Malas y travestis: “Lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo presta”

La escritora argentina

La escritora argentina Camila Sosa Villada, autora de ‘Las malas’.

‘Las malas’ es un cuento de hadas y de terror. Una historia de travestis, contada desde dentro, que lleva a muchos elementos de la sociedad a enfrentarse a sus más terribles prejuicios, vacíos y complejos. A cargo de la escritora, dramaturga y actriz trans argentina Camila Sosa Villada. “Cuando comienzo a florecer, rezo para que las tetas me crezcan durante la noche, para que mis padres me perdonen, para que me nazca una vagina entre las piernas. Pero no. Entre las piernas tengo un cuchillo”.

“Lo que la naturaleza no te da, el infierno te lo presta”.

Tan solo una verdad más, pero al mismo tiempo tan totalitaria, tan exclusiva, tan devastadora. Un auténtico gueto emocional para las protagonistas de Las malas, la magnífica novela de Camila Sosa Villada. Un canto a la esperanza extrema. Un diario que reinventa el significado de la palabra honestidad. Y cuyas frases son un paraíso inverso e incómodo del que el lector no quiere salir:

“Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la esperanza al mundo”.

Camila Sosa Villada debe hacer testamento cada noche, porque su vida es una incógnita que nadie está dispuesta a resolver. Sabe que debe salvarse sola, sabe que sus amigas mueren por distintas razones y también sabe que su condena a muerte (social) la marca ese vicio lento y pegajoso que es la marginación. Sosa y el resto de sus protagonistas cargan con el longevo peso de los repudiados, con las desacordes lágrimas para su naturaleza. Sosa es libre de mentar al diablo cada vez que abre los ojos, pero no lo es para mentar a Dios:

“El Hombre sin cabeza también tenía talento para la guitarra. Y demoraba nuestra partida al Parque cuando se ponía a tocar canciones tristes que nos hacían llorar lágrimas de mujer y preguntarnos por qué era tan larga la noche”.

Y para contrarrestar su ausencia construye un libro de bellísima e ininterrumpida exageración en el que vemos al Realismo mágico yaciendo con la desesperación y la esperanza, con la fiesta y con el duelo, con la supervivencia y con el abuso en una concatenación de inacabables paradojas que hacen de la narración un oasis filoso en el que, no obstante, es necesario conversar con arista.

Las malas descompone una y otra vez el gesto del lector, y le dibuja una mueca inagotable y trágica cada vez que la protagonista despliega el mapa de violencia que a diario la arropa como si fuese un sudario de tela urticante, que la abriga con saña, que le ulcera la piel y que, sin embargo, no deja de revisar de manera periódica en busca de errores y soluciones:

“Llena de vida, de desesperación, llena de una mujer que no iba a detenerse”.

“No puede culpársenos, teníamos derecho a la ingenuidad”.

“Quien duerme aquella noche es la mitad de mí misma. La otra mitad comienza a ser devorada por el destino que le han programado: ser puta”.

Camila Sosa sabe reconocerse en la marginación, sabe que todos sus posibles nombres le pertenecen a ella. Por eso solo los conformistas y los cobardes querrán desoír lo que cuenta este diario construido por heridas:

“Cuando comienzo a florecer, rezo para que las tetas me crezcan durante la noche, para que mis padres me perdonen, para que me nazca una vagina entre las piernas.

Pero no. Entre las piernas tengo un cuchillo”.

Sosa sostiene frase a frase la realidad gravosa que nadie contempla y la reagrupa:

“Soy un niño todavía, no podría sobrevivir solo en el mundo. Por las noches rezo. Me han enseñado a rezar y yo tengo fe, porque soy pequeño todavía. Me han dado un dios que cabe en un rosario”. 

Es una huérfana emocional a la que los murciélagos susurran canciones de cuna. Es el monstruo itinerante y noctámbulo que asusta a la sociedad por la franqueza de sus movimientos, es el espejo que temen mirar los hipócritas. La lucha de quien nunca gana y que, a pesar de ello, se niega a no jugar. Es purgar con escrupuloso pulso la falsa moral hasta convertirla en una canción muda. Es corear a voz en grito las reflexiones que lleva implícito el desarraigo.

Las malas es una verbena habitada por la tristeza, por el viento, por mujeres que se vuelven pájaros, por meretrices que se retiran porque la noche tiene a bien regalarles un hijo.

Sosa posee una irrevocable obstinación por mantenerse en pie pese a que su destino es caer una y otra vez sobre ese tártaro de lengua ardiente que ha formado la persecución incesante y vergonzosa de su familia.

Sosa es una mujer tierna, enamoradiza, frágil, autónoma pese a los estigmas que la acunan cuando, cansada, herida y somnolienta, llega a pernoctar a esa casa rosa, en ese limbo con fecha de caducidad, regentada por la tía Encarna:

“En el callejón sin salida adonde desemboca la vida de todas las travestis, siempre estamos dándole batalla a la intemperie tratando de trocar un cuerpo muerto por uno vivo, un cuerpo que respire y resista, que sobreviva a las mil muertes que nos pone la parca en el camino”.

Las malas es el itinerario hostil que, mientras dura la oscuridad, transitan las que juraron ser libres a pesar de la vejaciones, del odio, de las enfermedades, de los hospitales que esperan su muerte teledirigida a las mil maravillas por la expatriación social a la que son sometidas. Es el poema que Dante o Rimbaud correrían a firmar, es una bandera blanca, un abecedario con naturaleza redentora.

No dejen de leerla, porque a pesar del dolor está llena de sueños, de promesas, y está exenta de rencor, porque es el homenaje a la luz tantas veces soñada.

No dejen de leerla, porque en su penumbra está el oscuro destino de demasiadas mujeres.

No dejen de leerla, porque leer esta historia es el principio de un sinfín de resurrecciones.

No dejen de leerla, porque la eterna libertad de sus protagonistas depende del mayor número posible de memorias.

‘Las malas’. Camila Sosa Villada. Tusquets. 229 páginas.

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