Libros que cuidan bosques: hay otras maneras de editar

Bosque de abedules, uno de los árboles empleados para obtener la pasta de celulosa y fabricar papel. Foto: Pixabay.

Dentro de la feria internacional del libro LIBER, celebrada recientemente en Madrid, FSC –sello que garantiza al consumidor que compra productos que proceden de una gestión forestal ambiental y socialmente responsable– organizó una jornada para analizar lo que supone la certificación de la madera, así como otras medidas que las editoriales ya han puesto en marcha, como es el ajuste de las tiradas e incluso la producción “a demanda”, para hacer más sostenible el sector editorial. Allí estuvo ‘El Asombrario’.

Cuenta la historia que fue un funcionario chino llamado Cai Lu quien, entre los siglos I y II, buscando un material que abaratara el soporte usado para los escritos oficiales, que entonces era el bambú o la seda, inventó una pulpa hecha con tejidos vegetales (como algodón y cortezas) que llamó papel. También que fue en 1850 cuando el alemán Friedrich Gottlob Keller, basándose en las ideas del científico francés René Antoine Ferchault de Reaumur, se puso a utilizar madera para fabricarlo. Casi 175 años después, el planeta ha cambiado mucho. Hoy, en un contexto general de preocupación ambiental, acrecentado por la crisis climática, la deforestación para pastos, la pérdida de biodiversidad e incendios forestales que arrasan millones de hectáreas, aumenta la necesidad de soluciones que garanticen que el consumo de productos, como los imprescindibles libros, no contribuyen a incrementar unos daños que no imaginaba Gottlob Keller.

De ello se habló, hace unos días, en la jornada que organizó FSC dentro de la feria internacional del libro LIBER, convocada para analizar, precisamente, lo que supone la certificación de la madera, así como otras medidas en marcha en las editoriales, como es el ajuste de las tiradas e incluso la producción “a demanda”. Es una responsabilidad con la naturaleza que, como defendieron los ponentes, debe aplicarse en las empresas y algunas sí se han puesto a la tarea. Así lo expresaba la vicepresidenta de la Federación de Consumidores y Usuarios CECU, Ana Etchenique, quien destacaba que, pese a la situación ecológica general, “aún falta concienciar y educar en valores que tengan que ver con la sostenibilidad, entre otras cosas porque lo ecológico resulta más caro, y por ello es un salto importante sincronizar lo ambiental y el sector económico”. Eso sí, añadía que en ello son también importantes acciones políticas, como medidas fiscales que pueden incentivar el cambio a iniciativas que van por el buen camino.

En ese rumbo estarían ya editoriales que han incorporado a su producción una verificación rigurosa de la procedencia del papel de sus libros, integrando certificaciones como las que ofrece FSC. “En España ya tenemos 1.500 empresas que tienen certificada con nosotros toda la cadena de custodia de la madera, es decir, el seguimiento desde el bosque hasta sus productos, y de entre ellas hay 450 imprentas. Para ellas ya es una ventaja, porque más del 70% de los consumidores confían en marcas como la nuestra”, señalaba el director de FSC España, Gonzalo Anguita.

De hecho, según un estudio que realizó IPSOS para esta organización, el 71% contestó que prefiere productos que no dañen ni plantas ni animales, el 62% productos que no contribuyan al cambio climático y un 64% apoya que sea un agente independiente quien certifique la sostenibilidad de lo que se vende para desenmascarar el green-washing (un lavado verde de cara). “En el caso de FSC, además, no solo hay exigencias ambientales en la gestión de los bosques para que sean sostenibles y se proteja la biodiversidad, sino que se tienen en cuenta los impactos sociales y económicos sobre quienes viven en estos entornos forestales”, aclaraba Silvia Martínez, responsable de estándares.

Cómo el sector del libro ha llegado a la senda de la preservación de los bosques ha dependido de cada empresa. Carlota del Amo Cabezas, responsable de comunicación y RSC en Penguin Random House Grupo Editorial, recordaba que en este caso fue a raíz de la publicación, en 2014, de la novela El bosque del pigmeo, de Isabel Allende. “Entonces, la autora nos pidió llegar a un acuerdo con Greenpeace para que el papel fuera ‘amigo de los bosques’, y aquello nos hizo reflexionar en la responsabilidad que teníamos sobre el tema, lo que nos llevó a buscar la mejor certificación del papel. Y fuimos pioneros y ahí seguimos, con auditorías cada año y muy satisfechos de saber que somos cada vez más sostenibles”.

Esa exigencia por parte de una editorial implica, asimismo, un compromiso de las imprentas con las que trabajan, que son quienes producen los libros. Luis Francisco Hedo Gómez, directivo del Grupo Gómez Aparicio, en la misma línea, señalaba la importancia “de saber que el papel que usamos procede de bosques que crecen y que están en Europa,  con una gestión adecuada”. “Y es lógico que eso tenga un coste, que al final son 20 o 30 euros más por tonelada de papel, porque detrás hay un seguimiento y auditorías, pero es la inversión necesaria para que ese bosque siga creciendo”.

Como un libro es más que papel, el Institut de l’Ecoedició de Cataluña, creado en 2022, ha puesto en marcha la “calculadora ambiental”. Su directora, Laia Figueras Tortras, explicó que se comenzó a trabajar hace años, gracias a un proyecto europeo, en todo lo que supone la vida de cada volumen a nivel ambiental. “Al final, se propusieron 12 criterios que son necesarios para una ecoedición. De ahí surgió esta herramienta de cálculo que nos permite saber cuánto CO2, agua, tintas, etcétera supone cada ejemplar. Lo que se trata es de conocer, para después poder minimizar y compensar los impactos. Además, también tenemos un sello de certificación como Libro Ecoeditado”, señaló Laia Figueras.

Porque, en contra de lo que pudiera parecer, los libros en papel están muy vivos. Del Amo destacaba que cada vez se lee más y que el 80% de las ventas son de ejemplares en papel. Sin embargo, tampoco se gasta más material que en el pasado porque, señalaba, ahora las tiradas se ajustan mucho y los sobrantes han bajado hasta un 5%. “La explicación es que ha cambiado la forma de vender. Antes solo se vendían novedades, pero gracias a las redes sociales se recuperan títulos que son del fondo editorial y, por otro lado, las nuevas  tecnologías nos permiten hacer tiradas bajas, con datos más precisos de ventas, cuando antes las decisiones de cuántos hacíamos dependía más de la intuición. Todo ello ayuda a que haya menos sobrantes”.

En la misma línea de ahorro, Hedo habló de un software que han desarrollado en su empresa que permite hacer pedidos de un solo libro, que se fabrica solamente cuando se vende. Eso sí, precisó, es un programa que sólo está disponible para librerías, porque de otro modo sería una competencia a estos comercios.

En general, todos los presentes en esta jornada hicieron hincapié en la necesidad de que las autoridades se impliquen más en la regulación y la exigencia de  certificaciones que garantizan que se siguen unos criterios que minimizan los daños ambientales. Un paso sería, como recordaba Gonzalo Anguita, favoreciendo este tipo de productos en las compras públicas. En Cataluña, como señaló Laia Figueres, hay subvenciones para acciones que minimizan impactos del sector cultural, aunque todavía echa en falta una normativa.

Mientras llega, si llega, los lectores siempre podremos buscar en portadas y contraportadas el código que nos dirá que aquel objeto no ha dañado un bosque en riesgo.

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