Lo elegante es “agua y jabón”, lo silencioso, sencillo y pequeño

Lo elegante es “agua y jabón”, lo silencioso, sencillo y pequeño

Marta D. Riezu, autora de ‘Agua y jabón’.

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‘Agua y jabón’, el primer libro de Marta D. Riezu (Terrassa, 1979), publicado por Terranova editorial, ya se ha agotado. Riezu, que lleva en Barcelona la vida “anticuada y silenciosa” con la que siempre soñó, ha escrito un libro sobre la elegancia involuntaria, es decir, sobre lo sencillo, la gracia, el carisma, el duende, eso que Cecil Beaton llamó “agua y jabón”. Son apuntes escritos desde la observación y donde deja, página a página, una forma original y singular de observar el mundo. “La atención debe estar en el presente, en huir de la comodidad fácil y hacer bien las cosas”, dice esta escritora, obsesionada con el silencio. ¿Hacia dónde vamos? “Creo que como especie es justo admitir que hemos perdido la partida y solo queda vivir con sentido del humor y sencillez, sin estropearlo todo todavía más”.

Frente a esa vida arrogante, exhibicionista, ruidosa, pretenciosa, donde el ansia, el rendimiento y la autoexplotación se han apoderado de nosotros, frente a esa vida marcada hoy por la agitación, la dispersión y la acumulación de bienes, tú propones lo sencillo como modo de estar en el mundo, la elegancia involuntaria de la alegría discreta, el gesto generoso y ser una de esas personas que serenan, que tranquilizan, que no echan más leña al fuego. ¿Cuál sería la hoja de ruta para recuperar esa vida lenta, discreta, ese vivir desde lo humilde?

El modo más rápido para orientarse es con una pregunta: ¿cómo puedo ayudar, en qué puedo ser útil? Si uno es un vago o un egoísta (yo lo soy muchas veces), la reflexión se puede formular a la inversa: ¿de qué modo molesto lo mínimo al prójimo? Partiendo de ahí, la atención debe estar en el presente, en huir de la comodidad fácil y hacer bien las cosas. 

Tu primer libro se llama ‘Agua y jabón’ como homenaje, como deuda con uno de esos creadores que más te fascinan: Cecil Beaton. Cuando le preguntaron qué era la elegancia, Cecil respondió: “Agua y jabón”. Es decir, lo elegante era para él —y también para ti— lo silencioso, lo paciente, el bien común, las cosas pequeñas… ¿Qué le parecería a Beaton la vida del siglo XXI?

No tengo claro que lo pequeño fascinase a Beaton; la obcecación con el detalle sí, pero Beaton era pomposo…, porque podía. Porque tenía un gusto exquisito y una cultura infinita que le permitían cualquier audacia. A Beaton le encantaría conocer nuestra época. Viviría como vivió en su momento, en contacto con todos los que importan, pero aislado en su mundo a medida. Su encanto y su visión hoy resaltarían aún más, porque esta es una era mediocre; hay que hacer muy poco para destacar.

¿Cuáles son tus elegancias involuntarias más reconocibles?

¡Ay, madre! No creo tener ninguna. Intento hacer las cosas más fáciles. Aquello de dejar mejor un lugar de lo que uno se lo encuentra. Me gusta simplificar, allanar, precisar. Y limpiar; me encanta limpiar. En mi casa no entrará nadie a sueldo mientras funcionen mis dos manos. Si uno no limpia sus propios desaguisados, pronto se infantiliza.

Eres una gran defensora del silencio. “El silencio es encontrar a ciegas el pecho de la madre, intuir el camino sin saber nada aún. Es una rareza física y metafísica que obliga a estar atento. No solo es la ausencia de sonidos, sino una capacidad que pide de nuestra parte”. Hablamos, pues, de un silencio como estado mental, un estar callado para pegar el oído a nuestra conciencia, a nuestro ser, a lo que está justo al otro lado del ego…

Reclamar silencio en la gran ciudad denota mi ingenuidad y mi estupidez. La ciudad, por definición, es bulliciosa. Elegí vivir en Barcelona, nadie me obligó. Yo admito el trajín, pero no el ruido gratuito y evitable, el imponerse a otros “por mis cojones”. La música alta a deshoras, la lavadora pitando media hora después de haberse acabado, el móvil a todo trapo viendo un vídeo estúpido. El tener que hacer ruido para sentirse vivo. Hay quien le encuentra una gracia pintoresca, pero ese alboroto no aporta nada. El problema se acrecienta cuando el estrépito va ligado a una coartada cultural. Al comienzo del verano aguantamos varias madrugadas de petardos, por San Juan. No hablo de los petardos infantiles, simpáticos y festivos; hablo de los otros, los que tiran los imbéciles con carencias. ¿Por qué toca aguantarse? 

Si nos detenemos a observar un poco, notamos que el miedo está por todas partes, que el miedo adquiere formas y rostros diversos. ¿Cómo escapar de él, cómo adivinar su presencia?

Sin esquivar nada. Ni el miedo, ni la preocupación, ni los fracasos ni lo que se desmorona. Hay que sentarse y aprender a tener paciencia, a digerir y observar con calma lo que nos pasa sin dar demasiado la lata.

 “Prefiero admirar que ser admirada. Siempre es mejor ser el deslumbrado”. ¿Quiénes son tus principales admirados, esa gente que te erotiza?

No tengo ceguera fan, pero admiro con lealtad. Las personas que me gustan me gustan siempre como iguales. Acercarse al otro con cordialidad y un respeto distante es muy agradable. Me encanta tratar de usted y preguntar con naturalidad y sin ambages. No tengo muchos dones, pero soy buena escuchadora. A no ser que me llames a las dos de la tarde al móvil para venderme algo, siempre me va a interesar lo que digas. Lo que no llevo muy bien es la queja reiterada, porque va ligada al rasgo que más detesto: la ingratitud. Volviendo a lo que decías de erotizar; me pone mucho el talento. Me da igual si eres jorobado; si tienes carisma e ingenio, para mí eres Montgomery Clift.

Uno de esos grandes placeres a escala humana es el de pasear, el vagabundear urbano, la ‘flânerie’. El caminar sin rumbo fijo, abiertos al acontecer… ¿Caminar para encontrarnos, de una vez, con nosotros mismos?

Y para reivindicar nuestro espacio; las calles, los parques, las tiendas… Hay que estar presente y pegar la hebra, gastar, preguntar, hacer favores, crear relaciones. Salir a la calle a caminar es salir al mundo. En un coche sigues dentro de ti mismo. Estados Unidos nos supera en muchas cosas, pero no en urbanismo. Una ciudad no-caminable no es una ciudad. Andando hablo mucho conmigo misma. Me parece horroroso caminar con los auriculares, es no haber entendido nada. 

El poeta malagueño Alejandro Simón Partal escribe en ‘La buena hora’: “Mi generación ha elegido vivir como un pobre en la ciudad a vivir como un rico en el campo solo por la posibilidad”. ¿Volveremos a llenar la España vacía o vaciada?

No tengo ni idea. Se escapa de lo que me preguntas, pero te diré que los que vivimos al lado del mar no sé cómo estaremos en 20, 30 años. El futuro es inimaginable (lo acabamos de experimentar) y nos esperan sorpresas aceleradas y no muy agradables. Lo de la ampliación del aeropuerto de Barcelona me parece terrorífico. Viviremos donde podamos, no donde queramos. Sí tengo claro que el campo demanda una fortaleza que no todos tenemos. Yo misma duraría cinco minutos allí. Ahora no sé qué te iba a decir, espera… Sí; me dan mucho miedo los quinquis de pueblo. Son escasos, pero peligrosísimos. El quinqui de ciudad es un perdedor frágil y previsible; el chungo de pueblo es creativo y tenaz; te hace imposible la vida y no te respeta, porque para él siempre serás el de fuera.

Dices que nunca te has sentido tan rica como ese día que, con 19 años, te pagaron el jornal en un sobre. “Los que hemos ganado cada duro a pulso disfrutamos la vulgaridad de ir con efectivo por la vida”. ¿Para qué sirve el dinero?

Para conocernos a nosotros mismos. Es una radiografía de cada edad vital, de nuestras prioridades y nuestras miserias. Hablo del primer mundo, claro. No tengo hijos –matizo: he elegido no tener hijos– y por lo tanto mi economía es un resultado exacto de mis deseos, implicaciones y limitaciones. Pensar mucho en el dinero lleva a la obsesión y a perder la lucidez respecto a él. Lo resumiría en que el dinero importa, y hay que tener siempre algo de dinero en el banco. Sin olvidar que tanto podríamos ser atropellados en los próximos cinco minutos como vivir en silla de ruedas hasta los 90. Equilibrar ese reto es una auténtica prueba de inteligencia.

¿Con qué asocias la belleza?

Con lo que va directo al corazón sin apenas pasar por la cabeza. Con lo que encuentra un lugar dentro de ti y no se marcha, y sirve de refugio. Lo que nos hace pensar en una escala más grande, más universal, más comunitaria; lo bello nunca empequeñece el alma. Siempre he ligado la belleza a la inteligencia, pero con los años aprendes que debe ir complementada por otras cualidades: la generosidad, la compasión, la sensibilidad. Un inteligente a secas puede ser un monstruo o, peor, un pesado.

Desde los nueve años llevas un diario. Es tu forma de decirle al mundo: déjenme tranquila, triunfen ustedes. Escribir un diario, entonces, como microrresistencia, una página al día como desahogo…

Sí, un desahogo y la certeza de que uno es anodino. Mi diario no tiene nada de épico ni divertido. Si algún día alguien lo lee creerá que soy imbécil y superficial, que es probablemente lo que soy; me importa cómo tengo el pelo, si me pagan las facturas, las operaciones de mis familiares, los malentendidos con los vecinos, ideas difusas que quedan en nada… Esa pequeñez me salva.

¿Hacia dónde vamos?

Al cambio, a adaptarnos todo el rato. A ser recordados cada día que estamos a merced del azar. Y, debido a eso, a la melancolía. A andar echando siempre de menos y a la vez queriendo celebrarlo todo. Creo que como especie es justo admitir que hemos perdido la partida y solo queda vivir con sentido del humor y sencillez, sin estropearlo todo todavía más.

PD: Si habéis llegado hasta aquí, si habéis acabado esta entrevista y deseáis leer ‘Agua y jabón’, no lo vais a tener fácil. Terranova, la editorial que lo ha publicado, no reimprime, “contraviniendo cualquier lógica empresarial (ese es su encanto), apuestan por alguien, y luego por otro, y más adelante otro. No se estancan en ninguna obra”, aclara Marta en su cuenta de Instagram.


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