Néstor Montenegro, arquitecto: “Necesitamos edificios responsables”

El arquitecto Néstor Montenegro.

Al frente de Extudio, el arquitecto Néstor Montenegro aboga por los “edificios responsables”, un concepto que encaja perfectamente en la economía circular a la hora de construir y de planificar ciudades. Lo llevó a la práctica con el exitoso e icónico Pabellón de España de la Expo Osaka 2025. Lo explicó hace unos meses en el Circularity Day 2026 de Ecoembes, y ahora nos lo cuenta en esta nueva entrega de nuestras ‘entrevistas circulares’. A la hora de construir, también hemos de aplicar las 3R: reducir, reutilizar y reciclar los edificios.

Preséntanos Extudio. ¿Qué lo distingue de otros estudios de arquitectura? 

Extudio es una oficina de arquitectura con sede en Madrid, dedicada al pensamiento, la creación y la producción de arquitectura en todas sus escalas: desde la vivienda hasta los espacios públicos, desde los equipamientos a las instalaciones efímeras. Lo que nos distingue, creo, es que entendemos la arquitectura como un servicio público en el sentido más literal: construir bien es construir para todos, y eso implica responsabilidad técnica, compromiso ambiental y atención a las personas que van a habitar lo que hacemos. Nos mueven la eficacia, la sostenibilidad y la circularidad como punto de partida.

Extudio nació en 2013, aunque mi trayectoria en arquitectura arranca una década antes, cuando formé dosmasunoarquitectos con Ignacio Borrego y Lina Toro. Hoy somos un estudio pequeño y muy estable: Javier Mosquera como socio, y un equipo variable que se ajusta a las necesidades específicas de cada proyecto en el que trabajamos. La lista de personas que han pasado por aquí a lo largo de los años es larga, y de cada una hemos aprendido algo.

En estos 13 años, ¿lo más importante que habéis aprendido?

Hemos aprendido que la colaboración es más fértil que el individualismo. La arquitectura que más me interesa hoy —y el Pabellón de España en Osaka es el ejemplo más reciente— nace de equipos con perfiles complementarios que se meten los unos en el trabajo de los otros. Nos ha formado una generación donde el arquitecto era una figura casi solitaria en su estudio, pero eso ha cambiado radicalmente y para bien.

¿Y algo que habéis desaprendido?

La urgencia. Hemos desaprendido que más rápido es mejor, que más grande es más relevante. La arquitectura necesita tiempo para ser pensada, y ese tiempo, lejos de ser un lujo, es una condición para hacer las cosas con criterio.

¿Qué es un edificio responsable?

Un edificio responsable es aquel que da respuesta honesta a las necesidades de las personas que lo van a usar, que no malgasta recursos en el proceso de construirse, que puede adaptarse con el tiempo a usos cambiantes, y que cuando llega el final de su vida útil no se convierte en un problema, sino que es capaz de devolver sus materiales al ciclo. Y hay una dimensión que se olvida con frecuencia: un edificio responsable también es aquel que genera comunidad, que crea un entorno donde la gente quiere estar. La sostenibilidad técnica sin atención a las personas es incompleta.

Leo esto en el resumen de tu intervención en el Circularity Day de Ecoembes de este año: “La circularidad no empieza en los materiales. Empieza en la forma de concebir la arquitectura”. La gente puede sentir esto demasiado etéreo, abstracto: ¿Esto cómo se aplica bajando al terreno, a pie de calle? Tú insistes mucho, lo acabas de decir, en crear ‘lugares de encuentro’.

Esa frase –»la circularidad no empieza en los materiales, empieza en la forma de concebir la arquitectura»– es para nosotros una instrucción de trabajo. Significa que antes de elegir qué materiales usar, hay que preguntarse muchas otras cosas. Cómo va a desmontarse este edificio, por ejemplo. Cómo va a crecer o a transformarse si hace falta. Cómo van a circular sus componentes cuando ya no sea necesario. Si esas preguntas no están en la mesa desde el primer boceto, puedes ponerle luego todos los certificados de sostenibilidad que quieras, pero el edificio nació mal pensado.

En la práctica concreta: en el Pabellón de Osaka diseñamos una estructura de madera con más de 40 pórticos que se montan y desmontan sin soldaduras ni uniones irreversibles. El 80% de la materia del pabellón vuelve a la industria y es la geometría misma del edificio la que hace posible esa circularidad.

Y sobre la creación de lugares de encuentro, mi posición es clara: si un edificio no genera un espacio donde la gente quiera estar, ha fallado en algo fundamental. En Osaka creamos una plaza dentro de la densidad brutal del recinto ferial, un sitio de descanso y atracción. Funciona. La gente se sienta en las escaleras, comparte y disfruta desde el uso espontáneo, no inducido, de un espacio que ha sido creado para que eso ocurra. Eso también es arquitectura responsable.

Como explicas, el Pabellón de España para la Expo de Osaka resume bien vuestra filosofía de trabajo. ¿Algún otro ejemplo?

Sí, ese pabellón es probablemente el proyecto donde esa filosofía aparece de forma más visible y más exigente, porque las propias condiciones del encargo lo demandaban: el recinto es una isla artificial que debe quedar completamente despejada al cierre de la Expo, cimentaciones incluidas. Esa restricción, que podría haber sido un corsé, se convirtió en el motor del proyecto. Diseñamos una arquitectura ligera, circular, donde prácticamente todos los componentes –la estructura de madera, los cerramientos, los sistemas de compartimentación– estaban pensados para volver a la industria. El resultado ha sido reconocido con la medalla de plata al mejor proyecto de arquitectura y paisaje en los premios del BIE, la organización internacional de exposiciones.

Pero si hablamos de sostenibilidad en términos más cotidianos y menos espectaculares, mencionaría proyectos como el Centro de Servicios Sociales de Móstoles o el Centro de Seguridad Integral de Boadilla del Monte: proyectos de presupuesto ajustado donde la sostenibilidad no era una opción, sino la única manera sensata de construir con una inversión pública. Son edificios que podrían ser útiles para casi cualquier uso que un Ayuntamiento pueda necesitar, con fórmulas de transformación muy sencillos y poco invasivos. 

Algo que creas que se está haciendo fatal en arquitectura en el mundo.

En el mundo se sigue construyendo demasiado como si el planeta tuviera recursos infinitos. La industria de la construcción genera en torno al 40% de las emisiones globales y produce la mayor parte de los residuos sólidos en los países desarrollados, y sin embargo la lógica dominante sigue siendo derribar y construir de nuevo en lugar de rehabilitar, adaptar y reutilizar. Es un modelo profundamente irresponsable que además ya no tiene justificación técnica: las herramientas para hacer las cosas de otra manera existen.

¿Y en España?

En España tenemos una cultura del derribo y la obra nueva muy arraigada. Y tenemos también una relación con el espacio público que me preocupa: demasiadas ciudades siguen planificándose para el coche y no para las personas. El coche ha colonizado el espacio urbano durante décadas y revertir eso requiere una valentía política que no siempre está disponible en los ámbitos de decisión con competencias para esa transformación.

¿Te gusta cómo están evolucionando las grandes ciudades? ¿Qué cambiarías?

Hay cosas que me generan esperanza y cosas que me preocupan. Me gusta ver ciudades que están recuperando espacio para el peatón, que están pensando en serio en la movilidad activa, que están plantando más árboles y permitiendo que los suelos sean permeables y por tanto frescos, entendiendo que el verde urbano no es decorativo sino estructural para la salud de sus habitantes. Sin embargo, en Madrid, donde vivo, es una asignatura pendiente.

Lo que cambiaría: la velocidad a la que se toman las decisiones sobre el espacio público, que es muy lenta frente a la urgencia real. Y cambiaría la forma en que se gestiona el acceso a la vivienda en las grandes ciudades: es el problema más acuciante que tenemos ahora mismo como sociedad, y la arquitectura tiene mucho que aportar si se le dan las condiciones para hacerlo. Hay una necesidad brutal de vivienda asequible que debería resolverse desde la industrialización como sistema sobre arquitecturas pensadas para las personas.

¿Cuál crees que es el principal reto ambiental que tiene la Humanidad ahora mismo?

La crisis climática no es un reto del futuro, es el contexto en el que ya vivimos. Pero si tengo que señalar un punto de palanca, diría que el mayor reto es cambiar la relación que hemos construido entre el crecimiento económico y el consumo de recursos naturales. Hemos construido un modelo civilizatorio que asume que progresar significa consumir más, y esa ecuación se ha roto. El reto no es tecnológico, sino cultural y político: decidir colectivamente que queremos vivir de otra manera.

Desde que se creó Extudio, ¿has visto cambios con optimismo respecto a la circularidad, la sostenibilidad, la conciencia ambiental de la sociedad?

Sí, sin duda. Cuando fundé Extudio en 2013, aunque ya veníamos de una tradición de industrialización, hablar de circularidad en una reunión con un cliente era casi exótico. Hoy es una conversación normal, a veces incluso es el promotor quien la abre. Eso es un cambio real. La conciencia social ha avanzado muchísimo, especialmente entre las generaciones más jóvenes, a quienes inculcamos una sensibilidad ambiental que no recibimos de la misma forma los que estudiamos antes.

En el ámbito profesional, la aparición de herramientas de evaluación del ciclo de vida, de normativas más exigentes, de certificaciones que empiezan a tener peso real en el mercado, ha cambiado las condiciones del trabajo. No todo lo que se certifica es realmente circular, pero el estándar ha subido.

¿Y en los constructores, y en los poderes públicos?

En los constructores hay una evolución clara, pero desigual. Las grandes empresas constructoras han incorporado equipos de sostenibilidad y hablan con solvencia de industrialización, economía circular, reducción de residuos. El problema es que eso a veces convive con prácticas de obra que no han cambiado tanto. La distancia entre el discurso y la ejecución sigue siendo grande en muchos casos.

En los poderes públicos, el balance es quizá más frustrante. Hay administraciones que están liderando con criterio, pero la coherencia es escasa. Se habla de emergencia climática y se siguen aprobando desarrollos urbanísticos que contradicen esos principios. Se pueden hacer cosas muy interesantes cuando el encargo público exige sostenibilidad como condición y no como opción, y lo público debería ser siempre el motor del cambio. Tiene la escala y la capacidad normativa para hacerlo. Esa oportunidad se desperdicia con demasiada frecuencia.

¿Qué les dirías a los escépticos del cambio climático?

Que lean más. La respuesta está en la ciencia, y la ciencia en este caso no admite debate razonable: el consenso es abrumador. Pero entiendo que no todo el mundo tiene tiempo o herramientas para adentrarse en la complejidad de los datos, así que para esos también hay un mensaje más simple: cuidar el planeta que habitamos no es una acción contra nadie. No perjudica a ningún individuo ni a ningún colectivo. Es simplemente asegurarse de que el entorno en el que van a vivir los que vengan después de nosotros sea habitable. Eso no debería ser polémico para nadie, con independencia de su ideología.

¿Qué les dirías a los escépticos del reciclaje?

Que el reciclaje en sí no es suficiente, pero que la conclusión correcta de esa constatación no es descartar el reciclaje sino exigir que vayamos más lejos. Reducir y reutilizar son los pasos anteriores y más importantes. El problema real es que hemos construido una economía que produce objetos (también arquitecturas) diseñados para no poder ser reparados ni reutilizados, y que luego pide al ciudadano que resuelva eso con el conjunto de contenedores. La responsabilidad no es solo individual, las administraciones y las empresas tienen una parte muy grande en este asunto.

Un lugar al que te gusta regresar porque te recarga de energía.

Ese lugar siempre es a casa. Vivimos en un entorno privilegiado de Madrid, cerca de la Casa de Campo, que me permite salir a dar grandes paseos con nuestra perra y reconectar con una naturaleza que tenemos bien próxima casi a diario. Y la casa, como arquitectura, está construida alrededor de un espacio en el que recibir gente, familia, amigos. Construida en torno a la capacidad de hacer comunidad. Nada que cargue pilas mejor que la naturaleza y la conversación.

Principales proyectos en los que estáis trabajando ahora en el estudio.

Tenemos varios proyectos en fases muy distintas. El Museo de Semana Santa de Zamora, que ganamos en concurso, es uno de los que más nos ilusiona: es un encargo que permite trabajar con la identidad cultural de un lugar desde una arquitectura contemporánea y rigurosa construida con un único material. El Centro de Seguridad Integral de Boadilla del Monte, del que hablaba antes, está a punto de inaugurarse. Y seguimos aprendiendo mucho de la experiencia de Osaka, que acaba de cerrarse y que ha sido un laboratorio enorme sobre arquitectura efímera y circularidad a escala real.

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