. No nos damos cuenta de esa relación con la belleza. Un niño, cuando tiene miedo, tiene realmente miedo. Cuando ve algo bello por primera vez, eso le conmociona.

Adoro contar la infancia. Además, encuentro que es una edad muy dura y muy violenta, porque es una época en la que estamos dominados. Tenemos que hacer todo lo que nos dicen: “siéntate”, “cállate”, “vete a dormir”, “come”… Es una edad terrible en la que hay poca libertad. A menudo dicen que los niños son libres. Pero no es verdad. Porque deben hacer todo lo que los adultos esperan de ellos. Me interesa mucho la cuestión de la dominación; es cierto que cuando era niña pequeña detestaba ser niña, porque detestaba que me dijeran lo que tenía que hacer. No esperaba otra cosa que llegar a ser libre.

Lo de cuidar viene ligado a que mi familia tiene una tradición de médicos. Mi madre, mi tío y mi tía, mis hermanas son médicos… Siempre he estado rodeada de médicos. Mi madre era médico en Marruecos, en un país pobre donde la gente no puede pagar las medicinas, los tratamientos… Que una mujer de veintitantos años se deje morir… Por lo que siempre he tenido una gran admiración por los médicos, por aquello que demuestran sus ganas de cuidar, por hacer el bien, porque es algo importante en la vida, y da cierta humildad. Mi madre siempre me ha dicho: ‘no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cuidar y sanar a alguien’. Y no está nada mal.

En el personaje de Aicha, la hija mayor de Mathilde y Amín, refleja también a la niña que disfruta de estar sola, de descubrir el mundo sola. ¿Muestra tu infancia y esa necesidad de descubrir el mundo propio o el mundo a escondidas?

Sí, mi infancia, y también mucho la infancia de mi madre. Me gusta crear personajes salvajes. Porque la vida intenta siempre domesticarnos. Crear animales domésticos y obedientes. A mí me interesa la brutalidad, el salvajismo. Intento siempre buscar en la gente lo que han guardado de salvaje. Es por eso por lo que también me interesa la sexualidad. Porque quizás es el único espacio de nuestra vida en el que todavía queda algo de salvaje. Pero me pregunto si somos todavía animales salvajes o no. La escritura es una palabra salvaje. Cuando escribes te conviertes en salvaje. Busco eso en mis personajes, y en los niños es bastante menos difícil de encontrar que en un adulto.

Mathilde se encuentra en medio de ninguna parte, es francesa, casada con un marroquí, pero no es ni una cosa ni la otra… ¿Qué es el mestizaje en tus hijos? ¿Qué significa ser una mujer extranjera en un país colonizado?

Mathilde está completamente perdida. Está ahí en medio de un mundo que no comprende. No sabe dónde está su lugar. Todas las mujeres en mis novelas buscan su lugar: dónde tengo que ubicarme, qué tengo que hacer. También en todas mis novelas anteriores, en Adèle (En el jardín del Ogro) o en Myriam (Canción Dulce). Sea lo que sea, es algo que siempre me ha atravesado, ese sentimiento de no saber dónde está mi lugar. Y tener miedo de estar en el lugar equivocado. Sentirme molesta de ser humillada. Porque pienso que Mathilde siente precisamente eso: esa imposibilidad de encontrar un lugar en el que decir, ‘va bien, estás en casa’. Y al mismo tiempo da miedo encontrar ese equilibrio, porque en ese momento es cuando pierdes ese lado salvaje. Una vez que tienes tu casa, tus comodidades, que has encontrado tu lugar, es cuando vas a convertirte en dominante. Por lo que siempre hay algo ambivalente. ¿Es necesario encontrar su lugar? ¿Sí? ¿No? La verdad es que no lo sé. Hace falta prestar atención.

En ‘Canción dulce’ hay una especie de desconfianza hacia esa clase media que se ha convertido en nuevos ricos, en esnobs o en hipsters. ¿Hay un pequeño retrato de esa clase social y también del peligro de dejar que cuide de tus hijos otra persona y no pases el tiempo necesario con ellos?

Sí, absolutamente. Pienso que sobre todo gravita la cuestión de la burguesía. ¿En qué nos convertimos cuando nos hacemos burgueses? A la vez entiendo que la gente quiera llegar a ser eso y aspire a ello. Porque Amín y Mathilde quieren convertirse en burgueses, enriquecerse, que su granja vaya bien e integrarse en la sociedad. Desde luego que ganamos algo cuando nos convertimos en burgueses, pero también perdemos algo. Es eso lo que intento preguntar en mis libros. No tengo la respuesta, porque es difícil, en la medida en que todos buscamos un cierto confort, porque tenemos miedo de perdernos. Pero sigo interrogándome sobre qué es lo que crea esa situación.

Pienso que hay que ponerse en riesgo intelectualmente. Aunque tengas privilegios o una seguridad financiera, hay que continuar poniendo en cuestión nuestra forma de comportarnos, nuestra relación con los otros, nuestros prejuicios. No hay que acabar pensando que tenemos razón, que estamos bien donde estamos, que nos merecemos nuestro lugar y que los demás, si no están ahí, es por su culpa.

¿Eres creyente y/o practicante?

Ni lo uno ni lo otro.

¿Y crees que la religión continúa siendo el opio del pueblo, como decía Marx?

No, no lo pienso. Creo que la espiritualidad es algo muy importante. Y pienso que a nuestra sociedad le falta mucha espiritualidad. Y no digo religión, sino espiritualidad. Por el hecho de que no somos gran cosa y que todos necesitamos llenar nuestra alma, de la naturaleza, de la fuerza que contiene. Eso no quiere decir que debemos creer en alguna cosa. No. En todo caso tener cierta modestia. Porque no somos gran cosa. El hombre no es más que polvo.

Por ejemplo, en Marruecos conozco a mucha gente que es muy devota, muy espiritual. Y el Islam marroquí, cuando es practicado de una manera abierta, es magnífico, porque es gente solidaria, amable, que se ocupan de los pobres. Y que después te dicen ‘no soy nadie especial, de todas formas voy a morir’. Por eso me gusta la espiritualidad que tiene la gente en Marruecos, pero detesto el conservadurismo y el puritanismo. Al contrario, pienso que nos falta más espiritualidad, y que Instagram y el consumismo no son suficientes para construir una vida bella.

Creo que tu escritura habla mucho de tomar el tiempo para pensar, de la reflexión, de la pausa.

Esa es una de las cosas más importantes, tomar el tiempo para reflexionar, para mirar las cosas, tener la capacidad de contemplar, de quedarse en ese punto. Después la escritura, la literatura no es la pulsión, no es sentir algo y precipitarte a escribirlo, no es Trump que escribe un tuit. Es precisamente lo inverso a eso. La escritura es más la contención, y mirar, tomar el tiempo para comprender las cosas, no meterlas en jaulas. Entender que la vida es complicada y ambigua. Aparte, si el bien y el mal estuvieran en un lado y en el otro, sería sencillo elegir. Desde luego, un tiempo lento, la lentitud es muy importante.

El hecho de que tú misma seas migrante también te permite acercarte a la condición de esas personas que quieren mejorar sus vidas, cambiar y salir de una situación muchas veces dramática…

Evidentemente; de alguna manera es por lo que he escrito este libro. Mi abuela era francesa. Yo soy francesa. Y nunca he sabido lo que tiene que ser solicitar un visado para dejar tu país. Desde pequeña escuchaba a la gente que ésa era una obsesión: tener un visado para marcharse. Marcharse. Marcharse. Por ejemplo, en Marruecos tener un pasaporte es complejo. La gente pobre, o que vienen de medios rurales, tarda meses. Es un papel, un documento que lleva su tiempo conseguir. Aunque fuera peor antes. Así que es cierto que siempre he encontrado injusto que haya gente como tú y como yo que tengamos el derecho de viajar, que con nuestro pasaporte podamos movernos por el mundo. Cuando eres marroquí, seguro que vas a tener que hacer cola durante horas en una embajada, para que seguramente rechacen tu visado, porque van a pensar que quieres marcharte para migrar. Eso me destroza el corazón. Por qué hay gente que no tiene el derecho de salir, de abandonar su país. Encuentro que es terrible.


Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

Comentarios

  • angel coronado

    Por angel coronado, el 20 mayo 2021

    Las Mil y Una Noches. Las mil y una cosas, Las mil y una veces. Pero entre la mil y una y la mil y dos se aloja una distancia desconocida. La supongo igual a la que separa la ochocientas cuarenta y siete de la ochocientas cuarenta y ocho.
    Mi madre siempre me ha dicho: “no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo cuidar y sanar a alguien”. Y no está nada mal, dice Andrés Castaño que dice Leila Slimani.
    Parafraseo así: Mi madre me ha dicho ochocientas cuarenta y siete veces que no puedo cambiar el mundo mil y una, pero sí puedo cuidar y sanar a alguien tres o cuatro. Y no está nada mal.
    Y Sherezade sigue y sigo pensando en lo que pasa entre tres y cuatro.
    He comentado esto mismo repetidas veces. No sé que pasa entre uno y dos. Pero pienso también que acaso no saberlo importe muy poco.

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.