Mi primer vuelo en el aparato nuevo de José Mari  

Mi primer vuelo en el aparato nuevo de José Mari  

Foto: Pixabay

“Destapó la lona que lo cubría y sacó el aguilucho más grande que yo había visto en mi vida. Arrímate bien como si fuéramos en moto, quieta, sin chistar y verás qué gusto da, me dijo. Ponerlo en marcha nos llevó un buen rato por la falta de experiencia”. Toda una nueva experiencia de verano. Nuevo Relato de Agosto de la serie que los escritores del Taller de Clara Obligado han creado para ‘El Asombrario’.

POR FELICIDAD OBREGÓN 

“Mis ojos abrasados ya no ven más que vagos recuerdos de los soles” (‘El lamento de un Icaro’. C. Baudelaire)

Una tarde, José Mari me invitó a dar una vuelta por el espacio con un aparato que estaba deseando estrenar. Quería tocar el sol como habíamos visto cuando nos colábamos en las pelis de mayores con reparos. Estábamos advertidos, por activa y por pasiva, del peligro de la malsana curiosidad, la nefasta influencia del cine, lo mohína que andaba nuestra señora con la disipación en piscinas y guateques, sobre todo vosotras, hijas mías, que no sabéis nadar y guardar la ropa, quién os va a querer después para establecer un hogar. Pero a mis catorce, a pesar de los granos que le habían salido durante el invierno, me derretía por José Mari, los pensamientos impuros me emboscaban los sueños y me moría de ganas de montar aquel portento del que tanto se jactaba.

Destapó la lona que lo cubría y sacó el aguilucho más grande que yo había visto en mi vida. Arrímate bien como si fuéramos en moto, quieta, sin chistar y verás qué gusto da, me dijo. Ponerlo en marcha nos llevó un buen rato por la falta de experiencia, pero sobre todo por el cierzo que preñaba las sábanas en las azoteas, desperdigaba los olores, los susurros de la siesta, a geranios, potaje, achicoria, a la faena pegada a la ropa, a pastel de manzanas y canela. Sus ráfagas nos desnudaron, nos embadurnaron la piel con ellos como una brocha furiosa. Aquel artefacto se retorcía con cada soplido, tan pronto quedábamos José Mari y yo de frente como de perfil o uno encima del otro arrastrados por la fuerza de un imán, de una corriente invisible que se interrumpía y renovaba con cada voltereta para soltarnos al final, acalambrados, sin aliento al borde del cañizo.

Cuando por fin logramos enderezarlo nos elevamos en el azul espeso, salpicado de cuajos de leche cortada. Allá abajo, el pueblo se hundía en el polvo y los campos amarilleaban de pura nostalgia de lluvia. El pelo enredado, las manos gorriones, dejar atrás el chirrido de las cigarras, la conformidad de las hormigas, el retraso del reloj municipal, el eco de Valderrama, adiós, mi España querida. Eso era volar. Abandonarse a la extensión de la propia voluntad, del tiempo no sometido a su goteo, acceder a la séptima morada y reventar la gloria entre los dedos. Aun así, custodiaban nuestro ascenso las cigüeñas en las almenas del Fuerte y por encima de ellas, en lo más alto, el sol acechaba la temeridad de las aves, retorcía los olivos, calcinaba las tapias. Ardía sin consumirse ajeno a cualquier afán, más esquivo cuanto más nos acercábamos, los ojos abrasados de querer distinguir un mar donde refrescar nuestras alas, incapaces de escapar de aquella luz, ni traspasarla.

Sentí un desgarro en el vientre como una fruta que se desprende del árbol antes de madurar. José Mari se desinfló con un puf, los miembros en carne viva del bochorno que le daba no poder mantener a flote aquel chisme infernal que se había convertido en una chamusquina de cañas, plumas de ganso y un chorro de cera ardiente, pajiza que lo pringaba todo. Temblamos en el vacío aferrados el uno al otro, flojos de culpa, títeres del maligno dando tumbos por la estratosfera, volanderísimos, descarriadísimos a la enésima potencia, directos a la caldera del fuego eterno. Con el vértigo de la caída apreté los ojos y el universo entero se desordenó. Se disolvieron los grumos del firmamento, el cierzo se transformó en una brisa con sabor a sal que suavizó los ardores del cuerpo, las raspaduras del alma y nos devolvió al lugar donde todo había comenzado, a la sombra del nogal junto al pozo de agua fresca en una huerta vecina.

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