'Montgomery Clift ante el espejo': un turbador monólogo de Alberto Conejero

Montgomery Clift ante el espejo: un turbador monólogo de Alberto Conejero

El actor Montgomery Clift en la película ‘Vidas rebeldes’, de 1961.

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‘¿Cómo puedo no ser Montgomery Clift? es un magistral monólogo teatral escrito por Alberto Conejero y que recientemente ha publicado , en versión actualizada, la editorial Dos Bigotes. Nos ha gustado tanto que os dejamos aquí dos de sus capítulos más turbadores. En ellos, un Montgomery Clift, atormentado por el accidente de tráfico que desfiguró su cara de galán y decidido a dar la espalda al cine para centrarse en el montaje teatral de ‘La gaviota’ de Chéjov, se dirige a Marlon Brando (“Lástima que se te esté poniendo el culo tan gordo. Era lo que te hacía un buen actor. Tu culo”) y a su amiga Elizabeth Taylor (“¿Recuerdas lo felices que fuimos? ¿Recuerdas que nunca íbamos a abandonarnos?”)

Marlon en las calles de Omaha

¿Cuánto tiempo has pasado ensayando ese gesto de preocupación, la entrañable pose de compañero preocupado, tu perfil de héroe de pantalones ceñidos y camisa sin cuello? Te aplaudo la composición, sí, señor, perfecta. Entrañable incluso. Pero ahórrame el sermón. Lo tengo ya muy oído, me lo repito todas las noches. Y aquí estoy. Soportando en la bañera el blablabla de un culo gordo irlandés que ha venido a rescatarme, tú, mi querido Marlon Brando. Te he visto aparecer por esa puerta como un adorable ángel del Ejército de Salvación al rescate del pobre de Montgomery Clift, hundido tras no haber recibido el Oscar, un pelele drogadicto vomitando en la pernera de su esmoquin.

¿Cuánto tiempo ha pasado de eso? ¿Un día, una semana, un año? Y ahora, mi querido Marlon, recuérdame a qué has venido. A salvarme, ¿de qué? Para pedirme, ¿qué?, ¿que deje de beber?, ¿que deje de hacerme daño?, ¿que golpee a mis amantes con discreción?, ¿que no me muera? ¿Qué es lo que quieres de mí? Te regalo los titulares si desapareces y te llevas tus hermosos brazos y tu testosterona y tu compromiso y tu oficio y tus pamplinas sobre el oficio a otra parte. “Marlon Brando acude al rescate de Montgomery Clift”, “Fuentes fiables aseguran que los dos actores estuvieron conversando hasta altas horas de la madrugada”.

Venga, mueve tu gordo culo de irlandés arrepentido y acércame esa botella. (Pausa.) ¿Me vas a hacer salir de la bañera? Está bien, está bien. Y ahora yo me callo. Ángel del Ejército de Salvación, regálame tu monserga: nosotros, que crecimos en las calles de Omaha, que dormimos en catres llenos de chinches y que tuvimos que fornicar con los seres más repugnantes para conseguir una prueba, nosotros que le hemos dado a los estudios más de una patada en los cojones, nosotros debemos seguir haciendo películas, intentado… Pero, mi querido Marlon, el problema es que yo no quiero cambiar nada, sólo deseo que te esfumes y me dejes en paz. Claro que aprecio el gesto, claro que no debía gritarte, claro que no ganas nada diciéndome estas cosas, entonces, ¿por qué lo haces? ¿Por qué has venido? No lo repitas. No voy a morirme. Ya encontrarás otro al que envidiar, otro que te haga ser mejor. ¿Por qué debería dejar de beber? Me importa una mierda si tu madre se destrozó el hígado con el whisky. ¿De verdad crees que no me contratan porque soy un borracho? Mírame a la cara. ¿Has contado las cicatrices? Pero sigo siendo un actor. Mírame a los ojos.

¿Por qué naciste en mi ciudad? ¿Por qué me has perseguido año tras año para recordarme que siempre podría llegar otro mejor, alguien que hubiera descubierto el mecanismo, el secreto, la manera de hacer eso que tú llevas intentando lograr año tras año y siempre desaparece cuando estás a punto de alcanzarlo? Y no puedes dejar de intentarlo porque no sabes hacer otra puñetera cosa. Porque estás diciéndole a tu cerebro que le diga a tu corazón que le diga a tus ojos y a tus brazos y a tus piernas que te has dejado de pertenecer. Y cuando lo estás consiguiendo, cuando el artificio parece funcionar, se esfuma. Y ves una y otra vez la toma, y te maldices porque te reconoces, tu estúpida cara, tus estúpidos gestos. Y pese a todo piensas que eres honesto al menos y de repente llega otro que sin esfuerzo…

¿No tenías otra ciudad en la que nacer? ¿No tenías otro oficio al que dedicarte? ¿No tenías otro cuerpo que ése? Mi querido Marlon, ¿de dónde mierda has sacado tanto talento? Lástima que se te esté poniendo el culo tan gordo. Era lo que te hacía un buen actor. Tu culo. Y ahora… pamplinas. ¿De verdad crees que te van a seguir contratando muchos años? Te permitirán que les incordies de vez en cuando, que montes tus numeritos, tu amigo Strasberg seguirá llenándose los bolsillos mientras tu culo de irlandés crece y crece, y luego te pegarán una patada en él cuando les importe más tu recuerdo que tú mismo. Levantarás la mano y dirás: “Yo soy ese, yo soy Stanley Kowalski”, pero ellos sólo verán a un puto gordo irlandés suplicándoles un papel para pagar la pensión de su quinta mujer. Así que, mi querido Marlon, acércame esa botella y luego esfúmate. ¿Crees que te van a dar un buen papel cuando tengas cincuenta años, que van a aplaudir tu calvicie, tus arrugas, tu talento? Te agradezco la visita. Ve preparando tu gesto de contrariedad, regálales una bonita fotografía y diles que sí, que Montgomery Clift deja el cine para siempre pero que en un par de días empezará los ensayos de La gaviota. Konstantín Tréplev otra vez.

Elizabeth

Suena el teléfono.

¡Elizabeth! ¿Eres tú? Sabía que ibas a llamarme. Sabía que no ibas a dejarme solo. Sí, estoy tranquilo. Ahora que oigo tu voz estoy tranquilo. Me has llamado, por fin me has llamado. ¡No lloremos! Estoy solo, sí. Lorenzo se ha marchado. Lo he despedido. No necesito un guardián. Quiero salir de esta casa. Sí, te dejo hablar, claro. (Pausa.) ¿Qué?

¿Por qué? ¿No puedes cambiarlo? ¿Qué película es? Por favor, seguro que si se lo pides cambiarán las fechas. Tú puedes hacerlo. No, hablaré yo con el productor, le diré que retrasamos la producción para la siguiente temporada. Cuando tú puedas… ¿Te parece bien, mi pequeña? No, no te creo. No me estás diciendo esto. (Pausa.) No, no, no. Ahora eres otra ya. Ahora eres una verdadera estrella. Se apodera de ti como una embriaguez y te reconoces maravillosa. Ah, son ellos. Son los productores los que no te dejan. Claro que creo que has hecho lo que has podido. Siempre haces lo que puedes. Pero no es suficiente, no es suficiente. ¡Eres Elizabeth Taylor! ¡Eres tú la que debe elegir lo que hace o no! No me hables del dinero. No quiero que me vuelvas a hablar del dinero. ¿Te da vergüenza trabajar conmigo? ¿O es que te da miedo el teatro? No soy injusto. Tú me llamas para decirme que no sigues conmigo y yo soy el injusto.

¿Quieres que te aplauda? No me burlo de ti. No te estoy gritando. No, no cuelgues. Por favor, piénsalo. Algo podremos hacer. ¿De qué productores hablas? No, es mentira, no he bebido. Pero ahora tengo ganas. ¿Lo ves? ¡Estoy bien!

¡Estaba bien! No es cierto. Yo quiero dejar de sufrir. ¡También me importa la vocación! ¡Porque quiero dejar de sufrir, por eso hago lo que hago! Dejo de repetir lo que dices. Dejo de repetir lo que dices. Dejo de repetir lo que dices. No, no quiero escucharte. Ya has encontrado tu camino. Sabes a dónde te diriges. Una estrella. ¡Yo, en cambio, floto en un caos de sueños e imágenes, sin saber para qué ni para quién esto es necesario! ¡No creo, y no sé cuál es mi vocación! Sí, lo sé. Debería dejarme ayudar. Aún estoy a tiempo. Pero ¿de qué? Muchas noches me parece que me han arrancado lo que me quedaba de juventud y que tengo noventa años. Y tú sigues igual que siempre, con tu dulce sonrisa… ¿Recuerdas lo felices que fuimos? ¿Recuerdas que nunca íbamos a abandonarnos? ¿Por qué no me lo has dicho antes? El productor accedió a alquilarme el teatro porque tú estabas en el reparto. La gaviota: Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, ¡Elizabeth Taylor y Montgomery Clift! No, no me cuelgues. Por favor, piénsalo. Prometo que te… Sí, ya sé que te lo he prometido mil veces pero… De acuerdo. No, no voy a llorar. Sí, claro que eres buena conmigo. Siempre has sido buena conmigo. Ya sé que tu casa es mi casa. No, no voy a llorar. (Cuelga. Tras una pausa. Sonríe.) Podría contarle a mi madre que me has dejado tirado y se disgustaría. (Ríe.)

Oscuro.


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