¿La libertad a pelo de Ayuso o la libertad que da garantías a todos?

¿La libertad a pelo de Ayuso o la libertad que da garantías a todos?

Propaganda electoral enviada por Ayuso en las pasadas elecciones que en su reverso es una hoja en blanco.

La derecha española últimamente se ha lanzado (con cierto éxito) a una incomprensible reivindicación adolescente de la libertad sin atributos. Vamos a ver: en una democracia occidental nadie en su sano juicio hoy en día estaría en contra de la libertad y a favor de prohibir. Pero las cosas no son tan sencillas: las libertades y las prohibiciones suelen ir de la mano, y la civilización depende de ambas caras. ¿Libertad a pelo?, que suele venir muy bien a los poderosos para mantener sus privilegios y hacer lo que les venga en gana. ¿O libertad con garantías?, una libertad positiva para generar las condiciones necesarias para que las personas puedan llevar cabo sus deseos, puedan vivir dignamente gracias a servicios públicos como la Sanidad o la Educación. Hay un detalle que a políticos como a la presidenta de la Comunidad de Madrid quizá se les escape: los pobres no son libres, porque su pobreza les impide llevar a cabo su voluntad.

“Prohibido prohibir” escribió el otro día la vicealcaldesa de Madrid Begoña Villacís, de Ciudadanos, en un tuit donde alertaba de un hipotético ascenso de la censura en el mundo, acompañado de un vídeo donde salían personas presuntamente “canceladas”, como Pablo Picasso (tan cancelado que su Guernica es la pieza estrella en el museo estrella de arte moderno en España, el Reina Sofía), Platón (la base de la filosofía occidental) o la cineasta Leni Rienfenstahl, propagandista del nazismo (¿).

Más que el previsible vídeo conspiranoico sobre la “cultura de la cancelación”, me llamó la atención la utilización del lema sesentayochista, “prohibido prohibir”, que demostraba cómo los elementos contraculturales de los años 60 han sido absorbidos por la “nueva cultura del capitalismo”, como ya explicaron Boltanski y Chiapello, aunque de forma algo más cerril.

Parte del liberalismo actual se ha enfocado a una incomprensible reivindicación adolescente de la libertad sin atributos y de ataque a la prohibición. La prohibición tiene muy mala fama y la libertad está muy bien vista. Nadie en su sano juicio hoy en día estaría en contra de la libertad y a favor de prohibir. Sería de locos. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas: las libertades y las prohibiciones suelen ir de la mano, y la civilización depende tanto de unas como de otras. Para asegurar las libertades son necesarias las prohibiciones.

Por ejemplo, aunque la palabra libertad está de moda, nadie estaría a favor de la libertad para asesinar, violar o verter residuos químicos de las industrias a los ríos. Ahí entendemos cómo las prohibiciones generan espacios de la libertad y hacen que la sociedad no se rija por la ley de selva. Cuando nos hablen de libertad debemos preguntar para quién, contra quién, para qué. La derecha y la izquierda, además, han enarbolado tradicionalmente diferentes modalidades de libertad. La derecha aboga por una libertad negativa, que consiste en que nadie ponga cortapisas a tu acción, es decir, que puedas hacer lo que quieras. Es una libertad que suele venir muy bien a los poderosos para mantener sus privilegios y hacer lo que les venga en gana, porque los poderosos son los que más cosas pueden hacer, de ahí que al poder se le llame poder.

La izquierda aboga por una libertad positiva. Es decir, por generar las condiciones necesarias para que las personas puedan llevar cabo sus deseos, pueda vivir. En este caso, los servicios públicos como la Sanidad o la Educación, o una reducción de la pobreza y la desigualdad, serían fuerzas generadoras de libertad. Los pobres no son libres, porque su pobreza les impide llevar a cabo su voluntad.

Al final no es que haya políticos que estén a favor de la libertad y otros que no lo estén, es que cada uno está a favor de un tipo de libertad. De hecho, la política puede entenderse como una disputa sobre dónde colocar las prohibiciones y dónde fomentar las libertades. El despido libre, por ejemplo, es frecuentemente buscado por los empresarios, pero amenazaría los derechos y libertades de los trabajadores. La libertad para fumar en bares es del gusto de los fumadores, pero va contra el derecho a la salud de los camareros y parroquianos. La libertad de horarios comerciales revierte positivamente en las grandes empresas, pero ataca al pequeño comercio. Etcétera.

La libertad, así en bruto, no es tan luminosa (ni tan poco) como nos quieren hacer creer. La prohibición bien puesta colabora a la civilización, aunque hay prohibiciones odiosas.

Así que, cuando ciertos políticos, como suele hacer obsesivamente Isabel Díaz Ayuso, apelan a la libertad a pelo, la libertad en estado puro, la libertad como último fin irrenunciable, nos están tomando por tontos. Lo curioso es que debemos serlo, porque funcionar, funciona.


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