Cuando una madre y una hija se sientan a hablar sin eufemismos…

La escritora Ana Negri.

El exilio. La dictadura militar de Videla. Las sombras permanentes del pasado. Las cargas familiares. La tensa relación madre/hija. El dolor. La vida. Y la vida que se agota. Esos ‘eufemismos’ que engañan queriendo ocultar la cruda realidad cuando en realidad la hacen aún más hiriente porque se convierten en trampas. Hablamos con Ana Negri, nacida en 1983 en México de padres argentinos represaliados por la dictadura, de su primera y magnífica novela ‘Los eufemismos’ (editorial Firmamento).

Desde el inicio, su libro es un desafío emocional. Desde el título ya se imagina que dejará heridas. Desde la portada se intuye que está lleno de abismos, de desconexiones. Sin embargo, la firmeza con que narra hace que la construcción de los eufemismos por parte de sus protagonistas no desequilibre la necesidad de protagonismo que tienen el dolor y la memoria en su novela. ¿Cómo consiguió organizar esas pausas que habilita entre sus párrafos para que el lector sepa desde el principio que está sentado frente a una historia de mujeres y exilio muy distinta de otras?

La estructura fragmentaria de la novela responde a la imposibilidad de narrar de manera lineal una historia que está marcada por las heridas y los quiebros de todo tipo. Los rotos no podrían tener un cuerpo textual más afín que el de los fragmentos. Eso a mí me permitió ir y venir en la narración del presente de Clara, la protagonista, al pasado; ya fuera al más lejano que recupera la historia de la madre o al más inmediato, el de la infancia y vida de Clara. Fue la manera que encontré para dar cuenta de un pasado que no deja de estar presente y de un presente constantemente atravesado por el pasado. Y lo que sucedió fue que, inevitablemente, los silencios que se generaron entre fragmento y fragmento se cargaron del peso que tiene lo no dicho, de todo lo que cabe en ese trayecto, al mismo tiempo fugaz y eterno, entre temporalidades distintas. De ahí el epígrafe de Pizarnik, que retomo como una suerte de apuesta por lo discontinuo, por lo implícito en los silencios, el coqueteo con el vacío, con la falla.

La madre de su protagonista tiene mucho miedo a estar viva, pero también tiene mucho miedo a morir sin recibir la justicia que se le debe. Escribir esa dicotomía con el pulso y la fuerza con que lo hace implica conocer la geografía de muchos testimonios. Sin embargo, el lector no percibe esa supra alimentación de información en sus protagonistas. ¿Cómo consiguió diluir el peso de tantos remansos hasta convertirlos en un torrente único sin que salga de la boca de la madre de la protagonista con signos de contaminación?

En realidad, es todo lo contrario, la lucha de la madre es por defender su vida, el miedo aparece ante lo que pudiera amenazarla. Hay una voluntad de vivir muy potente en quienes atraviesan esas oscuridades y se aferran a seguir adelante; en el mundo en el que vivimos, resulta incluso contestataria. Esa es la fuerza que orienta la creación del personaje de la madre y que de alguna manera rinde homenaje a un montón de voces de su generación.

Personalizar el exilio de la forma tan extraordinaria en que lo hace habrá supuesto muchos quebraderos de cabeza. Todo está medido, desmenuzado hasta la mínima expresión y refutado por un ritmo narrativo que siempre encuentra el equilibrio entre la luz cegadora que supone el día a día de la hija y la perseverante oscuridad que va desdibujando a la madre. La hija está perdida en mitad de la vida y la madre está perdida en el final de su vida. Sin embargo, ninguna de las dos deja de buscar su recompensa. ¿Supo desde el inicio de la narración que este enfrentamiento tan opuesto y a la vez tan complementario sería la columna vertebral de ‘Los eufemismos’?

Sabía que tanto Clara como su madre estaban atrapadas en el laberinto de un sistema que, en mayor o menor medida, en el pasado y en el presente de la novela, se empeñaba en hacerlas renunciar. Sabía también que los pasillos del laberinto que recorrían no eran sólo los de las oficinas y los trámites, sino los del día a día, los del lenguaje. En ese sentido, los discursos oficiales de la dictadura, el uso que hacían de las palabras desde el Estado era una herramienta más de desorientación. Al escribir la novela me fui dando cuenta de que ese uso perverso del lenguaje no se detuvo; el hecho, por ejemplo, de que se le llame “beneficio” o “recompensa” a la compensación económica que el Estado debe dar por los crímenes de lesa humanidad que cometió, sigue siendo una forma de desviar la atención de la realidad de los hechos que tuvieron lugar en esos años. La situación de la madre, tan difícil de nombrar de manera precisa, suma un nivel más a ese escenario liviano que se trata de construir con eufemismos y que, por no coincidir con la realidad, resulta desquiciante.

La protagonista carga con una serie de parientes no consanguíneos que son para ella un lastre. Camaradas de su madre que jamás caerán en el mal vicio de la delación. Espejos partidos por la mitad, que aun así siguen validando su imagen de mujer valiente e íntegra. Una mujer que es invisible para su hija, porque esa hija solo quiere una madre cuerda que no le dé problemas, que la deje vivir tranquila sus propios dramas, y, sin embargo, no logra librarse de esas sombras por mucho que lo intente. Se sabe tan injusta aunque desoiga la estruendosa voz de su conciencia. No obstante, el lector enseguida asimila, pese a la dedicatoria, que en este libro hay biografía, sí, pero también literatura plural, el eco de tantas y tantas vidas arruinadas por la dictadura de Videla. ¿Hubiese sido más sencillo agarrarse a la auto-ficción total para escribir este magnífico libro que aventurarse hacia lo abstracto de esa sangría militar y humana?

Escribí una novela porque mi apuesta es por la ficción. Mi intención nunca fue contar mi vida o hacer historia, hubiera acudido a otra herramienta de haber sido así. Por supuesto que mis inquietudes y mis preocupaciones narrativas están atravesadas por mis experiencias de vida (no veo cómo podría ser de otro modo), pero la libertad creativa que ofrece la ficción es lo único que me permitía elaborar, desde el lenguaje, algo distinto, algo que pretende mostrar el hilo fino que recorre historias atravesadas por tanto dolor y que, sin embargo, persisten.

Algo que también es admirable en su novela es esa forma en que narra lo difícil que resulta reconocer a la madre cuando la vejez llega, lo difícil que es enfrentarse a la mujer que creemos que la suplanta. En su novela la ternura es un pájaro muerto, un animal hediondo que persigue a sus dos protagonistas. Se nota en el uso que hace de algunos silencios. ¿No temió que ese enfrentamiento extenuante entre dos mujeres sin incluir a un padre ausente y veleidoso tan culpable como la madre del exilio y de la falta de identidad de la protagonista levantase suspicacias entre los lectores? ¿Por qué esa guerra de identidad solo entre ellas?

Empecé a escribir la novela en 2012, antes de que los temas en la literatura se volvieran moneda de cambio. Nunca pensé que estaba escribiendo una novela sobre maternidad, por ejemplo, o sobre cuidados. A mí me interesaba retratar la complejidad de ese vínculo esencial que en gran medida configura la identidad de todo ser humano y que, en particular en la cultura mexicana, resulta intocable, incuestionable, casi como si las personas que ejercen la función materna no fueran personas sino divinidades. La relación de Clara con su madre es una relación muy tensa porque ambas arrastran cargas muy pesadas que les impiden el libre movimiento. Clara y su madre hablan entre ellas, en la medida de sus posibilidades, sin eufemismos. Y esa me parece una muestra de amor mucho mayor que la simple adoración.

Su protagonista se pasa el tiempo esquivando fantasmas propios y ajenos. Fantasmas del pasado, pero también del presente. Página a página el lector se da cuenta de que su protagonista se ha aprovechado del duro exilio de sus padres, sobre todo de su madre, para que casi todo le sea consentido y permitido. Ella escapa, y escapa como si en esa huida pudiese remedar sus heridas, pero, mientras lo hace, cae en una automutilación existencial brutal. Ella construye obstáculos para justificar su supervivencia sin heridas. ¿De dónde nace su debilidad, de su biografía mutilada por el exilio de sus padres?

Una de mis premisas al escribir la novela era priorizar la voz de Clara y no la de su madre, porque si bien la historia de la madre resultaba sumamente atractiva en términos de material narrativo, del exilio se ha hablado mucho y no así de las segundas generaciones. De hecho, aún me parece un fenómeno muy poco trabajado desde la ficción y profundamente incomprendido.

A su protagonista le molesta el caos ajeno, sobre todo el de su madre, pero ella es puro caos. ¿En qué momento decidió que este podría ser el golpe de efecto que acabara siendo para el lector uno de los hallazgos de ‘Los eufemismos’?

Uno de los motivos de la tensión que creo que existe entre cualquier hija y su madre es ese ir y venir entre la identificación y el rechazo. En el caso de Clara, ambos polos son igualmente potentes, pero el momento de identificación le resulta muy terrible por la situación en la que se encuentra la madre. De alguna manera, el caos de Clara es lo que hace posible esa identificación conflictiva en la que la protagonista se empeña en no parecerse a su madre y pone tanto empeño en ello, que termina actuando de maneras también desproporcionadas.

También son muy importantes los juegos de palabras de la protagonista. En un momento decisivo de su debacle emocional enuncia esta frase: “No estoy siendo clara”, sin duda una declaración de intenciones que le da sentido al título y a su manera de moverse entre las vidas que la rodean. ¿Por qué decidió sumirla en esa contradictoria ambigüedad? ¿Por qué no le permitió empatizar con el dolor de su madre? ¿Por qué la expone como un personaje tan alejado de su verdadera naturaleza? ¿Por qué le cuesta tanto reconocer que el exilio de su madre es su propio exilio? ¿Por qué esa huida tan áspera y malhumorada de su árbol genealógico?

Clara actúa de acuerdo con una serie de conflictos internos, características personales y circunstancias que la orientan hacia un lado o hacia otro, las formas en que lo hace son las que me parecían más congruentes con el personaje. En el caso de la protagonista, el conflicto central es que, por más que ella trata de hacer su vida en función de sus deseos e inquietudes, constantemente se le presentan situaciones que la obligan a mirar otra vez hacia el pasado, que la detienen y que, de alguna manera, postergan constantemente esa búsqueda personal.

Para terminar me gustaría darle la enhorabuena por la forma en que narra las torturas durante la dictadura de Videla. Por cómo decide no asomarse a lo macabro, por cómo reinventa el dolor, por cómo manifiesta la senda de las heridas que no pueden tocarse, pero cuya invisibilidad deja una marca dura y encallada en los torturados. Y se nota su respeto absoluto por los supervivientes y por el idioma de su dolor cuando escribe esta frase: “¡Yo no me callo! De esos se trataba todo, a fin de cuentas, de que nos calláramos. ¡La salud de Argentina, según ellos, era nuestro silencio!”.

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