La moda de los coches vigoréxicos o ‘carrozas’ de orgullo hetero

La moda de los coches vigoréxicos o ‘carrozas’ de orgullo hetero

La industria del automóvil una de las que mejor capta el espíritu predador de la época para vender sensaciones y lograr que el acero y más o menos cristal transmitan virilidad. Foto: Pixabay.

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¿Existe la heteronormatividad en el diseño? Quizá sea la industria del automóvil una de las que mejor capta el espíritu predador de la época para vender sensaciones y lograr que el acero y más o menos cristal transmitan virilidad (músculos y conquista) a sus usuarios. El macho alfa necesita coches musculados y símbolos fálicos. Hasta el punto de llegar a plantearse esta pregunta: “¿Tú crees que el Audi TT es gay?”.

No hacen falta desfiles de orgullo heterosexual (esa banal reivindicación machista que suele oírse cada año, en torno a las legítimas fiestas del Orgullo LGTBIQ+): para eso tenemos todos los días del año en cualquier ciudad próspera del mundo, a juzgar por los modelos de coches con motores día a día más potentes y con diseños que los acercan a los machos alfa de la manada. De esto se viene hablando en el mundillo del diseño, pero quizá nadie lo había pronunciado tan pícaramente como el reconocido diseñador César Astudillo, semanas atrás, en un Tweet: “Desde 2005 los coches han dejado de ser coches. Ahora son carrozas del orgullo hetero”.

Poco antes de leer esa ocurrencia, en una de estas noches de primavera lluviosa, en Madrid, me habían asombrado los faros/ojos tan amenazantes como seductores de los autos que parecían venir a arrollarte con su masculinidad vertiginosa, mientras esperaba para cruzar una calle céntrica, y bastante ancha. Parecían panteras en la noche de la sabana. Eran líneas luminosas, como ojos rasgados, implacables, enfocando a la presa. Tras el destello, seguían dibujándose los reflejos de esos ángulos bien rectos, de blancos acerados, en la bruma húmeda de nuestra memoria. Lejos quedaban esos ojos redondeados y de brillos cálidos de los autos de antes, mirándonos atentos desde el espejo retrovisor.

El deseo, lo sabemos desde hace tiempo, constituye una mercancía más, como lo es toda la afectividad de la época, ya que la sociedad de consumo no se detiene a la hora de crear (monetizar) productos intangibles, para que el capital siga acumulándose en el lado “correcto” de la historia y la geografía. Mientras tanto, los productos a los que nos hemos habituado desde la modernidad –como estos, los automovilísticos, hechos de lata y a combustión– subrogan la tentación, la seducción, la potencia del falo y de la iniciativa o, simplemente, la agresividad del macho poderoso que no quiere soltar las riendas de ningún vínculo. Motos y Tinder son dos categorías que van juntas ya en la era digital, como posados masculinos en Marbella y morros de coches deportivos o conductores orgullosos empuñando volantes que mueven armas veloces de aleaciones diversas y bañadas en satinados alla Apple, incluso combinados con estampados como algunos capós actuales, en mate (que se parecen a un señor con camisa de lino floreada).

Acerca del género que les asignamos a las cosas, el diseñador (@cesarastudillo) contaba en ese hilo de Twitter que, a principios de los 2000, solía tener un jefe muy viril (“socializado en la masculinidad tradicional”, en sus palabras) que soñaba con comprarse un Audi TT, hasta que un día, muy serio y preocupado, le preguntó: “¿Tú crees que el Audi TT es gay?”. Y aunque él le respondió que le parecía elegante, pero eso no quería decir que tuviese género, el jefe se olvidó para siempre de ese coche que tanto había anhelado. Alguien lo había hecho dudar de su orientación sexual y, quizá por dentro, tembló.

Heteronormatividad y vigorexia frente a los ojitos buenos de los coches autónomos

Como sea, lo cierto es que a la aguda reflexión de Astudillo siguieron comentarios de otra gente del diseño que apuntó la heteronormatividad de la mayoría de los nuevos modelos de coches, en especial de los SUV (vehículo utilitario deportivo, por sus siglas en inglés) que son incluso más anchos y más altos que sus predecesores (en los últimos tres años han aumentado su estatura hasta 30 centímetros), a pesar de todas las recomendaciones de las voces que apuntalan la lucha contra el cambio climático, por la sobreocupación del territorio y el despilfarro de materias primas y combustibles fósiles (o electricidad, de la que, en última instancia, una parte importante también se genera con nuclear o carbón).

Lo de la sostenibilidad y las etiquetas, en este punto, parece vano, juzgó una diseñadora mujer, que tildó de SUVerización la tendencia actual de todos los modelos generalistas, a lo que siguió el mote de “vigoréxicos” para estos coches entre deportivos y falsos 4×4. Precisamente, un artículo de una revista especializada en motores, mencionaba, en 2014, lo “ridículamente pequeñas” que son las ventanillas de ese tipo de automóviles, para que, “por fuera, parezcan más robustos, más musculosos”. El artículo continuaba: “Nos compramos todoterrenos falsos por la falsa sensación de fortaleza y aventura que proporcionan” y con faros de leopardos predadores, agregaría yo, que los veo de frente, como peatona apostada junto al semáforo de cualquier ciudad, para la que no fueron concebidos.

“Su visibilidad es mejorable; su amplitud limitada; su tamaño, excesivo para lo que pueden transportar, pero nos sientan bien, nos gusta que nos vean dentro de ellos porque están de moda. Son coches vigoréxicos, musculados sin sentido práctico, como demuestran las ventas mayoritarias en versión 4×2. La altura total, que juega en nuestra contra en todos los aspectos dinámicos, no se traduce en espacio interior sino en un puro adorno”, en opinión  de David Artés, el ingeniero técnico en diseño industrial que firma la reseña. Por fin, la conclusión a la que arriba sobre el actual diseño de coches no deja lugar a dudas: “Centrados en la apariencia por encima de la utilidad, esos valores parecen ser un reflejo de la emocionalidad e irracionalidad que impregna todos nuestros actos (reconozcámoslo o no) incluyendo la compra de coche”.

Como contrapeso, la industria del coche autónomo intenta relativizar los miedos de la gente a que estos se rebelen o enloquezcan y salgan por las calles a aplastar niños, dándoles una apariencia amigable, con ojitos de peluche y nariz aplastada, tal como se describe en esta pieza de Vice.

Por ahora, sin embargo, todavía nos queda por recorrer un camino de virilidad elocuente,  con conductores deseantes y voraces, como leones africanos pero con mocasines o botas de fútbol de suelas afiladas. Su exuberancia viril recubierta en acero es la de los deportivos y los modelos de alta gama, que resultan los que más suelen tentarles a cometer excesos de velocidad y, por tanto, a contar con inhibidores de radar para saltarse los límites, con los riesgos añadidos que ello conlleva para ellos mismos y el resto de la humanidad… Ni más ni menos que los que se inflige a sí mismo un hombre machista, ese que se cree ingenioso al preguntar sarcásticamente que por qué no hay un día para el orgullo hetero.


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Comentarios

  • J.Ampuero

    Por J.Ampuero, el 30 abril 2022

    Como hombre-blanco-hetero, gran entusiasta (y estudiante) de la automoción, me parece que este artículo es, con todos mis respetos, absurdo. ¿Es el Audi TT gay? Mira, para empezar un coche no puede tener un sexo definido (creo que eso lo tenemos claro), seguidamente he de decir que en este maravilloso mundo (el de la automoción) nadie, repito, NADIE se pregunta eso, es más; su conductor NO es gay por llevar ese coche, solo nos interesa su sonido, mecánica y aspecto y si, nos gustan agresivos, pero eso no se puede llevar al tema de la orientación sexual ni el sexo de cada persona. Un ejemplo: Mazda MX-5 (Miata en los EEUU) es un coche estilo kei-car de pequeñas proporciones y de aspecto afable y cariñoso, y si navegas e investigas un poco en foros y cuentas de RRSS, verás que es un coche venerado y amado por lo anteriormente dicho, su aspecto amado por heteros y homos, mujeres y hombres. Creo absurdo lo que voy a decir porque todos pensamos lo mismo y es que una mujer no es menos mujer por llevar un coche agresivo, es más, la hace mucho más atractiva/interesante al tener un buen gusto al elegir un coche. Otra cosa, ¿acaso un hombre gay no pueden gustarle los coches agresivos? porque este artículo parece que lo descarta e incluso los discrimina.

    Para acabar, el tema de los SUV, he de confesar que de manera subjetiva los odio con toda mi alma, pero en general, no, no se hacen las ventanas más pequeñas para que se vean más robustos, se hace por temas de seguridad, ya que una ventana más grande si, le da un aspecto «menos agresivo», pero le resta rigidez al conjunto del chasis y en caso de accidente, tiene más riesgo de provocar heridas a sus ocupantes.

    Un consejo, ifórmese mejor del tema a escribir y no mezcle temas que nada tienen que ver. Un saludo

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