May Sarton, una mujer valiente frente a su soledad

May Sarton, una mujer valiente frente a su soledad

La escritora May Sarton.

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Todo un icono para las poetas y para las feministas: la belga/estadounidense May Sarton (Wondelgem, Bélgica, 1912 / York, EE UU, 1995). Y este libro, esencia pura de su escritura. ‘Diario de una soledad’ recorre un año de vida, un año de vida interior y exterior. Nunca es sencillo despojarse del artificio que nos ayuda a vivir a diario, ni es sencillo hacer desaparecer al personaje que invade nuestro cuerpo y nuestra memoria. Hay que ser muy valiente para dejarse caer sobre los brazos de la soledad; habitar esa búsqueda feroz y luminosa con que es capaz de señalar nuestros vicios y virtudes. Porque la soledad es ese espejo que no admite las mentiras que fabricamos para aparentar lo que no es.

Un espejo es también Diario de una soledad, de May Sarton, una superficie en la que podemos encontrar todas esas respuestas que nos niega el ruido que formamos a nuestro alrededor con la única intención de salvarnos.

Diario de una soledad es un libro emocionante, cáustico, extrovertido e introvertido en un equilibrio narrativo a priori imposible. Es dinámico y está insultantemente vivo, a pesar de que hace más de 25 años que su autora no está entre nosotros.

La manera en que Sarton apresa el instante es conmovedora, y también lo es su lucha por entender cómo se llega al abismo y cómo se logra vencer su agónica perseverancia cuando se fija en un ser humano.

Sarton elabora un ecuación deslumbrante que deja atónito al lector:

“Cada encuentro con otro ser humano supone una colisión, pero la colisión profunda es y ha sido con mi interior, terco, martirizador y atormentado”.

Practica la alternancia emocional como si de un juego matemático se tratara y en la invención de la reglas atrapa de manera definitiva al lector:

“Me siento agotada a menudo, pero lo que me cansa no es el trabajo, sino el esfuerzo por apartar las vidas y necesidades de los demás antes de poder abordar mi trabajo con cierta frescura y placer”.

Sarton sabe que es una habitante más del mundo, pero también sabe que debe renunciar a él si quiere que su obra no se llene de cacofonías insulsas. Sarton es muy exigente y conoce a la perfección donde está el principio y el final de un ser humano. Y acaricia ambos perfiles durante la narración sin dar muestras de cansancio en su observación. Una observación que implica a las estaciones, a la naturaleza, a lo que vive y muere a su alrededor, a lo salvaje que se manifiesta mientras ella reordena su corazón y su futuro. Es una mujer pegada y apegada a la naturaleza, a la literatura y a la política. Tiene una visión tridimensional de cada uno de los días que vive y los narra como si estuviera construyendo un prisma del que dependiera la luz capaz de iluminar el mundo:

“Esta mañana me he levantado llorando. Me pregunto si es posible cambiar radicalmente a punto de cumplir ya los sesenta. No hay nada que hacer, salvo seguir adelante con la vida ––sacar el grano para los pájaros, ordenar las habitaciones, intentar crear un cierto orden y paz a mi alrededor, aunque no lo consiga dentro de mí”.

Su poder de análisis es tan absoluto que conmociona. Nada se escapa de su mirada, ni lo propio ni lo ajeno, es una analista extracorpórea incuestionable:

“A veces, tras un paseo entre la oscuridad nocturna, atisbo mi casa encendida y la veo tan viva que siento que mi presencia aquí vale todos los infiernos”.

Diario de una soledad es un pulso inagotable con el yo, con el nosotros, con lo conocido, con lo desconocido, un baile de manos crispadas que golpea la cotidianidad de la autora con una contundencia que busca una y otra vez su caída. Sin embargo, Sarton sigue en pie pase lo que pase. Se encuentre con quien se encuentre, fracase o triunfe:

“En esta casa, por ejemplo, últimamente suele entrar mucha desesperanza procedente de ciertas mujeres maduras”.

“D. y yo somos de la misma naturaleza, receptivos y sensibles a flor de piel, siempre dispuestos a revelarnos”.

Sarton está sola, sí, y su soledad es un cántico capaz de anular la siempre inflexible estrategia de silencio:

“Los placeres del poeta, tal y como he ido anotando, resulta que son la luz, la soledad, la naturaleza, el tiempo y el proceso creativo. Tras estos meses de depresión, de repente estoy llena de vida en todos esos ámbitos, y despierta”.

Pero también necesita de ciertos paralelismos, a veces de una extravagancia deslumbrante y a veces de un férreo misticismo. Necesita entablar conversación con quien admira, y su boca nombra a mujeres como Virginia Woolf:

“Cuando conocí a Virginia Woolf en mi juventud, y aunque nunca llegamos a intimar, aprendí algo que me pareció alarmante: una persona puede ser hipersensible y no ser cálida”.

Simone Weil o Georgia O’Keefe. Necesita que sus palabras y sus gestos le sirvan como indulto, como bálsamo cuando pierde en control que ejerce sobre la soledad y sobre la vida misma:

“O’Keefe es distante, abstracta, rara vez decide lidiar con seres humanos”.

Sarton necesita amparo, pero no se conforma con la desesperación y con lo febril, no, ella quiere la constatación de su debilidad en otras debilidades, ella quiere formar parte del plural, aunque a veces deba olvidarse de su virtuosa soledad, aunque en ocasiones tenga la necesidad de que otros hablen por ella:

“Coles afirma: ‘No todo el mundo puede o quiere dar a sus miedos y deseos específicos la oportunidad de adquirir un significado universal”.

Sarton bebe a diario de la contradicción para no caer en la locura, para sostenerse sobre esa cuerda floja por la que pasea mientras dura la narración.

No cesa de buscar justificación para su aislamiento en las reflexiones de quien admira. Y lo tiene muy fácil porque es un animal político y literario, exhaustivo en sus manifestaciones y en sus elecciones. Posee una clarividencia que la aleja por completo de tener que sostenerse sobre la silueta de lo políticamente correcto. Es muy osada en sus juicios, y muy tenaz, y brillante de una forma incansable. Es también muy revolucionaria en cuanto al paso del tiempo, es deslumbrante la manera en que enardece la revalorización de la mujer a medida que envejece:

“Hoy me siento centrada y el tiempo es un amigo en lugar de un viejo enemigo”.

“No me despojéis de mi edad. Me la he ganado”.

“Crecer es algo muy exigente y puede parecer peligroso, pues cada evolución implica tantas pérdidas como ganancias”.

“Esta clase de tiempo no concluyente es uno de los lujos que me importan de verdad”.

Sus reflexiones poseen sin duda una brutalidad educativa.

No le tiene miedo a lo que la debilita, y como decía más arriba acude a los paralelismos en todos los ámbitos de manera fecunda. Lo necesita para humanizarse, para abstraerse, para sobrevivir a su propia existencia, a su propia obra. Lo necesita para crear un ecosistema híbrido que le permita evitar el pernicioso yo que alimenta con delectación la soledad, para escapar de su poder totalitario. Pero no siempre lo consigue, porque Sarton dilapida su entereza constantemente:

“¿Qué deseas en tu vida? Exactamente lo que tengo, pero de un modo más proporcionado, para poder gobernarlo todo mejor”.

El desequilibrio es para ella una enfermedad incurable que la maniata, que la paraliza, que la minimiza, que la desintegra, un demonio que la avergüenza y la tortura. Le gusta la soledad, pero no se resigna a depender solo de ella. El deseo de exclusividad que esta le impone la solivianta tanto que se defiende convirtiéndose a ratos en una pensadora mundana, pero enseguida recapacita y recurre a sus contemporáneos, por ejemplo a Jung, para huir de una supervivencia maniquea y dotar de enjundia a su debilidad:

“Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”.

Sarton narra en este completísimo libro un viaje titánico hacia la esencia.

Diario de una soledad es sencillamente un ejercicio apoteósico narrado por una autora en estado de gracia a la que no le pesan las heridas ni las cicatrices que le va dejando la vida y su cara B, la soledad. La belleza que despliega para hacerlo es supersónica. La poesía con que revela su biografía es sin duda como ese sudario que no deja que se enfríe el cuerpo de quien está condenado a resucitar un millón de veces.

Pocos libros disparan con tanta claridad y lucidez contra la memoria del lector. Sus palabras son balas transparentes en las que la autora aloja incontables salvoconductos.

No dejéis de leerlo porque al hacerlo os veréis venturosamente obligados a haceros un montón de promesas que sin duda os convertirán en otros.

‘Diario de una soledad’. May Sarton. Traducción de Blanca Gago. Gallo Nero. 214 páginas.


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