Me pedía, entre las olas, que la visitara cuando nadie mirara
Foto: Pixabay.
“No tuve un flechazo. En mi caso, ocurrió con el tiempo. Al principio los encuentros eran distantes. Yo solía estar con mi madre o con amigos. Pero ella sabía mirarme con todos delante. Me pedía, en el ruido de las olas, que la visitara cuando nadie mirara”. Llegamos al relato 15 de nuestra serie de este verano en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado y un tema: el arte de la seducción. “Supe que para ella no era el único casi desde el principio. Pero no me importaba porque cuando le bañaba el sol del final de la tarde me hacía sentir que estábamos solos. En aquella roca negra cerca de donde rompía. Donde también yo me rompí la tarde que lo supe”.
Por LAURA PASCUAL
Hoy es el día.
Bajo por la calle principal con mis escasas pertenencias en un aparejo y mi atado de redes y anzuelos. La flaca, que me acompaña desde hace más de 30 años, va cargada a mi espalda, preparada para pescar lo necesario en la travesía en la que nos aventuramos. La selección del resto de trastos que traerme no ha sido complicada, nunca he sido hombre de apegos materiales.
He preparado mi equipaje pensando en los recuerdos del verano en que cumplí nueve años y nos mudamos a este pequeño pueblo costero sin nombre. Recuerdo caminar, de la mano de mi madre, hasta nuestra nueva casa de paredes arañadas por el salitre y el sol. Fue en ese momento cuando la vi. Ella, la culpable de esta locura, de este viaje. En aquel entonces, yo era solo un crío de tierra adentro, sin más mundo que el polvo y las piedras.
No tuve un flechazo. En mi caso, ocurrió con el tiempo. Al principio los encuentros eran distantes. Yo solía estar con mi madre o con amigos. Pero ella sabía mirarme con todos delante. Me pedía, en el ruido de las olas, que la visitara cuando nadie mirara. Embustera, siempre había quien lo hacía, a mi lado o al otro lado del mundo. Yo obedecía, ¿cómo iba a negarme?
Los viejos pescadores me saludan. Me he cuidado de que sepan sobre mi viaje para evitar los rumores. Quizás eso ha hecho que se generen aún más. Me da igual. Hace tiempo que hablan a mis espaldas. Ellos también lo sienten, pero de forma superficial. La navegan, la admiran y la temen, pero no la aman. Viejo loco de la mar, mascullan los infelices. Y yo, sonrío y suscribo cada una de sus palabras.
Supe que para ella no era el único casi desde el principio. Pero no me importaba porque cuando le bañaba el sol del final de la tarde me hacía sentir que estábamos solos. En aquella roca negra cerca de donde rompía. Donde también yo me rompí la tarde que lo supe. Mamá llevaba semanas enferma, con pruebas médicas y citas en diferentes especialistas. Aquel día le dieron el diagnóstico. Recuerdo que lloramos a mares. Dejé mis lágrimas perderse en la inmensidad de las suyas. Me di a ella y a la tristeza.
Pasaban los años y la atracción crecía, no podía dejar de mirarla cada día, cada noche. Me atrapaba su forma de moverse; despacio, tranquila a veces, y juguetona otras. Me desafiaba a cumplir sus deseos con una luz que parecía salir de lo más profundo de su ser. Había algo hipnótico en sus movimientos. Otros días, furiosa, no dejaba que nadie se le acercase. Incluso en su ira era preciosa. Bramaba ignorando las miradas, ajena al respeto que imponía. Eso me atraía incluso más. Pero ella avisaba de que nadie la tocara, que se arrepentiría aquel que se atreviese a molestarla en su enfado. Por supuesto, hubo quien lo hizo, en otros lugares, en otros tiempos. El resultado no fue agradable. En la defensa de los desafortunados que ignoraron sus advertencias, diré que es difícil alejarse de ella porque hasta su enfado es un canto de sirena.
Llego al puerto cuando el sol empieza a salir, bostezando en el horizonte. He subido y descargado mis cosas en Nai, su nombre inscrito en la proa apenas se distingue ya, que se mece vacilante bajo mis pies. Deshago el atado de cuerdas preparando la partida. Sonrío, idiota, con los nervios de las primeras veces, a pesar de haber hecho ese ritual en más de cien ocasiones. Dispongo los engaños que han de tentar a los peces y ser, con suerte, mi sustento. Los hombres y las criaturas del agua me miran recelosos, a veces creo que son los mismos, que quieren volverme aún más loco. Juzgan mi pelo de mareas, loco con la luna llena, y la mirada de ojos alga que solo saben mirarla a ella. Ya casi es la hora.
He recibido algunas advertencias en los últimos días, avisos del peligro que entraña mi viaje hasta el Punto Nemo, el más alejado de cualquier lugar de tierra firme. El médico del pueblo rogó que fuera a hacerme una revisión a su consulta antes de partir. Me habló sobre mi falta de sueño en los últimos años, sobre escuchar su voz entre las olas, sobre mi pérdida del norte desde que mi madre murió. No pudo hacer nada por ella, ni podrá hacerlo por mí. Con voz queda y semblante grave, intentó disuadirme de marchar, invocando riesgos inciertos y vaticinios de locura. Cerré la puerta maldiciendo, jamás me volvería a ver.
Entre el enfado de los que quieren detenerme y los nervios de una partida definitiva, ella vuelve a mi mente. No fueron solo las penas lo que compartimos. También los éxitos y las pasiones. De quien me enamoré tuve que llevarle con ella, para que entendiera que yo solo podía querer a medias. Pero las que compartieron mi lecho, siempre se terminaron yendo. El corazón, dividido en tantas historias, en tantos fracasos, en la pérdida de quien me acunó antes de que lo hiciese ella, solo sobrevivió para ahogarse en un amor lejos de tierra firma.
Cargo los últimos enseres y dejo a la flaca a buen recaudo. He salado los restos de unos cebos y metido mi vieja brújula en el bolsillo derecho, donde siempre la llevo. La petaca medio llena y el tabaco seco que duren lo que tengan que durar. Echo un último vistazo al cobertizo, repasando con la mirada una lista que no tengo, ni me importa. Lo que falte abordo, que lo manden las mareas.
Alzo el ancla y miro por última vez a tierra.
Hoy voy a conocerla donde nadie más la haya conocido. Quiero que me inunde, que me hable y que me ahogue. Quiero perderme como lo hizo aquel viejo pescando una bestia y su honor. Quiero verme solo en ella.
El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.



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