«Los hombres también podrían lactar» 

La neurocientífica argentina lu ciccia, autora del libro ‘Contra el sexo como categoría biológica. Cómo desmontar las premisas sexistas que limitan nuestra vida’.

‘Contra el sexo como categoría biológica. Cómo desmontar las premisas sexistas que limitan nuestra vida’ se llama el reciente libro de lu ciccia, una neurocientífica que introduce el concepto de la biomaterialización de las normas de género. Su punto de partida es el cuestionamiento a la estructura moderno-colonial, que al mismo tiempo que instauró la idea de la raza, para colonizar las mentes, sexó también el cerebro.

Suena bastante provocador desde el arranque: Contra el sexo como categoría biológica es el título del libro más reciente de lu ciccia (Buenos Aires, 1987), experta en biotecnología y doctora en Estudios de Género por la Universidad de Buenos Aires (UBA), actualmente investigadora en la Universidad Autónoma de México, en el área de Genero de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación. 

Esta neurocientífica lidera la idea de que “el género es algo que encarnamos, pero el sexo no es algo que tenemos”. Lo que tenemos, sostiene, es biología y normativas de género, por lo que “el sexo es una categoría que biomaterializamos a través de las normativas de género”. 

Biomaterializar: quedémonos con esta palabra y con el subtítulo del libro: ‘¿cómo desmontar las premisas sexistas que limitan nuestra vida’ (siglo veintiuno editores). 

No voy a negar que, en esta entrevista que mantuvimos en Madrid, tuve que re-preguntar para comprender cabalmente sus re-conceptualizaciones y procurar transmitir con precisión estas nociones que verdaderamente desmontan muchos prejuicios históricos en torno a lo que es ser mujer, u hombre. Con una simpatía, una seguridad y una capacidad didáctica sin límites, lu accedió a responder cada cuestión, empezando por la razón por la que ella equipara los prejuicios raciales –que fundaron la idea supremacista moderna de que había pueblos que debían ser civilizados– con la categoría del ‘sexo biológico’ fijo, ineludible, situándolos como parte de una misma cruzada política colonialista. Y es que todo tendría que ver con el argumentario machista de la Ilustración. Pasen, atrévanse, que es lu la que hoy ilumina: 

¿Por dónde empezarías a explicar la influencia de la estructura moderno-colonial en la cuestión del sexo biológico (porque en cuanto al género ya lo tenemos un poco claro)?

Este el punto clave. En este libro yo hablo de la era moderna colonial sin estar precisamente trabajando en esos siglos, porque ya lo hice en el anterior, La invención de los sexos, donde me refiero a cómo se articuló un discurso científico durante los siglos XVII, XVIII y XIX, pero de algo que empieza en el siglo XV. En el Renacimiento es muy importante la idea del mecanicismo para entender cómo nuestros cuerpos están implicados en el mundo. Sucede que se consolida un discurso científico acerca de la diferencia sexual en clave de dos puntos fundamentales: la reducción de la mente al cerebro y, al mismo tiempo, la sexación de los cerebros. Es decir, esta idea de que el cerebro tiene sexo porque la mente es el cerebro.

En este libro, lo que trabajo es que, al mismo tiempo, se crea la idea de raza: la mente se reduce al cerebro y también se sexan y se racializan los cerebros. Es decir, el cerebro tiene raza porque la mente es el cerebro.

Esta diferenciación sirve para legitimar la supremacía de la masculinidad cisgénero en clave de posibilidad reproductiva y en clave de blanquitud. A esto lo llamo ‘moderno colonial’, porque suscribo los estudios anticoloniales, que proclaman que la modernidad no fue un proceso intraeuropeo, sino que fue parte constitutiva de la expansión colonial.

Explícanos algo más de esta comparación de sexo con raza… 

Con el discurso de la invención se consolidó la idea del sexo como categoría científica. Al mismo tiempo, hay una genealogía común con la raza como categoría científica. Entonces, mi apuesta en este libro es plantear que si la raza como categoría biológica es racista, ¿por qué el sexo como categoría biológica no es sexista? ¿Por qué todavía permitimos esa caracterización del sexo como si fuera algo objetivo, neutral y universal?

No se trata de negar nuestra biología, sino, al contrario, de caracterizar que, a través de la noción del sexo, no la describimos de manera asertiva.

Hay que aclarar que poner en cuestión la categoría de sexo no me hace a mí una negacionista de la biología.

¿Hay una banal imposición de etiquetas (como “negacionista”) que impide complejizar los temas importantes?

Sí, absolutamente, así como la dicotomía de ciencia-pseudociencia también es problemática. 

Aquí la pregunta vino, primero, con críticas desde los estudios antirraciales a la legitimidad que, desde la ciencia, se le daba a la categoría de raza como algo biológico. Yo vengo de las neurociencias y me moví a la epistemología feminista de un modo filosófico, digamos. De ahí mi crítica al discurso científico acerca de diferencia sexual. 

Neurociencia es una palabra que se puso de moda en los medios hace unos 15 años, porque, de repente, nos pareció divertido explicar el enamoramiento o el apego por los chutes de dopamina o de oxitocina… Y, a través de esa vía lúdica para hablar de las hormonas, se fue instalando el reduccionismo biologicista… 

Claro, pero esto empieza en el siglo XVII. Y se consolida en el siglo XX. Ahora tenemos explicaciones moleculares o argumentos moleculares para justificar o para legitimar los presupuestos del siglo XVII. 

Explícanos esto que llamas ‘el paradigma verdaderamente molecular’, por favor.

La subjetividad verdaderamente molecular… Lo que digo es que hay una incompatibilidad entre legitimar la categoría de sexo como biológica y, al mismo tiempo, incorporar las explicaciones que tenemos en la era postgenómica. ¿Qué quiere decir la era postgenómica?

Que ahora estamos en un paradigma donde entendemos el funcionamiento de nuestro cuerpo en relación con el trabajo dentro de la célula. Nos metemos adentro de la célula y hablamos ya no solo de los genes (que eso es una onda genocentrista: la información genética te hace Analía, digamos). Pero nos movimos hacia lo postgenómico (más allá de los genes).

Sabemos que los genes son regulados: eso se llama epigenética. Sabemos que están las proteínas –que son el resultado de la traducción de los genes– o la microbiota… los microorganismos con los que compartimos nuestro cuerpo en una dimensión postgenómica. Con toda esta complejidad nosotras cambiamos biológicamente a través de la experiencia social.

O sea, la práctica social –tu estilo de vida– no es solo algo macroscópico que afecta al comportamiento, en forma de normativa de género. No es que te asignen un género solamente en relación a cómo te vas a vestir o con qué vas a jugar, porque, al mismo tiempo, hay un diálogo biológico, hay una expresión biológica de esas prácticas sociales, sea en el estilo de alimentación que está generizado, en la frecuencia de actividad física, que está generizada, etcétera. 

Y, también, de manera más sutil, y es lo que a mí me interesa abordar: ese elemento más sutil es cómo nuestra vida mental está generizada. Es decir, los miedos que tienes por ser una subjetividad feminizada o los deseos y la sensibilidad que puedes tener. Desde que la mente está corporizada no es otra cosa distinta al cuerpo, pero tampoco es lo mismo que el cerebro.

Corporizar lo mental no significa limitar la mente a un órgano, al cerebro, ¿así sería? 

Claro. Esa corporización de lo mental tiene un lenguaje o una expresión biológica también. Pero no dimensionamos los alcances que las normativas de género pueden tener en nuestra expresión biológica, incluso en aquellos parámetros que fuertemente asociamos a la idea de sexo. ¿Y por qué digo la idea de sexo? Porque la idea de sexo nos remite algo presocial. Como si en algún momento pudiéramos rastrear en nosotres una biología libre de cultura. Esto es lo que discuto en este libro, eso no se puede en ningún momento. No existimos libres de cultura. 

¿Nuestras socializaciones de género a través de siglos serían lo que se plasma biológicamente dentro de la célula inclusive?

Eso puede pasar incluso dentro de las células. Hay una herencia cultural que se puede traducir al mismo tiempo en una herencia biológica. ¿Cómo? Esto explica la epigenética, que es la regulación de los genes; esto es, tu información ya está escrita, pero ¿cómo va a ser leído tu genoma? Y eso cambia a lo largo de tu vida, de acuerdo con tu experiencia. 

Y hay un fenómeno que es la herencia epigenética. ¿Qué quiere decir? Que si, por ejemplo, mi biología cambia acorde a mi experiencia social por regulaciones epigenéticas y parte de esos cambios suceden en mis células sexuales, en mis ovocitos, y suponiendo que me reproduzco, eso se va a heredar. Entonces, en este sentido, hago una distinción entre lo que es prenatal y lo que es presocial. En esta prenatalidad hay un diálogo, que llamo biomaterial, entre el cuerpo que gesta y el proceso de gestación. Es decir, hay intercambio de material biológico, incluso genético. Lo que vemos en lo prenatal es algo que viene de un contexto atravesado por prácticas sociales. Esas prácticas están inscritas en nuestros perfiles epigenéticos.

Alguien podría cuestionarlo en la barra de un bar: los órganos existen y con determinadas funcionalidades…

Sí, claro que existen los órganos. Ahí podemos hablar de que hay una evolución que nos hace devenir Homo sapiens sapiens, y en esa evolución hay procesos implicados. 

Acá tenemos una singularidad humana que es el desarrollo en nuestra corteza prefrontal y nuestra plasticidad cognitiva. Somos la especie más plástica cognitivamente hablando que se conoce. Entonces, el desafío del libro es pensar cómo esa plasticidad cognitiva puede dialogar con nuestros procesos biológicos. ¿Cómo pueden cambiar nuestra biología? Somos capaces de hacer técnica y tecnología, somos una especie capaz de repetir, de entrenar, planificar, aprender. Eso habla de la especificidad humana. Ahora, por supuesto que en esa evolución hay órganos que funcionan y son vitales.

El punto es ver cómo la funcionalidad de los órganos dialoga con nuestras prácticas sociales y, en ese sentido, analizar cómo las diferencias psicológicas y biológicas que hoy se observan entre hombres y mujeres cisgénero no son diferencias innatas presociales debidas al sexo, sino que hay que ponerlas en contexto y ver cómo esas diferencias pueden ser el resultado de prácticas sociales que se biomaterializan. De lo que hablo es de nuestra potencialidad biológica, en tanto vertebrados, más allá de la frecuencia con que la lógica de que los cromosomas XX causan el desarrollo de un tipo de gónada ovario y los XY causan el desarrollo del tipo de gónada testículo, o la producción de testosterona. 

Por eso digo que los mamíferos funcionamos con dos procesos biológicos en paralelo, uno que actualiza que tu ovario es ovario, lo reafirma todos los días, y hay otro proceso que impide, a través de regulaciones epigenéticas, que tu ovario devenga testículo. Así, pues, tenemos una bipotencialidad toda la vida.

Y eso invalida el principio de exclusión intrínseco de la categoría de sexo. 

Llegas a decir que un hombre puede lactar también…

Sí, para lactar necesitamos dos enzimas, prolactina y oxitocina, que todos los cuerpos producimos, porque la producción de leche se basa en un estímulo mecánico. O sea que podríamos practicarlo en casa. 

Aquí podríamos incluir la tercerización del cuidado, también: me baso en que hay crónicas coloniales de españoles que relatan que, en Brasil, en algunas comunidades, solo los hombres lactaban.

Sabemos que la cooperación ayuda en la cría de muchas bocas, porque así es más factible que sobrevivan. Entonces, que hoy los varones no lacten no tiene que ver con una diferencia biológica, necesariamente: se trata de un potencial biológico puesto en un contexto.

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Comentarios

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