María Camba y César Portela: un encuentro sobre la fiesta, la felicidad colectiva

Detalle de la piñata de Astorga. Foto: Juan Carlos Quindós.

Encuentro entre María Camba y César Portela dentro del proyecto ‘Piñatas y Carnaval: los hilos de la memoria’, que impulsa el MUSAC: Fotografía de Óscar Corral / Cortesía MUSAC.

El arquitecto y premio nacional de Arquitectura César Portela  (Pontevedra, 1937) y María Camba, que formó parte de su equipo y hoy es responsable del proyecto Piñatas y carnaval. Los hilos de la memoria’, del MUSAC de León, nos hablan aquí de la fiesta, la felicidad colectiva, la transgresión. Lo necesitamos. Durante este encuentro tan especial que recogemos en ‘El Asombrario’, María y César reivindican, en estos momentos de aislamiento social por la pandemia, experiencias que podrían ayudar a organizar un nuevo sentido común dedicado a defender la vida. Desde revisar las prácticas y formas de trabajo en cultura, al apego a hacer y pensar coralmente o la importancia de lo popular en la preservación del medio natural.

Esta propuesta de creación contemporánea se ha puesto en marcha desde el programa de ayudas a la creación y difusión de la cultura del MUSAC  (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León), la Convocatoria Laboratorio 987, y cuenta con la coproducción del Ayuntamiento de Astorga. La iniciativa incluyó dos fases: por un lado, la investigación de la autora sobre el origen del popular juego de piñatas; de otra parte, la realización de la gran piñata que cierra el singular carnaval de Astorga, una celebración que se conoce con el nombre de Piñata.

CÉSAR PORTELA: Cómo comenzar María… He revisado tu proyecto y la propuesta me transporta, me muevo entre recuerdos de viajes y estancias fuera de Galicia. Concretamente, las imágenes de la piñata que has realizado me llevaron a dos situaciones en México que mi memoria guarda. Por un lado, sus mercados, esos espacios en los que te llevarías, por su belleza, todas las cosas, pero no lo haces, porque luego no tendrías dónde ponerlas. Y, en segundo lugar, a la persona de Luis Barragán -en medio de nuestra amistad-, ambos encontrábamos valores incalculables en la artesanía como expresión de las personas, como objetos disponibles para cualquiera, como materiales que -a diferencia de lo realizado industrialmente- son únicos.

MARÍA CAMBA: El trabajo que se transmite de persona a persona tiene mucho valor para mí, pues nace del corazón. Por mi parte, desde hace cinco años dirijo el estudio Más que Piñatas; quise saber hasta dónde podía llegar con mis manos, un cúter y unas tijeras. Desde el comienzo, me di cuenta de que las piñatas se encontraban infravaloradas y que su historia no había sido registrada. Se iba a perder la historia de este objeto y su ritual milenario. Y me dispuse a realizar esa investigación. Decidí viajar justamente a México, pensando que podría encontrar allí registros, pues es donde más arraigo tienen hoy. Y, efectivamente, en DF visité la Casa Gilardi del arquitecto Luis Barragán; recuerdo su mítico pasillo amarillo con diferentes elementos como esas tres esferas de espejo, que son antiquísimas y que proceden de unos campesinos de Chiapas.

Quema de la Piñata en Astorga, León. Foto: Juan Carlos Quindós.

En ese sentido, me gustaría pensar que algunas de sus inquietudes se encuentran también en mi práctica. Desde luego Piñatas y carnaval. Los hilos de la memoria quiere reivindicar una de las consignas que promueve el arquitecto mexicano, como es la necesidad de abrir un diálogo entre la artesanía y el arte, es decir, conformar otras luces entre la figura del artista como creador de realidades y la cualidad de la artesanía para aunar espacio y tiempo. Cuando hablas de los lugares a los que te remite este proyecto, quisiera señalar que también descubrí algo, y es la capacidad de la artesanía para viajar; el desplazamiento se encuentra implícito en su seno, toda vez que al transmitirse de generación en generación, las artesanías nos permiten caminar entre las vidas de las personas. Solo hay que dejar que los objetos hablen.

CÉSAR PORTELA: Sí, sí, sí. ¡Claro! Añadir que Luis Barragán decía que su arquitectura no tenía ningún valor, que el valor a ésta se lo daba la sal. Para él, la sal de la arquitectura era el color. Creo que no le damos hoy la importancia que le corresponde al color. Creo que al color, muy influido por Barragán o por mi padre, que era dibujante y pintor, pero sobre todo por Barragán, le doy tanta importancia en la arquitectura casi como a la distribución, porque es que además incide en ella o en el espacio…

MARÍA CAMBA: Tanto gris, tanto blanco, tanto negro… Cuando entras en trabajos realizados por ti como el Semáforo de Finisterre o el Museo del Mar, está el color. Eso es una cosa que siempre reconozco en tu arquitectura.

CÉSAR PORTELA: En el ambiente del Museo del Mar tiene que estar el color de alguna manera… El lugar es casi como una transición de tierra firme al mar -a través del museo- y entonces ya ahí empiezas a ver un poco esos azules… Pero a los artesanos es una cosa que les sale solos… A mí me cuesta. Es una cosa como muy… Intentar apartar la racionalidad y dejarse fluir hacia la sensibilidad y el color. En la artesanía se da naturalmente, por ejemplo los marineros cuando pintan sus casas o sus barcos te maravillan. Te vas a un puerto y ves los colores de sus barcos y te maravilla, y eso no lo aprendieron de ningún artista, ni ningún arquitecto, ni ningún ingeniero naval.

Y después otra inclinación, otro toque que me reafirma en esto de la importancia del color son los pigmentos: desde los estucos andaluces a las casas de Marruecos o los colores de los trajes en Níger. Los pigmentos son una cosa asombrosa. Simplemente pongo un puñado de este pigmento encima de una mesa y ya me alegra la comida.

MARÍA CAMBA: A veces olvidamos hasta qué punto tanto academicismo y tanta erudición nos condicionan. Si dejáramos salir en más ocasiones lo que nos nace de dentro… La artesanía es una de las cosas más sostenibles que existe: contexto local, materiales respetuosos con el medioambiente… Si bien una problemática que apuntas, y que he encontrado al desarrollar este proyecto, es la distancia que en ocasiones se percibe entre la creación contemporánea y las personas, y cómo pueden salvarse las fricciones entre lo popular y lo contemporáneo en el desarrollo de un proyecto.

CÉSAR PORTELA: Claro, claro, es cierto. Eso lo ves también aquí, en Pontevedra, María. Creo que no hemos valorado o integrado suficientemente lo popular en nuestra mirada ¡Es verdad! Ahí está… Ahora pienso en la arquitectura popular. Al pasear por Galicia, todas las casas que tiene más de 50 o 60 años, creo que no cambiarías el emplazamiento de ninguna, porque están donde tienen que estar… Todo. Y además están en el punto donde la tierra o bien no produce o bien se trata de una zona pedregosa. Todo está en su sitio. Eso también, fíjate, creo que lo da el tener tiempo. Creo que es muy importante, porque te permite pensar. Y el pensar te permite alcanzar otro tipo de visiones, tomar otras decisiones, quiero decir. Creo que, si te paseas por esos hogares que te decía, por la arquitectura popular, es difícil entrar en una casa cualquiera y que sobre algo. No sobra nada. También diría que a tu trabajo no le falta ni le sobra nada…

MARÍA CAMBA: Creo que una experiencia clave que me ha servido ahora en este proyecto es conocer contigo el territorio y cómo escuchabas tú a las personas. Ese respeto y ese saber escuchar al territorio al que llegas para hacer algo es un aprendizaje que he intentado aplicar. Al final, cuando haces algo, esto tiene que ser desde el respeto al que tienes enfrente y a lo local, al contexto, pero también al cuidado en los tiempos porque, en definitiva, es el aspecto humano el que tendría que estar más presente en el trabajo.

En mi caso, he estado trabajando durante un año con el Grupo de Mediación de la Convocatoria Laboratorio 987 para configurar la propuesta. Junto a la investigación, era importante para mí realizar una piñata. Se podría haber presentado en la explanada del MUSAC, pero queríamos ir un paso más allá. Y hemos conseguido cooperar con personas allí donde la tradición sigue viva; es el caso de Astorga. Esto también lo he podido hacer gracias a sus habitantes. Realicé la piñata de su carnaval, una celebración que recibe el nombre de Piñata por mantener viva la tradición del popular juego.

Detalle de la Piñata de Astorga 2020, de María Camba. Foto: Juan Carlos Quindós.

Pero, claro, no quería aterrizar allí como una paracaidista, digamos, y pregunté primero a las asociaciones culturales del municipio, hasta que dimos con Julián Velasco, la persona que recupera la tradición tras la dictadura. Él nos conecta con las personas que defienden la tradición en la actualidad. Confiaron en el proyecto. Y escucharlas y establecer juntos una hoja de ruta común no significa resignación, condescendencia, perdida de autoría, marca o creatividad. Desde el respeto mutuo, uno puede hacer lo que le viene en gana. Por mi parte, propuse realizar talleres previos de estandartes y máscaras, para compartir aprendizajes, hacer prototipos del trabajo y conectar ya con personas del municipio. Muchas de ellas fueron aliadas en la celebración posterior. Entre estos cómplices, hay que destacar la coreografía que realizó el grupo de teatro de calle, A ras de suelo, quienes cada año, el Domingo de Piñata, convierten la Plaza Mayor de Astorga en un gran escenario para compartir una experiencia común. Y la edición 2020 no ha sido la excepción.

En lo que se refiere a la piñata, además de papel y cartón, para su creación utilicé las lanas del Val de San Lorenzo, la lana propia de la región en la que se inscribe este proyecto, la Maragatería. A su vez, el ritual de la piñata puede leerse como una representación popular del Big Bang. Explosión, cambio y creación constelan en esta celebración. Con ella se entierra el tiempo viejo, se realiza el tránsito del invierno a la primavera. Pensando desde ahí, lo que nos traen las piñatas es la destrucción en tanto trasformación. De entre las referencias que he manejado alrededor de la destrucción, he querido subrayar a Los Panero para preguntarme qué sucede con la familia tradicional; al filme Akira de Katsuhiro Ōtomo para profundizar en cómo las redes sociales y las tecnologías -como modelo de prosperidad- pueden acabar sometiendo y aislando a las personas. Y el Aquelarre de Goya, en el que se presenta la figura del macho cabrío -el patriarcado si quieres- desde un personaje característico de los carnavales arcaicos.

En otro orden, creo que hay cosas que te marcan en la infancia, que se quedan dentro de uno y luego salen. [Como una piñata al romperse]. En mi caso, de pequeña, iba a Verín, en Galicia, a ver a mis abuelos, recuerdo con nitidez sus carnavales. Es algo que se te queda grabado. Está ahí. Y, por cerrar con dos referencias importantes, la artista sueca Hilma af Klint y su pirámide… o Damselfrau (Magnhild Kennedy) [artista noruego residente en Londres famoso por sus máscaras] son inspiraciones que hoy ensanchan esa memoria de mi infancia.

CÉSAR PORTELA: Preparaste una gran queimada con tus referencias. Los tiempos traen eso… Muchas veces aprendes tanto en una carpintería como en el estudio.

Mi padre me decía: ojo, escucha a tal persona, que vas a aprender más escuchando a ese cantero. Y, seguramente, luego el artesano parece que trabaja él solo, pero le ayuda el nieto, el vecino o el otro o el de más allá. La vida es una cosa mucho más coral, más colectiva… Es como las fiestas. En las hogueras de San Juan, por ejemplo, la gente iba buscando ramas de los árboles que se caían, se podaban, se lo fabricaban entre todos. Recuerdo que en días de carnaval en Pontevedra, en todos los pueblos, era fácil ver cómo las personas lo pasaban tan bien en el baile de carnaval como haciéndose el traje. Las murgas de Cádiz no le costaban nada a nadie, más que lo que bebían, porque lo demás era pasearte por las calles… Una fiesta es ante todo la posibilidad de transgredir lo que fuera.

MARÍA CAMBA: Gracias a este proyecto he redescubierto el placer de trabajar con las manos. Durante mis años como arquitecta trabajé con autocad y, de pronto, cuando tú creas un objeto con tus propias manos, te estás saltando muchos pasos intermedios; es un disfrute máximo. En Astorga, es muy curioso, se trata del carnaval más tardío en el calendario, se celebra el fin de semana posterior al miércoles de ceniza, y no el anterior como es habitual. Entre los festejos destaca su multitudinario y alegre desfile, así como ser uno de los pocos lugares que mantiene el popular juego de la piñata, un festejo que termina con la quema del objeto, en lugar de su habitual rotura; así dan allí la bienvenida a la primavera. El año que viene la tradición cumplirá ya 40 años. Con la quema de la piñata que hicimos, lo más bonito para mí fue la sensación de experiencia común, de reunirse en torno al fuego. Además, como el fuego tiene esa connotación tan ancestral… Un momento de compartir felicidad, aunque sea breve. ¡Eso tiene un gran valor para mí! Es que estoy provocando en los demás un momento de alegría. Esto justifica todo el proyecto.

CÉSAR PORTELA: Si las personas descubrieran el disfrute que existe en el hacer por uno mismo…, toda celebración en comunidad comienza ahí. Yo estoy convencido de que la gente que abandona el rural muchas veces es para comer, pero otras muchas es porque no tiene esa ilusión y ese apego a la tradición, que es también lo que a veces te compensa de estar en un sitio. Las celebraciones y sus rituales tienen un sentido, sirven para dar satisfacción a los anhelos que las personas tenemos. Mira, ahora me convierto en princesa, ahora en no sé qué… Es muy bonito.

MARÍA CAMBA: Ahora mismo, la parte que más me interesaría de trabajar con las piñatas es conocer más sobre el ritual. Ya en el siglo XII se usaban piñatas en la Europa medieval, me parece increíble que pueda desaparecer casi totalmente en nuestro país. El punto de inflexión aquí fue la Guerra Civil y la dictadura. El último domingo de Carnaval, a día de hoy, se continúa denominando Domingo de Piñata en muchos municipios. El nombre ha prevalecido, lo que demuestra que existía una gran tradición. Y lo peor es la geopolítica del objeto y su ritual. Éste ha venido de vuelta –importada de Estados Unidos– como una horterada para los cumpleaños. O como Halloween. Quizás nuestra generación ya no lo pueda entender, pero el Carnaval era la fiesta de cambiar el tiempo y los roles, el pordiosero es el rico, el devoto se vuelve incrédulo, el militar decide hacerse domador de leones… Las reglas se diluyen. Es una catarsis comunitaria total. Ahora, cuando creíamos que teníamos tanta libertad, a lo mejor no somos conscientes del significado de los carnavales, de sus posibilidades.

CÉSAR PORTELA: Sí, sí y sobre todo que esto es producto también de una sociedad que se está cociendo en el consumo. Hoy en día es más facilón ir y comprar tres disfraces. Ahora, cuando hablamos de fiestas, de celebraciones, su traducción es cuánto se van a dejar en dinero las personas que acudan. Te viene todo esto a la memoria porque es cierto. Es que las personas no necesitaban que existieran muchas mercancías, se lo hacían ellos. Ahora toda esa empresa que produce miles y miles de kilos de ropa tiene que venderlos, de alguna manera, hay una guerra declarada –o soterrada– contra la vida. Esta sociedad lo que produce es beneficio. Yo usé pantalones de pana de mi abuelo, que había usado mi tío, mi padre y después yo. Ahora imposible, imposible porque se tienen que romper, porque el año que viene se siguen fabricando y tienen que seguir vendiendo.

MARÍA CAMBA: Sí, beneficio. Cuando divertirse es algo muy serio, a la vista está. Las manifestaciones culturales son esenciales para comprender la evolución de creencias y los valores del ser humano. Una buena fiesta significa la unión, el compartir, la expansión de la conciencia. Volviendo a ese cuidar los tiempos, y para cerrar este encuentro, otra experiencia que me gustó mucho cuando estuve en Pontevedra trabajando contigo son esos tiempos como más lentos de tu arquitectura, ese respeto por el territorio, por cuidar, cuidar la madre Tierra es lo que tenemos. Me acuerdo mucho de la primera vez que fuimos a Finisterre para desarrollar el Plan Director del Cabo de Fisterra, me acuerdo cuando me explicaste con indignación –era muy emocionante escucharte– que habían hecho un vertedero en el Mirador del Centolo, uno de los paisajes más increíbles que he conocido.

CÉSAR PORTELA: Sí, sí. Sí, sí, pues yo allí fui repetidas veces con mis hijos. Era una cosa terrible. En el sitio más bonito, aquella escombrera… ¿Cómo es posible? Y andando el tiempo que comentas, siempre me motiva mucho pensar cuando hicimos el Plan de Finisterre para acabar con aquella cosa. ¿Cómo estamos de degradados mentalmente para poder hacer eso? ¿A quién se le puede ocurrir? La felicidad tampoco es tener una cuenta corriente en el banco para poder consumir; la felicidad podría ser tener la posibilidad de realizarte como persona.

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