María Novo: “El reto de nuestra sociedad es hacer el viaje a la sencillez”

La catedrática de Educación Ambiental y escritora María Novo.

“Las ciudades grandes se han convertido en ladrones del tiempo”. “La capacidad de trabajar en común favorece el sentido de pertenencia y contribuye a crear comunidad”. Son frases del último libro de la coruñesa María Novo, toda una pionera en España en educación eco-social, escritora, conferenciante, catedrática emérita de la UNED, pero sobre todo una filósofa que apuesta por una forma de vivir más tranquila y, en consecuencia, más acorde con la naturaleza y más gratificante. Su título no deja lugar a dudas: ‘La sociedad de las prisas’ (Ed. Obelisco). En sus páginas hace el diagnóstico de unas sociedades en las que hay muchas obligaciones y distracciones que secuestran nuestro día a día, a la vez que desgrana algunas propuestas para conseguir esa libertad real que nos dejamos arrebatar.

¿Qué te ha llevado a esta reflexión sobre el valor del tiempo?

No es nueva. Ya en 2007 comencé a interesarme por este tema. Junto con Carlos Montes y otros colegas y amigos participé en la creación del movimiento SlowPeople (gente que quiere ir más lenta por la vida). Más tarde, viajé a Italia para investigar sobre la relación entre los usos del tiempo y la sostenibilidad. Allí pude conocer de primera mano experiencias como el movimiento Slowfood, las ciudades lentas, los bancos del tiempo… A mi regreso, venía llena de ideas y escribí el libro Despacio, despacio: 20 razones para ir más lentos por la vida, que se publicó en 2010 y se tradujo a múltiples idiomas. Tras la pandemia, la editorial me animó a escribir otro nuevo, dado que estamos en un momento distinto, la sociedad ha cambiado y las formas de vida y de aceleración también.

En estos casi 15 años, ¿qué ha pasado con ‘nuestro tiempo’?

Hemos ido a peor, tanto en lo económico como en lo ecológico. La economía cada vez nos hace ir por la vida más deprisa. Los objetivos de las empresas son ganar siempre más que el año anterior y la vida laboral de la mayoría de las personas es muy estresante. Por su parte, la tecnología ofrece tantas distracciones que el tiempo libre frecuentemente pasa deprisa o al margen de unas relaciones interpersonales de calidad. En nuestras sociedades se están perdiendo valores tan importantes como el uso de la palabra. Hoy muchos jóvenes se comunican solo por whatsapp, no les gusta usar la palabra hablada, una gran conquista de la humanidad. Ahora hay más ladrones de tiempo que hace 15 años porque los estímulos para producir y consumir rápido son cada día mayores.  Por no hablar de la manía que se ha generado de estar todo el día viajando de un lado a otro. El turismo se está convirtiendo en una plaga que destruye naturaleza, ahoga la forma de vida de algunos barrios urbanos y contamina mucho con los vuelos. Mientras tanto, destruimos el mundo natural y perdemos el sentido de comunidad.

¿Qué podemos hacer para escapar de esa sociedad apremiante?

Lo primero es parar, sentarse a pensar y decidir de qué lado se quiere estar: de los que van siempre corriendo y no tienen vida propia, o de los que quieren recuperarla. Hay que aprender a decir no. Un amigo mío dice que no es una frase… Aunque, claro, no siempre es posible. Hay personas que tienen tres trabajos y no pueden dejar ninguno porque lo que ganan no les llega para vivir. Dicho esto, hay que tratar de crear comunidad. Nuestras sociedades son, cada vez más, lugares de desarraigo para mucha gente. Los vínculos entre las personas se van restringiendo por falta de tiempo, estímulos tecnológicos, cansancio…

¿Es posible crear comunidad en las grandes ciudades?

Para contrarrestar el desarraigo, sería deseable que los modelos de ciudad se fuesen adaptando a las personas, a las necesidades de la vida cotidiana. Hay bastantes experiencias en este sentido, como las “ciudades de los 15 minutos”, aquellas en las que se puede tener cubiertas todas las exigencias de la vida diaria (centros de salud, colegios, supermercados, ocio…) en un radio de 15 minutos caminando o en transporte público. Así se favorecen los vínculos entre las personas y una vida sosegada. París está tratando de hacerlo con algunos barrios.

En mi libro cuento la experiencia de “la república de los hipervecinos”, una iniciativa desarrollada en el distrito 14 que comenzó montando una mesa de 200 metros en la calle e invitando a los vecinos a que bajasen comida para estar un tiempo juntos. Esa experiencia creó las condiciones para compartir actividades, conocerse mejor, hacer cosas juntos, intercambiar habilidades y saberes… También en las grandes ciudades se puede crear comunidad. Tengo la suerte de vivir en una ciudad pequeña, de 80.000 habitantes, cuyos barrios más recientes han sido diseñados pensando en estos criterios. Una urbe que está estructurada en núcleos que son bastante autosuficientes, pero bien conectados entre sí.

¿En qué momento nos olvidamos de lo pequeño y necesario para desear cada vez lo más grande y en más cantidad?

Creo que esa fascinación de Occidente por lo grande ha llegado a un punto que, en mi opinión, resulta nociva. Siempre se ha admirado lo monumental, aquello que nos sorprende y recuerda nuestra pequeñez. Hasta ahí puede considerarse algo natural. El problema es que, en las sociedades modernas, hemos incorporado esa fascinación a los sistemas económicos, urbanos, tecnológicos. Y se ha identificado lo grande como símbolo del éxito: empresas más grandes, enormes megalópolis, redes de comunicación en constante crecimiento… Lo grande está siendo una aparente seña de prosperidad, a mi modo de ver ilusoria y peligrosa.

La pregunta es si no seríamos más felices viviendo con modelos intermedios que se adaptan mejor a las capacidades y requerimientos humanos. Ya en los años 70, Schumacher defendió este modelo en su libro Lo pequeño es hermoso. De haberle hecho caso, hoy tendríamos ciudades a escala humana y formas de vida menos vulnerables. Lo grande es muy vulnerable. Lo vimos en la crisis financiera de 2008: la caída de un banco, una pieza de un gran sistema bancario, arrastró a todas las demás. Y, mirando muy atrás, podemos ver el ejemplo de la extinción de los dinosaurios. Cuando cayó un meteorito, ellos fueron los primeros en desaparecer, mientras que sobrevivieron los pequeños lémures, precursores de los mamíferos, que vivían en las grietas del sistema.

 En el libro hablas de lo “glocal”. ¿Qué significa?

La expresión glocal tiene que ver con que podemos vivir en una comunidad local y a la vez estar conectados con el mundo y participar de lo que ocurre a escala global, de los problemas generales, las tendencias… Así es como se opera hoy en la mayoría de los asuntos, gracias a internet y demás sistemas de comunicación. Se trata de sentirnos ciudadanos y ciudadanas del mundo, aunque operemos en nuestros limitados espacios regionales, comunitarios, locales…

En estos cambios que propones, ¿qué podemos aprender de la naturaleza?

¡Podemos aprender tanto! Para empezar, en la naturaleza se cumple una constante: la profusión de lo pequeño. La posibilidad de presencia de un miembro de una especie viva en una comunidad estable decrece exponencialmente en relación con su tamaño: en el planeta hay más bacterias que insectos, más insectos que conejos, más conejos que zorros… Hay que cuestionar el mantra del “crecimiento constante” que está llevando a la destrucción de muchas formas de vida: los seres humanos crecemos hasta los 18 o 20 años y después paramos de crecer, pero seguimos desarrollándonos. Y tenemos mecanismos que lo regulan. La economía tendría que aprender estas reglas, porque la tendencia al crecimiento ilimitado en un sistema finito, como es este planeta, solo conduce antes o después a un mundo abocado al colapso.

¿El cambio que necesitamos lo ves ahora en esta sociedad de las prisas?

Me gusta fijarme en quienes crean alternativas. Hay gente joven, como la del movimiento Fridays For Future y Greta Thunberg, que defienden un modelo de vida nuevo, sencillo, lo que es muy importante. Esta es una parte de las generaciones jóvenes que ya no se deja seducir por el dinero y busca una vida de calidad, basada en el respeto a la naturaleza y la sobriedad. Otro ejemplo es el fenómeno de la “gran dimisión”, que ocurrió en Estados Unidos tras la pandemia y en Europa en menor escala: la gente abandonó trabajos penosos para buscar una vida con menos dinero, pero más tiempo de calidad.

Aquí y ahora, veo a muchas personas haciendo cambios con ese objetivo, aunque no salen en los informativos. Pero que no se vean no quiere decir que no existan. Los medios no se hacen eco de estas formas de actuar pese a que son simientes de las que se puede aprender. Es necesario que se difundan. Tenemos sobre nuestros hombros una catástrofe ambiental y es importante contar qué se puede hacer para cambiar. Hay que poner la mirada en lo pequeño, lo descentralizado y lo que crea comunidad para emprender el viaje a la sencillez, que es el viaje a la cordura.

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    Por Newsletter 22 de febrero: Gente pequeña haciendo cosas grandes - Noticias Positivas, el 29 febrero 2024

    […] — María Novo: “El reto de nuestra sociedad es hacer el viaje a la sencillez” ElAsombrario […]

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