Malcolm X, auge y caída del ‘príncipe negro’ de EE UU

Malcolm X, auge y caída del ‘príncipe negro’ de EE UU

Denzel Washington, como Malcolm X, en una imagen de la película.

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Se cumplen 30 años del estreno de ‘Malcolm X’, la película de Spike Lee sobre una de las personalidades políticas más relevantes y controvertidas de la historia estadounidense del siglo XX. Activista, predicador del Islam y de un nacionalismo negro, encendido agitador contra el racismo, su figura, a medias realista, a medias ennoblecida tal y como la concibió Lee, percute en un presente en que la condición del color de la piel pesa aún como prejuicio en la conciencia del país americano. Repasamos la película y su eco actual en el contexto del movimiento ‘Black lives matter’.

El hombre yace en el suelo de una calle, rodeado de varios policías que lo apalean una y otra vez. La imagen en blanco y negro es granulosa, deficiente, tomada a distancia del lugar donde ocurre la agresión. El año es 1991. El hombre, negro, se llama Rodney King y es, entonces, la última víctima de una inextinguible, ya secular, lista de brutales ataques racistas en Estados Unidos. Cuando pocos meses después Spike Lee acceda al cenáculo de la élite de los directores de Hollywood para rodar Malcolm X elegirá, como pórtico de la película, esas imágenes rodadas en vídeo de ocho milímetros por un aficionado. Habían pasado 26 años del asesinato de Malcolm X y sobre las gentes de color –venía a subrayar la secuencia de la paliza– seguía recayendo la furia irracional de sus propios compatriotas. Las denuncias y proclamas lanzadas desde incontables tribunas por esta figura política central en la historia de Estados Unidos del siglo XX mantenían el hiriente acento de su rabia contra aquellos “hombres blancos” que descargaban la violencia contra los “hombres negros”.

La progresión de Lee como cineasta hasta hacerse con el proyecto de Malcolm X había sido notable a partir de su debut en 1986 con Nola Darling, una película íntima e irónica de unos 175.000 dólares de presupuesto. Antes de rodar la biografía del activista y predicador negro había estrenado Jungle fever, un drama interracial cuyo coste había ascendido a 14 millones de dólares. La rentabilidad y prestigio creciente de sus filmes militantes por la causa negra le habían creado una cierta consideración en el impredecible sistema de Hollywood, proclive a cooptar talentos ajenos para grandes (o medianas) producciones, tal vez, como iba a ocurrir en este caso, discursivas, de un sesgo, como lo denominan allí, liberal.

Aunque el proyecto no le pertenecía, cuando Lee tuvo conocimiento de él pujó para que lo contrataran. El personaje y su biografía le fascinaban desde hacía tiempo y había fantaseado con la posibilidad de dedicarle una de sus películas. Quién sino un director negro, como él, era el más capacitado para abordar en el cine una personalidad como aquel mito perdurable entre las gentes de color.

A principios de los noventa, el flujo de dinero regaba grandes producciones de Hollywood interesadas en la historia del mundo, propia y ajena, del siglo XX. JFK, la película de Oliver Stone sobre el asesinato de Kennedy, recibió de presupuesto 40 millones de euros, y La lista de Schindler, el Holocausto según Spielberg, unos 23 millones; lejos aún, no obstante, de superproducciones tecnológicas como Terminator 2, cuyo coste rebasó los 107 millones de dólares. No cabe duda, por tanto, de que, con una inversión de unos 34 millones de dólares, Malcolm X fue una de las grandes apuestas del Hollywood de aquella época.

El gesto ampuloso con el que se abren paso las primeras imágenes de la película parecía más bien dar sentido a la necesidad de subrayar el valor de la inversión que respaldar una decisión artística. Con dinero, uno podía ordenar que la cámara se situara en lo alto y realizara en un único plano un enorme travelling descendente para acercarse a los zapatos del personaje que interpreta el propio Spike Lee (un amigo del aún joven e imberbe Malcolm Little, interpretado por Denzel Washington), que seguidamente camina por una calle atestada de gente, atravesada por automóviles, cruza bajo las vías de tren de una estación elevada y entra en una barbería. Sí, qué placer no sopesar el número de extras o de coches o de técnicos que debían ponerse en movimiento a la orden de acción; qué satisfacción contemplar pequeñas masas agitadas, gritando, protestando en avenidas o ampliar en la oficina donde redactaba el guión el número de páginas, que aumentaban la duración de la película: dos horas, dos horas y media, tres horas y 22 minutos, por fin, ante el interminable escándalo de los estudios.

¿Quería Hollywood una biografía domesticada, según su propia tradición de cine biográfico de figuras icónicas del país (Lincoln, Patton, Glenn Miller, Cassius Clay)? Desde luego, cualquiera que hubiera seguido la obra militante antirracista de Lee no podía llevarse a engaño sobre el tratamiento que iba a darle a la vida de Malcolm X. La reproducción de fragmentos de sus discursos contra los “hombres blancos” caracterizados como “demonios”, sus convencidas afirmaciones sobre la necesidad de establecer dos naciones (la blanca y la negra) en el mismo país, pero separadas, o la explicación del asesinato de Kennedy como respuesta –viene a decir– a la violencia que sembró no ocultan el sesgo de ira y radicalismo del personaje.

El relato de esta vida, que se apoya en La autobiografía de Malcolm X, contada por este al escritor Alex Haley, sigue un curso canónico habitual en la ficción: el del auge y caída de un héroe, que Lee traza en tres movimientos. El primero, referido a los orígenes de un hombre que en su primera etapa se desempeñó como un vulgar buscavidas violento. El segundo, el momento de la revelación, cuando, encarcelado, se convirtió al Islam y contribuyó al auge del movimiento que lo rescató y lo acogió, la Nación del Islam, mientras iba creciendo en torno a él un aura que, a principios de los 60, lo realzó como una de las voces furiosas de la rebelión contra su propio país (por su racismo, por su clasismo). Y el tercer movimiento, el de la ruptura con la Nación, que desembocó en su asesinato en 1965, paradójicamente a manos de representantes de esta corriente religiosa, en lugar, como hubiera sido consecuente, de los racistas contra quienes había fundado el periodo decisivo de su vida de lucha.

Las dimensiones del filme, sin embargo, domesticaron el compromiso artístico del propio director. De la intimidad filmada en blanco y negro de Nola Darling o de la sátira colorista antirracista de Do the right thing quedan rasgos en Malcolm X, pero a partir de la conversión de este al Islam, Lee empeña el relato en un enaltecimiento del personaje, hasta el punto de que lo aproxima al cliché de las biografías hollywoodienses: el escogido y causal orden cronológico, la selección de momentos públicos, canónicos, repetidos en otras evocaciones del personaje, eluden la complejidad de sus contradicciones u ocultan su desnudez, cuando la máscara de su figura cae en el espacio de la más vulgar privacidad.

Spike Lee y Denzel Washington en Malcolm X.

Hasta hoy, hasta el movimiento ‘Black lives matter’

Con la apología de un héroe caído, Lee roturaba, además, un terreno en el que, casi tres décadas después del estreno de Malcolm X, se reproducían las mismas agresiones contra la gente de color. En 2020, el hombre negro fue George Floyd, asfixiado por un policía blanco al que condenaron por estos hechos a 22 años de cárcel. A diferencia de lo que ocurrió en 1992, cuando la muerte de King incendió literalmente parte de la ciudad de Los Ángeles, la reacción de hace dos años tuvo un eco global al cristalizar en un movimiento cuyo nombre resume esta época de combate antirracista: Black lives matter.

A su modo (un modo insuficiente si hay que medirlo por los efectos), el cine de Hollywood había venido levantando, especialmente desde la década de los 90 y con Lee como adalid, testimonios explícitos contra el racismo como una de las enfermedades contaminantes del país. Arde Mississippi, de Alan Parker; Detroit, de Katherine Bigelow; Selma, de Ava DuVernay, o Doce años de esclavitud, de Steve McQueen, evocan, no por casualidad, la década más convulsa en la historia norteamericana del siglo XX: un tiempo de esperanza y agitación en que se afirmó la creencia en una mutación social inevitable. Una creencia vana, si se piensa en el racismo.

Lee es consciente en su película de que esa historia aún no está restañada. A los 30 años del estreno de Malcolm X, su discurso se mantiene intacto. ¿Cómo acabará? ¿Asume hoy el cineasta el mensaje de su personaje con el que cierra la película? ¿El de ese joven valiente, “nuestro príncipe negro”, que declara su derecho a ser hombre, un ser humano respetado por la sociedad, y pretende hacerlo valer “por cualquier medio que sea necesario”? El curso actual de la lucha antirracista no parece discurrir por esas vías violentas, sino por las más democráticas de la protesta y la ley, aunque Malcolm X esgrime durante el tiempo en que uno la ve un extremismo, digamos, poético, como se aplica a la justicia que redime de las injusticias a través de la ficción.


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