Marilyn Monroe es Helena de Troya en manos de Anne Carson

Marilyn Monroe es Helena de Troya en manos de Anne Carson

La escritora Anne Carson.

Anne Carson, poeta canadiense afincada en Nueva York, considerada una de las voces literarias más importantes en lengua inglesa, echa mano de su erudición para convertir a Helena de Troya en Norma Jeane Baker, más conocida como Marilyn Monroe. Diosas capaces de hacer enloquecer a los hombres. Carson convierte a dos mitos en funambulistas por persona interpuesta. Helena por culpa de Paris y Marilyn por culpa de Arthur Miller. Ambas escogen el abismo, ambas son raptadas, una con el consentimiento de los dioses y otra con el consentimiento de ese dios llamado Hollywood. Carson se afana en demostrar la destrucción de Norma Jeane, su manipulación vital, su hipersexualización en pos de la rentabilidad sin importar la herida, el llanto, la tristeza e incluso la muerte.

Acceder al universo Carson es querer conversar con todos los dioses del mundo para después desoír con rigurosidad todas las mentiras que forman sus peligrosas y longevas bocas. También es acceder a las más fantásticas historias y, lo más importante, es acceder a la contradicción como si ella fuese quien da orden al mundo.

Carson siempre sabe lo que tiene que hacer y lo hace, no desoye lo que la poesía y la filosofía le susurran, no desoye jamás una injusticia, no desoye jamás a una mujer herida y no desoye jamás a la mujer que es ella misma, y lo demuestra más que nunca en la poderosa, heterodoxa, volcánica e inimaginable biografía que ha escrito para la gran Marilyn Monroe en su magnífico libro Norma Jeane Baker de Troya. Un libro deslumbrante, un río de inteligencia que limpia de mojigatería y testosterona el vía crucis emocional que tuvo que atravesar la mujer (y todas las mujeres) y la star mientras estuvo viva:

“¿Cómo rescatar ahora el buen nombre de Norma Jeane?

¿Cómo explicar todo esto a Arthur?

Arthur, mi buen marido,

rey de Esparta y Nueva York,

estimado honorable, anticuado Arthur

que condujo a su ejército a Troya para reconquistarme.

Arthur es un hombre que cree fervientemente en la guerra”.

Carson habla sobre la masculinidad tóxica y se enfrenta a ella a través del cinismo más veloz y de un humor a priori histriónico  que, sin embargo, quiere que sirva para restañar una herida que brilla con saña a lo largo y ancho del mundo.

Carson se enfrenta al mundo clásico como si fuese una muñeca rusa que no deja de engendrar hijos y de dispersarlos por el planeta en una diáspora necesaria para externalizar el silencio impuesto siglo tras siglo respecto a la necesidad de desintoxicar el futuro de mitos rancios, de mitos manipulados. Carson es espejo y cuerpo para todos los mitos femeninos, pero también para todas las mujeres reales.

Carson logra a través de la escritura de estas exigentes y camaleónicas y particularísimas memorias que su multiplicidad filosófica y humana supongan el triunfo del libre albedrío. Y no lo hace cayendo en la provocación, sino a través de una documentada anarquía que convierte este libro en una de las más hermosas caras de la justicia.

Carson es en este memorando tan alejado de la arbitrariedad una diosa con las mejores intenciones, pero es además una diosa que no duda en hacer falible a Dios, que no duda en destruir palabra a palabra, como decía al comienzo de este texto, el poder de cualquier religión. Carson señala a Dios como el creador de los efectos colaterales, como el dueño y señor de las polaridades más nocivas:

“El hábil manejo de la óptica es capaz de generar una versión alterna de los hechos. Confíe en Eurípides. Confía en Helena. Ella nunca estuvo en Troya. Marilyn era realmente rubia. Y al morir todos vamos al cielo”.

La irrealidad más real que puede escribirse está siempre en las manos de Anne Carson.

Carson escribe “herida” y al hacerlo deletrea la máxima verdad que podemos encontrar en el árbol vital de Norma Jeane / Marilyn Monroe:

“La guerra crea dos clases de personas: quienes sobreviven y quienes no.

Ambas cargan sus heridas.

Eurípides hace de Helena una heroína que se embrutece por el simple hecho de mirar durante demasiado tiempo la guerra”.

Carson convierte a dos mitos en funambulistas por persona interpuesta. Helena por culpa de Paris y Marilyn por culpa de Miller. Ambas escogen el abismo, ambas son raptadas, una con el consentimiento de los dioses y otra con el consentimiento de ese dios llamado Hollywood.

Este libro está lleno de sentencias y de versos que hacen saltar por los aires el santa sanctórum de la intelectualidad. Que dinamita incluso al  personaje de Eva, que contrarrestan el poder casi apocalíptico que los hombres han tenido sobre demasiadas mujeres. Norma Jane pensó poder ser redimida. Todas las mujeres piensan y creen a pies juntillas que el amor las redimirá, que basta con enumerar sus vicios para que un buen hombre quiera cargar con ellos:

“Nací buena, crecí mala”, escribe Carson amparándose en los versos de Stevie Smith para no ser tachada de loca o de blasfema. Y a partir de ellos se afana en demostrar la destrucción de Norma Jeane, su manipulación vital, su hipersexualización en pos de la rentabilidad sin importar la herida, el llanto, la tristeza e incluso la muerte:

“Está en el campo recogiendo flores.

Aparece un hombre con una carta negra para entregar.

¿Te convertirás en mi reina?

Ella tiene quizás 12 ó 13.

Violación

es la historia de Helena,

Perséfone,

Norma Jane, Troya.

La guerra es el contexto

y Dios es un niño”.

La pluralidad tóxica que forma a Norma Jeane se clava en la memoria del espectador así como se clava el verano en el cuerpo de un adolescente que debe guardar reposo y arde como solo sabe arder la justicia sobre los ojos de un indefenso.

El titánico sarcasmo de Carson despelleja con sublime cuidado al premio Nobel que compartió lecho con la estrella. Carson no quiere un sencillo ajuste de cuentas, Carson quiere hacer juegos malabares con la verdad hasta que las mazas que golpearon la integridad y la seguridad de Marilyn caigan sobre la carne de quien lee. Sabe que hay personas y lectores que necesitan certezas tangibles para creer en el abuso contra una mujer y más si este sale de la mente de un premio Nobel o de un poeta laureado (inmenso su alegato a favor de Sylvia Plath entre las páginas de este libro) :

“Extinguí a Arthur golpeándolo con mi albornoz”.

Es por tanto Norma Jeane Baker de Troya una loca y a la vez lucidísima puesta en escena del abuso de poder. Carson usa la dramaturgia para hace más visual el calvario de una mujer a la que todos admiraban y deseaban. La mujer corriente fue fácil de olvidar para todos, solo perduró la actriz, solo perduró el personaje infinito que creó un estudio de cine:

“Utilice esta higiene espacial para explicar ciertas neurosis neoliberales. Pues la cosa escalofriante de la suciedad, si es neoliberal, es que la suciedad nunca es pasiva. La suciedad vendrá a por ti”.

Carson hace fluir un epílogo monumental a través de estas páginas en la que una feroz alucinación se alinea de forma exacta con la verdad de una vida. Por fortuna, la poesía de Carson poco tiene que ver con la lírica strictus sensu. Carson utiliza la poesía como una coctelera en la que mezclar la Historia, una coctelera en la que evidenciar sus errores, su miscelánea deletérea sin incurrir en esa patochada que en la mayoría de casos son las fechas y la linealidad argumental. No hay más que poderosos nombres invisibles saliendo de su memoria. Ella omite y en esa omisión todo alcanza su exactitud:

“Norma Jeane decidió unirse a los talibanes / y está entrenándose como profeta. / No hay espacio aquí para Arthur, / Obviamente. / Tampoco hay espacio para la verdad persona y torturada / De Norma Jeane. / La quiero mucho pero –seamos sinceros– / no hay nada mítico aquí. / Ella es sólo una pizca de coraje atrapada en un mundo necesitado / de trascendencia. / Es un timo (mito es la palabra que subyace para los bienpensantes añado yo)”.

“engaño ilusión treta duplicidad doblez fraude faroleo elusión timo artimaña subterfugio artificio broma viraje estratagema estafa astucia truco artimaña artimañas Artimañas de mujer”

Carson hace de las lenguas muertas un artefacto vivísimo. Alterna la vigencia del inglés con el remotísimo griego para mimar un equilibrio que solo está a su alcance. Carson es una cronista imbatible, pero jamás se olvida de que es poeta, algo que no obstante no remarca hasta el final del libro, porque ella sabe ponerse en la piel del verdugo Miller, de la víctima Monroe, del delator Capote, de los monstruos sagrados Wells y Lang. Ella sabe asumir un suicidio como propio, ella sabe alejar palabra a palabra a una mujer de las mentiras que la hicieron débil:

“Sí, y estoy poniendo cada detalle. / Cada brizna de hierba del césped de Príamo / cada lamida de viento en la mejilla de un guerrero, / cada ágil murciélago marrón que pasó silbando por las carpas / griegas en el ocaso, / cada mosca que zumbó sobre la mierda, / cada rezo inútil, / cada oráculo opaco, / cada hueso quebrado / en el bebé que arrojaron contra el muro el último día”.

Carson sostiene entre sus manos una espiral peligrosa y libérrima al escribir este libro. Un bumerán lleno de justicia, el aire capaz de resucitar a quien se quiere muerto y enterrado, a quien se silencia sin importar las consecuencias. Carson levanta las alfombras con cada verso que escribe en esa proeza llamada Norma Jeane Baker de Troya. Recuenta las heridas que la violencia ha infligido contra la mujer, por ser mujer y las personifica sobre los labios para siempre helados de una mujer rota.

Da igual quien seas, tu estatus, si la violencia machista señala tu nombre, acabarás herida, acabarás muerta como acaban muertos los pájaros que desoyen la dictadura del viento.

Imprescindible.

‘Norma Jeane Baker de Troya’. Anne Carson. Vaso Roto. Traducción de Jannette L. Clarion. 107 páginas.


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