Mi primer huracán

Mi primer huracán

Foto: Pixabay.

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Se acerca un huracán y hay que preparar la casa. Sara tiene 7 años y es su primera tormenta tropical. Relato 22 de nuestra serie de este verano, ‘El viaje de las heroínas’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado.

POR PACHY CAMBIASO 

Cuando los muebles favoritos de Mami empezaron a desaparecer, Sara comenzó a hacerse pipí en la cama.

Ella, de siete años y tres meses, creía que ya estaba grande para esas cosas, pero no podía evitarlo. Sus padres solo habían suspirado entonces y agregado un incómodo plástico a la cama.

Esa noche, Papi le había pedido que le ayudase a construir una barricada en medio de la casa, porque “un huracán era cosa seria”. Sara se había acostumbrado a que las cosas cambiaran de lugar, pero nunca como esto: muebles unos sobre otros bloqueando la salida del pasillo.

Como arquitecto, construir cosas era su especialidad. Mami era bióloga marina. Los frascos con formol, el microscopio y la lámpara de neón marcaban su territorio. El de Papi, planos y felpas de dibujo. Hasta ahora ambos territorios se movían, impredecibles, de un lado a otro de la casa. Incluso en la misma habitación, encontrabas sus pertenencias en esquinas opuestas y colocadas como si las cosas tampoco quisieran mirarse. Solo Sara y Timo transitaban entre ambos mundos con absoluta libertad. Timo era su perro, un callejero gris desflecado que solía centrar los coches en movimiento y aparecer sano y salvo, sin que lo atropellaran.

Papi había trabajado en dejar la zona central de la casa vacía por completo. De un lado, pasillo, habitaciones, baños era la zona habitable y llena de muebles y enseres. Del otro, dejó todo lo demás. La barricada era para proteger las ventanas de cristal que daban a la terraza. Es provisional, le había dicho, pero a Sara no le parecía del todo cierto, había aprendido a no creerle cuando hacía cosas frenéticamente y sorbía el líquido de su termo.

Las ventanas ocupaban toda la casa, por lo que lo más probable era que se rompieran con los vientos, también le había explicado. En lugar de reforzarlas con metal, Papi decidió dejarlas abiertas.

­–¡Al huracán le llaman David, aunque entrará por la casa hecho un Goliat! Pero no cuenta con que nosotros estaremos protegidos del otro lado de la barricada.

Dijo “nosotros” refiriéndose a él, a ella y a Timo.

La niña solo podía pensar en que Mami no podría llegar hoy a la casa. Había salido unos días, como solía hacer, para llevar especímenes al museo de historia natural en el interior del país y llamado desde un hotel de carretera por el anuncio de la tormenta que ya no sería tormenta.

Preguntó cómo era un huracán.

–Es un espiral así, así –las manos de Papi dibujaron un caracol enorme.

–¿Por qué hay una estufa en el pasillo?

–Por si tenemos que calentar algo.

–¿Pero por qué no en la cocina?

–Escúchame, de ahora en adelante, no se puede ir a la cocina, ni al estudio.

–¿Hasta cuándo?

–Hasta que termine.

–¿Los huracanes terminan?

Papi ya no contestó, puso pilas nuevas al radio de transistores y lo encendió. Se oía bastante mal. La voz de un señor que Sara imaginaba gordo interrumpía las canciones para dar las noticias de la tormenta tropical. Que si sería el huracán más grande que había llegado a la isla, que si se movía del este al noroeste y un montón de palabras raras.

Papi había traído leche y latas de sopa. Había llenado la tina con agua para beber y solo había vasos y tenedores. Sopa con tenedores, esa era la cena, pero no quería discutir.

–Solo es una noche –pensó–. Mami viene mañana.

Papi secó su frente antes de poner la silla que coronaba la barricada y se volteó con cara triunfal.

–¿No es esta la mejor barricada del mundo?

Sara nunca había visto una, pero la suya le parecía perfecta, así que asintió. Por otro lado, el líquido del termo estaba haciendo su efecto y las erres empezaban a enredarse. Se había dejado crecer tanto la barba y la panza, que su cuello y las camisas le parecían muy cortos.

La voz de la radio añadió que David ya había entrado por Punta Cana. Sara imaginó sombrillas de playa como pájaros cubriendo el cielo de la ciudad. Santo Domingo tenía mar, pero no playa, así que las sombrillas voladoras serían novedad. Una parvada de ellas. No quería leche ni quería cenar. Timo, nervioso, iba y venía por el pasillo. La lluvia golpeaba algo metálico.

Sara escaló el primer nivel de muebles y, al llegar a la mitad, colocó la barbilla en el más alto mientras Papi, en su habitación, conectaba cables. La sala aún estaba seca y aún había una luz de lluvia, de un gris lechoso. Una cortina también de lluvia a ambos lados: en el patio de afuera y en la entrada. Había llovido peor en otras ocasiones y no le parecía que fuese para tanto. Mejor dormir cuanto antes, se dijo.

Papi tardó en caer lo que tarda la miel en atraer hormigas. Los silbidos de David se confundían con los suyos, y los truenos, con sus ronquidos.

Sara se acostó sobre el plástico que cubría su lado de la cama. En el radio continuaba la música en un idioma extraño. De pronto, se dio cuenta: faltaba Timo.

Se incorporó de un salto y lo llamó. La lluvia ahora era tan fuerte que casi no escuchaba su voz. En la habitación, ni rastro. En la otra, nada. En el baño, tampoco. La oscuridad se alternaba con rayos, mucha luz o ninguna. Buscó la linterna.

El agua entraba por debajo. El pasillo había comenzado a inundarse. En la barricada, un hueco. Por ahí se había salido.

–Timoooo, Timoooo –gritó varias veces por el agujero, pero los silbidos (largas eses) de David opacaron su voz. Para pasar, tendría que trepar hasta el otro lado. Todo iba a estar bien. Era la mejor barricada del mundo, aunque tenía un hueco. Las mejores cosas también tienen huecos, como los cántaros, como los anillos, como el ojo de la cámara de fotos que tanto le gustaba.

Se asomó. La lluvia iba de lado a lado golpeando su mejilla derecha. Timo venía de la calle, sobrevivía a los carros, tenía patas fuertes y orejas despiertas. Estaría bien, trataba de convencerse.

Susurró.

–David, eres un caracol de viento y lluvia. Eres el huracán más fuerte que ha llegado a la isla y yo te respeto, pero devuélveme a Timo.

Por el tubo de luz que salía de la linterna descubría flechas de lluvia y ramas que viajaban por la casa hasta golpear las puertas de cristal. Aferraba una de sus manos al mueble empapado y con la otra sostenía la linterna.

–Timito, Timooooo…

Entonces escuchó ese llanto insistente y lleno de íes de los perros.

Movió el haz de luz de lado a lado mientras los ojos adivinaban las flechas que ahora le parecían hachas. Lo vio del otro lado de la casa, hecho una sopa y jadeando, en la puerta que da a la cocina. Tres patas largas sumergidas hasta la mitad en el agua y la trasera, encogida. Se había lastimado y lloraba ahora aún más. ¿Podría distinguirla? Sara sintió que lo había hecho todo mal. El huracán no parecía entender por las buenas.

Era demasiado tarde para evitar que corriera a su encuentro. Percibió todo en cámara lenta: un paso con la pata derecha, otro con la izquierda y un brinco para que las traseras lo alcanzaran. En cuanto Timo sacó la cabeza, el viento le volteó el cuello. Su pequeño cuerpo giró convirtiéndose en un proyectil que salió de los límites de la linterna. Un rayo coloreó la escena durante medio segundo y, de inmediato, se escucharon tres tiempos: el del impacto del perro sobre una de las puertas de vidrio; un aullido mezclado con el trueno que seguía al rayo; el chasquido del agua cuando cayó su cuerpecito.

Le salió un grito ronco que lanzó como una piedra:

¡BASTA YA!

En un instante, el viento se paralizó, las flechas se pulverizaron, los truenos y el silbido se tomaron un descanso. Entonces, caminó a su encuentro mientras sus rodillas dejaban largas rayas en el agua. Dos monedas de plata parpadeaban de vuelta. Cuando cargó al perro que temblaba como una moto, perdió la linterna.

Ya que estuvo del otro lado de la barricada, niña y perro confundidos en una toalla, regresaron vientos, truenos y flechas. El radio seguía encendido, tartamudeando y el agua lamía las patas de la cama.

Imaginó a Mami en el umbral despeinada y con ojos hinchados a la mañana siguiente. Supo que haría volar la barricada. Se imaginó atravesando con ella y con Timo una ciudad de Santo Domingo nunca antes vista: palmeras y árboles en el suelo, camiones varados en lugares imposibles, marañas de cables y sombrillas muertas con las patas metálicas retorcidas. Le contaría cómo ella, Sara, la de las palabras de piedra, se convirtió en David para vencer a Goliat. A Papi ni lo despertó y esa misma noche quitó el plástico de la cama.

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Comentarios

  • José Luis Lejárraga

    Por José Luis Lejárraga, el 27 agosto 2022

    Me ha gustado mucho este huracan, la niña heroína, el perro, el padre……..

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