Libertad para ejercer el mal
Benjamin Netanyahu y Donald Trump, pocos adjetivos necesitan.
¿Queremos la libertad para tener armas? ¿Para ejercer el poder? ¿Para bombardear? ¿Para emprender un genocidio? ¿Queremos la libertad para cuestionar la democracia? ¿Para negar el cambio climático? Todas estas libertades no tienen otro objetivo que generar miedo. Y el miedo, aunque invisible, es la emoción más poderosa para mantenernos inmóviles, pasivos/as y congelados/as. La parálisis emocional puede dejarnos como meros/as observadores/as de una realidad que nos supera. Así, el miedo se convierte en una herramienta de control y dominio. Es la libertad forzada de unos pocos apuntalada sobre el miedo de todos.
CAROLINA BELENGUER HURTADO y FERNANDO VALLADARES
«Nunca vivirás en una sociedad con una ciudadanía armada y sin una sola muerte por arma de fuego. Eso es un disparate. Son tonterías. Pero creo que vale la pena. Creo que vale la pena pagar, lamentablemente, con algunas muertes por arma de fuego cada año para que podamos tener la Segunda Enmienda y proteger nuestros demás derechos divinos. Es un acuerdo prudente. Es racional«. Charlie Kirk.
La emergencia climática, cuyas consecuencias, sobre todo en la economía y en las estructuras sociales, que inevitablemente trae consigo, se aceleran. Y eso genera miedo, mucho miedo. Como se observa en el tablero geopolítico actual los riesgos se amplifican. La urgencia por conseguir minerales críticos y básicos para la transición energética, el control de territorios estratégicos y los retos a la seguridad internacional están condicionando las decisiones en la política internacional. Las guerras por el agua crecen impulsadas por el cambio climático.
El capitalismo, que se alimenta vorazmente de la tierra y todo lo que en ella crece, de los océanos y todo lo que contienen, del aire, los materiales fósiles o las lluvias, se está quedando sin la base material que requiere para mantener y aumentar la riqueza de aquellos/as que quieren dirigir el orden mundial. El modelo socioeconómico imperante requiere revisión bajo el peso del cambio climático. El capitalismo se queda sin sus víveres porque en su ansia por acumular ha olvidado o, peor aún, ha obviado que las viandas de las que dispone requieren de unas ciertas condiciones y tiempo para producirse. Los combustibles fósiles son el producto de millones de años de reposo y metamorfosis de materia que una vez estuvo viva. Las cosechas necesitan suelos fértiles, aguas limpias y ecosistemas estables. La salud humana depende de los bosques que protegen del aumento desmedido de las temperaturas globales, por lo que la deforestación afecta al nivel de humedad, a los patrones de lluvias, al calentamiento global y a la despoblación. La extracción de minerales, las macro explotaciones agrícolas y ganaderas o las actividades de la industria petrolera arrancan a los pueblos de sus asentamientos generando pobreza y riesgos de sufrir enfermedades e incluso de muerte.
Libertad sigue siendo el grito desesperado de muchos pueblos y la promesa de muchos políticos. Pero ¿Queremos la libertad para ofender y dañar? ¿Para hacer el mal? No es solo que las fuentes energéticas más utilizadas hoy, el petróleo y el gas, sean limitadas, finitas o agotables sino que en la naturaleza, los arrecifes de coral, los campos de algas, los de cultivo o las selvas precisan tiempo para regenerarse y reconstituirse, después del saqueo al que se ven sometidas. Sin embargo, se soslaya facilitar la información de los riesgos que corre la Humanidad si se siguen esquilmando los recursos y no se respetan los ciclos de recuperación de los elementos esenciales para la vida. No vivimos en un mundo mágico en el que surge la energía, los alimentos, los plásticos o el cemento de la nada y los encontramos en el centro comercial, sino que tenemos acceso a ello porque determinadas zonas del planeta y las personas que allí viven están siendo sacrificadas. Tierras de sacrificio que están en todos los países. Nadie escapa a este trágico dilema. El propio Estados Unidos que impone cruelmente aranceles y sacrificios a muchos otros países sufre los impactos de su sistema implacable e inhumano. Baste el ejemplo del callejón del cáncer, en el Estado de Luisiana, donde se produce y refina el 25% de los combustibles fósiles del país con un peaje insólito de cánceres como leucemias y linfomas.
Según el ideario neoliberal, colonial y patriarcal, este sacrificio es considerado necesario y racional para que otros y otras en diferentes partes del planeta puedan mantener e incluso mejorar su nivel económico (teóricamente asociado a un supuesto bienestar), sin tener que renunciar a nada. La prosperidad de una parte de la Humanidad es soportada gracias a la explotación de la tierra y de las personas de la otra parte. Para una minoría cómoda se someten amplias mayorías a condiciones precarias de empleo, o directamente al borrado de individuos y comunidades prescindibles para conseguir las metas de desarrollo. Esta desigualdad estructural se legitima apelando al orden natural del mercado, en el que algunas personas disfrutan de privilegios y otras tienen que hacer frente a grandes obstáculos para tener una vida digna. Este ideal sobrecoge y para no rebelarse hace falta extender el miedo a algo teóricamente peor.
¿Para qué nos sirve una libertad que enfrenta, empobrece y mata a la gran mayoría de las personas? ¿Para qué queremos una libertad que no respeta los derechos humanos?
Las relaciones de poder que dominan en la visión cultural permiten que los colonialismos exploten y despojen a los territorios de sus riquezas y las conviertan en mercancías. Las mercancías enriquecen a personas y entidades que se encuentran lejos, y empobrecen y matan a quienes cuidan, defienden y protegen esos territorios y a esas personas aisladas en zonas de sacrificio. Es claro que las secuelas económicas de estas formas de vida afectan negativamente a las condiciones en las que se desarrolla la vida. Las crisis ecológicas y sociales comparten una misma raíz y se encaminan a un mismo destino. Son la culminación de procesos de explotación, expropiación y depredación de recursos. Se hace patente en los vínculos que mantiene la emergencia climática con las violencias, los conflictos bélicos y el retroceso de los derechos humanos.
La relatora de Naciones Unidas para Palestina constata el genocidio y el ecocidio que se está produciendo en la Franja de Gaza. Estos actos de privaciones se realizan mediante la destrucción de tierras de cultivo, de la fumigación con productos que intoxican las plantaciones o de la eliminación de infraestructuras agrarias, conforme avanza el ejército israelí en la ocupación de los territorios. Esto ha conllevado la reducción drástica del alimento disponible y al deterioro de la seguridad alimentaria. Otras acciones que ejecutan a sabiendas del daño permanente y prolongado que pueden ocasionar tanto al medio ambiente como a la salud de los animales humanos y no humanos son: la contaminación que causan las bombas dada la destrucción de edificios de los que se desprenden materiales como el amianto, la gestión deficiente de los residuos, basuras y desechos, el insuficiente tratamiento de las aguas residuales o la inhalación de humos, gases y vapores que contienen sustancias nocivas. Especialmente dramáticas son las consecuencias para las mujeres embarazadas, en el postparto o lactando, algo que se está evidenciando en el genocidio del pueblo palestino a manos del Estado de Israel según la Comisión de Derechos Humanos. La violencia reproductiva afecta a la calidad de los servicios de cuidado necesarios y combinado con la falta de medicación, la hambruna y los desplazamientos forzados está ocasionando un coste desorbitado en la salud física y mental.
En la Amazonia, la periodista Eliane Brum junto a otras activistas han fundado la plataforma periodística SUMAÚMA que pretende contar desde las diversas minorías indígenas cómo la selva y sus habitantes están siendo cruelmente devastados. Los artículos denuncian la sinrazón de la civilización occidental y moderna de destruir precisamente aquello que garantiza la supervivencia de la Humanidad: las selvas y la biodiversidad mediante una guerra en la que sus soldados van cargados con motosierras, perforadoras, explosivos, taladros, tractores, excavadoras, herbicidas, cercas eléctricas, fertilizantes, desbrozadoras, etc… El origen se encuentra en una situación desigual de partida entre los que tienen los medios para colonizar los territorios y los cuerpos y las personas que son vulnerabilizadas debido a la desprotección de los gobiernos.
¿Queremos la libertad para cuestionar la democracia? ¿Para negar el cambio climático?
El análisis de las relaciones de poder permite darse cuenta de que no todas las personas han contribuido en la misma medida a las crisis que el cambio climático ha hecho aflorar. La contextualización de los impactos, de las amenazas al bienestar y de las necesidades humanas está desafiando las cosmovisiones en las que nos hemos educado: la supremacía del ser humano por encima de otras especies basada en unas capacidades que se suponen únicas y singulares, el individualismo que prioriza los intereses, deseos y la independencia del individuo por encima de los de un grupo o comunidad o la competitividad en lugar de la búsqueda de la cooperación y la cohesión social.
¿Qué libertad queremos para el futuro?
Al superponer esta capa de justicia social al análisis del problema, se incorporan a las reflexiones las relaciones y dependencias que son necesarias para mantener la vida. Una nueva conciencia ecológica puede promoverse al examinar cómo las emociones, pensamientos y conductas pueden ser influidas por el medio ambiente y viceversa. Para construir la paz se debe estar de acuerdo en respetar los derechos no solamente de cada una de las personas y comunidades, sino de los recursos y condiciones que hacen que la vida pueda conservarse. Proteger los derechos humanos, el derecho a la vida, es comprometerse con una política pacifista y una resolución de conflictos no violenta. La amplitud de la mirada en la que se exploran las interacciones entre la libertad, el poder, la salud, la justicia, la riqueza o la democracia promueve acciones en las que el cuidado de los otros vivientes y del planeta toma el protagonismo que esta era requiere contribuyendo a un futuro más igualitario y sostenible.
Ante las crisis ambientales, sociales y humanitarias que estamos sufriendo, no hay espacio para el odio y la violencia, por muy comprensible que resulte la expresión de estas emociones en las condiciones actuales de incertidumbre creciente. No son tiempos para una libertad forzada de unos pocos apuntalada sobre el miedo de todos.



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