'Maricón de qué’: grítalo con orgullo (sobre todo hoy)

‘Maricón de qué’: grítalo con orgullo (sobre todo hoy)

El escritor Nando López. Foto: Sergio Cuesta.

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Hoy, 16 de diciembre de 2021, la ultraderecha representada por Ayuso y Monasterio llevan a la Asamblea de Madrid la reforma, recorte o derogación de las leyes de protección al colectivo LGTBI. ‘El Asombrario’ se suma a la protesta por tal vileza publicando un extracto de uno de los relatos de ‘Presente Imperfecto’ (Dos Bigotes), el nuevo libro del conocido autor en defensa de los derechos LGTBI Nando López. En él cuenta la rabia, la indignación, la tristeza, el miedo por el asesinato el pasado verano del joven Samuel Luiz, en A Coruña, a patadas y golpes de una jauría humana que le gritaba ‘maricón’. Ni un paso atrás. Ni una concesión frente al odio.

***

3 de julio, 3:28 pm

@andreageesto

Acaban de matar a un amigo mío, al lado de Riazor ayer a las 3:00 de la mañana.

Lo han matado por su orientación sexual.

Tenía 24 años.

Si visteis algo, por favor, contactad conmigo.

#justiciaparaSamuel

DEP

Mi ángel.

En cuanto el tuit salta en mi pantalla me quedo lívido y tardo unos minutos en reaccionar. Trato de serenarme y busco fuentes que corroboren si ese horror que se describe en tan escasas líneas ha ocurrido realmente o si se trata, como en otras ocasiones, de un bulo que no quiero contribuir a viralizar.

Confío, mientras salto de enlace en enlace, en dar con algo que lo desmienta, porque no quiero que sea real. Necesito confirmar que no ha habido ningún joven de veinticuatro años que haya sido asesinado esta madrugada. Ningún joven que, en plena semana del Orgullo, haya sufrido la violencia de la turba por el simple hecho de ser quien era.

Lleno mi navegador de pestañas que me guían a través de titulares confusos y, peor aún, ambiguos. De momento, las agencias de noticias ni siquiera le otorgan un nombre y tardo el tiempo que dista entre la escritura del párrafo anterior y el inicio de este otro en averiguar que se llama Samuel Luiz, que el crimen tuvo lugar en A Coruña y que el tuit que ha comenzado a difundirse ha sido escrito por una de sus amigas.

No lo dudo y, ahora que ya sé que el infierno está ocurriendo una vez más, lo retuiteo también, sin caer en la cuenta de que a nuestras ganas de llorar, a este estado de enmudecimiento colectivo que solo nos permite dejar constancia de nuestra indignación en doscientos ochenta caracteres, se sumará enseguida la ambigüedad, el negacionismo o, aún peor, la equidistancia. La frialdad con que expresan su odio quienes lo disfrazan de justicia, asegurando que no se puede afirmar que sea homofobia lo que sabemos, porque llevamos demasiado tiempo sufriéndola, que sí lo es. Los que se valen de la serenidad que impostan, de la calma que exigen, de la balanza que pretenden equilibrar cuando llevan siglos haciendo trampa para que el fiel caiga siempre en el lado que les beneficia. Ese lado en el que nada que no sea suyo es urgente. Nada que no sean sus privilegios es necesario. Nada que tenga que ver con nuestras vidas, las de quienes hoy solo somos capaces de escribir #justiciaparaSamuel una y otra vez sentimos que vuelven a estar amenazadas.

Si pudiera encontrar otra manera de canalizar la ira puede que no continuase con este archivo que ahora ya no me pertenece. Que ha dejado de hablar de mí para hablar de él. De ese joven del que empiezo a ver imágenes y que cobra vida ante quienes no lo conocíamos en el mismo momento en que averiguamos la forma en que se la han arrebatado. Los detalles se van desgranando y hablan de una confusión, de un móvil, de una supuesta grabación, de un «maricón» gritado con desprecio, de un «maricón de qué» replicado con orgullo y, después, de un linchamiento colectivo del que, de momento, no hay nombres ni detalles.

Nada que nos asegure que, aunque no pueda haber reparación alguna —porque la muerte no admite compensación—, sí llegará al menos a haber justicia. Las pestañas siguen creciendo en un navegador donde ya ni siquiera sé bien qué respuestas pretendo encontrar y que, ahora mismo, me impide concentrarme. No tengo ni idea de cómo continuar escribiendo porque me niego a inventarme la realidad si los hechos no van a darme la razón. Y sé que la autoficción, como diría mi amigo Borja Ortiz de Gondra, admite esa posibilidad. Sé que puedo atravesar el espejo y situarme en el lugar en que desee observar lo que acontece desde la perspectiva que prefiera. Incluso podría negar lo relatado, transformarlo todo en parte del delirio que me atenaza desde hace meses, desde que la conciencia de mi cuerpo se ha convertido en la certeza de sus cicatrices. No sería difícil traicionar la veracidad de la fuente y convertir la muerte sucedida en la proyección de la muerte que amenaza, devolviendo así la vida a quien, a golpes, la ha perdido esta madrugada. Esa, lógicamente, sería la opción utópica. Negar la realidad y ofrecer a cambio otra que sí merezca la pena. Un relato que no hable del presente que somos, sino del que nos gustaría ser y que se conjugaría con la humanidad de la que hoy es imposible no dudar.

La alternativa de improvisar otro desenlace tampoco acaba de satisfacerme. Sé que nos merecemos finales felices. Que estamos hartos de ser las víctimas. Que llevamos décadas viéndonos morir en películas. En novelas. En series. Que nosotros también creemos en E. M. Forster y en la felicidad que le regaló a su Maurice a pesar de que, negándose a publicarlo en vida, alejase ese horizonte de tantos lectores a los que pudo haber salvado. Y creemos en Gloria Fuertes y en sus corbatas, en los poemas con los que, desde su voz singular y única, consiguió que una generación entera sintiera que, ya que no tenía un lugar propio donde ser, sí contaba con unos versos en los que habitar. Y creemos en Whitman, y en Safo, y en Biedma —por mucho que proteste mi amigo Héctor, con el que desde lo de Aitor no he conseguido volver a quedar—. Creemos en la ficción que nos ofrece mundos posibles porque, durante años, tuvimos hambre de ellos. Tanta que llegamos a dudar de que existieran. Como lo dudo ahora mientras decido que, en esta ocasión, no hay otro camino que no sea el de ajustar esa ficción a la verdad.

Solo caben tres alternativas con respecto al desenlace de este texto: admitir que no puedo inventarlo y renunciar a incluir este relato en el libro, cerrarlo con un final abierto o prolongar su escritura tanto como me sea posible, a la espera de que la realidad me ofrezca un final que, ya que no puede ser feliz, decido designar como admisible.

De las tres opciones, la primera sería la más práctica, pero también la más cobarde: ¿de qué sirve mi oficio si no puedo escribir un nombre tantas veces como sea necesario —Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz Samuel Luiz— para que no desaparezca?

La segunda es la más razonable, aunque también la más frustrante: ¿cómo se afronta la angustia cuando ni siquiera se tiene un final? No puedo acabar esa historia con puntos suspensivos. Ni con una elipsis. Ni con un fundido en negro o un abrupto punto y final que no conduzca a ninguna parte. Necesito que, cuando muera la última línea, nazca la oportunidad de la siguiente página. Que quien lo lea deduzca que, más allá de estas palabras, hay un espacio en blanco donde cabe algo más que el miedo que empieza a llenar las redes a la vez que se comparten todos esos testimonios del odio al que le hemos restado importancia durante años y que ahora, de repente, la tiene más que nunca. Nuestros «maricones», nuestros «bolleras», nuestros «travelos», nuestros «monstruos» y nuestros «enfermos» son injurias con las que llevamos tanto tiempo conviviendo que hemos aprendido a resignificarlas. A envanecernos. A creer que con que nosotros supiésemos usarlas sin que nos hiciesen daño, nadie más iba a poder infligírnoslo.

Nos equivocábamos.

En cuanto a la tercera opción, la que conlleva esperar a que la investigación avance, el inconveniente es doble. Por un lado, existe un problema logístico y, aunque pueda parecer menor, evidentemente práctico: no puedo pedirle a Alberto y a Gonzalo que retrasen más la publicación de este libro y, aunque concibo la posibilidad de llegar a convencerlos —es la ventaja de contar con la complicidad de tus editores—, no me agrada la idea de convertir en un problema un libro que, desde que nació —justo cuando el diagnóstico puso en duda el alcance del futuro que me correspondía—, he vivido como un regalo.

Pero el mayor problema, el que no sé aún si estoy dispuesto a asumir, es que si aguardo a que los hechos se sigan desarrollando, puede que el final no se parezca nada al que habría escrito el Forster de Maurice. Ni el Whitman de Hojas de hierba. Ni el Almodóvar de Dolor y gloria. Y yo quiero, más bien, necesito un final así. Una escena en la que quepa la ternura que habita el reencuentro de los personajes de Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia en esa película que he visto demasiadas veces como para que no se haya vuelto una obsesión.

Exijo poder relatar un momento en que las amigas de Samuel sepan que las estamos abrazando. En que el grito contra la homofobia sea unánime. En que se callen de una vez los graznidos de quienes cuestionan lo que ha ocurrido por el simple —y tristísimo— motivo de que no les importa que ocurra. Y como no puedo ordenarle a la realidad que me devuelva el pasaje que yo quiero escribir, esperar me resulta temerario. Especialmente ahora que a esa espera habrá que sumar la de mis resultados. La alerta en el móvil que avise de la noticia en que se informa del arresto y la condena de los asesinos de Samuel. Y la que me envíen desde el hospital para decirme qué han visto en el TAC. Las dos deberían, me digo, contar con un final admisible. Uno que, pienso mientras guardo el archivo (relatoposible_v2.doc), me apetezca contar.

El relato ‘Maricón de qué’ está incluido en ‘Presente imperfecto’, el nuevo libro de Nando López, publicado por Dos Bigotes .


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