‘Marie’, la ópera que en clave feminista le da la vuelta a Woyzeck

‘Marie’, la ópera que en clave feminista le da la vuelta a Woyzeck

Una escena de la ópera ‘Marie’. Foto: Javier del Real.

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Es hora de ver con ojos nuevos y escuchar, con oídos atentos, a los otros testigos de la historia del arte, como son las mujeres, protagonistas fatales, incluso cuando mueren asesinadas. ‘Marie’, pieza coproducida por el Teatro Real y La Abadía, le da voz,ni más ni menos, a la víctima del victimario Woyzeck –inmortalizado en la ópera de Alban Berg–. Una interesante y joven versión –en clave femenina feminista– que nos ha llegado a Madrid la semana pasada para seguir con la tarea de dejar de ver a los verdugos de manera tan complaciente.

No hay malentendidos en la historia: si la mujer es pobre, la mata el marido; si la mujer es libre, la mata un pelotón de fusilamiento. He aquí dos casos paradigmáticos: una, la mujer que inspira la obra Marie, de Lola Blasco y Germán Alonso, que fue asesinada por un barbero de Leipzig, en el siglo XIX; la otra, Mata Hari, a quien mencionan los textos de la pieza, porque fue acusada de espía por tres ejércitos y fue ejecutada, en 1917, tras un bochornoso juicio, como el mejor chivo expiatorio de la carnicería promovida especialmente por los gobiernos de Reino Unido, Alemania y Francia, y luego llamada Primera Guerra Mundial.

Marie es el contrapunto del ya famoso Woyzeck, su asesino en la vida real, que fue quien inspiró el personaje protagónico de la pieza de teatro inconclusa del joven Georg Büchner (1813-1837) y la ópera de Alban Berg, entre otras experiencias artísticas de los últimos dos siglos. Por eso, en este necesario tiempo de relectura de nuestra historia social, política y cultural, es Marie, la asesinada, quien nombra esta obra que se presentó la pasada semana en el teatro La Abadía de Madrid, en una novedosa colaboración con el Teatro Real, y a cargo de una compañía compacta, integrada por un puñado de actores, cantantes líricas y músicos.

Para entendernos desde el principio, basta echar un vistazo a las reseñas sobre el argumento del libro inconcluso de Büchner y los de la imponente ópera pilar de la música atonal que firma Berg, alumno de Arnold Schönberg. Sin ir más lejos, la entrada de Wikipedia en español de Woyzeck (o Wozzeck) expone literalmente: “Woyzeck trata los efectos deshumanizadores que tienen un doctor, una mujer y los militares en la vida de un joven soldado. También puede ser vista como la tragedia del hombre de la clase trabajadora”. Usted, como yo, se preguntará: ¿Cómo pueden ser equivalentes los efectos “deshumanizadores” de la jerarquía militar con los de una mujer? ¿De verdad habla fundamentalmente sobre la tragedia del hombre obrero… y qué hay de la mujer proletaria? Bravas escribas de la valiosa Wikiesfera del periodismo ciudadano ¡acudid, por favor, a corregir (o reversionar) esta entrada Wiki, por nuestra dignidad, la de nuestras ancestras y la de nuestras hijas! Gracias, de antemano.

Bajo una cruz de espejo

Entonces, he aquí el capitán que martiriza a Woyzeck (este interpretado por el potente artista lírico Xavier Sabata), que lo humilla y lo degrada, tanto como a cualquier mujer que se cruce en su camino. En la obra de Blasco y Alonso, Pablo Rivero Madriñán encarna con astucia al capitán, tan creíble en su hostilidad que nos pone los pelos de punta. Marie puede ser la pareja de Woyzeck, pero también puede ser todas las Maries del mundo, madres y compañeras que soportan con su cuerpo la carga de la historia en el alma. Aquí destella la presencia de la soprano Nicola Beller Carbone, porque sus líneas de texto disonantes se intuyen tan difíciles y, a la vez, resultan tan bellas, y hay tanta experiencia bajo la pesada cruz lumínica de La Abadía.

De hecho, la cruz puede ser nuestro espejo: el espejo roto de las pobres, o el espejo radiante de los intentos emancipadores. De ahí el reflejo discontinuo y desasosegante que les devuelve a los personajes del ángel sexy (o el “tambor mayor” de la obra original), a cargo del magnífico Luis Tausía (que con la misma destreza y sensibilidad se encarna en Marie trans, en un policía o en la señora de la limpieza) y a Marie joven, en la piel de Julia de Castro. Büchner previó que el tambor mayor de la banda militar constituyese el reflejo odioso en el que no quiere verse el proletario Woyzeck, perdedor de todas las batallas simbólicas entre hombres, que vacía su furia en el cuerpo de una mujer, cómo no (la sociología de la posmodernidad nos acercaría a una figura como Rita Segato para explicarnos cómo funcionan las violencias de los derrotados, los impotentes, del sistema capitalista).

El fraude del ciudadano moderno

Ver como mujeres feministas se nos impone, hoy, tras el fraude moderno del ciudadano –varón– libre (allí están los ilustrados, con Rousseau a la cabeza, para no dejarnos mentir) y, en este sentido, este resulta un periodo histórico grato de vivir. Hay mucho trabajo que hacer y lo estamos haciendo. Este texto de Lola Blasco, con el tributo musical de Germán Alonso, cuenta con la puesta excepcional de Rafael R. Villalobos. Y quizá lo que resulte inolvidable de esta Marie sea justamente la obra del puestista, que ha intentado decir en todas las expresiones escénicas a su alcance (incluida la plástica, en la escenografía, el suelo alquitranoso y las proyecciones/reflejo en la cúpula de la sala), con ajustadas interpretaciones, músicos en vivo y batuta… y que, para ello, ha compuesto unas imágenes potentísimas que se expanden mucho más allá de la cuarta pared.

Para ser justas, hay que valorar en su inmensa medida el impulso de reversionar en femenino feminista, por parte de Blasco que, quizá en una aventura temática demasiado abarcadora, relega varios asuntos a unos escritos leídos en off, con un sonido que no siempre armoniza con lo que pasa sobre el escenario. Así, oímos la mención de problemáticas tan interesantes como la de la figura de la madre despojada de su condición y de sus hijos por su propio (y cercano) opresor, nuestro drama frente al eterno clisé de la amenazante femme fatale o la instancia presente de monetización de los cuerpos, con el triunfo del porno digital como epítome de época.

Por fin lo decimos, y todas y todos lo están escuchando ya: el arte ha sido complaciente con el verdugo durante demasiado tiempo. Es hora de ver con ojos nuevos.


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